La angustia en el neoliberalismo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA ANGUSTIA EN EL NEOLIBERALISMO[I]

Ensayo periodístico de actualidad de Jorge Andrade

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La cuarta etapa del capitalismo, la denominada tecno-financiera, en la que estamos viviendo, toma el nombre de sus dos características fundamentales. Una de ellas, la financiera –más adelante analizaremos la otra- significa que el capitalismo ya no precisa del momento material, la mercancía, para completar el proceso de reproducción. La acumulación se realiza por medio de un mecanismo virtual. El dinero se reproduce a sí mismo sin que deba atender a la satisfacción de las necesidades humanas; más aún, el dinero ya no necesita de la moneda, y después del billete, en el sendero creciente de abstracción de la representación del valor, sino que le basta con teclear “intro” en una computadora de Buenos Aires para que se replique instantáneamente en otra de Nueva York, Londres, Frankfurt, Zurich, Tokio o Hong-Kong.

Esta progresiva abstracción de los medios de que se vale el hombre para sus actividades y, como consecuencia de ello, de su propia vida, lleva a extremos como los que experimenta el Japón que, hoy con 127 millones de habitantes, teme que a fin del siglo actual su población se haya reducido a la mitad a causa de la epidemia de castidad que se extiende entre los jóvenes. Esta conducta socialmente disfuncional proviene de una variedad de causas con un denominador común: el miedo. Miedo a la inestabilidad laboral que acosa a los jóvenes quienes, al contrario de sus padres que comenzaban su carrera en Toyota o Mitsubishi y se jubilaban en Toyota o Mitsubishi, se enfrentan a un futuro que sienten fuera de su control y que les hace temer que no puedan dar sustento a una familia.Miedo a la inseguridad en las calles.Miedo a causa del anonimato en las grandes urbes que convierte al prójimo en una amenaza. Miedo por la proliferación y difusión mediática de plagas sexuales, y muchas otras acechanzas de males físicos. Miedo y ansiedad que se manifiesta en el explosivo desarrollo de enfermedades psicosociales. Causas todas que confluyen en un cuadro general perturbador. Ante esta realidad los jóvenes prefieren antes que aventurarse en el amor concreto satisfacerse con los vínculos virtuales.

Este proceso de virtualización de la vida de los humanos que acompaña a la globalización en la llamada postmodernidad es el signo propio de la etapa tecno-financiera del capitalismo. Se trata de un proceso que evoluciona desde los años setenta del siglo pasado, pero que explota y se hace particularmente visible con la desaparición del “peligro comunista”. La implosión de la experiencia del socialismo realmente existente, simbolizada por la caída del muro de Berlín, hizo sonar las trompetas del “fin de la Historia” (Francis Fukuyama) y se proclamó a la democracia liberal como sistema único de convivencia regido por el “mercado”.

El capitalismo en la postmodernidad avanzó sobre los dos últimos enclaves situados por fuera del mercado: el arte y la agricultura. Cito aquí la idea de FredricJameson acerca de que “la belleza, que con su rechazo de la sociedad burguesa y materialista desempeñó un papel subversivo durante el modernismo, hoy es incapaz de asumir la misma función protopolítica que en ese momento histórico”. Jameson atribuye el cambio a la enorme diferencia de situación entre un modernismo ubicado en una sociedad con una mercantilización incompleta en la que el arte gozaba de cierta libertad extramuros y un postmodernismo propio de otra sociedad “en que los últimos enclaves –lo Inconsciente y la Naturaleza o la producción cultural y estética, y la agricultura- han sido asimilados a la producción de mercancías” [1][2]

Hoy en día el capitalismo no sólo abarca todas las actividades del hombre sino que avanza en su virtualización: la reproducción virtual del capital por medio de productos financieros cada vez más sofisticados y sus derivados.

Y ahora llegamos al otro componente del capitalismo en su cuarta etapa: el tecnológico. A los únicos procesos materiales a los que el capitalismo presente otorga atención y prioridad, son a los de los complejos tecno-armamentísticos, es decir a la investigación y producción de herramientas tecnológicas y de destrucción día a día más evolucionadas. El resto es la producción de cacharros cada vez de peor calidad y con la obsolescencia programada para satisfacer las necesidades de la supervivencia cotidiana.

El neoliberalismo como cultura centrada en la construcción de la angustia

Vivimos el tiempo del capitalismo de la angustia.

“Atravesamos un tiempo complejo y paradojal, pues en él conviven subjetividades deshilachadas y aisladas, con otras que se unen para reclamar sus derechos, indignarse o celebrar acontecimientos colectivos.

Sin embargo, al menos en las grandes ciudades, muchos son los que están atravesados por la angustia, que suele trocarse en violencia contra sí mismo o contra otros. Violencia doméstica, rencillas entre pares o entre personas que circulan por las calles. Violencia que los medios de comunicación dominantes multiplican, generando así señales de alarma social que profundizan una sensación de inseguridad existencial que tiene bases en capas arqueológicas de memorias colectivas. Arqueología en la que la muerte física o social ha estado y está presente. Se trata de la violencia social cuyas expresiones son diversas.” (M 2)

El mercado como camino hacia la angustia

El salto cualitativo que ha experimentado el capitalismo en su actual etapa tardía no concierne sólo a la incorporación al mercado de las últimas actividades que se habían mantenido al margen de su lógica hasta la modernidad, la cultura y el agro, la primera trasmutada en industria del espectáculo y el segundo transformado por el proceso de tecnificación avanzada, sino también de actividades que hasta hace pocos años estaban reservadas a la esfera pública y cuya cesión al control privado resultaba impensable. Me refiero, como ejemplos más notorios pero en absoluto únicos, a las jubilaciones, la asistencia social, la seguridad ciudadana y a la guerra. Es que el Neoliberalismo, de la mano de sus teóricos, algunos brillantes como el premio Nobel austríaco Ludwig von Hayek, trasciende el campo de la economía, es un plan global de ordenamiento de la sociedad en el que la angustia juega un papel central.

Murillo señala que el liberalismo se asentaba sobre tres principios básicos: a) el derecho universal a la propiedad; b) la libertad, y c) la igualdad. Ante la evidencia de que esos principios quedaron desvirtuados en los hechos de la primera revolución industrial que generó pobreza y desigualdad, aparece el concepto de “lo social”. “Lo social” se refiere a un conjunto de políticas públicas puestas en ejecución por el Estado tendientes a paliar los efectos de la desigualdad y de su consecuencia, la pobreza, de manera de crear lazos sociales que tiendan a la integración de todos los ciudadanos y a la construcción de una sociedad armónica.

Sin embargo, ya desde fines del siglo XIX se manifestaron los lineamientos teóricos de una nueva estrategia, hoy conocida como Neoliberalismo, que rechaza toda intervención del Estado, defendiendo la centralidad del mercado al que considera el mejor asignador de los recursos escasos para optimizar la satisfacción de las necesidades infinitas. Con el objeto de poner en práctica su pensamiento, el Neoliberalismo desecha los principios universales de “igualdad” y “derecho a la propiedad”, reivindicando como único postulado rector de la vida social y económica el de la “libertad individual”. La libertad, no considerada como un bien social e igualador sino como un atributo individual que hay que conquistar y defender, evoca el mundo hobbesiano de la lucha de todos contra todos por la supervivencia. La libertad así concebida lleva en sí misma la pulsión de la muerte. Si mi libertad confronta con la libertad del otro para sobrevivir pues no la comparto con él, ese otro es para mí un medio nunca un socio, en el mejor de los casos, o un obstáculo en el peor. Yo debo servirme de él y someterlo a mi voluntad y a mi arbitrio o, si se opone a mí, eliminarlo. Se trata de matar o morir lo que propone la doctrina neoliberal, es el darwinismo social cuya ley es la de la supervivencia del más apto, no necesariamente el mejor; el más apto quiere decir el más hábil, tal vez el más inescrupuloso, el más dotado para adaptarse a las condiciones del medio.

La vida así se resume a una lucha individual por el éxito, un cálculo económico que la abarca en su totalidad, una búsqueda continua de maximizar la rentabilidad económica y el placer por medio de un hedonismo vacío que procura la satisfacción inmediata de necesidades tanto sustanciales como prescindibles.

Un sistema económico que para no caer en depresiónnecesita de una producción de bienes siempre creciente, no sólo multiplica el desecho en progresión geométrica sino que, para mantener su moto perpetuo, precisa estimular el deseo hasta el infinito, creando para ello necesidades superfluas, Entonces cada sujeto, en uso de la única libertad que el Neoliberalismo admite, la libertad individual, se precipita a una lucha contra los otros para satisfacer el deseo insaciable. Esa tensión entre lucha y ansiedad por poseer lo imposible, porque se trata de una entelequia, lo lleva a un estado de confusión ante la multitud de bienes que le prometen la felicidad y que al primer uso lo desilusionan, y lo obligan a seguir luchando con la esperanza de que la nueva ilusión sea real. Ese estado de tensión provoca la angustia del sujeto. GillesLipovetzky, citado por Enrique Guinsberg (G), sostiene en La era del vacío que la sociedad postmoderna vive “No el más allá del consumo, sino su apoteosis, su extensión hasta la esfera privada, hasta en la imagen y el devenir del ego llamado a conocer el destino de la obsolescencia acelerada, de la movilidad, de la desestabilización. Consumo de la propia existencia a través de la proliferación de los mass media, del ocio, de las técnicas relacionales, el proceso de personalización generael vacío en tecnicolor”.

La angustia se manifiesta de muchas maneras. Es esencialmente miedo, del que ya hemos hablado al referirnos a los jóvenes japoneses, un sentimiento de peligro no ante amenazas concretas sino imprecisas; miedo a la muerte física y a la muerte social; miedo a ser derrotado en la lucha de todos contra todos: miedo a perder el trabajo; miedo a ser robado, a ser asesinado en las calles de su ciudad, consecuencia de la inseguridad real y de la sensación de inseguridad multiplicada por los medios; miedo al extranjero, al diferente, al pobre. Estos miedos, sostieneLipovetsky, producen “trastornos de carácter consistentes en un malestar difuso que lo invade todo, un sentimiento de vacío interior y de absurdidad de la vida, una incapacidad para sentir las cosas y los seres”. Guinsbergconcluye que “En todos lados se encuentra el vacío y la soledad con una fuerte propensión a la ansiedad y a la angustia que no se solucionan sino se acrecientan con la propuesta mágica del consumo y las comodidades, las grandes ofertas y promesas de nuestra época.” (G)

En efecto, el consumo como “calmante” de la ansiedad es una droga que exige dosis siempre crecientes ante la oferta renovada e infinita a quienes pueden pagársela. Éstos obtienen de ella una satisfacción inmediata y fugaz, y a continuación una necesidad restablecida. Quienes no tienen los medios para acudir a su demanda padecen insatisfacción y envidia, y como efecto social de este cuadro, fraccionamiento, encono y violencia.

Síntomas del malestar

La angustia imprecisa que padece el sujeto del Neoliberalismo, su desconfianza del medio que lo rodea y de los otros individuos a los que percibe como instrumento en el mejor de los casos o como competidores-enemigos y nunca como cooperadores, esa amenaza abarcadora de la que no tiene escape y de la que no sabe con certeza como defenderse, produce en él un desorden psíquico y a la postre físico que se manifiesta por conductas hostiles, incluso violentas, contra los otros y contra sí mismo. Guinsberg (G) enumera los síntomas más habituales con que se manifiesta la angustia. Ellos son:

  1. Desarrollo de tendencias esquizoides ante la cada vez mayor fragmentación de su medio vital;
  2. aumento de perturbaciones psicosomáticas;
  3. crecimiento de patologías como la anorexia y la bulimia;
  4. niveles cuantitativa y cualitativamente crecientes de soledad e incomunicación, paradójicamente en la época del desarrollo explosivo de la comunicación tecnológica;
  5. angustia y ansiedades originadas en el miedo exacerbado hacia los múltiples aspectos de nuestra realidad;
  6. desvalorización personal al sentirse desbordado por el crecimiento inabordable de la innovación tecnológica;
  7. anomia, indefensión y subordinación ante un poder que tiende a ser menos visible pero que se percibe como más poderoso;
  8. crisis de las relaciones personales de familia y de pareja.

Todos estos, factores que llevan al estado depresivo, o así denominado por el sistema médico-farmacéutico que suele calificar a la “depresión” como el estado patológico de época.

Los síntomas señalados reconocen regularmente sus causas en principios sostenidos por el sistema socioeconómico dominante, el Neoliberalismo, y por conductas propiciadas por éste.SegúnGuinsberg (G) dichas causas son las siguientes:

  • La presión fantasiosa de la idea del Neoliberalismo de que el “éxito” en la vida es una responsabilidad exclusivamente personal.
  • El aislamiento como forma de vínculo social, lo que hace más difíciles las relaciones (de amistades, de pareja, etc.) cargadas de combate y competencia. A lo que hay que agregar la creciente superficialidad y maquinización de los afectos. A esto hay que añadir la instrumentalización también creciente de las relaciones con fines de éxito personal, convirtiendo al partenaire en mero medio para fines egoístas.
  • Empobrecimiento sexual. Como experiencia de “liberalización” antes que de “liberación” del vínculo, con la frecuente pérdida de los aspectos afectivos de éste.
  • Escepticismo ante la sociedad, la vida y los hombres, aunque no percibido como pesimismo sino como “sano realismo”.
  • Idealización del cuerpo, tomado como referente importante de todo tipo de significaciones y buscando conservarlo eternamente joven, como parte del culto a la juventud promocionado por la cultura hegemónica y su publicidad. Como consecuencia de estas actitudes se verifican incrementos notorios de malestares psíquicos y físicos de todo tipo y de cuadros de hipocondría.
  • Desarrollo y construcción de una subjetividad ligada y aferrada a los valores del mercado en todos los sentidos, que incorpora como valor el concepto de que todo está a la venta y todo se puede comprar si se pone el precio adecuado, con la consecuente pérdida de valores éticos y el aumento y la tolerancia de las conductas corruptas.
  • Incremento de los niveles de inseguridad no sólo derivada de la creciente peligrosidad del mundo (delincuencia, terrorismo, etc.), sino ante los riesgos cotidianos de pérdida del trabajo, inestabilidad de las relaciones afectivas, impredictibilidad de las condiciones del mercado (crisis, inflación, depresiones económicas), etc.
  • El consumo asumido como objetivo central de la vida, de modo que “tener” es más importante que “ser” (Eric Fromm), el “tanto tienes, tanto vales” del refrán popular, creando la ficción de que el individuo se realiza por medio de las mercancías (automóvil) y la consiguiente frustración que le sigue.
  • Hedonismo epidérmico que busca una satisfacción inmediata ante la imposibilidad de espera por la presión de un presente sin perspectivas de futuro.
  • Cambios fundamentales en la dinámica familiar con disminución de su influencia y debilitamiento de sus vínculos en favor del incremento de la influencia del mundo exterior y los medios masivos de difusión.
  • Aumento de la pasividad que convierte la comodidad en objetivo: uso del delivery, televisión, medios electrónicos, en particular el celular. Tendencia al aislamiento. Como contrapartida hiperactividad compulsiva.
  • Sobrevaluación de lo light (uso acrítico de mercancías, alimentos, técnicas, psicoterapias).
  • Aumento de la agresividad, cuyas causas son diversas y en casos provienen de la reproducción mimética de modelos difundidos por los medios masivos.

George Monbiot[3], columnista de TheGuardian, del Reino Unido, en coincidencia con muchos de los puntos que acabamos de enumerar, se pregunta: “¿Qué mayor acusación a un sistema puede haber que una epidemia de enfermedades mentales? (…) las plagas de ansiedad, estrés, depresión, fobia social, trastornos de la alimentación, auto lesiones y soledad, golpean a los habitantes de todo el mundo”. Y más adelante advierte que: “El cambio económico y tecnológico juega un papel importante (en estos trastornos) pero también lo hace la ideología. Aunque nuestro bienestar está intrínsecamente ligado a la vida de otros, en todas partes se nos dice que vamos a prosperar a través del auto interés competitivo y el individualismo extremo.”

En el mismo sentido que los anteriores se expresa Murillo (M 2). Nos dice que el Neoliberalismo concibe la libertad individual de un modo negativo o sea, según hemos dicho más arriba, como libertad vinculada con la muerte, la libertad de uno contra la libertad del otro, libertad basada en un núcleo de competencia (hasta la muerte) que “engendra rivalidades, desconfianza y búsqueda de prestigio como médula del desarrollo de la propia existencia (…)núcleo (que) late en el corazón de toda relación social, pues esa libertad individual es considerada y construida como si fuese la esencia misma de todo ser social”, lo que afecta todos los aspectos de la condición humana, a saber:

-En lo afectivo. Porque la libertad individual en la cultura neoliberal es una libertad egoísta que instrumentaliza al prójimo y el vínculo amoroso se convierte en un cálculo de rentabilidad. Desaparece el altruismo y la compasión, el proceso de subjetivación se funda en el predominio casi excluyente del egoísmo y las relaciones afectivas en esta contienda se vuelven frágiles y efímeras, con el consecuente padecimiento psíquico.

-En lo ético. Al desechar toda ley moral cediendo el campo exclusivamente a la búsqueda de la rentabilidad, el Neoliberalismo sólo concibe el “sacrificio” como un cálculo razonado mediante el cual, el sujeto neoliberal opta entre un placer inmediato o un sacrificio inmediato con una cuota de displacer a cambio de una renta mediata que valora más. La norma moral es reemplazada por la regla de la competencia basada en medios y fines, en costos y beneficios. La consecuencia de este comportamiento es la soledad. La tecnología aísla todavía más. Los multitudinarios contactos de las redes sociales son volubles e inestables, y exacerban la competencia. La mercadotecnia fragmenta, engaña y hunde al sujeto en la más desesperada indefensión.

-En lo cognitivo. Se destierra por no razonable el pensar por el placer intrínseco de hacerlo, así como el discurrir desinteresadamente. “La razón”, dice Murillo (M 2), “se convierte entonces en una pasión materialista que va a la búsqueda de la satisfacción futura. De este modo los aspectos afectivos, cognitivos y morales del psiquismo humano quedan atados a una carrera por el éxito que exilia todo lazo libidinal, toda alegría de estar con el otro por el otro mismo, así como todo júbilo por un saber desinteresado (…) De modo que quien pierde su tiempo de manera no calculada en forma razonable (…) cae dentro de alguna de las figuras de la denominada (por ciertas corrientes psicológicas) ‘anormalidad’ o ‘patología”.

 

El “Pobre”

“Siempre habrá pobres” afirma un dicho popular que tranquiliza la conciencia de los sujetos bien pensantes y que los compensa moralmente, a los más manirrotos de entre ellos, con el ejercicio de la limosna.

“La copa que derrama”, otro eslogan de la vulgata neoliberal, es aún más tranquilizador porque difiere el presunto dolor del bolsillo para un futuro impreciso, Futuro de futuro porque la copa no derrama nunca. La banca fullera que baraja el mazo tiene un as no declarado en la manga: una copa siempre más grande.

Para la primera revolución industrial el “pobre” es un ente social descartable, al que a lo sumo puede atenderse con la caridad; para el Neoliberalismo es un subproducto no sólo inevitable sino consustancial al sistema socioeconómico que propone y su única preocupación acerca de él es cómo gestionarlo del modo más eficiente.

La teoría de la desigualdad

Los fundamentos más remotos de la teoría neoliberal se remontan al año 1871, cuando el autor austríaco Carl Menger enuncia la teoría subjetiva del valor en oposición a la teoría objetiva. Esta última, enunciada por los economistas clásicos Adam Smith y David Ricardo, sostiene que el valor de la mercancía se basa en el trabajo colectivo incorporado a ella; teoría reelaborada más adelante por Karl Marx.

Carl Menger, en su teoría subjetiva sostiene por el contrario que el valor de los bienes viene determinado por la estimación subjetiva que los individuos hacen de los mismos; valoración ésta cuya alma es el “deseo”. Quiere decir que la economía política, a partir de este enfoque, toma una deriva individualista. En palabras de Murillo “la subjetividad, en síntesis, pasa a ser un elemento central de este nuevo modo de gobierno de los sujetos; deseo subjetivo desde el quese articulan lógicas de gobierno de las poblaciones.” (M 3)

Planteada la centralidad del sujeto en las decisiones económicas, el siguiente paso en la construcción del Neoliberalismo fue el de diseñar una “Teoría de la acción humana” o “Praxeologçía” en los términos de su autor, el economista también de la escuela austríaca Ludwig von Mises, expuestos en La acción humana (Tratado de economía) (1949). Muy sintéticamente, vistas las propuestas y limitaciones de extensión de nuestro trabajo, señalamos que dicha teoría postula que el ser humano tiene unos comportamientos invariables, es decir atemporales o ahistóricos, que son: a)El deseo de pasar de un estado displacentero a otro más placentero; b) la libertad individual de hacerlo, y c) la preferencia por ciertos medios en detrimento de otros.

La otra ciencia en la que se basa von Mises para completar su teoría es la Historia, aunque desarrollada con carácter neutral al sólo efecto de conocer los valores de un pueblo mediante la descripción de los tipos ideales que conforman su cultura.

La conclusión de la teoría de von Mises es que “no puede concebirse sociedad sin competencia” (M 3); que la competencia es democrática porque en el mercado “cada centavo da derecho a un voto” y aunque admite que no todos disponen de la misma cantidad de votos-centavos, es decir que los concurrentes al mercado son desiguales, esta desigualdad la atribuye a decisiones previas más o menos sabias que han ido cristalizando la diferencia de fortuna.

Von Mises plantea que lo que existe es una competencia entre individuos libres y desiguales, y califica a toda intervención del Estado para moderar esas desigualdades como un acto dictatorial. Considera que la sociedad blanca europea es la más exitosa de la historia y afirma que cualquier intento por volverla igualitaria la arrojaría a la ruina, porque el éxito de esa civilización se basa en la desigualdad. Asegura que las sociedades pretendidamente igualitarias están abocadas al fracaso. Por todo lo anterior, sostiene que el Estado debe limitar su intervención a asegurar la libertad de los desiguales.

No queremos dejar de señalar que Murillo aporta elementos que demuestran que en la Teoría Social de la Iglesia, en textos de las encíclicas RerumNovarum (1891) y QuadragessimoAnno (1931), se trasluce la presencia de ideas propias del Neoliberalismo. En particular en la última se manifiesta que “El Estado debe ofrecer sólo un marco para poner a salvo la común utilidad de todos, pero es contrario al derecho natural que el Estado grave con impuestos excesivos la propiedad privada ya que ésta es un derecho natural del hombre y el ‘hombre es anterior al Estado” (M 3). Por otra parte “la línea discursiva de la Doctrina de la Iglesia pone el acento en el trabajador como sujeto individual. Sujeto que no puede caer en injustos reclamos a los patronos, pues tales acciones hacen peligrar la estabilidad de las empresas” (M 3). Está claro que el enfoque de la Iglesia se emparenta con el combate que libran los gobiernos neoliberales contra las convenciones colectivas y por la “flexibilización” de las condiciones del trabajo.

La línea de pensamiento que sustenta las políticas neoliberales se completa con el aporte de Theodore Schulz y Gary Becker, economistas de la escuela de Chicago y, particularmente en el caso del último, a través de su Teoría del capital humano. “La teoría del capital humano extendió el concepto de capital más allá de las meras transacciones económicas para incluir todos los aspectos de la vida humana: la amistad, el amor, la educación, el ocio y a todos los individuos que pueblan todas las esferas de una sociedad” (M 2). Como corolario lógico de esta definición resulta que el trabajador que ofrece su fuerza de trabajo en el mercado, en realidad no pretendería recibir por él  un “salario” –según el orden liberal de renta, beneficio y salario- , sino una “renta” que remunera la inversión de su “capital humano”. El objetivo no explicitado de la teoría está claro: borrar la contradicción entre capital y trabajo.

Los teóricos de la libre competencia radical, consistente en un mercado al que concurren jugadores libres y desiguales, sostienen que la acción humana, al ser libre y racional, es por lo tanto responsable. Los actos personales libres y responsables pueden llevar al éxito o a la ruina.

Von Mises (citado en M 3) declara: “La acumulación de capital a través de la competencia que no es sino el libre juego de las desigualdades, es la única forma de progreso económico.”

Control del proceso individual de toma de decisiones

El Neoliberalismo ha comprendido que la toma de decisiones no es un proceso absolutamente racional como pretendía la economía clásica, sino que está condicionada por emociones, circunstancias y valores personales y culturales. Pero en todo caso estas decisiones siguen ejerciendo el libre juego individual del mercado. El individuo, en ejercicio de su libertad desigual, es el único responsable de su éxito o de su fracaso.

El Neoliberalismo descarta la influencia de la estructura social sobre la pobreza, el único responsable de su pobreza es el pobre. Ninguno de los autores cuyas teorías hemos reseñado tiene en cuenta la injusticia del desigual punto de partida de los individuos. En realidad sí la tiene en cuenta pero no la cuestiona. Las diferencias de la riqueza de cuna, de estudios, de oportunidades, no son más que “capital humano” acumulado antes gracias a elecciones libres y racionales acertadas. En palabras de von Mises “…tal desigualdad depende de una votación previa (en el mercado de los centavos), ella deviene del hecho de que es rico quien ha sabido escuchar y actuar abnegadamente en el servicio de los consumidores” (citado en M 3), últimos jueces del éxito o el fracaso según su criterio.

Esta desigualdad no sólo aceptada sino reconocida como motor del sistema, tiene un resultado obvio: la pobreza.

Y en este punto debemos detenernos para hacer hincapié en el significado de dos términos que es preciso conocer antes de abordar el tema del arte de gobierno neoliberal.

Gubernamentalidad y biopolítica

Se entiende por “gubernamentalidad” a “un complejo de tácticas y técnicas que desde diversos dispositivos se despliegan sobre los cuerpos individuales y colectivos y que tienen como efectos la construcción y la autoconstrucción de sujetos en base a normas e ideales.” (M 3)

El enfoque del término “gubernamentalidad”, neologismo que combina los sentidos de “gobierno” y de “mentalidad”, que acabamos de citar en palabras de Murillo, lo debe, según ella declara, a Michel Foucault. Dicho concepto significa que el poder se ejerce sobre un “yo” que no es una marioneta sino que participa del poder en la conducción de sí mismo.

El término “biopolítica fue utilizado por varios autores pero fue también Foucault quien más lo desarrolló.

La “biopolítica” nace con la Ilustración, cuando ante el soberano y su poder para administrar la muerte o dejar vivir, aparece la categoría de la “población”. Este nuevo arte de gobernar, el arte liberal, se ejerce por medio de técnicas y tácticas que se dirigen a modelar los “cuerpos” individuales y colectivos. Apela al ideal de la libertad individual, aunque bajo este ideal se solapa el ejercicio de la muerte y la amenaza de muerte que no dejan de estar latentes. Para instrumentar su poder utiliza herramientas de nueva creación; nos referimos a una burocracia estatal que controla a la población graduando los límites de orden y desorden aceptables; a una ciencia, y dentro de ella a la medicina social, que modela a la población según los supuestos ideales del liberalismo; y a una técnica, la estadística, que permitió desarrollar la demografía que le provee los datos sobre el sujeto y también objeto “población”.

“En definitiva, la problemática de la población es la que terminó dándole a la política moderna uno de sus sentidos fundamentales: ‘la población aparece entonces –sostiene nuestro autor (Foucault)- más que la potencia del soberano, como el fin y el instrumento del gobierno: sujeto de necesidades, de aspiraciones, pero también objeto en las manos del gobierno’. Con otras palabras, es en este momento que la política se convierte en biopolítica”. [4]

Gobierno de las conductas

Como hemos expuesto en estas páginas, para el sistema de gobierno de la sociedad llamado Neoliberalismo la desigualdad entre los seres humanos es imprescindible y su corolario, la pobreza, un emergente natural de la competencia entre individuos libres pero desiguales. La teoría neoliberal no se detiene en valoraciones morales sobre esa situación, la considera inevitable y a la vez necesaria ya que la desigualdad, según su criterio, estimula la productividad y permite que el sistema-mercado optimice la riqueza como el mejor asignador de los recursos.

Pero si los pobres son inevitables, el Neoliberalismo necesita configurar una gubernamentalidad que los controle y los contenga, una gubernamentalidad que, sin abandonar por completo el poder de muerte y la amenaza de muerte, maneje técnicas y tácticas que permitan intervenir en la subjetividad, que conciba una subjetivación que facilite el gobierno a distancia -es decir sin que el sujeto perciba la coacción o que la naturalice- de la población y en particular de los pobres.

Ya desde la aparición de la población como categoría los entes individuales y colectivos son considerados como sujetos con necesidades, reclamos, preferencias, deseos, comportamientos y aptitudes que inciden en el proyecto ideal del poder, y como objetos sobre los que el poder actúa para modelarlos según las necesidades del proyecto de sociedad dominante. Antes mencionamos las herramientas de la burocracia, la ciencia y la técnica de que se valía la biopolítica para modelar a los sujetos. El Neoliberalismo va más allá y trabaja para modelar psíquicamente al consumidor-competidor a fin de hacer más eficiente el sistema. Este salto cualitativo nace de la comprensión, a diferencia de lo que pensaba el liberalismo, de que las decisiones en el mercado no son absolutamente racionales. El Neoliberalismo acepta que en ellas intervienen factores diferenciales de orden cultural, hereditario, de pertenencia social, de momento histórico, etc. Acepta por lo tanto que la teoría económica y la teoría social sólo pueden describir patrones de conducta generales y aproximativos. No obstante sostiene que la administración del poder puede recrearlos de modo de seleccionar el patrón conductual más deseable para facilitar el libre funcionamiento del mercado.

Los técnicos –economistas, publicistas, analistas de mercado, sociólogos, psicólogos- suministran al poder político las herramientas para modelar la subjetividad del consumidor-competidor. Los mass media, cuya función de informar hace ya mucho tiempo es un producto subsidiario de su función principal de formador de opinión al interior del mercado, integrantes del sistema como son, manipulan la información para que el “mercado” (traduzcámoslo como los ganadores del sistema) maximice su rentabilidad.

El trauma social como estrategia

Los medios de control social van desde los más o menos “inocentes”, creativos y hasta divertidos productos publicitarios hasta los más impiadosos shocks que conmocionan a toda una sociedad. Los argentinos tenemos en nuestra memoria histórica reciente recuerdos crueles. Baste mencionar el caos económico producido por las medidas tomadas en 1975 por Celestino Rodríguez, conocidas como “el Rodrigazo”, con la resultante hiperinflación que dio el puntapié final al gobierno errático de la inepta María Estela de Perón, “Isabelita” y la camarilla nazi-esotérica, dirigida por el “Brujo” José López Rega que la entornaba y conducía. El segundo de Celestino Rodríguez, Ricardo Zynn, un fundamentalista fanático del libre mercado proveniente del thinktank de la consultora FIEL, fue el padre del plan que aplicó Rodrigo y cuyo objetivo –declarado por el propio Zynn en publicaciones posteriores- era producir la estampida inflacionario de 1975 para licuar la deuda privada de las empresas y desatar el caos a fin de facilitar el golpe cívico-militar de marzo de 1976, la llegada al poder económico de José Alfredo Martínez de Hoz y la puesta en práctica de su extremo y genocida plan económico liberal.

Trece años después, un golpe de mercado con otra hiperinflación derrocó al gobierno popular de Raúl Alfonsín, que ya venía muy debilitado por los levantamientos militares que debió enfrentar y las concesiones que tuvo que hacer a los golpistas. En su lugar colocó por vía de elecciones al pícaro sirviente ideológico, nacido y criado dentro del peronismo, Carlos Menem, que aplicó un programa neoliberal desindustrializador y reprimarizador de la economía que culminó con la catástrofe, la represión sangrienta y la salida anticipada del gobierno de su sucesor Fernando de la Rúa.

En nuestra última experiencia, los teóricos de la gubernamentalidad neoliberal fracasaron en su propósito de derrocar al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner mediante un golpe de mercado porque la situación socioeconómica, aunque más complicada que en los años previos a la reaparición de la “restricción externa”, era lo bastante sólida como para resistirlo. Las debilidades de la economía argentina que en los últimos años del gobierno Kirchner volvieron a dificultar el despegue definitivo del país fueron las de siempre: la señalada restricción externa producto de un empeoramiento del precio de los commodities (mercancías primarias cuyo precio no fija el productor sino el mercado internacional) y una industria nacional frágil, ávida de dólares para desarrollarse, dentro de una estructura industrial crecientemente desequilibrada a partir del golpe del 76, cada vez más concentrada y extranjerizada.

Por ese motivo el gobierno de Mauricio Macri no tuvo más remedio que, en lugar de presentarse como salvador al modo de los casos descriptos previamente, provocar el autogolpe económico.

Pero el experimento más cruel de la estrategia del terror para imponer un plan socioeconómico neoliberal fue el implementado en Chile en 1975, tras el golpe liderado por Augusto Pinochet, por los “Chicago boys” conducidos por Milton Friedman. El economista estadounidense había llegado a la conclusión de que una sociedad aterrorizada e indefensa era el mejor campo de experimentación para poner en práctica sus teorías neoliberales. Es decir una sociedad de seres en estado de shock, horror e incertidumbre, acosada por la violencia física y el temor a la pérdida del empleo, todo ello fogoneado por unos medios de comunicación que insisten obsesivamente sobre hechos de robo y asesinato. Una sociedad en estado de anomia presenta las condiciones ideales para desestructurar sus patrones de conducta y reemplazarlos por otros, en este caso el paradigma liminar del Neoliberalismo: la competencia libre e individual de todos contra todos dentro de la estructura ideal y dogmáticamente creada del mercado.

Milton Friedman sedujo a Pinochet con sus planes, estos se llevaron a la práctica con la mayor rigurosidad ortodoxa y hoy la sociedad chilena, a tantos años del golpe que derrocó a Salvador Allende, con un régimen político formalmente democrático, muerto el jefe golpista, es una sociedad distinta a la previa al golpe.

Las amenazas que experimenta el sujeto en una sociedad así formateada le hacen sentir que vive en una situación de inseguridad. La inseguridad y la naturalización del todos contra todos del mercado que promueve la contienda, el éxito o el fracaso individual con su sentencia de exclusión como lógica social, empujan al sujeto a un abroquelamiento, a un encierro defensivo en sí mismo o en su entorno familiar o social más reducido. La inseguridad convierte todo lo que hay fuera de su círculo en algo peligroso, y los seres diferentes por cultura, por raza, por color, por costumbres, por origen de nacimiento o aun de residencia son vistos como enemigos potenciales y, por lo tanto, también como peligrosos. Y de todos esos seres diferentes los más peligrosos son los pobres.

La inseguridad, el estado ansioso de alerta, genera sufrimiento psíquico y éste desemboca en un estado de angustia. La angustia no se vincula con una situación concreta que yugulada hace desaparecer la angustia, sino que es un estado nebuloso y flotante que no puede identificar una causa precisa y, por lo tanto, genera violencia, como ya lo decíamos al principio en palabras de Murillo y refiriéndonos a Guinsberg, una violencia indeterminada que se dirige a sí mismo, a su entorno familiar, al viandante desconocido que creemos que nos agrede. La insolidaridad del sistema neoliberal es un disolvente social y una fuente de malestar y enfermedad.

De todos los enemigos del consumidor-competidor el más ominoso de éste es el pobre, porque ve en él el retrato de su propio fracaso personal en el juego de las individualidades desiguales que se enfrentan en el mercado.

Gobierno a distancia de la pobreza

Siendo el pobre un producto desechable del sistema, siendo éste producto inevitable y aun necesario para maximizar la eficiencia del mercado, descartada por lo tanto la “cuestión social” como estrategia integradora y armonizadora de la sociedad, el Neoliberalismo necesita su propia estrategia para gobernar la pobreza.

En primer lugar, el discurso difundido machaconamente por la propaganda a través de los medios estigmatiza la pobreza asimilándola a la delincuencia. Sin desdeñar las tácticas consagradas del encierro y la muerte, el Neoliberalismo avanza en nuestro nuevo siglo dando un salto cualitativo con respecto a la modernidad e interviene no sólo en el cuerpo sino en la mente. Se trata del “gobierno a distancia”. Son muy significativas las investigaciones en materia de neurociencia que, a través del conocimiento del sistema nervioso, intenta predecir los comportamientos individuales. Estas investigaciones dieron paso a novedades en la teoría económica. Mencionamos brevemente la neuroeconomía y el neuromarketing, dos nuevas ramas de la ciencia económica que, aceptado por el Neoliberalismo que las decisiones humanas son sólo parcialmente racionales y están influidas por múltiples otros factores, pretenden poder calcular tendencias conductuales para, manejándolas, inducir las decisiones en el sentido más conveniente para el mercado. Desde luego, llegado a este punto ya puede la nueva ciencia pensar en un fraccionamiento optimizado de conductas según estratos poblacionales (algo que la publicidad realiza desde hace mucho aunque con herramientas menos refinadas).

Manejado el deseo por estos medios y asumida la angustia y la frustración ante el deseo,el cual va siempre más allá y es imposible de satisfacer, la enfermedad física y psíquica está garantizada, particularmente en los sectores poblacionales carenciados con dificultades para acceder a los bienes más esenciales.Entonces el círculo vicioso del capitalismo neoliberal se cierra sobre sí mismo mediante el sistema médico-farmacéutico.

Este sistema maneja manuales diagnósticos y estadísticos de los trastornos mentales elaborados en los países centrales que tipifican las enfermedades de modo poco específico y no tienen en cuenta diferencias entre grupos sociales, regiones y países. Los manuales tampoco evalúan las condiciones sociales que inciden en los sujetos y tienden a tipificar como desorden mental toda conducta que se desvíe de los supuestos de eficiencia que asume la teoría dominante. Por ejemplo, a la tristeza que resulta del duelo por la muerte de seres queridos le atribuyen una duración “normal” de dos semanas, más allá de ese plazo se la consideraría como el indicio de una patología; la timidez pasa a ser una fobia social vinculada con el autismo; la inquietud de niños y adolescentes, sin mayor análisis acerca de su importancia y de si se trata o no de actitudes normales de la edad, se la diagnostica como “déficit atencional”, y así siguiendo la simplificación de numerosos cuadros con conclusiones generales, con débil fundamentación e insuficiente prueba empírica.

Las consecuencias de esta tendencia a patologizar livianamente todo síntoma que incomode al sistema de organización de la rentabilidad, son variadas y perniciosas individual y socialmente. El uso masivo de fármacos cuyo efecto es la negación de situaciones dolorosas pero inevitables y el encierro en sí mismo encubre la causa del sufrimiento psíquico que depende de la cultura vigenteyal no intervenir en su origen lo convalida; esas medicaciones producen con frecuencia efectos secundarios mal testeados y además suelen ser caros. Al desestimar toda incidencia del medio y responsabilizar de las conductas “anormales” a las redes neuronales y la carga genética que podría condicionarlas, se centra toda la responsabilidad en el individuo y se lo culpabiliza.

Por otra parte se advierte que la política médico-farmacéutica de “curación” es sectorizada de modo de favorecer procesos de subjetivación diferenciados entre grupos sociales. Así por ejemplo, para el tratamiento del déficit de atención, a los hijos de familias de clase media y media alta, las cuales deben satisfacer los estándares de competencia que les exige el sistema e imponen a sus hijos numerosas actividades culturales y físicas extra escolares, se les prescribe medicamentos que estimulan la actividad y tienen efectos colaterales menos dañinos que los que se suministra a los niños de estamentos populares. A estos se les recetan antipsicóticos y anticonvulsivos que deprimen la actividad y que pueden conducir finalmente al consumo de drogas ilegales. Se tiende así a cerrar el círculo de pobreza y exclusión tanto como, en el imaginario popular, a la estigmatización del pobre, a su aislamiento, su criminalización y su identificación como causa de la inseguridad.

Como hemos visto el Neoliberalismo elimina la “cuestión social” y lleva adelante un proceso de subjetivación que señala como sujeto exclusivamente responsable al individuo y criminaliza la pobreza; cuenta para ello con la participación decisiva y altamente rentable del sistema médico-farmacéutico que tiende a condenar como patológicas todas las conductas que se oponen al orden establecido.A este respectoafirma Murillo que “Se instalaría así una policía médico social de carácter global cuyo indicador de salud es la ‘adaptación al medio’ y cuya terapia es básicamente la farmacologización de casi todas las conductas propias de la condición humana. Se trata al fin de cuentas, de un intento de programar la totalidad de los aspectos de la subjetividad.” (M 1)

De este modo el Neoliberalismo arroja a la sociedad al marasmo de la angustia y la encaminaa su disolución.

Buenos Aires, mayo de 2017

[1]Jameson, Fredric. El giro cultural, Buenos Aires, 1999

[2]Jameson, Fredric. Ensayos sobre el postmodernismo, Buenos Aires, sin fecha

[3]Monbiot, George. Escritor y columnista de TheGuardian, Reino Unido. Publicado en Proyecto 33 por NitramAcever, 12/10/2016. www.proyecto33.com

[4]Castro, Edgardo. “Biopolítica: de la soberanía al gobierno”. Revista latinoamericana de filosofía, v.34 n2, Buenos Aires, nov. 2008

[I]Para ordenar estas reflexiones sobre la enfermedad en el sistema de organización y control de la sociedad llamado “Neoliberalismo”, he seguido el hilo conductor del pensamiento de la Profesora Doctora Susana Murillo, expresado en los siguientes trabajos:

La estrategia neoliberal y el gobierno de la pobreza (La intervención en el padecimiento psíquico de las poblaciones). pdf (M 1).

La cultura del malestar, http://psicologossalta.com.ar/2012/06/la-cultura-del-malestar-2/ (M 2)

“Estado, sociedad civil y gubernamentalidad neoliberal” en Revista Entramados y perspectivas de la carrera de Sociología, Vol. 1, Nº 1, Junio de 2011 (M 3)

Asimismo me he valido del trabajo del Doctor Enrique Guinsberg, del Departamento de Psicología de la Universidad Autónoma Metropolitana Xochimilco, de México, titulado:

La salud mental en el Neoliberalismo.pdf (G)

Las citas textuales de los autores mencionados figuran entrecomilladas y con la referencia a la publicación de donde las he extraído (M 1, M2, etc.)

Jorge Andrade, escritor,economista, crítico literario y traductor.Ha publicado numerosas novelas, entre ellas, “Desde la muralla”, “Vida retirada”, “Los ojos del diablo” (premio internacional Pérez Galdós, España);el libro de cuentos “Ya no sos mi Margarita” y el libro de ensayos “Cartas de Argentina y otros ámbitos”.Fue colaborador del diario El País y de las revistas El Urogallo y Cuadernos Hispanoamericanos de España, así como del diario La Nación de la Argentina.

 

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