La Babel del siglo XXI

Unas semanas antes de viajar la descubrí dibujada con lápiz negro en la puerta de la habitación de Victoria, mi hija de 6 años. Cuando le pregunte si sabía qué era, me miró con aires de superada y me contestó: “La torre Eiffel, papá”. Desde que tenemos uso de razón sabemos de su existencia. La vemos dibujada, fotografiada, estampada o reproducida en diferentes tipos de réplicas. Aparece en novelas, poesías, películas, canciones. Es el icono occidental de eso que hoy llamamos tan naturalmente globalización. Y como tal se impone en el deseo de los turistas. De los 7 millones que llegan al lugar por año, el 75% son extranjeros. El mundo quiere conocerla; estar ahí para después contar que estuvo ahí; tener al alcance de la mano la textura de ese acero monumental que tantas -tantísimas- veces vio en una foto; sacarse la selfie de rigor en un plano entreverado que permita “meter” uno-dos-tres rostros sonrientes y detrás una parte de sus 324 metros de alto.
No hay modo de que los ojos no se tope con ella en una recorrida por París. Aparece detrás de los techos con tejados o entre el follaje de los árboles; al doblar una esquina o desde la ventana de cualquier edificio. Eso permite que la mirada encuentre otros planos, otros recortes y otras profundidades en comparación a esas miles de imágenes que vimos a lo largo de nuestra vida. La torre deja de ser una, la de las fotos de siempre, y se convierte en muchas y variadas, según la perspectiva, el momento del día, el estado del tiempo, la manera en que el Sol la ilumine o el modo en el que la Luna juguetee entre sus hendijas. Y eso casi justifica ir a conocerla. Aunque todo se completa cuando se produce el encuentro cercano del tercer tipo que permite tachar de la lista uno de los lugares a conocer antes de morir. En ese preciso momento se vivencia la escala real de sus dimensiones. Porque lo que impresiona de la torre es eso: mensurar en cuerpo presente el tamaño de esas 10.000 toneladas de acero que se encumbran hacia el cielo.
El filósofo francés Roland Barthes alguna vez escribió: “La torre Eiffel es todo lo que el hombre pone en ella, y ese todo es infinito (…) Es el signo puro, abierto a todos los tiempos, a todas las imágenes y a todos los sentidos, la metáfora sin freno (…) ¿Quién puede decir qué será la torre para los hombres de mañana? Pero, con seguridad, será siempre alguna cosa, y alguna cosa de ellos mismos”. ¿Qué significa la torre Eiffel para los miles de turistas que realizan filas interminables en busca de ingresar dentro del perímetro vallado donde se encuentra el monumento de acero? ¿Y cuál es el sentido para el personal que al interior de unas casetas controlan y escanean a cada uno de los visitantes ante el temor de un ataque terrorista? ¿Y qué piensan de la torre los integrantes de las fuerzas de seguridad que caminan a paso lento en grupo de a tres, con caras recias, vestidos con ropa verde fajina y portando fusiles de guerra? ¿Y qué hacen allí los “otros” extranjeros del lugar turístico: hombres jóvenes negros con “torres eiffeles” diminutas, a modo de llaveros o adornos, colgadas como racimos de uvas en sus hombros y ofreciéndolas a un euro?
Todo eso sucede, mientras la torre sigue con el show: sus 20.000 lamparitas centellan durante 5 minutos cada hora en punto desde las ocho de la noche hasta la una de la mañana. Y cuando comienza el espectáculo de luces se oyen festejos y aplausos. Y algunos hombres jóvenes negros, que tienen el plus de ofrecer mini-torres que titilan al estilo árbol de navidad, se hacen notar un poco más mientras sus cuerpos chispean en rojo, azul y blanco. El centelleo en forma de A gigante puede verse desde el Campo de Marte, un parque de 780 por 220 metros que en el pasado fue huerta de hortalizas y sede de entrenamientos militares, y hoy es utilizado por parisinos y turistas de todo el mundo que quieren observar recostados en el césped el ansiado momento de las luces. Lo hacen mientras saborean una copa de vino o champagne que les venden hombres jóvenes indios/pakistaníes que bolsa/balde en mano ofrecen solapada e insistentemente la mercadería. Y cuando parece que el lugar se transforma en una escena sobre las bondades del encuentro entre diferentes culturas, desde adelante del parque, cerca de la torre, comienza una estampida. Los hombres jóvenes indios/pakistaníes proveedores de alcohol corren con sus bolsas/baldes en la mano. Alguien avisó que las fuerzas de seguridad francesas están cerca. Entonces, escapan. Lo hacen sin temor. Corren y ríen, como si acabaran de realizar una travesura. No se alejan demasiado, se esconden en grupos detrás de unos árboles. Allí fuman, conversan y esperan la señal que los habilite a vender bebidas nuevamente.
La torre Eiffel brilla, omnipresente e inmutable, como ajena a lo que sucede a sus pies. Es la Babel del siglo XXI. Pero esta vez no hay un dios que castigue a los hombres con la confusión y la desdicha de hablar en diferentes idiomas. El drama está en los sentidos, en lo que significa el monumento más famoso para las personas que se acercan a él. Los viajeros del mundo cumplen el mandato de la experiencia real con la torre. Los expulsados de los lares pobres del planeta buscan el sustento diario. Y en el medio, o alrededor: el sitio como posible objetivo terrorista. ¿Qué manera de entendimiento hay en la Babel contemporánea entre el turista y el hombre joven negro? ¿El euro a cambio de la torre-adorno? ¿Y entre el chino con la cámara Sony y el soldado con la ametralladora? ¿El miedo, la intimidación, el sentirse protegido?
El emblema parisino es más que un destino turístico. Eso queda claro con solo poner un pie allí. Quizá se trate de lo siempre: de los que tienen y de los que no; de los oprimidos y los opresores; de los perseguidos y los perseguidores. En definitiva, la mismísima historia de la humanidad con la torre Eiffel de escenografía.

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