La batalla más difícil de la revolución

Lunes 16

Aquí nació, y murió, Fidel Castro Ruz. Aquí el comunismo y el capitalismo duermen en la misma cama. Aquí -dicen- existen más probabilidades de sufrir un ataque al corazón que recibir un impacto de bala. Aquí circulan dos monedas: 1 CUC equivale a 25 CUP. Aquí aterrizaron cuatro millones de turistas el año pasado, 614.000 tenían pasaporte estadounidense. Aquí hay franquicias de Adidas, Puma y de Angelina Jolie. Aquí un salario mínimo no suele superar los 25 dólares: 25 CUC. Aquí, hasta hace unos años, los nacionales tenían prohibido entablar relaciones de tipo no comercial con los extranjeros. Aquí el edificio más alto es un museo alegórico a José Martí. Aquí tener internet en casa es un lujo, un privilegio. Aquí, según la organización WFP, importan el 70% de los alimentos. Aquí una noche en el Hotel Meliá Cohíba puede costar 300 dólares. Aquí ningún metro cuadrado escupe petróleo. Aquí hay un busto de Mustafa Kemal Ataturk. Aquí Dios es socialista.

Fue aquí donde una mulata joven me pidió el vaso cuando terminé de tomarme un mojito. Intentó justificar la súplica diciendo que en su casa solo tenía vasos de plástico. También aquí, a la entrada del Hotel Inglaterra ubicado en el Parque Central, Juana, una señora enclenque de piel quemada, jaló la manga de mi camiseta y me preguntó si tenía alguna de sobra que pudiera regalarle. Y aquí,  al lado de un televisor plasma y rodeada de porcelanas, Nery,  propietaria de la casa donde me hospedo en inmediaciones del Parque Trillo, me asegura que la educación es gratis, que el empleo es fijo, y que las Universidades gradúan profesionales según las necesidades del país.

-¿Cuándo van a ir a Medellín?

-Esa es otra historia, nosotros somos cubanos.

Martes 17

Quise comprar uno de esos conos de papel rellenos de maíz tostado que venden en las coloniales y atestadas calles de la Habana Vieja. La vendedora ambulante, joven ella, recibió el billete de 20 CUP y lo tiró al piso.

-“Eso no vale nada” -me reprochó entre el enfado y la indignación.

Más tarde, Cuba ya vacía de sol, atravesé junto a Elvis una de las tantas plazas que tiene la laberíntica zona colonial de La Habana.  Él, aún con huellas de acné, llevaba una estrecha camisa negra que realzaba sus bíceps. Elvis había intentado huir de la isla en tres ocasiones, y en las tres oportunidades fue interceptado en alta mar. Cuatro días antes de conocerlo, el Gobierno Estadounidense derogaba la ley Pies Secos, Pies Mojados que concedía la residencia a cualquier cubano que lograra pisar suelo norteamericano. La noticia causó júbilo al interior del gobierno cubano. Miami, para Elvis y muchos de sus compatriotas, pasó de estar a 90 millas, a estar en otro planeta… en otra vida:

-Este era mi año para irme –sentenció amargado.

-¿Qué opinás de la Revolución?

-A mí la Revolución me da un coño. A mí lo único que me importa soy yo y mi familia, el resto me importa un pito –respondió mientras un Audi 2.0 negro se escurría por la esquina de la plaza como un conejo salvaje.

-¿Te gusta el ´Che´?

– A mí me gusta es Shakira.

Miércoles 18

Maritza parece un retrato vivo de Fernando Botero: matrona regordeta de cabello pajizo y voz de trueno seria el título del cuadro. Pasa las mañanas encerrada en su cuarto, “durmiendo”. De noche responde los correos de turistas potenciales que buscan hospedaje en la isla. Como lo de Maritza no es un hotel sino una casa de clase media, distribuye los visitantes en las casas de sus “amigas” que viven en las manzanas aledañas.

En la mañana, cuando los carretilleros erran por las longevas calles de La Habana ofreciendo verduras, la sala de Maritza se convierte en una Torre de Babel: turistas mexicanos, españoles, uruguayos, argentinos, -y quien sabe de cuántas nacionalidades más- llegan a casa de Maritza, entre Neptuno y Concordia,  para que Gisella, su hija, les señale los puntos de interés en el mapa, para organizar un tour a otra provincia,  esperar el taxi que los llevará de regreso al aeropuerto, o desayunar.

Mientras desayunábamos una porteña morocha transpiraba asombro. Le costaba creer que pudiera sentarse en un parque a chatear o pudiera caminar a cualquier hora por cualquier calle con dinero en los bolsillos, sin miedo a ser asaltada, y que no fuera un sueño.

-Yo vivo en Buenos aires y esto en mi país es una locura. Toda la gente en un parque con su celular en la mano… es insólito -dijo.

La isla revolucionaria no es ajena a la pobreza y la cínica brecha social de la región. Aunque la revolución imaginó algo distinto, la brecha adquisitiva se nota hasta en las miradas mas no se materializa en violencia.

En Cuba hay dos Cubas: están separadas por 16 kilómetros. Una de ellas, Villa Tarara, hecha a imagen y semejanza del proyecto de vida yanqui: casas anchas de una planta, con zonas verdes al gusto, a una playa del mar. En la más habitada, hasta tres generaciones duermen -unas encima de otras- en edificios centenares de colores pastel descascarados por los años.

Jueves 19

A tres cuadras del Paseo del Prado, la avenida peatonal que separa la Habana Vieja de Centro Habana, Bárbara barre la antesala de la casa de su hermana Yamila. Ha vivido más de medio siglo en Cuba, “aquí nací y aquí me muero”, dice. Tiene tendinitis, el pelo entrecano, y complexión esquelética. Bárbara suspende labores para hablar de la muerte de Fidel:

-Cuando escuché la noticia me dio como un subido de presión. No soy comunista ni anticomunista pero veo imágenes en televisión y se me agüan los ojos.

Apoyada en la escoba, Bárbara dice que tiene un hermano en Canadá y una tía en Estados Unidos, que nunca fue a la Universidad, que trabajó de voluntaria en un hospital, que su hijastro es homosexual, que a un amigo con sida el Gobierno le dio casa, trabajo, y le subsidian un mercado cada tres meses, y que su nuera, radicada en el exterior, le escribe:

-Estoy loca por estar a tu lado comiendo arroz y frijoles con croquetas.

-Viste, te lo dije- le responde Bárbara.

El socialismo cubano, lo que queda de él, es como la religión: un discurso: un evangelio que entra por los ojos. Las vallas que el neoliberalismo utiliza para fomentar el consumo, el Partido Central Comunista Cubano las utiliza para comercializar su revolución.

De camino a Trinidad, un pequeño pueblo colonial a cuatro horas de La Habana, pueden leerse varios sermones publicitarios: “Nuestro mejor amigo”, reza una valla descolorida en la que están Fidel Castro y Hugo Chávez con la bandera cubana de fondo. “Solo el socialismo hará posible lo imposible”, se lee en otra, protagonizada por Chávez, a la entrada de una refinería. “Firmes desde nuestra raíz”, “Hasta la victoria siempre”, “El hombre crece con el trabajo que sale de sus manos”, dicen las demás.

De todas, hay una singular: un puño, nombrado Cuba, golpea la cara de un viejo ataviado con colores norteamericanos y las palabras bloqueo se derrumban de su barba. Una caricatura que reivindica los anhelos inalcanzables. Puede que la isla haya superado el bloqueo moral, pero no es fortuito que los cubanos viajen en camiones donde transportan las reses en Colombia, y los turistas, muchos de ellos estadounidenses, recorran Cuba en ómnibuses con aire acondicionado.

Viernes 20

Ayer, en La Casa de la Música de Trinidad, había un show de salsa. La entrada al anfiteatro costaba un CUC para los “extranjeros” y 10 CUC para los “nacionales”. Aunque es difícil, y costoso, ser cubano en Cuba, los “nacionales” fueron la minoría más numerosa en la velada.

Trinidad, según la Unesco, hace parte del Patrimonio Mundial de la Humanidad. La zona céntrica del poblado, sobrepoblada de extranjeros, conserva las calles empedradas y el ADN de la arquitectura española. En la periferia, donde los guías no llevan a los turistas, las casas son oscuras y estrechas, las calles son de tierra, hay puertas hechas de lata, y la gente es de semblante mustio como si fueran anfitriones de un velorio.

De noche, cuando el cielo estaba convertido en un mantel estrellado, un dueto joven amenizaba la cena en la terraza de un tercer piso. Me preguntaron de qué país era:

-Colombiano -respondí

-Ah, de la tierra de Pablo.

-Cuando vuelvas trae un arma –me dijo, sonriendo como un psicópata, el que tocaba la guitarra.

Sábado 21

Sin el salvavidas económico de la URSS, tras la muerte del bloque comunista en Europa,  “el satélite soviético” perdió el 35% del producto interno bruto. La capacidad importadora cubana pasó de 8.139 millones de dólares en 1989, a 2.236 millones en 1992. El Comité Central del Partido Comunista Cubano tenía dos opciones: permitir prácticas comerciales propias del sistema capitalista o morir asfixiados por el bloqueo comercial estadounidense: diversificar los valores revolucionarios o caer en bancarrota: elegir entre el mercado o la hambruna: aceptar una invasión supervisada o  encender los motores del Titanic. El partido no tuvo otra opción que apadrinar el sistema que tanto despotricó.

“Creo que el primer deber y el más sagrado deber de todo revolucionario es la capacidad de reconocer cualquier error que puede haber cometido”, la frase, atribuida a Fidel Castro, está grabada en un letrero del Edificio de la Aduana en Cienfuegos, capital de la provincia del mismo nombre.

Ni Fidel reconoció, ni la Revolución reconocerá, públicamente los yerros burocráticos que obligan al joven bonachón, que me recibió en la terminal de Cienfuegos, a llevarse las manos a su boca y pedirme un CUC “para comer”. Tampoco explicaran, a los cubanos como él, cómo es posible que en el Club Náutico de la ciudad –engalanado con piscina, cancha de tenis y un embarcadero repleto de yates- oferten Filet Mignon de 12.25 CUC hasta 306.25 CUC y haya quien los pague, y pueda repetir.

José, papá de Nereli y tío del muchacho que me recibió en la terminal, reposa en la reclinadora del pasillo que une las dos alas de su casa y me invita a ver el partido del Real Madrid contra el Málaga. Lleva chanclas, una pantaloneta gris, una camisa celeste, el pelo a ras, y suelta un alarido cada que los merengues erran un pase.

Este ingeniero civil jubilado, pasado de los 60, planea hacerle remodelaciones a su casa para recibir más huéspedes. El alto costo de las lámparas led tiene suspendidas las obras. En Cuba, me explica, hay productos inaccesibles porque el Estado no tiene total control sobre la oferta y la demanda, ciertos productos son acaparados por una sola persona que termina convirtiéndose en la reguladora de los precios.

Terminada la euforia del balón, José bebe agua para paliar el catarro y me cuenta que hace 20 años una libra de pescado valía un peso, “hoy vale 25”; la libra de cerdo valía un peso, “hoy vale 18”.

-En los primero años de la revolución la comida era muy barata, y nos alcanzaba para ir a la playa; pero fue un error del gobierno porque mal acostumbró al pueblo…

Antes de triunfar la revolución, el peso cubano –el CUP- estaba a la par del dólar. Hoy Cuba compite por el salario mínimo más bajo del mundo. El hijo de José, por ejemplo, montó una pizzería debajo de la casa porque le resulta más rentable que ejercer su profesión.

-Si suben el salario se vacían los estantes. Cuando me dicen que la salud y la escuela en Cuba son gratis y mi salario no alcanza, yo estoy pagando mi salud y mi escuela. Si tuviera un salario más alto los podría pagar.

Domingo 22

Hoy regresé a La Habana. Visite el Museo de la Revolución. La cúpula, los ventanales ovalados, y los detalles barrocos le dan una majestuosidad propia de palacio europeo.

El museo es un lugar de culto. En las más de 20 salas están ilustradas las estrategias militares con las que Fidel le arrebató Santiago de Cuba, y el país entero, a la “tirania”, los nombres de los guerrilleros que acompañaron a Fidel en la operación libertadora, recortes de la propaganda difundida por las Fuerzas Rebeldes, el organigrama de la guerrillerada, fotografías de personalidades famosas que visitaron la isla como Wiston Churchill y Jorge Negrete, comparaciones de cuántos hospitales había en Cuba antes y después de la revolución… y está el satírico rincón de los cretinos, por el que pasan miles de turistas gringos al año, donde están caricaturizados Fulgencio Batista y los presidentes estadounidenses Ronald Reagan, George Bush padre, y George Bush hijo. Cada uno tiene una dedicatoria especial, la de Bush hijo dice: “Gracias cretino por ayudarnos A HACER IRREVOCABLE EL SOCIALISMO”.

También fui al Tablao, el sótano del Teatro Alicia Alonso, ubicado al frente del Hotel Inglaterra, convertido en salón de eventos. El recinto rectangular estaba colonizado por la penumbra, a excepción de la tarima donde cantaba Ivette Cepeda y la barra del extremo izquierdo.

La entrada costaba una cuarta parte del salario mínimo cubano. Los hombres llevaban pantalón y camisa de rayas. Tacón y vestido las mujeres. De cada diez personas, nueve eran de piel clara y una de piel negra. Las meseras eran negras y los cocineros también.

Esos, supongo, son los contrastes del socialismo.

Lunes 23

Los lunes reina la desidia en La Habana. Los lugares de interés permanecen cerrados. Los bares vacíos como cascaras de huevo.

Acompañado por Ivana, una argentina que conocí al desayuno, recorrí el Vedado. En esa zona de la ciudad, las casas son de dos plantas, las calles son amplias y arborizadas, y hay restaurantes a los que un asalariado no podría entrar -es territorio de privilegios, la antítesis de Centro Habana.  Luego caminamos en dirección al malecón. Yandi llevaba dos niños a bordo de un bicitaxi –uno de los tantos que pululan como cucarachas por La Habana Vieja y Centro Habana. Al pasar nos miró con intriga, dejó los pasajeros en una casa, y se nos acercó.

Cenamos juntos y contó que tenía 31 años, que se había recibido de salvavidas, que los recorridos en bicitaxi los cobraba según la nacionalidad del pasajero, que si los padres no mandaban a sus hijos a la escuela podían ir presos, que trabajaba en la Escuela Bolivariana de la República de Bolivia, y que a las mujeres cubanas les gusta robarse las miradas cuando salen a la calle y por eso visten prendas de colores vivos y llevan sortijas.

Yandi también explicó por qué a pesar de las penurias económicas, al caer la noche se multiplican las botellas de ron:

-La idiosincrasia del cubano es así: si gana 17 dólares en el día, por la noche se los gasta.

Martes 24

El Centro Comercial Carlos Tercero es una colmena capitalista sobre el meticuloso caos de una avenida habanera. La expresión más fidedigna del consumismo desenfrenado. La estructura que demuestra las incoherencias y las grietas de una religión política. Cuatro pisos de martirio sonoro. Los niños jugaban en las maquinitas, sus papás comían pollo, tomaban cerveza, cargaban bolsas, miraban vitrinas, comentaban el partido de fútbol. Y, afuera, el mundo parecía negar ese espectáculo primitivo.

En la noche acompañé a Yandi a la morada de su amigo Carlos. A la casa no le sobraba ni le faltaba nada: dos muebles, un televisor, una mesa, cuatro sillas, una cocina en forma de u, un baño, un sanitario, dos baldes, ninguna ducha, y una plancha de cemento que hace las veces de segundo piso, donde –supongo- debe haber una cama.

Por lo macizo y musculoso, da la impresión que Carlos tiene la capacidad destructora de un huracán. De joven integró las filas de la marina. Dijo que su abuela era  jamaiquina y necesitaba dinero para hacerse con la nacionalidad de ese país y lograr salir de la isla.

Me ofreció una pintura de varias mujeres negras vendiendo frutas en un mercado. Aseguró haberla comprado en Haití. Al principio la tasó en 100 dólares y luego en 60. Luego sacó otra. Según él comprada en Turquía, pero aclaró que no podía vendérmela.

Miércoles 25

Hace dos meses la muerte de Fidel Castro estremeció el planeta. Fidel, en Cuba, es omnipresente. Está en el Estadio Latinoamericano de La Habana, está dibujado en las calles, hay montajes de él en vallas publicitarias, está en la saliva del pueblo, está pegado en las paredes de las casas, está supervisando el trabajo en algún taller, está vivo en el recuerdo de los que lo idolatran y los que lo aborrecen. Fidel está sin necesidad de estar.

Jueves 26

-¿Cómo te pareció la muerte de Fidel? –le pregunté a una estudiante de historia en el jardín central de la Universidad de La Habana.

-Como si se hubiera muerto alguien normal. Una persona normal. No ha hecho nada. Estamos aguantando hambre. La economía sigue mal, con tanto turismo la economía debería ir un poquito mejor.

La canícula de la tarde menguaba. Un grupo de estudiantes formados en escuadrón quebraban la monotonía del Paseo del Prado. Por el color amarillo crema del pantalón y las faldas supe que cursaban bachillerato, los de primaria usan prendas rojas y los que están ad portas de finalizar secundaria visten de azul oscuro.

-¡Yo soy Fidel, yo soy Fidel…! La educación es el instrumento por excelencia en la búsqueda de la igualdad, el bienestar, y la justicia social. Sin educación no hay revolución ni socialismo posible -gritaban desafinados y sin mucha convicción los estudiantes.

-¿Por qué? -preguntaba el joven profesor que llevaba un pito colgado del cuello.

-¡Porque Yo soy Fidel… Yo soy Fidel!

Llegada la noche divague por la Habana Vieja pensando que ya lo había visto todo.  El acceso a la Plaza de La Catedral estaba cercado. Alrededor de 15 mesas y una tarima ocupaban una octava parte de la plaza. Los cubanos, agarrados a las vallas, observaban la fiesta privada. La voz principal del coro decía “thank you so much”, mientras los cubanos se reían ingenuamente como si estuvieran viendo una película por televisión.

Al llegar a su casa, Tony, un cincuentón de metro cincuenta y sonrisa silvestre, mencionó la quintaesencia del contrato social cubano:

-Todos no podemos ser iguales. Todos tenemos los mismos derechos, las mismas posibilidades… cada quien las aprovecha como puede, habrá quien se esfuerce más, quien prefiera trabajar, y quien prefiera tomar.

Tony sabe que la Revolución, hoy por hoy, es una casa vieja que necesita una remodelación porque puede derrumbarse en cualquier momento. Sin embargo, dice él, la solidez de las bases permitirán mantener la casa en pie:

-En mi época la palabra prostituta no existía en el vocabulario. Si Cuba se abre, esto volverá a ser lo que era antes: donde los gringos vienen el fin de semana al casino, a tomar, a drogarse…

Viernes 27

La Universidad amaneció adornada con dos pendones. Del costado derecho de la fachada cuelga el rostro de José Martí en sus tiempos mozos. En la fachada izquierda un pendón con el logo de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), la organización política de la juventud cubana.

Es el natalicio 164 de José Martí, escritor y militante político que invirtió su vida en la independencia cubana. En su memoria, anualmente se realiza un peregrinaje universitario conocido como la marcha de la antorchas.

El primer kilómetro del recorrido estaba cercado. Algunos ciudadanos de a pie discutían con la policía porque habían quedado a la otra orilla de sus casas y la autoridad no les permitía el paso. En la esquina desde donde vi la procesión había una pantalla. Primero proyectaron un video sobre José Martí, luego una canción en la que se referían a Fidel como prócer de la patria, y después una canción dedicada a Chávez, “el gran amigo”. Los videos se repitieron uno tras otro hasta el inicio de la marcha.

A lo lejos, los marchantes parecían una horda que llevaba fuego en las manos. Raúl Castro presidia la montonera. Su estatura no concordaba con su poder. La marcha tenia tinte de comparsa. Los estudiantes se empujaban, agitaban banderas de Cuba y la rojinegra bandera de la revolución, soltaban chillidos estridentes, y hacían gestos estrambóticos a las cámaras.  El animador repetía, una, y otra, y otra vez,  perogrulladas: “¡Cuba es Fidel! ¡Viva Cuba libre!”

Sábado 28

La Revolución de la Revolución recién empieza. Fidel ya no está. Dios era mortal y ha muerto. La Revolución quedó huérfana, quedó el testamento del profeta.  No hay una voz seductora que contagie esperanza, quien sea el pararrayos de los sueños incumplidos y el descontento.

¿Los herederos al trono serán capaces de mantener la verosimilitud del mito? ¿Logrará el capitalismo y el internet meterse en las entrañas del socialismo como una sanguijuela –cambiar los modos de habitar y relacionarse con el mundo? ¿Está en capacidad de hacerse cargo de su destino una sociedad acostumbrada a que decidan por ella?

Los hijos de la Revolución mamaron del padrinazgo soviético y soportaron los años de austeridad. Renunciaron a los deseos materiales –que algunos privilegiados (extranjeros y nacionales) pueden satisfacer- y aceptaron vivir en un ecosistema elemental que para ellos no tiene precio: tranquilidad, seguridad, solidaridad, educación y salud universal: igualdad de oportunidades para todos. Pero los hijos de los hijos no se conforman con la fábula, la historia, los principios, lo necesario. Tampoco harán fila durante tres horas, como sus padres, para ver el féretro de Raúl o del sucesor de Fidel. Quieren carros, joyas, y todos esos lujos que el capitalismo les muestra en las vitrinas y en internet. Y, sobre todo, anhelan salir del país.

Cuba despierta curiosidad por lo que fue, pero causa mucho más morbo especular lo que de ahora en adelante podría ser esta esquirla comunista.

 

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