La cruz Mailín del algarrobo.

La víspera de la procesión del Señor de los Milagros  parece constituirse entre la reproducción cultural de los devotos y el catolicismo más tradicional. Una pugna entre la religiosidad popular y actos litúrgicos oficiales que vale la pena conocer.

La fiesta de Maílin es oriunda de la provincia de Santiago del Estero, a unos 300 km de la capital, pero en Buenos Aires se celebra en la localidad de Villa de Mayo, ciudad de gran cantidad de migrantes santiagueños.

Parece que a fines del siglo XVIII, en una tarde como la de hoy, un anciano hachero habría afirmado que “En noches sucesivas aparecía una luz al pie de un algarrobo.” hasta que decidió acercarse, fue cuando se encontró la cruz en el hoyo de un algarrobo santiagueño. A partir de ese momento los vecinos hicieron al pie del árbol un santuario y se multiplicaron los milagros.

Incitada por Patricio que me había anticipado “Te voy a llevar a ver”, son casi las 3 de la tarde y el tren Retiro-Villa Rosa se detiene en Sourdeaux. Una turba de pibes, perros, mujeres y hombres cruza la vía en caravana. El contingente avanza hacia la plaza del barrio porque ahí está la joda. Música, baile y bebida.

Caminamos un poco apretujados por el medio de la calle que está cercada por los puestos de la feria. Hay ofertas abundantes, estéticamente intercaladas entre santería y morfi.

– Chorizos caseeerooos, alfajores regionaaaaleeees,rosca, miel!! – grita un vendedor.

De todas las liturgias, las que más me gustan son las estampitas, tienen un olor a humedad particular por el sobrecito de plástico que las envuelve. En cuanto a la imagen de Mailín, consiste en una imponente cruz con un cristo más pequeño en el centro. La señora que está al lado de Patricio se lleva cinco y nos comenta que las hará bendecir y repartir, para ejercitar la piedad y la devoción.

Plantado sobre el borde del cordón un hombre de boina y traje oscuro invita a embocar anillos en botellas, y sino, a patear al arco de la mini cancha improvisada. De tanta Kermesse el barrio se siente como en una suspensión del tiempo cotidiano.

Ya parece un milagro que en esa multitud recién llegada encontremos a Juan Pablo entre los cincuenta puestos de Villa de Mayo y las rondas musiqueras de la plaza. Se lo ve alegre tocando chacarera. Aunque cuando nos ve de lejos, se justifica con una encogida de hombros. Cree que la chacarera es monótona, pero la entonadita de ritmos al son del bombo y violín es una ceremonia de la que participa con un rol protagónico.

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Obreros, chaboncitos de la ciudad o de lugares más alejados intentan intervenir en los zarandeos de las adolescentes, o no tan adolescentes. Y se larga una de Los Manseros Santiagueños.

-“Dejé mi tierra cantora por conocer otros pagos voy andando los caminos pero mi alma está en Santiago”.

-¿Son todos santiagueños acá? – pregunta otro folclorista al mando.

Parece que en Villa de Mayo  van a quedar afónicos al lado de la orquesta o en alguna fonda haciendo Oda al vino. El festejo es inminente y la policía circula firme con las botas bien puestas para evitar la venta de alcohol, pero la fiesta no se detiene.

Son las 5 de la tarde, suenan las campanas y los changos corren para subirse a la reja. El resto de la gente se aproxima. Desde el camión se oye una voz en off que conduce la escena.

– “Estamos todos aquí para recibir al Señor de los Milagros, abran sus corazones, agiten los pañuelos”- dice el conductor.

Hay pañuelos por doquier y las sacudidas hacen que se mezclen los colores aunque el amarillo, rojo y azul resaltan de la revuelta. La nena de al lado le pide al padre que la suba a los hombros, quiere ver como tocan los redoblantes de la banda de la Armada, ese movimiento técnico que corta el aire y me embelesa.

De un instante a otro se abren las puertas de la iglesia. Lo místico habita en el aire, eso debe querer decir alguna cosa. Pero tampoco entiendo bien qué es. Tal vez sea la felicidad de acariciar un sueño o el agradecimiento de al fin cumplirlo

Etiquetas: conurbano, Mailín, religión

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