Histéricos, cabuleros y suertudos en el Bingo de La Plata

-Mirá “papi”, la suerte está en el cartón no en cuantos compres. Yo hace dos horas que estoy y solo hice bingo una vez.- la señora permanecía sentada con los codos apoyados sobre la mesa de madera. Tenía el pelo colorado y un corte setentoso. Sentado enfrente de ella, un joven rubio, de barba candado y ojos celestes, compró dos cartones de los de dos pesos y, marcador en mano, se concentró en el juego. De fondo se oía la voz sensual de una mujer, que iba recitando los números de forma pausada.
-Su atención por favor, damos inicio al sorteo número 13520; primer bolilla…- la mujer cantaba los números y el silencio se apoderó de la sala. Colgados de la pared, unos televisores LCD mostraban las bolillas y entre las mesas circulaban los mozos, vestidos con un saco rojo furioso y un pantalón marrón claro.
Afuera la cola se impacientaba, ya que por reglamentación del lugar, nadie podía ingresar a la sala hasta que no terminase la jugada. Alrededor de veinte personas permanecían paradas frente a la puerta de acceso, listos para entrar y liquidar parte de su salario, cuando no todo. En su mayoría eran gente de tercera edad, pero había bastantes cuarentones y jóvenes de no más de veinte años.
-Estamos a día seis y la gente cobró. Los principios de cada mes son los más jugosos. Es cuando más guita se patina- arrojó Matías, uno de los mozos. Detrás de él, un joven de melena castaño claro y camisa rosa se sentó en una de las mesas, donde había dos mujeres de más de sesenta años, cada una con un cigarro en la boca.
-¿Tengo cara de viejo yo, señora?- el muchacho eximió una sonrisa, buscando complicidad.
-No, sabés lo que daría por tener tu edad pibe, ¿por qué me preguntas?
-Porque cuando dije de venir acá con mis amigos, ellos me sacaron cagando diciendo que era un viejo choto y quedé medio acomplejado.
Ella largó una carcajada y apagó el cigarro en el cenicero – mirá, cuando te vuelvas a tu casa con mil pesitos en el bolsillo, te vas a reír vos de ellos.
-¿Paga mucho el pozo hoy?
-El cartón de dos, 360 pesos y el de tres, cerca de mil.
-¡Mierda!, yo es la segunda vez que vengo y la verdad que…
-¡Bingo!- irrumpió uno desde el fondo y los murmullos estallaron.
-Se ha cantado bingo- comentó la locutora. Una moza se paró al lado de la mesa ganadora, colocó una vara dorada, miró el cartón y levantó el pulgar en señal de aprobación.
-Viendo que el bingo es correcto, damos por concluido el sorteo.
En el interin, entre sorteo y sorteo, la gente aprovechaba para pedir algo en la confitería o fumarse un cigarrillo. Los mozos se acercaban a las mesas con los cartones y la desesperación por comprar se apoderaba de todos. Algunos compraban de a seis, otros de a dos o de a tres, pero siempre más de uno.
-Dame toda esa hilera- la colorada de corte setentoso le arrojó cien pesos y el mozo dejó un juego de seis cartones arriba de la mesa.- ya está, vamos a quemar las naves, no me voy a ir habiendo hecho un solo bingo, estoy desde las dos acá.- comentó.
Un joven de pantalón de vestir y camisa gris se acercó a la mesa donde estaban la colorada y el rubio; colocó el saco en el respaldo de la silla y se sentó.
-¿No está ocupada esta silla, verdad?
-No, papi, sentate y ojalá me traigas suerte- le respondió la señora.
-Comenzamos con el sorteo del bingo número 13521- arrojó la locutora.
-¡Último cartón!- gritó un mozo y una anciana levantó la mano.
-¡Acá, acá!- el mozo se acercó y la anciana le arrojó dos pesos.
-Comenzamos: primer bolilla…
La locutora empezó a cantar los números y un silencio de misa volvió a apoderarse de la sala. Pasaron unos cinco minutos hasta que una señora gritó línea, un mozo se acercó pero se dio cuenta que era errónea y continuaron con el sorteo.
-¡Línea!- volvió a gritar, al cabo de unos segundos, y el mozo se volvió a acercar, pero esta vez era correcta. No obstante, minutos después, gritó bingo a los cuatro vientos, una moza de pelo castaño se acercó, corroboró el cartón y depositó la vara dorada.
-El bingo es correcto, damos por concluido el sorteo número 13521.
-¡Ja!, ríansele ahora a la señora- arrojó el mozo y las miradas reprobatorias del resto de los participantes le cayeron encima.
-Qué vieja de mierda. Una línea y un bingo en una misma jugada, ¿a vos te parece?- comentó la señora de corte setensoso al joven rubio.
-Nos vamos a tener que mudar a esa mesa- le respondió el joven.
El muchacho de camisa gris aprovechó para pedirse una copa helada de frutilla, con una oblea de chocolate arriba y recubierta por una capa de merengue.
-No, ya fue, la suerte está en cartón como te digo. Esperemos un poco más en algún momento vamos a ganar algo.

La suerte está echada

-Damos comienzo al siguiente sorteo… preparados….- una voz masculina se escuchaba por los parlantes y nuevamente los mozos comenzaron a circular con los cartones en la mano.
-Cambiaron a la locutora, espero que este sí me traiga suerte. – arrojó la colorada, mientras se desabrochaba la blusa floreada y se llevaba un cigarro a la boca.
Luego de unos minutos en que nada trascendente pasó, más allá de una línea cantada desde una de las mesas del fondo, el joven de camisa gris gritó bingo y las miradas se depositaron en la mesa. La moza de pelo castaño corroboró la jugada y se dio paso a un nuevo sorteo, donde el joven volvió a gritar bingo.
-Flaco, ni se te ocurra moverte de esa silla. Yo hace dos horas que estoy acá y solo una vez pude hacer. Dos bingos seguidos no hace cualquiera- el joven sonrió y le compró dos cartones a cada uno. Es una regla del lugar, cuando alguien saca bingo, debe comprarle una ronda de cartones a sus compañeros de mesa.
-Espero poder devolvértelo- arrojó la colorada. Para todo esto, el joven rubio y de barba candado hacía dos jugadas que no participaba, solo permanecía sentado observando como el resto de los allí presentes malgastaban su dinero.
-¿No jugás más vos?- preguntó la colorada.
-En un rato. Me voy a pedir una copa helada, de esas de 15 pesos.- el muchacho le hizo señas a un mozo obeso que justo pasó por allí y se pidió una copa.
Al cabo de un rato, el mozo depositó la copa en la mesa y el joven le pagó con cien.
-No tengo cambio, esperame acá que en un rato te lo traigo.
-¿No le vas a dar un ticket?- intervino la mujer de corte setensoso.
-Cuando le traiga el vuelto le dejo el ticket, señora. No se preocupe que no lo voy a cagar al muchacho.

Las bolillas corrían y la gente permanecía concentrada en su jugada, era la primera vez en toda la tarde que pasaba tanto tiempo sin que nadie acertase con el cartón, hasta que desde una de las mesas que están cerca de la confitería alguien gritó: ¡bingo!, pero cuando la moza fue corroborar era falso; pasaron unos segundos y desde la otra punta volvieron a gritar, pero otra vez era incorrecto y una horda de protestas e insultos estallaron en simultáneo.
-¡Peeero, será posible, che. Dos veces seguidas van a cantar mal!- arrojó la colorada.
-Seguro lo hacen para hacerse los vivos.- le respondió el muchacho de camisa gris
Un anciano que estaba sentado en la mesa de atrás se levantó y enfurecido les gritó a los del fondo:
-¡Comprensé anteojos, dejensé de joder! ¡No ven que con las interrupciones se para el bolillero!
-Su atención, por favor- comentó el locutor- continuamos con el sorteo número 1322 hasta llegar a bingo: 56-25-33-28…
-Me falta uno, la puta madre…-comentó la colorada
-38-27-52…
-¡Biingoo!- escupió. El grito se oyó como un estruendo que retumbó en todo el salón.
-Se ha cantado bingo.- comentó el locutor.
-Espero, señora, que esta vez sea cierto.- arrojó uno de los mozos.
-Yo si canto bingo es porque tengo, querido. Vengo acá desde que tengo 15 años.
La moza se acercó, colocó la vara dorada en la mesa y levantó el pulgar.
– El bingo es correcto, damos por concluido el sorteo número 13522.
-Yo sabía que me iba a tocar en algún momento, la puta que lo parió. No podía ser, toda la tarde acá sentada y un solo bingo.
En el receso, una joven de pelo enrulado y ojos verdes depositó unos cupones para un sorteo de 800 pesos que se celebraría ahí mismo.
-Pongan su nombre, apellido y DNI. El sorteo es ahora a las seis.- comentó la muchacha.
Pasaron diez minutos y desde los parlantes la voz del locutor anunció el inicio del sorteo. Una mujer sensual, de cuarenta y tantos años comenzó a revolver los cupones, extrajo uno y en el momento de leerlo se quedó callada unos segundos.
-Vamos a sacar otro, porque este no es legible.
-¡Uyy!, debe ser el mío. – el joven de barba candado se levantó y se dirigió hacia el escribano, que permanecía parado al lado de la urna.
-¿Me pueden pasar el cupón que extrajo la mujer?, es para corroborar si es el mío.
-Lo lamento, amigo. Pero el cupón quedó descartado.
-¿Y si se los leo?
-La regla establece que los datos deben ser legibles, ya no hay nada que se pueda hacer.
El joven volvió a la mesa, protestando por lo bajo y nuevamente se sentó al lado de la colorada.
-¿Era el tuyo?
-No sé, puede que sí. Pasa que tengo una letra de mierda y lo completé con el fibrón.
-Ayy… qué cagada.
-Mejor me voy a ir a las maquinitas tragamonedas, porque acá no voy a ganar nada.
-Jugá a las de diez centavos, tenés más chances de ganar.

Perjudicial para la salud y el bolsillo

El muchacho atravesó el salón, cruzó la puerta de acceso y se dirigió a la mesa de entrada para pedir cambio de diez pesos, el cajero le dio dos billetes de cinco y el enfiló para una de las máquinas.
La combinación de sonidos, junto con las luces que emanaban de las consolas, provocaban un inmediato dolor de cabeza y una sensación de saturación. Estando ahí adentro, se pierde la noción del tiempo, no se sabe qué horas es, o si es de día o de noche; si llueve o si hay sol. La gente permanecía sentada sobre una butaca de madera, atomizada frente a los aparatos y con unos vasos de plástico apoyados sobre la falda que contenían unas fichas. Hacían movimientos mecánicos, solo se limitaban a mover la mano izquierda para introducir un billete, apretar los botones y esperar el ticket que la máquina escupe cuando se gana algo.
El joven se paró frente a un aparato que tenía una especie de crucigrama en tres dimensiones, con unos dragones que escupían fuego y unas sirenas de pechos voluptuosos. Colocó un billete de cinco pesos por la rendija, la máquina lo tragó de inmediato y él juego comenzó. Al cabo de unos segundos la leyenda: “No Credit” apareció en la pantalla. Introdujo otro billete y esta vez su jugada duró un poco más, esperó y presionó “Send”; la máquina escupió un ticket con la leyenda: “vale por 1.25”. El joven lanzó un insulto al aire, rompió el vale y alejó.
“No pienso seguir patinando guita en esta mierda. Hasta acá llegó mi amor”, comentó para sí mismo.
Afuera, en el pequeño hall de entrada, una señora permanecía sentada fumando como un escuerzo y con la mirada perdida. Detrás de ella, había un enorme cartel blanco con letras góticas y la leyenda: “jugar compulsivamente es perjudicial para la salud”. La frase iba a tono con el lugar, aunque no estaría de más agregarle: “perjudicial para la salud y para el bolsillo

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