Hermética: "El alfabeto no tiene letras mudas"

¿Cómo explicarle a los que no gustan de la música pesada, la importancia de un grupo como Hermética? ¿Cómo explicar que detrás de la distorsión del Tano Romano, el doble bombo del Pato Strunz y la voz de O’ Connor, se esconde una poética inoxidable, destinada a perdurar? ¿Cómo explicar la profundidad de las palabras de un Ricardo Iorio inspirado, que había asumido el compromiso de ser un cronista de su época? Aquí van estas sentidas palabras, para el mito más grande del metal pesado argentino.

La separación de V8 en 1987 (banda que junto a Riff, fue una de las fundadoras del género en el país), significó primero una pérdida y luego una esperanza. De sus entrañas emergieron cuatro proyectos que dejarían una pesada huella en la música popular. Así, los ex integrantes de V8 formaron Horcas (Osvaldo Civile), Logos (Zamarbide, Roldán y Cenci), Rata Blanca (Walter Giardino) y Hermética (Ricardo Iorio).

De todas, Hermética (o la “Hache”, como desde siempre la llamaron sus seguidores) ocupa un lugar especial. Con tan sólo tres discos de estudio y un EP, esta banda se transformó, tras su superación, en un mito. Tal vez, esto se deba a que su carrera fue fugaz, pero intensa. Tal vez, porque el tiempo le dio peso y dimensión. Lo cierto, es que Hermética fue la primera banda pesada que tuvo la chance de ser realmente masiva.

El recorrido de Hermética, no se aleja del derrotero de un país herido por la Última Dictadura Militar. Las consecuencias del Terrorismo de Estado hacían tambalear la frágil democracia radical. El Neoliberalismo se consolidaba como el tono de la época.

Hacer un racconto de los principales acontecimientos ocurridos entre 1988 y 1994, basta para ponerse en contexto algunas cosas. La primavera alfonsinista se alejaba, acorralada por los levantamientos militares. El descontento y la frustración se hicieron sentir con la firma de las Leyes de Obediencia Debida y Punto Final. El fracaso del Plan Austral marcaba que se había perdido el rumbo económico. La incertidumbre económica crecía, al son de los paros generales de la CGT y una inflación galopante. La llegada de Carlos Saúl Menem, tenía a la Patria Financiera y Contratista como principales invitadas al festín.

De todos y cada uno de estos procesos, Hermética dio cuenta. Y si lo hizo, nunca tranzó. En este contexto adverso, la música no dejó de manifestar la bronca general. “Hermética empezó desde abajo, desde bien abajo”, reflexiona el periodista Sebastián Feijoo. “Ninguna compañía discográfica nacional, internacional o independiente se disputó su concurso”. Esta decisión les permitió que su discurso siempre fuera auténtico, contestatario y punzante.

Desde un principio, la música de Hermética asumió una identidad de clase trabajadora. Esta identificación no era forzada. En una entrevista que le realizara Fernando D’dario para Página/12 en 1998, Ricardo Iorio recuerda aquellos años.

– Estuve [trabajando] siete años en el mercado de Abasto, con mi viejo. Teníamos un puesto de papas, y cuando cerró fuimos al Central y después, de última, en los principios de Hermética, vendía ajo en la calle.

La anécdota es traída a colación en el documental “La H” [Nicanor Loreti, 2011] y revela la ocupación del resto del integrantes, antes que Hermética se transformara en lo que fue. Fleteros, comerciantes, verduleros. El canta, en cada canción de Hermética, es un laburante que le canta a sus pares. Alguien que, en términos marxistas, tiene conciencia de clase. Alguien que se reconoce explotado y se piensa con los suyos. En ningún momento se pone del otro lado del mostrador: es un asalariado, un laburante más. Alguien que con su herramienta-instrumento, denuncia lo que observa desde el llano.

– Así me salieron temas, como por ejemplo “Gil Trabajador” – recuerda Iorio en 1998 – Veía chabones que estaban escuchando mis canciones, y me miraban como a un perejil, y no me daba para decirles, “che loco, ese tema lo hice yo…”.

Repasar la letra de esta canción, equivale a encontrarse con versos furiosos y callejeros.

“Masticando esta siniestra heredad,
prisionero estoy en mi ciudad natal
donando sangre al antojo de un patrón
por un misero sueldo.
Con el cual no logro esquivar
el trago amargo de este mal momento.
Mientras el mundo, policía y ladrón,
me bautizan sonriendo, gil trabajador”.

Ricardo Iorio no tiene estudios superiores. Sin embargo, con dos versos nos explica lo que significa el capitalismo para un asalariado. Con dos versos, primero sufridos en la calle, escribe con rabia lo que siente. Siempre tuve en la cabeza la misma imagen: Iorio tiene una voluntad para decir, que se que se lleva todo por delante.

– “Gil trabajador” es el código de la nación – explica – El que labura es un gil. Tenés que ser rocho o policía para vivir bien.

Y es imposible no sentir como la poética de Hermética, se encuentra emparentada con la angustiada pluma de Enrique Santos Discépolo. En plena Década Infame, uno de los mayores poetas del tango escribía con resignación: “¡El que no llora no mama y el que no afana es un gil! […] ¡No pienses más, sentate a un lao, que a nadie importa si naciste honrao!”.

La referencia, no es fruto de la coincidencia. La lírica de Hermética se encuentra en sintonía con buena parte de los tangos sociales de la década del veinte y del treinta. Tangos reflexivos, con cierta cuota narrativa, con un claro sentimiento de protesta. Qué vachache (1926) y Yira yira (1930), del propio Discépolo; Pan (1932), de Celedonio Flores; Al pie de la Santa Cruz (1933), de Mario Battistela; Al mundo le falta un tornillo (1933) de Enrique Cadícamo. Cada tango (al igual que las canciones de la Hache) dan testimonio de su época. Manifiestan, con crudeza, la debacle del país. No es casualidad, desde luego, que se hayan producido en las postrimerías de los años más infames de la historia argentina.

Además de escribir para trabajadores, una de las misiones que asume el letrista es cantarle al público metalero. Y si lo hace, es para darle palabras de aliento, es para acompañarlo en un contexto difícil para todos.

– ¿Qué es ser metalero en la Argentina? – le preguntaron cierta vez a Ricardo Iorio.
– Y… andar de negro, bancar que te pare la policía, pensando que sos vos el robó al anciano. Pero que saben que no sos vos, porque no tenés un arma […] El que se está tomando una birra […] y lo denuncia el vecino. Pero capaz que cuando pasa el que roba y anda de traje, o lo roban en la municipalidad, o lo roban en el Senado, no denuncia.

Este nuevo público rockero, nacido en los ochenta bajo el fulgor de Riff y V8, necesitaba a gritos canciones que lo enunciaran. Y este sentimiento pesado, encuentra en Soy de la esquina, su manifiesto:

“Cervezas en la esquina del barrio varón
Rutina sin malicia que guarda razón […]
Allí esperan mis amigos en reunión
Mucho me alegra sentirme parte de vos”.

En ningún momento se apela a una retórica barrial o a los cantitos de cancha. “Ser” de la esquina, significa (por sobre todas las cosas) ser joven; significa apropiarse del espacio público; significa ser víctima constante de los abusos policiales.

Este nuevo público rockero, además, pide a gritos una lírica comprometida con la realidad social. Una lírica que se aleje de la cursilería, de las canciones de amor. Una poética alejada de “toda esa careta, de mersa coqueta”, que proliferaba en las discotecas.

Así, el hartazgo de la vida citadina se verá expresado en una canción como “En las calles de Liniers”. Allí, el poeta-narrador describe con desesperanza los efectos de la sociedad de consumo. La descripción caótica de pequeñas viñetas, culminan con otro breve manifiesto: “solo transmito lo que observo, no es una invención de mi mente, no”. Esta traducción poética de lo que se ve, está muy emparentada con el realismo sucio norteamericano. Esta vocación descarnada de narrar sin eufemismos, está ahí.

No hay que olvidar que por aquellos años, la editorial Anagrama desembarcaba con uno de los máximos exponentes del género: Charles Bukowski. No sabemos, efectivamente, si formaba parte de las lecturas del letrista, pero el tono es similar. “En las calles de Liniers”, parecería ser una suerte de aguafuerte de aquel escritor.

Canciones como “Cráneo Candente” y (más especialmente) “La Revancha de América”, instalan la problemática de los pueblos originarios en el temario rockero. La diagonal trazada permite construir un relato que incluye al originario, al gaucho y al obrero, como las principales víctimas de la explotación capitalista en doscientos años de historia. El poeta ilustra en “Cráneo candente”:

“Viví el destierro del hombre nativo
bajo las grises magias conquistantes,
que aun prosiguen traficando el miedo
como ayer gauchos al desierto”.

Se hacen cargo, entonces, de un bagaje cultural y sientan posición. Piensan, en pocos versos, lo que significa haber nacido en esta parte del mundo. Discuten con el Facundo, de Domingo Faustino Sarmiento; con el Martín Fierro, de José Hernández; con Una Excursión a los Indios Ranqueles, de Lucio V. Mansilla. En “La Revancha de América”, son claros.

“Pueblos nativos del suelo mío
fueron saqueados y sometidos.
Por la siniestra garra de la madre perra,
que orgullosa festeja quinientos años
de haber llegado con sus carabelas
A succionarnos, a imponernos fe.
Estrechos dogmas de su infernal sed […]
De ese castigo debes zafar,
toma revancha América”.

Y con mucha humildad, este grupo contradice aquella idea borgeana de que los argentinos descendimos de los barcos. Se hacen cargo, nuevamente, de su lugar de enunciación y, además, lo amplían. No sólo son laburantes: son hijos de la América mestiza; son hijos de los pueblos originarios que resisten, con hidalguía, el embate capitalista.

Pero las canciones más interesantes, son aquellas que acompañan, con su relato, los últimos años de Alfonsín y la llegada de Carlos Menem al poder.

Por aquellos años, la democracia navegaba por aguas turbias. El aparato represivo del estado, apenas maquillado por el cambio de algún que otro jefe, estaba intacto. Mientras la policía continuaban torturando en comisarías y realizando detenciones arbitrarias; los militares buscaban esquivar la Justicia. Las leyes de Obediencia Debida y Punto Final oscurecían los logros del Juicio a las Juntas Militares.

“Tu eres su seguridad” deja de manifiesto esta hipocresía. Los torturadores y asesinos de trabajadores, esperaban ser tratados como patriotas. Aquellos que “no alcanzan la paz por sus viejos miedos, hoy esperan de vos seguridad”, cantaba O’Connor con rabia e ironía.

Entre saqueos e hiperinflación, entre asonadas y operaciones de prensa, el riojano logra el consenso político para tomar al poder. Cercado, Alfonsín deja paso para que Menem continúe lo que la Última Dictadura comenzó. Bajo la promesa de acabar con la inflación y de comenzar una “Revolución Productiva”, las elecciones de 1989 ratificarán el triunfo del peronista con el 47% de los votos. “Si hubiera dicho lo que iba a hacer – reflexionaría años más tarde – no me hubieran votado”.

En “Olvídalo y volverá por más”, Hermética otra vez le pone voz al descontento. El “que se vayan todos”, tiene un primer fundamento en esta canción.

“Politiqueando un doctor de la ley
ganó lugar con sólo prometer.
Carnes asadas convido al pueblo,
quien dio su voto creyendo […]
Con sus discursos pre-electorales,
con los que tejió su fraude.
En un avión se llevó el dineral,
a donde nadie sabe.
Seguro de que pronto lo olvidarán,
y podrá postularse otra vez”.

Esta canción además, deja entrever el carácter decisivo de la publicidad en las campañas electorales. La poca memoria tiene sus consecuencias: los que se postulan son los mismos de siempre. Los resultados sociales son desastrosos.

Para entender el estado de cosas, Hermética aventura una primera hipótesis. La frivolidad reinante, fruto de la brutal lógica de mercado impuesta, dan como resultado una sociedad cuyos lazos solidarios se van cortando. “La gran masa anestesiada se revuelca en egoísmo; y sí le encuentro un sentido, se ha entregado al escapismo”, cantaba O’Connor en el primer disco. El “sálvese quien pueda”, se impone como filosofía de vida. El cortoplacismo, el “voto cuota”, serán algunos de los tantos síntomas de una década infame que recién comenzaba.

Las canciones que denuncian el resultado de estas políticas, pueden verse con claridad en el tercer disco de la banda. El título no deja lugar a dudas: la Argentina era “Víctima del vaciamiento”. Los trabajadores no tenía opciones. Se debía resistir, a toda costa, al “imperio de la desolación”. Los hospitales agonizan sin recursos [Hospitalarias realidades], mientras los jóvenes son perseguidos y encausados [Soy de la esquina, Cuando duerme la ciudad] u obligados a realizar el Servicio Militar Obligatorio [Del Colimba]. El escenario es desolador. Pero, ¿cuál es la solución? ¿Cómo seguir?

Con rabia y claridad, Iorio escribe otra vez, una canción que sintetiza al capitalismo con brutalidad. Plantea, con una clara influencia heideggeriana, que hay que esquivar los engaños de la sociedad de consumo. En “Otro día para ser”, canta con amargura:

“Desnudar el sin razón, que modeló nuestras vidas.
Parece ser causa perdida.
Nadie apuesta a detener, el motor que contamina,
El aire que a diario respiras. y que respiraste ayer.
Y que mañana tal vez, no lo se.
Por eso hoy, reflexionando en esto,
La madrugada pasó y dejó otro día para ser”.

Y deja en claro, de esta manera, que sus críticas no son coyunturales. Son críticas a un sistema que contamina día a día nuestras vidas, que tras la ilusión de las mercancías nos separan de nosotros mismos.

Hay una imagen que siempre me resultó poderosa. Es la foto de un joven militante social, que camina con los brazos abiertos entre la multitud: una sonrisa dibuja su cara. Camina feliz, convencido de estar en donde está. Lleva una campera de jean, barba y pelo largo. Esta protestando en la calle, porque se cansó de ver tanta injusticia en su barrio. Lleva una remera con la roja inscripción de Hermética, su banda favorita. Este joven, que perdería la vida a manos de la policía en 2002, se llamaba Darío Santillán. ¿Cuál es la relación entre esta banda y este joven? ¿Cuál es la relación entre aquella foto y la poesía de este conjunto? ¿Será fruto de la casualidad?

Desde luego, que no. Hermética es una voz de que se alza contra la injusticia y el atropello de los poderosos. Es la voz de una clase trabajadora, que tiene memoria y dignidad. Que exige lo que es suyo y que lo busca en la calle. Es la poética de los que sufren, lloran, piensan, pero no se rinden. Y si esa voz perdura, es porque echó raíces, porque se hizo pueblo escuchando a los oprimidos.

Curiosamente, los fanáticos solemos decir que “la Hache” no murió, porque la banda sigue formando parte de nuestro presente, porque nunca dejamos de escuchar aquellas gloriosas canciones. Pero también, deberíamos decir que el alfabeto no tiene letras mudas. En todo este tiempo, la “Hache” nunca se calló.

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