La Glándula con forma de Mariposa

Soy hija de gringo y en mi casa nunca faltan los fideos y el queso. Ni siquiera los eliminé cuando hice dietas adolescentes buscando tener el cuerpo perfecto que me vendían las tapas de revista que leía en la década del 90. Salvo los años que, de piba, me alimentaron con papas y batatas porque mi viejo agarraba una changa cada tanto. Eso fue a fines de los ‘80 cuando la hiperinflación fue la primer hiper que pasó por mi vida.

*

Las harinas y yo. La panza y el espejo. Esta vez estaba feliz de comer pastas e igual bajar de peso. El record lo batí el verano del 2002: Diez kilos en menos de un trimestre. Comer y no engordar, un sueño hecho realidad.

Supuse que era por laburar más de diez horas en el kiosco que habíamos puesto en plena crisis del 2001. Otra vez papá se había quedado sin laburo. La construcción se había frenado. Y el manotazo de ahogado lo dimos con ese comercio.

-¿Qué te pasa?- me dijo un cliente mirándome las manos temblar.

Los patacones parecían los pájaros que aletean antes de volar. No podía controlar ese movimiento. No estaba nerviosa pero mis manos no podían estar estáticas.

-Nada- le dije. No lo sabía.

*

El horario corrido se ocupaba de hacerle honor a la Ley de Murphy. No venía nadie hasta que me sentaba a almorzar y sonaba el timbre que me hacia ir a atender con la boca llena.

-A ver, levantá la cabeza- dijo mi viejo.  Otro que me interrumpió la comunión con la comida.

-¿Qué pasa?

-Tenés como un cordón en el cuello.

Me levanté de la silla y me paré frente al espejo. Tenía razón. Parecía hinchado y gordo, como si la grasa que había perdido de mi vientre hubiera migrado de lugar.

*

Pasaron seis meses y yo había sumado síntomas: Intolerancia al calor, temblores en las manos, taquicardia, pérdida de peso y un pésimo humor que me hizo perder a más de un cliente. Me sentía intolerante.  Pero me conformaba con lo estético: El jean ya no me dejaba la marca del botón debajo de mi ombligo cual tatoo a la fuerza. No tenía flotadores saliendo de mi cintura ni consciencia de lo que me estaba pasando.

Era la época donde se puso de moda sacarse fotos de la cara (luego las llamarían selfies). Y no fui ajena a ello.

Click. Miré mis ojos. Estaban grandes y saltones.

Click. Pensé. Asocié. Intuí.

-¿Tendré problema de tiroides?- le comenté a mi madre que me dijo que me dejara de joder.

*

Nunca hago caso a lo que me dicen. Un mes más tarde estaba en el Hospital a punto de pedir mis resultados. Análisis de TSH, T3 y T4.

Abrí el sobre. No entendí nada. Pero los numeritos parecían estar disparados.

*

Guardapolvo blanco y años de medicina encima. Miró el papel y me dijo: Hipertiroidismo.

Mi diagnostico y, también, mi bendición para mejorar mi calidad de vida.

Seis meses más tarde había recuperado mi humor, algunos kilos, la tolerancia al calor y mi ritmo cardíaco ya era adecuado. El bocio estaba igual de tamaño, grande. Pero, con el tiempo, iría mejorando.

La glándula de forma de mariposa, la de las emociones, la que no está incluida en los controles de rutina era la que me había descontrolado. Pero no era la única. Con el tratamiento encima, descubrí que muchas mujeres como yo tenían hipertiroidismo u hipotiroidismo.

*

La glándula tiroides se ubica en la parte inferior del cuello, delante de la tráquea. Es una de las glándulas endocrinas más grandes del organismo. Sus hormonas son fundamentales para el desarrollo neurológico en los primeros años de vida.

La tiroides se encarga de regular el metabolismo del cuerpo mediante la producción, almacenamiento y liberación de hormonas tiroideas: tiroxina (T4), triyodotironina (T3) y calcitonina. Éstas influyen en casi todas las células, tejidos y órganos; son necesarias para la síntesis de muchas proteínas esenciales en los períodos de crecimiento. Además contribuyen con el desarrollo del sistema nervioso central.

A nivel mundial, se calcula que los trastornos tiroideos afectan alrededor del 10% de la población.

Las alteraciones de funcionamiento más conocidas son el hipertiroidismo (aumento de la producción de hormonas tiroideas) e hipotiroidismo (disminución en la producción de hormonas tiroideas), disfunciones que pueden ser acompañadas o no del aumento del tamaño de la glándula. Los síntomas varían depende el tipo que sea. Pero tanto en una u otra, el cuerpo, nos da alertas.

 

 

Etiquetas: salud, Tiroides

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