LA CHATARRERA

Son las seis de la mañana. El  frío da  la bienvenida a un nuevo día aparentemente como cualquier otro, pero no. Es diferente.  Parado frente a aquella carrosa. La sombra de la cárcel comienza a dibujarse en la carretera con los primeros rayos de sol. Con temor a  no ser respondido toque la madera. Espere un momento. Salió Juana Quintana, La ropa  cochina, el cabello desordenado. Alzo  el plástico que tenía como puerta en la parte trasera de la vieja carrosa, que es su casa hace dos semanas. Sabía que su historia sería muy interesante.

Los días pasan entre largas caminatas, el sonido de los automóviles, la gente y sus carcajadas. Ese el rostro de Cajamarca que observa Juana  mientras recoge  botellas, cartones y todo lo que pueda servir para venderlo y obtener unos cuantos soles para comprar algo de comer. El cartón le compran a 20 céntimos el kilo.

A veces, solo compra una gaseosa grande para su desayuno, almuerzo y cena. Ahorra para comprarle zapatos a la niña. La que crio desde que tenía un año, luego que su hija muriera dejándole una razón para vivir. Su nieta Ruth.

Por vergüenza que la señalaran como la nieta de una chatarrera ella se escapó hace un mes, y se refugia en la casa hogar Belén.

La vida ha sido cruel con Juana hasta sus 47 años.

Parece ayer cuando papá mato a mamá frente a ella, cuando apenas tenía 5 años. No recuerda claramente como sucedió, lo que si recuerda es ver a su madre desangrarse por los cortes de un cuchillo, mientras papá salía corriendo de la casa, sin decir nada. Ella observaba entre lágrimas sin entender bien lo que pasaba. Nunca más lo volvió a ver.

Dos tíos cuidaban de ella. Tenía 10 años de edad. Su cuerpo iba creciendo como toda niña entrando a la pubertad. Un día, sus tíos llegaron borrachos. Se sentaron en el tronco del corredor, entre risas y groserías. Ella jugaba sola en ese cuarto iluminado  por una sola ventana. Sentada en el filo de la tarima. De repente entran. Comienzan a manosearla. Le tapan la boca. Las lágrimas caen por sus mejillas. Intentaba gritar. Todo esfuerzo era inútil contra estos dos hombres fuera de sus cabales por culpa del alcohol. Fue abusada.

Con esas imágenes en su cabeza, camina junto a la gente que se va  a lima dejando Andahuaylas. Muchos le preguntan: -¿con quién  te vas? A lo que ella no sabía que responder. Hasta que en un policía al verla sola, se acercó y le ofreció llevarla para que trabaje en su casa de  lima.- sí, quiero ir con usted, respondió ella dibujando una leve sonrisa en su rostro.

A los quince años de edad conoce a Santos, 5 años mayor que ella. Se enamoran.  Empiezan a convivir. Vivian en una casa sin culminar, como guardianes. Apenas tenían un catre viejo para descansar. Un año después  queda embarazada. Un proceso difícil. Con los dolores de parto lo llevaron al hospital. Estos se hicieron cada vez más fuertes hasta desmayarla. Al  despertar, la enfermera se le acercó y le dijo: – es linda tu hijita tiene ojos verdes, muy bonita. Emocionada, con ganas de ver a su bebe, estaba echada en  la cama. Tapada con una sábana blanca un poco vieja. Con ese anhelo, el sueño la sedujo lentamente. Cuando despertó, nuevamente pidió que le trajeran a su bebe. Nadie hacia caso a su petición. Se armó un alboroto en el pacillo. Santos estaba muy enojado, se escuchaban sus gritos.

_ ¡cómo no van a saber nada, si ustedes tienen que cuidar! Les decía a las enfermeras. Pues la bebe había desaparecido y no le daban ninguna explicación.

Juana fue dada en de alta. Aparte de que nunca vio a su hija, debían dinero. Pues lo que ganaba su esposo en construcción civil no cubrió los gastos. Acudieron  a un primo de Santos para un préstamo.

Después de pagar lo que debían, se dedicó a vender caramelos en una esquina del jirón Amancaes en el distrito de Carabayllo, mientras su esposo, continuaba en construcción.

Un nuevo embarazo la tiene muy emocionada. Aun sin saber que será el bebe, pasa sus  días entre la casa donde cuida y aquella esquina, donde todas las noches va a vender caramelos. Con la barriga grande, apenas puede cargar la caja de caramelos para endulzar la vida de unos cuantos transeúntes y luego el mismo sacrificio para regresar a casa.

Esta vez sí pudo ver el fruto de su vientre en sus brazos. Milagros había nacido. Pesando 4 kilos. Lo hicieron recostar a su lado en una cama del hospital Cayetano Heredia. Mientras dos enfermeras las observaban un poco emocionadas.

La niña fue creciendo. Ya no cabía en la caja junto a los dulces, donde lo llevaba mamá  entre risas, alguna veces enojada y otras  llorando.- Era mi única compañía. Dice Juana. Pues su papá se fue a  Ayacucho y lo mato el terrorismo, sin saber que yo estaba embarazada de mi tercera hija, la que vi en una foto cuando tenía tres años. La doctora Jordán Sánchez  fue quien me mostro.

– quieres de ella solita o una que está con nosotros. Me pregunto.

– la que esta solita deme. Respondí.

Juana comienza a llorar inconsolablemente, sentada en una vieja silla frente a la carrosa.

-Quisiera verlo a mi hijita. No tenía plata para salir del hospital por eso le di a la Doctora, porque ella pago lo que debía. Ella me dijo que cuando crezca le diría quien es su mamá. Ojala le haya dicho. Mi niña se llamaba Vanesa.

Mi Milagros comenzó a crecer y se conoció con Lalo, un flaco, alto que siempre paraba en su moto taxi.

Quizás la culpa fue mía porque yo le  mande a comprar kerosene del grifo, como a las 6 de la tarde. Allí lo conoció a él. Ese día regreso faltando 10 minutos para las 11 de la noche. Ni bien llego le revise su cuerpo pensé que le habían hecho algo. Milagros había acompañado a Lalo en una carrera fuera de carabayllo.

Al día siguiente. Temprano, le había puesto un vestido blanco y estaba peinándole frente  a la casa, que estaba en la quebrada. Por  la parte de arriba aparece Lalo diciendo: Qué bonita se ve, todos los días póngales ese vestido.

Dejando de peinarla, cogió piedras y lo corrió.

Ella estaba embarazada y no sabía cómo decirle a mamá. La rabia hizo que hablara más de la cuenta esa mañana al ver a Lalo durmiendo en su moto frente al grifo. Aparentemente golpeado. Oliendo a  alcohol.

– ¡levántate! Así piensas mantener a nuestro hijo. Le decía ella. Mientras su madre se quedó pasmada por la noticia.

Ya había cumplido trece años. Siempre le venían hemorragias. Le pegaba a su madre y le amenazaba con abortar. Después de dar a luz, regreso al colegio. Conoció a Elizabeth una señorita involucrada en drogas. Poco a poco le fue metiendo en este vicio a  tal punto que cambio a su bebe por unos cuantos gramos de cocaína.

Internada en el hospital de gravedad, por una sobredosis, es la última imagen que lleva su madre en la mente. Sin dinero para pagar la hospitalización. Salió de lima, con la su nieta en brazos rumbo a Cajamarca, con unos cristianos.

Han pasado 14 años que está en esta ciudad y la vida ha seguido mostrándole su lado más cruel.

La oscuridad comienza a marcar su territorio, Juana llega a su casa (la carrosa vieja de un camión), solo le esperan sus dos perros y un gato, con la  esperanza que traiga algo de comer. Son los más felices al verla llegar en su triciclo.

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