La hermana mayor

samantha
Durante mi adolescencia conocí a algunas personas mediante el envío de cartas. Recuerdo el esmero puesto en cada cada misiva, aprovechando cada línea, cada coma, cada punto y aparte, como si se tratara de recursos completamente finitos. Algo de eso había en esa técnica del pasado; cuando internet era un fenómeno que apenas consumían algunas familias de las clases medias altas; un lujo que ni siquiera ellas entendían demasiado. En esa incursión epistolar, breve pero intensa, intercambié algunas cartas con una joven llamada Pamela. La joven tenía tres años menos que yo. Vivía en Hurlingham, a veinte cuadras de mi casa paterna. Ambas compartíamos el gusto musical por la banda irlandesa U2. En ese entonces Pamela recién comenzaba el secundario y estudiaba música en el conservatorio de Morón, lo que la hacía mucho más sabia que yo, al menos en lo que a esa materia se refiere. Mi sensatez, al ser la mayor, consistía en depositar pequeñas dosis de madurez al fanatismo que nos despertaba una banda de rock. Con Pamela compartíamos paseos por los no lugares que el neoliberalismo aún se obstinaba en fundar a finales de los noventa, sobre todo en la periferia del conurbano. Donde, en nuestra infancia, había una fábrica, veíamos nacer un enorme shopping o un imponente supermercado. Por lo general ubicados en alguna ruta o cerca de la autopista que nos acercaba a la ciudad. Ciudad que habitábamos como si fuésemos extranjeras, absortas e inquietas, alertas y en movimiento; adolescentes. Nos gustaba sentir el olor que brotaba de las revistas de rock que la legendaria Tower Records exhibía en sus mostradores. Disfrutábamos del hecho de descubrir sucuchos del microcentro, donde siempre había algún personaje que nos permeaba con su conocimiento, noble e inmenso. También pasábamos algunos ratos en la casa de Pamela, escuchando música mientras ella practicaba acordes en una guitarra y soñaba en convertirse en una gran música. Mis ambiciones aún estaban desdibujadas. Entre ellas estaba escribir. Recuerdo haberle contado eso a Pamela en una carta y que ella me respondiera, con inusitado entusiasmo, que su hermana mayor había ganado un concurso literario y que a mí eso me sonara tan maravilloso. Yo vivía en una casa donde la vida adulta era sinónimo de sangre, sudor y lágrimas en una fábrica, o con mejor suerte en una oficina, el hecho de imaginarse vivir de la escritura era algo surreal. Durante las cuatro o cinco veces que visité esa casa de Hurlingham, aquella hermana mayor, dueña del aura surreal, estaba en su isla editando algún video para la Facultad; estudiaba Diseño de Imagen y Sonido, o en el living viendo una sitcom que transmitía la televisión por cable del menemato. A mí me daba extrema curiosidad la vida de esa hermana mayor. Quizás porque yo estaba más cerca de su edad que la de Pamela. O porque yo estaba cursando el último año del secundario y me despertaba una suerte de admiración la gente que había dejado atrás esa etapa tan difícil llamada adolescencia. La amistad con Pamela duró muy poco tiempo. El fin de mi escuela secundaria y alguna que otra cosa que ya ni recuerdo bien hizo que cada una siguiera su camino. Con el tiempo me olvidé completamente de ella, hasta que un día, hace poco más de diez años, leí su apellido en una reseña literaria. Su hermana mayor, esa joven que estaba fuera de foco y que a mí me generaba misterio, había escrito un libro de cuentos, que algunos críticos que yo seguía en pleno auge de la blogosfera, elogiaban con elocuencia. A veces cuando recorro librerías o leo entrevistas de aquí y allá en donde citan a los grandes escritores del momento, no puedo evitar pensar en que quizás cuando yo frecuentaba esa casa de Hurlingham, aquella joven misteriosa estaría dando nacimiento a las maravillosas historias que hoy conforman su gran obra literaria. Su nombre es Samanta Schweblin.

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