La derecha en el cambio de época

 

La postulación como candidato a Presidente de Mauricio Macri está llegando más lejos de lo que muchos esperábamos y se hace urgente definir algunos puntos del perfil de esta nueva derecha, que se homologa con una serie de movimientos extensivos en todo el territorio latinoamericano. En general estas fuerzas, que surgen como reacción (casi dérmica) a los avances de los gobiernos de impronta populista, no están exentas de contaminaciones históricas por la presencia de agentes que son emblemas de otros tiempos, neoliberales o procesistas. Pero mal haríamos si concluimos solamente con un racconto de estos políticos o ex funcionarios más un análisis de coyuntura porque perderíamos lo más sustancioso de nuestra incógnita, que es la adecuación de la derecha a un manifiesto cambio de época. A saber, luego del fracaso (en términos de dispositivo de gobierno y no de sistema económico) de un liberalismo agresivamente desregulador y privatizador que terminó por completar el proceso de globalización con la ayuda inestimable de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, las derechas abandonaron la tesis del fin del Estado y se dispusieron a resucitar en el campo de la política para disputarlo. He aquí los primeros gestos.

Hacemos foco en esa palabra que hizo de núcleo en la campaña del PRO y tanto molestó a las fuerzas contrincantes: cambio. La propuesta tiene doble connotación: (1) el de cambiar el signo político que gobierna, y su orientación ideológica, tras el fracaso en la gestión de problemáticas sensibles a la sociedad y (2) el de expresar en sí mismos un cambio de forma y estilo de las tradición conservadora. Tanto el punto 1, a corto plazo, como el 2, a mediano plazo, significan una lectura del devenir histórico reciente de nuestro país y la provincia. Pero es el segundo ítem el que nos interesa. PRO representa una continuidad de esta tradición, conservadora y republicana (es lo que significa su abreviatura: PROpuesta Republicana), pero al mismo tiempo es un nuevo eslabón en la cadena. Evitan etiquetarse como la “derecha” para no hundir sus raíces en ESA derecha y despegarse de los fracasos del neoliberalismo acentuando una nueva imagen. Pero despegarse no es negarla ni rechazarla, más bien su intensión es superarla asumiendo no haber sabido qué hacer con los restos del Estado de bienestar que (co-)destruyeron.

Es así como nunca suenan convincentes las explicaciones sobre la historia contemporanea de nuestro país o sobre el rol estatal: la indefinición y la ambigüedad es la clave de una discursividad abarcativa de la sociedad en su conjunto. Entre la ruptura internista y el discurso simple o vacio de estas fuerzas políticas se establece una táctica retórica que está reflejada en un trabajo del politólogo francés Yves Surel sobre el excéntrico líder de Forza Italia: “Berlusconi, una vez desposeído de sus ornamentos anticomunistas, liberales y conservadores, sólo puede encontrar apoyo en un discurso simplista, con una fuerte connotación populista de denuncia de las instituciones judiciales y de los actores políticos tradicionales”.

Desde este lugar al que hemos arribado podemos sacar la primera conclusión. Perteneciendo a una tradición pero bajo un nuevo formato que emerge de la crisis del 2001 el macrismo traza una frontera antagónica con la “vieja” política. Ésto que en España llaman “la casta”, que en el cono sur algunos denominaron “la rosca mafiosa” y es un significante imposible de apropiar por el kirchnerismo ya que surge de las entrañas de un partido tradicional y reivindica fuertemente todos los ornamentos de su doctrina política. La condición de posibilidad de esta operación fue la notoria falta de respuesta, en modo radical pero dentro de la institucionalidad, a la consigna (imperativa) que dominó el fin de siglo, el “que se vayan todos”. La diferencia de los ejemplos antes mencionados, es que nuestros compatriotas no proponen reemplazar la vieja clase política por una “nueva” con otros valores, con otra ética pública. El macrismo quiere transpolar el modelo de empresario exitoso para los cargos públicos enterrando para siempre al político de carrera, al militante o al referente ideológico. El perfil es el de hombres y mujeres que triunfaron en lo suyo pero con actitud generosa y altruista donan tiempo y dedicación para hacerse cargo de la res pública. Haciendo un poco de historia podremos recordar que previo a la autonomización del campo político éste era terreno de oligarcas y militares y recién entrando en el siglo XX vamos a encontrar funcionarios profesionalizados que inician la intrusión de otros sectores sociales a la clase política. Así, la propuesta de romper con el monopolio de esta clase sobre la gestión de lo público significaría concluir un ciclo de corto aliento, producto de una contingencia histórica para nada inescindible. No hace falta aclarar que esta idea funciona sólo como un punto de referencia, un ancla discursiva, quizás como modelo de transición pero nunca como una realidad efectiva, porque como hemos dicho antes su espacio está repleto de íconos de épocas pasadas.

La logica de construcción, al igual que la adecuación discursiva en torno a los concensos logrados por la década kirchnerista, evidencian un movimiento hacia el centro. Un detalle no menor es la búsqueda de una identidad colectiva, fuertemente apoyada en novedosos procesos de identificación juveniles mediados por la tecnología, y la convocatoria a esas “multitudes” como motor de cambio. Sin dejar de ser la representación de intereses del poder fáctico, para cerrar su ecuación de gobierno convocan a la irreductiblemente heterogenea multitud a formar parte del proceso de viraje. Y nos metemos en el centro de la diferenciación que hace Laclau de su tesis sobre la conformación del “pueblo” vía operación hegemónica (una parte que se reivindica el todo articulando una cadena de demandas) y la idea desde la cual Jacques Rancière imprime un matiz siempre emancipador al pueblo en la búsqueda por satisfacer sus demandas. ¿A qué nos referimos? Simple: no siempre cuando se moviliza un porcentaje relativamente significativo de la sociedad adjudicandose representar al pueblo lo hace con la finalidad de liberarse de las cadenas económicas, simbólicas e institucionales que los someten.

Si pasamos en limpio la segunda conclusión podremos llegar al límite del proceso reorganizativo de la nueva derecha. Para ésto, primero hay que hacer una disquisición entre dos instancias de la política: la formación de un capital y el ejercicio del poder. A grosso modo se puede decir que las derechas de latinoamérica están en un momento de acumulación de capital político (donde las precisiones son escasas y las contradicciones borrosas) porque, salvo Sebastián Piñera en Chile en su momento, nunca ejercieron el gobierno sucediendo a algún proceso popular o progresista. Para ser más finos, podemos mencionar como excepciones a la boliviana Soledad Chapeton, recientemente elegida alcaldesa de El Alto por la Unidad Nacional, o el mismo Macri en la Capital Federal, pero siempre teniendo en cuenta que sus gestiones se subsumen a una proyección nacional de sus partidos. Entonces el límite es claro y nuestra segunda conclusión se hace evidente. Cuando estas fuerzas pasen de la construcción al ejercicio del poder público el corrimiento hacia el centro del espectro se mostrará como una conveniencia ad hoc, su construcción amplia se volverá inoportuna y las contradicciones harán de canales de un movimiento centrífugo.

En definitiva, las izquierdas y las derechas han asumido lo que Nicolás Casullo denominó “el fin político de un proyecto histórico” y se proponen reinventarse en una época de incertezas. Las viejas etiquetas son discutibles para nomenclar algo nuevo pero qué mejor manera de graficar el tablero si no es afirmando que la disputa se da entre las derechas del siglo XXI contra las izquierdas del siglo XXI, pero no porque su tiempo de estar sea éste, más bien porque se llegó a un momento conclusivo, de capitalización de todas las críticas y construcción de algo nuevo. Un capítulo más de una historia, por suerte, de nunca acabar.

 

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