La frontera caliente: Tartagal

Un recorrido por la ciudad del norte que conoció el esplendor del petróleo y hoy lucha contra las drogas, el narcotráfico y la pobreza extrema.

 

Por la ciudad de los tártagos

Para alertar a eventuales pasajeros dormidos, el arribo a la terminal de ómnibus viene acompañado de un grito: -¡Tartagal!

El chofer vocifera mientras recorre el pasillo del colectivo. Las luces se prenden de golpe. Saco la mochila de la gaveta y dirijo una última mirada a mi compañero de asiento. Sus ronquidos transformaron mi intento de descanso en un sobresalto continuo. Él duerme con una gorra sobre la cara. Del otro lado de la fila, la señora con el bebé que lloró durante toda la noche también se prepara para salir. Los pasajeros comenzamos a bajar de a poco, abombados todavía por el brusco despertar.

El colectivo seguirá hasta su destino final, Salvador Mazza, la última localidad argentina antes del puente fronterizo que señala la entrada a territorio boliviano. Pero la mayoría de la gente baja acá, en la ciudad de Tartagal.

Son las seis y media de la mañana y la ciudad todavía está a oscuras. En la terminal busco una banqueta para acomodar mis cosas y prepararme para caminar las cuadras que siguen. Apoyo las piernas en la banqueta, una por vez, estirándolas lo más que puedo. Extiendo los brazos hacia atrás, juntando los dedos. Necesito desentumecerme, hacer que mi cuerpo olvide las horas sobre el asiento con tapizados rasgados y resortes rotos. Podría esperar un remis para hacer el viaje desde la terminal hasta El Espinillo, pero prefiero caminar, sentir el movimiento de las piernas y la brisa de la mañana contra la cara.

Camino las diez cuadras que separan la terminal de la plaza principal mientras el día clarea. No hay casi nadie en la calle a estas horas. Salvo un señor que atiende un extraño quiosco en las inmediaciones de la terminal, emplazado sobre la vereda, que tiene señales de haber estado abierto toda la noche pero cuya única mercadería a la vista es algunas gaseosas frescas, flores de papel, alpargatas, paltas y toallones. En invierno, suele tener un brasero en la vereda. En verano, un televisor prendido. También están las personas de la cola del ANSES, la mayoría durmiendo en el piso, arropadas con una manta. Los choferes de remis trucho me gritan “Pocitos”, en cuanto me ven pasar, ofreciéndome el viaje con pago compartido hasta la zona comercial de la frontera.

Cruzo la plaza en diagonal. Un tropel de limpiadores con su chaleco reglamentario se esmera en dejar impecables el piso gris y los bancos solitarios, y de cortar los tallos inútiles de algunas plantas. Las estrellas del lugar son las ligustrinas con formas: una niña, un canario, un hongo. Luces, juegos infantiles, una fuente con cascada sobre la que se alza la estatua de San Martín a caballo, un escenario de madera, mesas y sillas de cemento, son algunas de las muchas cosas que conforman la plaza. Está siempre lista para la mirada de los posibles turistas. Es la carta de presentación de la ciudad cuando se consultan las páginas de Google y las revistas de viajes. Aunque la Secretaría de Turismo de Salta  se maneje desde la capital de la provincia, y Tartagal nunca sea presentada como un eventual destino para los visitantes. En las promociones suelen figurar, por ejemplo, las vistosas Cafayate, Cachi, Iruya. Para qué incluir en los circuitos a una ciudad selvática, calurosa, marcada por la presencia de comunidades indígenas olvidadas, fronteriza y pobre, como Tartagal.

A las siete de la mañana abre El Espinillo. Es el bar en el que hago tiempo hasta las nueve, la hora de mi clase. Mientras desayuno un café con leche con medialunas, repaso el tema de hoy, corrijo y paso notas. Estoy en Tartagal solamente los martes. Todos los martes, desde las 6.30 hasta las 18.

Vivo en la capital de Salta y allá tengo un cargo en la carrera de Letras de la Universidad Nacional. Una colega me avisó un día que había dejado su puesto de jefe de trabajos prácticos en la Sede Tartagal. Ella creía que yo era la indicada para presentarme al concurso para la suplencia. Me explicó que era duro, que el viaje, el calor, las incomodidades. Pero que iba a ganar muy bien, porque pagaban por zona desfavorable. Me presenté al concurso y lo gané. Pero nunca cobré como correspondía. A la hora de pagarme el cargo lo cambiaron de semiexclusiva a simple, me quitaron los subsidios para el costo del pasaje  y me aumentaron la cantidad de horas de dedicación. Salí perdiendo, como  suele pasarme en los asuntos laborales. Mientras cuento mentalmente el dinero que me queda para llegar a fin de mes, me retuerzo el pelo con una gomilla para lograr un rodete que  proteja mi nuca de la humedad.

Los primeros clientes de El Espinillo son algunos visitantes madrugadores del hotel. Un grupo de hombres. El número de integrantes varía, a veces hay uno solo, y otras veces diez. En todo el bar, siempre ellos en la mesa central y yo en una del rincón. La reunión de masculinidades por las mañanas en El Espinillo es algo así como un capítulo de  “Polémica en el bar”. Van llegando de a uno, se saludan entre ellos a los gritos, hacen bromas con el camarero y con el dueño. Hablan del último partido de fútbol o echan una mirada  a algunos de los televisores prendidos en el lugar para intervenir con un comentario picante sobre las  noticias.

-Se ha muerto el Alfredo, che- comenta uno de ellos por lo bajo.

-Parece mentira, si siempre venía acá…- reflexiona otro.

En la televisión alguien habla de una nueva infidelidad en el mundo del espectáculo. Después, un accidente. Una nueva medida del gobierno.

-¿Ha visto qué manera de meter los cuernos éstos de la tele?

-Qué bárbaro, che…

-Hay superclásico el fin de semana que viene.

-¿Estamos todos locos?

-Lo que hay que hacer es echarlos a todos esos turcos que se metieron ahí- grita el mozo mientras  ondula entre las mesas con una bandeja en la mano. Acaba de ver en la pantalla la noticia sobre un nuevo atentado terrorista en Europa.

Desde temprano, la temperatura comienza a subir, hasta llegar a su pico máximo entre las 15 y las 18. La ciudad está en plena selva subtropical, y se caracteriza por un calor agobiante sobre todo durante los meses de primavera y verano.  Estamos en el mes de noviembre y  Tartagal es un infierno. El reloj  termómetro anclado sobre calle Alberdi marcó 40º C. el martes pasado.

Camino hacia la universidad y a mi paso me cruzo mujeres gitanas y bolivianas, vestidas cada cual con su atuendo típico. Algunas bolivianas jóvenes van un poco inclinadas hacia adelante, y en sus espaldas asoma, desde dentro de un colorido envoltorio de aguayo, una pequeña cabecita dormida.

El hombre que atiende el quiosco me dice algo sobre la botella de gaseosa que quiero comprar, pero no le entiendo porque el acullico de coca que tiene en la boca hace que la voz le salga un poco distorsionada. Acá los hombres suelen ir coqueando por la calle y arrojan las hojas masticadas sobre la vereda. Las aceras de Tartagal viven salpicadas de hojitas apelotonadas. Los quioscos anuncian en pizarrones plegables: “Coca y bica”.

La universidad es un predio de dos cuadras, que abarca una zona de edificio y otra de descampado, con canchas. La entrada está enfrentada a uno de los laterales del hospital público de la ciudad. Es la zona del macrocentro, y el lugar está rodeado de casas chicas, con jardines adelante.

En la esquina, justo a la par de la puerta de acceso al campus, está el mural que recuerda el alud. Fue en febrero del año 2009. Un temporal ocasionó que cedieran parte de las tierras que estaban al costado del río. Cientos de viviendas cayeron al agua y fueron arrastradas por el lodo. Hubo muertos, heridos, evacuados. El desastre más grande en la historia de la ciudad.

La sede universitaria se creó para formar profesionales en el área del petróleo, por lo tanto la carrera de Ingeniería en Petróleo es la diva del lugar. Los alumnos que pretenden ingresar a la carrera son muchísimos, aunque sepan todos ellos que, en el caso de recibirse, tendrán que trasladarse al sur. Desde que se privatizó YPF, Tartagal dejó de ser la usina del petróleo en el país, para pasar a ser un territorio de rebelión, traducida en piquetes y manifestaciones sociales que albergan la bronca por el hoy y la añoranza de las viejas épocas de bienestar.

Las aulas nunca dan abasto para el dictado de clases de todas las carreras, así que a veces, cuando llego, mis alumnos de Introducción a la Literatura y yo tenemos que esperar que se gestione un espacio. A veces nos toca un salón de reuniones, un laboratorio, o tenemos peor suerte y nos mandan a un aula chiquita que quedó libre porque el aire acondicionado no funciona. Para estos últimos casos, recurrimos a la vieja técnica de dar y escuchar clases abanicándonos con un libro o con una selección azarosa de hojas de fotocopia.

Para esta clase, preparé algo en un Power Point. Es necesario mostrarles a mis alumnos las ilustraciones que se fueron haciendo de la monstruosidad narrada por Kafka. Leemos pasajes de La metamorfosis. Después iniciamos la ronda de discusión sobre lo visto y lo leído. Todavía guardan el miedo del primer día, las incertidumbres típicas del primer año, así que son pocos los que participan. De a ratos, alguno que otro se ausenta para concentrarse en el celular o en los estudiantes que transitan por el pasillo.

Hablo del insecto de Kafka y no puedo dejar de pensar en los mosquitos de dimensiones monstruosas que hay en Tartagal. El otro día me topé en la vereda con una langosta. Tenía el tamaño de mi mano.

El ordenanza que viene a retirar el proyector me cuenta que es peligroso dejar artículos tecnológicos en las aulas.

-Como la universidad es pública, aquí entra cualquiera, viven desapareciendo cosas- dice.

Los perros son los dueños de la calle y de toda la ciudad. Perros callejeros y con dueño deambulan por la universidad. Hay varios a los que ya reconozco, como por ejemplo el perro gris que suele rondar por  la cuadra contigua al predio universitario. Me mira con un solo ojo; en el lugar en el que debería estar el otro, hay una hendidura y un coágulo al rojo vivo. Una vez vi el cadáver de un perro tirado sobre la vereda a las siete de la mañana. Y lo seguí viendo hasta las seis de la tarde, cuando pasaba de camino a la terminal, para tomar el colectivo. El cuerpo muerto del perro había estado más de diez horas a la intemperie,  hedía y las moscas lo rodeaban con insistencia. La gente lo miraba y fruncía la cara, pero nadie se decidía a sacarlo de ahí.

Después de mi clase me voy a almorzar con una amiga de Salta que está viviendo en Tartagal desde hace tres años. Es asistente social, y suele visitar casas de jóvenes sumidos en la prostitución, en la droga y en la delincuencia. Paula me cuenta lo difícil que le resulta convencer a los chicos de que retomen el colegio.

-No quieren saber nada con estudiar- dice- Aquí en Tartagal, lo de la droga está terrible.

También me cuenta sobre la presencia de narcos colombianos.

-Son mafiosos -relata Paula- prestan plata y piden que les devuelvas tanta cantidad por día, y si no les das plata todos los días, te matan.

En la conversación también surge el tema de la prostitución en la ciudad. Tiempo atrás, a partir de un video grabado con un celular, se supo de una niña de 14 años que bailaba desnuda el “baile del caño” en un boliche para adultos. Cuando se indagó a la madre, se conoció que la actividad de la joven era consentida por su progenitora, una prostituta famosa en la ciudad. La niña añoraba llegar más lejos que su madre; soñaba con ser actriz porno. Paula me cuenta que este caso no quedó en nada después del escándalo, es decir, madre e hija continúan prostituyéndose.

Paula y su familia se mudaron porque al marido le ofrecieron la gerencia de un supermercado en Tartagal. Le dieron una casa grande, con piscina.

-Es una suerte tener la pileta- dice Paula-. Con este calor, no hay otra.

 

El largo camino de regreso a casa.

La espera en la terminal es un suplicio. El techo de chapa hierve sobre mi cabeza, mientras pienso en si realmente el colectivo llegará a la hora en que tiene que llegar. Eso nunca se sabe, porque los cortes inesperados de ruta por protestas y los paros de las empresas transportadoras de pasajeros son demasiado frecuentes. Escucho que sí, que hay corte otra vez, pero a la altura de General Mosconi, es decir, en el sector de la ruta 34 por la que el colectivo debe pasar en su camino hacia Salta, y ya conmigo adentro. Lo que sigue es un tiempo infinito e incalculable de espera en ruta, ya lo sé.

Se acerca un chico con una canasta con panes. Suelen andar por la zona de la terminal; llegan en grupos de cinco o seis y se dispersan rápidamente, ofreciendo la mercadería. Me explica que es del Instituto de Rehabilitación por drogas y me pregunta si no quiero colaborar con la compra de un pan dulce. Le digo que no, que gracias.

-Podría comprar para regalarlo a alguien- me responde enojado.

-Es que tengo que irme. Estoy esperando el colectivo.

-Entonces, ¿nunca va a colaborar?

Le digo que mejor sí, que le voy a comprar uno. El pan dulce viene correctamente envuelto en una bolsa plástica y cuesta $10.

Antes de que pase un minuto, se acerca otro chico con una canasta con panes. Se presenta de la misma forma que el anterior, pero tiene una tonada distinta y se sonríe todo el tiempo. Le digo que ya compré.

-Gracias- dice, y se queda parado frente a mí.

-¿Vos de dónde sos?

-De San Juan. Estoy aquí hace un año.

-¿Y cómo vas?

-Bien, por suerte. Estoy saliendo. Yo sé que con fe en diosito voy a salir. Diosito me ayuda siempre.

La espera por el corte, adentro del colectivo, dura dos horas. -Un piquete- dicen. Luego el Flecha Bus comienza a andar, pero enseguida hace una parada en el puesto de gendarmería que está en la intersección de la ruta 34 con la ruta hacia Formosa. Ahí bajan primero los pasajeros que tienen que seguir camino hacia el este. Entre estos viajantes, es común ver a familias enteras de amish, desentonando con el paisaje humano típico de la selva norteña. Después de los que se quedan ahí, bajamos los sospechosos, con los bolsos de mano en alto. Los sospechosos somos todos los que seguimos viaje hacia Salta, y podemos llevar droga entre el equipaje o en nuestros cuerpos. Uno a uno somos interrogados: nombre, origen, procedencia, actividad. Presentamos los documentos de identidad, abrimos cierres y mostramos qué hay. Todo esto dura cerca de media hora.

Segunda parada: El Chamical. Otra vez bajamos enarbolando los bolsos. Otra vez decimos nombres, exhibimos DNI, respondemos preguntas. De repente nos dicen que podemos subir al micro, pero que se van a demorar porque necesitan hacerle una radiografía a una mujer. Es una chica joven. La llevan a la casilla, mientras el resto aguardamos expectantes y preocupados. Al rato la chica vuelve. No pasó nada, qué suerte. A veces encuentran a alguien que está cumpliendo su trabajo como mula  y lo llevan detenido. Se sabe que nunca preguntan por el dueño del negocio, por el que los mandó a trasladar la droga. Se sabe de gente que tiene licencia para no ser revisada, y se habla de lo que ya se sabe desde hace muchísimos años, y desde que existe Tartagal: hay grandes negocios aquí, hay poderosos patrones.

Hay que bajar otra vez. Es un puesto en Barro Negro, pueblo de San Pedro de Jujuy. Algunos protestan, dicen que no, que ya bajaron muchas veces. El gendarme les pide que obedezcan. Otra vez: nombres, documentos, todo.

Tartagal es una frontera caliente. Caliente porque la temperatura ambiente rebasa los límites normales. Caliente porque su situación de permanente estado de ilegalidad con respecto al tráfico,  tenencia  y consumo de drogas la quema por dentro, y cada vez se enciende más aquella representación de infierno dantesco que la envuelve.

Llego a casa con ganas de dormir durante dos días seguidos. Pero pienso que si no hubiese sido por este trabajo, yo nunca hubiese conocido Tartagal. Pienso en que es una suerte. Hay algo de ese grupo humano que voy a llevarme para siempre. Un mundo que para la gran mayoría de los argentinos es desconocido e inimaginable. Tartagal es un territorio desgarrado de ese país oculto que tantos no conocen y no quieren conocer.

Pienso en que debo volver el próximo martes. Ojalá ese día baje un poco el calor y mis alumnos lleven la lectura completa de La Metamorfosis, de Kafka.

 

 

 

Etiquetas: Crónica, Tartagal

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