“Intento romper los moldes y descubrir qué más tiene el cuento para ofrecerme”

Vera Giaconi nació en 1974 en Montevideo, Uruguay, pero siempre vivió en Buenos Aires. En 2011 publicó su primer libro de cuentos, Carne Viva -editorial Eterna Cadencia-. Su segundo libro, Seres Queridos, fue publicado por Editorial Anagrama en 2017.

En la mayor parte de las fotos a Vera Giaconi se la ve con un gesto de seriedad que parece haber abandonado al entrar sonriendo al bar Margot del barrio de Boedo.

Vera se sienta. Pide un té. Vuelve a sonreír y asegura que no tiene rituales, sino necesidades. “Me voy de casa porque es el lugar de todas las interrupciones y de las cosas que tengo pendientes para hacer. Por lo general voy a bares porque el ruido me obliga a concentrarme doblemente en lo que estoy haciendo. En el intento de la primera versión trato de soltar lo más posible la mano y como escribo en papel no necesito la computadora ni nada. Al ser correctora literaria y editora freelance, trabajo en la computadora con textos todo el tiempo y para mí ese es el lugar de la edición donde lo escrito se puede mejorar, se puede tocar, por eso recién cuando puedo decir acá más o menos está el cuento, paso a la computadora. En esa primera transcripción hay correcciones, edición, se descartan párrafos y páginas del esqueleto que surgió en el cuaderno. Después de todo esto digo que hay una primera versión”.

Cuando uno es chico casi siempre juega a ser algo. ¿Vos jugabas a ser escritora?

Los recuerdos que tengo son muy vagos pero todo el mundo me recuerda siempre inventando historias para jugar. A los siete u ocho años escribía cuentos a los que después les hacia las ilustraciones, les doblaba las hojitas, los cosía y del lado de atrás les había hecho una especie de sello que decía Cuentos de entrecasa. Era todo: la editora, la escritora, la correctora.

Desde pequeña la escritora uruguaya estuvo en contacto con los libros. Recuerda una biblioteca familiar llena de textos. Hoy, según Vera, su casa es “un lio de libros que están por todas partes y se mezclan como también lo hacen en mi cabeza”.

Y de esa mezcla, ¿recordás algún libro que te haya marcado?

A mis once años estaba con mi familia de vacaciones en un balneario de Uruguay en Atlántida. Ahí encontré una colección de libros que no sé por qué se le adjudicaban a Alfred Hitchcock. Eran historias de detectives, muy bien escritas, y protagonizadas por tres chicos que investigaban asesinatos y robos. La colección tenía un montón de libros pero el primero que leí fue El misterio de la calavera o algo así. Me acuerdo el entusiasmo de haber terminado ese libro y querer el siguiente. Al año siguiente volví a esa librería y encontré El coronel no tiene quien le escriba de Gabriel García Márquez, pero  creo que fue después de haber terminado de leer Mujercitas que dije esto es un libro gordo, esto es leer.

      Seres Queridos fue uno de los cinco finalistas del Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero 2015. “Que mi nombre apareciera junto al de Samanta Schweblin, Cristina Cerrada,  Alberto Olmos y Edmundo Paz Soldán,  toda gente con mucha obra, mucha carrera y yo con solo un libro publicado, fue un regalo para mí.

¿Desde que concursaste en 2015 hasta  que se publicó en 2017 cambiaste algo del libro?

Si, el libro que se está leyendo hoy no es el mismo que el de principios de 2015. En la espera agregué cuentos y corregí un poco más los que ya estaban. Ese continuar escribiendo nació de la dificultad de soltar el libro de adentro de mi cabeza. Me sentaba a escribir y seguía escuchando la música que tenía Seres Queridos. Todo lo que salía iba encaminado en la misma dirección y sentía que no iba a poder cambiar de tema hasta que el libro estuviese publicado.

Vera es fanática de los tiburones pero asegura que su cuota de peces en un cuento ya está cerrada.

¿Cómo nació  el cuento Pirañas?

Suelo escribir a partir de algo que ésta pasando. Pirañas lo escribí un verano que hizo mucho calor y hubo invasión de palometas en Rosario. Todos hablaban de embates pero nadie te contaba el detrás de escena, el qué pasaba después con toda la gente que había sufrido esos ataques. Yo me la imaginaba volviendo a su casa con algunos dedos menos porque se los habían comido los peces.

Me pareció que se podía hacer mucho con eso y el hecho en sí me permitía hablar de un nivel de violencia que involucraba a la sangre y estaba lejos de personas acuchillándose, que no es sobre lo que me gusta escribir. Traté que el lector desde el comienzo visualizara la imagen de un ataque de piraña que es claramente sangre en el agua.

En el cuento busqué trasmitir la idea de algo chico, un pueblo, una comunidad, hasta reducirlo a una familia. Me pareció que las pirañas y el río daban esa sensación de pequeñez.

Dumas y A oscuras hacen referencia a la última dictadura militar en Uruguay y Argentina. Esos relatos, ¿son autobiográficos?

Si. Dumas es mi abuelo paterno. Esa historia es mi historia, esa chica que está junto a él abrazada a su bebé es mi mamá, pero le hice una especie de pequeña edición a la verdad. El cuento es un homenaje porque él es una figura muy importante para mí. Mi abuelo murió cuando yo tenía cuatro años, entonces su imagen es más bien la que yo me fabriqué. Tuvo una vida muy especial. Se había ido de la casa de sus padres cuando tenía diez años, se cambió el apellido y se hacía llamar Farías y no Giaconi. Todo el mundo lo conocía como Farías pero sin embargo a su hijo le dio su verdadero apellido: Giaconi. A Oscuras también forma parte de mi historia personal y está dedicado a mi hermano Mauro. Ciertos rasgos de Roxy, la protagonista, son míos, pero hay otros que le pertenecen a una amiga mía muy cercana que era muy valiente, muy decidida y muy determinada. Yo en cambio era muy miedosa. Roxy y Facundo son y no son nosotros sino el reflejo, las voces y las personalidades de todos esos chicos con los que jugábamos y con los que nos criamos en esa especie de germinador que fue el grupo de exiliados que durante la dictadura se vino a la Argentina y armó como una micro familia para paliar las faltas.

Y como escritora, ¿le temés a algo?

A que se me borre todo por algún virus o  a guardar archivos en algún lugar y después olvidarme dónde. Eso me da terror por lo despistada que soy a veces. Por suerte, por ahora, mi computadora me entiende y tiene buena onda conmigo, pero si un día se revira estoy en el horno. Quizás me daría miedo volver a una etapa en la que, no sé por qué, releía algo que había estado escribiendo y si no me gustaba lo borraba, como si fuese a contaminar el resto de los archivos con eso. Por suerte se me pasó, porque eliminé cosas que no había que borrar, sino que convenía esperar.

Vera se queda pensando unos segundos y dispara: “De aburrir, me da miedo estar haciendo algo que aburra”.

Con Seres Queridos ya editado. ¿Tenés algún proyecto a futuro?

Escribir algo diferente para salir de la concepción bastante clásica del cuento que se lee en Carne Viva y Seres Queridos. Quisiera descubrir qué más tiene el cuento para ofrecer u ofrecerme a mí, me gustaría darle una vuelta más. Siempre intento romper con algunos moldes y así fue como del primer libro al segundo pude lograr cosas que no había podido lograr antes, y me enamoré de esos logros. Entre ellas el uso de la primera persona. Me fascinó poder trabajarla y si no lo hice en Carne Viva fue porque nunca me terminaba de cerrar el incluirla.

Dando los últimos sorbos al té y Vera dice no tener héroes ni heroínas en esta etapa de su vida. “Esta piel que habito es elástica y, además, todavía no sé quién soy. No lo tengo muy claro y los modelos me complican. Me enamoro un tiempo pero me desenamoro rápido de esas figuras. Tampoco soy de idealizar, por eso escribo los cuentos que escribo”. Vera de nuevo se ríe, toma aire y continúa: “A todos les puedo imaginar sus dolores, sus quiebres, sus debilidades, sus inseguridades y sus traumas. Los míos los llevo de a poco. Me resulta imposible imaginarme en el registro sensible de otro. ¿A quién comprás completo? Yo creo que a nadie”.

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