La batalla cultural

LA BATALLA CULTURAL

Ensayo periodístico de actualidad por Jorge Andrade.

 

La derecha parece bien posicionada como para ganar su segunda batalla cultural. Las batallas culturales se libran con el lenguaje, vaciando de contenido las palabras para resignificarlas de acuerdo con las conveniencias estratégicas de los contendientes.

Valga como ejemplo el término “gente” que ha sustituido a “pueblo” con tanto éxito que hasta la izquierda ha olvidado la Bastilla y el Palacio de Invierno, y lo ha adoptado. Es una moda cultural nada inocente que conquistó incluso al enemigo. La abolición de la palabra “pueblo” también vacía de contenido a la palabra “democracia”. El gobierno del demos, del pueblo, deja de ser tal en la democracia formal del tardo capitalismo financiero. Para ésta ya no son los ciudadanos los que participan del gobiernode sus necesidades e intereses a través de la delegación del poder que otorgan a sus representantes e incluso, en las democracias avanzadas, mediante su participación directa en la toma de decisiones; para la democracia formal del pensamiento único no hay ciudadanos sino consumidores que intervienen en tiempos pautados en la tómbola que organiza el show mediático electoral.

Pero las palabras clave de las dos grandes batallas culturales que se han librado en los últimos años de nuestro país casualmente empiezan las dos con la letra “c”, son “Campo” y “Cambio”.

El primer triunfo de la derecha, después de su retiro táctico a cuarteles de invierno tras el derrumbe de su gestión que culminó con el estallido de 2001, fue el de la llamada “Resolución 125”. La tal Resolución, que luego el gobierno intentó convertir en ley sin éxito debido a la traición del vicepresidente en ejercicio en ese momento, establecía un sistema de retenciones móviles para las exportaciones granarias y de oleaginosas. La diseñó el camaleónico político Lousteau, en 2008 ministro de economía de la nación. Fue uno de los grandes errores del kirchnerismo. Mal asesorados por el ministro, que aseguró a la presidente y a Néstor Kirchner que la medida no levantaría resistencias en el agro, el poder ejecutivo fue adelante con la normativa sin concederse demasiado tiempo para reflexionar.Cayó así en uno de los defectos más notorios de los gobiernos de los Kirchner: el repentismo.

El éxito de la resistencia de los grandes productores del campo fue, en primer lugar, haber logrado cooptar a los pequeños productores que pusieron la mano de obra del lock-out y de los cortes de ruta para provocar el desabastecimiento. En segundo lugar, y más importante, lo fue el conseguir el apoyo masivo de la clase media y, tal vez también, de parte de la clase media baja. El suceso se logró cambiando el sentido del significante “Campo”, de modo de queen el imaginario popular se identificarael significado con el de “chacarero”, es decir con el pequeño productor rural que trabaja su propia parcela de tierra. Se borró en cambio para la “gente” el significado de grandes propiedades de miles de hectáreas y de pools de siembra. De modo que las clasespopulares que rechazaron la medida apoyaron a quienes perjudicaban sus intereses. ¿Por qué? Por dos razones: una, porque la producción agraria que goza de ventajas comparativas de origen (la calidad de la tierra que se posee en propiedad privada) debe contribuir con una parte de sus ganancias que pertenecen a toda la nación y a sus ciudadanos por el diferencial de calidad de la tierra, para financiar el desarrollo industrial, que no goza de esas ventajas, que es el que crea empleo, y para financiar las transferencias hacia la parte más desfavorecida de la sociedad, tal como los beneficiarios de la asignación universal por hijo, o las clases pasivas que obtuvieron su jubilación móvil. La otra razón, tan importante como la anterior, es que las retenciones obran como reguladores de precios. Muy brevemente: si un empresario vende su producto en el extranjero a $ 100, por ejemplo, no aceptará venderlo a menos de ese precio en el mercado nacional. Si el estado le retiene un 35%, y por su exportación recibe $ 65 en lugar de $ 100, estará dispuesto a vender en el mercado nacional al mismo precio de $ 65. Valga este ejemplo para consumos populares como el del pan.

Pero además, los propios productores se perjudicaron, pues las retenciones móviles de la Resolución 125, como su nombre lo indica, subían y bajaban según que el precio del grano o de la oleaginosa subiera o bajara. Cuando los precios de los productos bajaron, como ocurre hasta hoy, los productores, de haberse aprobado la Resolución 125, habrían sufrido retenciones menores que con las retenciones fijas que fueron las que quedaron en vigencia gracias al “voto no positivo” del vicepresidente Cobos. El rechazo poco reflexivo de la resolución fue provocado por la codicia y ceguera del “Campo”, que ante precios de la soja en ese momento en alza no quiso ceder nada de sus ganancias marginales sin pensar en el futuro. Pero es cosa sabida por quienes lo conocen de cerca que para el empresariado medio el “largo plazo” no va nunca más allá de un trimestre.

Esa primera batalla cultural la ganó la derecha y hoy se está librando la segunda que por el momento, y hasta que se confirme o no con los resultados de la segunda vuelta electoral, también está ganando. Es la batalla del “Cambio”.

El partido conservador ha logrado inculcar acríticamente en el imaginario colectivo que hoy es necesario, más aun imprescindible, un “cambio”. Fueron llevadas por la propaganda a ese convencimiento las clases media, y media baja en gran medida, como parecen demostrarlo los resultados de la primera vuelta-por supuesto a la clase pudiente no hace falta convencerla. Para ello goebbelsianamentela propaganda de la derecha vació de significado el término “cambio”. De modo que la gente se convenció de que hace falta un cambio sin plantearse de qué cambio se trata. Como se debe optar entre el candidato del oficialismo y el de la oposición, hay una sola posibilidad de cambio que es votar a la oposición.

Comprendo que la “gente” pueda estar cansada de las formas tras doce años de gobierno kirchnerista. Puede estar cansada de las “cadenas”, puede estar cansada de escuchar el discurso medulosoy enérgico de la presidente. No es fácil tolerar la inteligencia ajena, y sobre todo la brillantez, en particular si el poseedor de esa superioridad, que a veces ejerce de un modo un poco abrumador, es una mujer. No es que quiera abonar aquí demagógicamente el argumento de género, pero resulta una sorprendente realidad que el odio antikirchnerista es mucho más intolerante con Cristina que con Néstor Kirchner, y que quienes odian con más ferocidad no son los hombres sino las mujeres. Es un trago muy amargo para una mujer que en una mesa de uno de los colmados restaurantes del país soporta con cara de aburrida el repetido monólogo autoafirmativo del marido, tolerar que otras mujerespuedan ser independientes, como ellas no lo son, y más inteligentes, más lúcidas y más brillantes que la media de los hombres, como lo es Cristina Fernández de Kirchner. Ante el espectáculo deprimente de la propia mediocridad se grita a coro con Mirtha Legrand: “Esto es una dictadura”, cuando a continuación la conductora le quita la palabra al primer comensal que se atreva a disentir de sus afirmaciones.

También puede ser que la “gente” se haya hartado de los retruécanos ingeniosos y algo despectivos de Aníbal Fernández. Pero estos son apenas detalles, son tal vez errores kirchneristas, excesos kirchneristas. Sin embargo la “gente” pide a gritos un “cambio”; tal vez quiere un cambio de formas, pero el lavado de cerebro de la propaganda le impide entender que lo que le propone la derecha es un cambio de fondo, que va a trastocar sus vidas, una vez más, apenas catorce años después del hundimiento de 2001.

Un punto de optimismo. Hagamos de la necesidad virtud. Si gana la derecha será la primera vez, después del “fraude patriótico”, que un partido conservador pueda llegar al gobierno por medio del voto, sin tener que recurrir al partido militar, lo que sería un síntoma de que la democracia argentina ha llegado a su etapa de madurez. Por supuesto que el eventual triunfo de la derecha asestaría un golpe muy duro al armado subcontinental que busca reducir el sometimiento al poder hegemónico mundial y que está acosado desde muchos frentes, incluso el legislativo como lo hemos visto en Paraguay y lo vemos hoy descarnadamente en el caso de Brasil.La contraofensiva del neoliberalismo cuenta con armas muy poderosas, es mundial y actúa coordinadamente.También es verdad que,si bien esta eventual institucionalización de la derecha sería sin el auxilio del partido militar hoy debilitado, cuenta con el apoyo irrestricto del partido mediático y del partido judicial. Cuando digo el “partido judicial” no quiero decir la Justicia, sino la corporación judicial que defiende sus privilegios y que es aliada de la derecha financiera. Y en cuanto al partido mediático, se trata de un partido global. Los medios internacionales –aquéllos que en todas partes juzgan la eventual corrupción de los políticos progresistas como un pecado mortal y la de sus empresarios y políticos amigos como uno venial- esos medios juegan junto con el poder financiero porque son socios en el mismo negocio. Conocemos muy bien los ejemplos nacionales, como Clarín, La Nación, Infobae, Todo Noticias, Canal 13 y etc., y los internacionales, como Financial Times, Veja, CNN, Fox y tantos otros, entre ellos uno de los más emblemáticos porque habla en nuestra propia lengua, por su origen y por su evolución: el diario El País de España. Nació con impronta progresista, apoyó la transición española y al Partido Socialista Obrero Español (PSOE) que lideraba Felipe González. Se derechizó junto con Felipe González, con el PSOE, con los sindicatos combativos y con el pueblo español que empezó a gozar como niño con su nuevo juguete del consumo masivo. El Partido Socialista se transformó en una de las dos alas del bipartidismo europeo neoliberal; los obreros se convirtieron en clase media, los sindicatos clasistas devinieronen defensores exclusivamente de los derechos adquiridos por los trabajadores formales, se hicieron socios del poder, dieron la espalda a los excluidos.El diario El País hoy tiene un solo candidato para Argentina, el que proclamó Mario Vargas Llosa: Mauricio Macri.

Gran parte de nuestra clase media y media baja, que en 2001 comió el amargo  pan de la miseria yen los últimos doce años adquirió derechos, y ascendió social y económicamente,hoy apoyacon entusiasmo un cambio cuyo sentido parece no entender: con su voto, tal vez, el partido conservador reorganizado

del siglo XXI, con su ideario neoliberal,sin necesidad de personeros como lo fue Menem, sin caretas, recupere el poder político para la derecha por primera vez por vía de las urnas.

Buenos Aires, 4 de noviembre de 2015.

 

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