Federico, el grande. Crónica del 120 aniversario del nacimiento de García Lorca.

“La poesía es algo que anda por las calles. Que se mueve, que pasa a nuestro lado. Todas las cosas tienen su misterio, y la poesía es el misterio que tienen todas las cosas”, Federico García Lorca, 1 de abril de 1936

Fuente Vaqueros

A las cuatro de la tarde el pueblo de Fuente Vaqueros duerme su siesta andaluza. Duerme la calle Poeta Pablo Neruda, duerme la calle Pintor Pablo Picasso, duerme el Barrio Salvador Allende. Solo una señora riega su minúsculo patio. El agua se filtra por debajo de la verja y se escurre por la calle hasta la alcantarilla. Sobre el asfalto no hay más movimiento que el de tres bicicletas y una moto ruidosa. Las ventanas abiertas de un primer piso dejan escapar un reggaetón de entrenamiento que se mezcla con el cantar de los pájaros. Sopla una brisa tibia por las hojas de los naranjos.

Fuente Vaqueros es un pueblo de cuatro mil habitantes enclavado en los sembradíos, a veinte kilómetros de Granada, en la comunidad española de Andalucía. Es un poblado con una reliquia: aquí nació Federico García Lorca. Un 5 de junio, como hoy. Hace 120 años.

Es Fuente Vaqueros su pueblo natal y su pueblo lo sabe. El nombre de Federico lo llevan la Biblioteca y el colegio público. Su rostro está en las paredes y en un croquis del ejido urbano. Su silueta pensativa vigila desde una rotonda la plaza principal, donde a sus pies los habitantes del pueblo dejaron una placa en homenaje a los hijos e hijas de Fuente Vaqueros que murieron en la guerra civil. En la otra punta de la plaza de una fuente emerge en bronce la mitad del cuerpo del poeta: “El pueblo a F. García Lorca”. Sobre el sector de los juegos infantiles se leen unos versos de su Balada de la placeta:

Cuentan los niños

en la noche quieta:

¡arroyo claro

fuente secreta!

La Casa Natal

Aún en su descanso el pueblo se prepara para un nuevo aniversario, el llamado “5 a las 5”. La fuente está colonizada por un escenario con luces y altoparlantes; en las aceras de la plaza no se puede estacionar “con motivo de los actos lorquianos” de la fecha.

El museo de la casa natal de García Lorca abre sus puertas a las cinco. En la fachada posterior, sin embargo, la mitad de una puerta está abierta a la calle. Este sector de la casa solía ser un establo. Una pareja mayor se acerca, se asoma hacia el interior y pregunta por Pepe. De un momento al otro se reúnen otras cinco personas en la vereda. Pepe se hace presente, es uno de los encargados del museo. Explica: a las 17 se podrá ingresar a la visita, hace entrega de las entradas de cortesía. Luego habrá un acto ceremonial de los políticos locales. A las ocho se entregará el Pozo de Plata y a las nueve tocarán la banda Ars Nova y el cantautor Enrique Moratalla.

–Algo parecido a Luis Eduardo Aute– aclara Pepe –, para que tengan una idea. También estará Elodia Campra recitando poesía, que tiene una voz…

Alguien pregunta si pasa alguna otra cosa a las cinco.

–No, a ver, eso del “5 a las 5” se hizo un solo año, en el 76– dice Pepe con su acento andaluz –, y quizá en alguna otra ocasió. Se le llama así por su poema “La cogida y la muerte”. Pero ya no se hace todo a las cinco.

Pepe hace dar a todos la vuelta a la manzana, dice que en tres minutitos abre. Se han sumado unas señoras catalanas y una madre e hija andaluzas. La madre le explica a la nena que aquel señor fue un poeta muy famoso y que esta era la casa en la que nació. Sobre la fachada blanca se lee en fina caligrafía azul que fue el 5 de junio de 1898. Por fin Pepe abre y los visitantes se amuchan en el vestíbulo de la entrada.

La primera estancia funcionaba como comedor. Todo lo que ven es u original o está restaurado, cuenta Pepe, y esto gracias a la hermana menor de Federico, Isabel, que todavía recordaba cómo estaban dispuestas las cosas. Hay dibujos originales de Federico, de influencia cubista, luego bordados por sus primas. Este era el piano en que tocaba piezas clásicas y canciones populares. Federico vivió en esta casa hasta los seis años y luego se mudó con la familia a Valderrubio, donde su padre el propietario dirigía la cosecha de remolacha, y, más tarde, con los estudios, a Granada. Federico había querido ser músico pero su padre no le dejó, explica Pepe. Su padre, como todo padre, se preocupaba por el futuro económico de su hijo. Así, Federico estudió derecho, pero nunca ejerció. A esta casa siempre la conservaron y Federico volvía de vez en cuando. Federico, que fue poeta, sí, pero también dramaturgo, músico, dibujante. Un artista, sintetiza Pepe.

Por un pasaje de un metro treinta de alto se ingresa a la cocina. No hay que levantar la cabeza hasta salir. Uno de los visitantes habla el español con un fuerte acento extranjero y cuenta que ya había estado una vez acá, pero que Ahh, suspira, estar hoy, en los 120 años… Y Pepe dice que lo entiende, se lleva una mano al pecho, comparte la emoción. Mientras, mira a todos los demás de reojo, como el pastor a su rebaño.

Pepe enseña la cama donde nacieron Federico y sus hermanos Luis, muerto de bebé, y Francisco. La cuna que fuera de ambos, el andador de madera. Hay dos fotografías de su época escolar: una con todos los niños, de sombrerón, y otra con todas las niñas, el único varón. Su madre Vicenta había sido la maestra del pueblo y le otorgaron a su hijo el privilegio de salir en ambas fotos y en el centro.

Al salir al patio las catalanas toman con alivio las fotos que no pudieron sacar en el interior. Hay un busto del poeta “que es el que más se parece al rostro de Federico”, dice Pepe. Suena su teléfono. Pepe debe dar indicaciones sobre cómo llegar a Fuente Vaqueros y cómo salir.

La Barraca

En el antiguo retablo de los animales hay una exposición temporal sobre La Barraca. Entre 1931 y 1936, bajo el amparo de la Segunda República Española, Federico y toda una compañía de actores y actrices llevaron piezas clásicas del teatro español –con montaje modernista– a los pueblos de España. De esa empresa se conservan unas pocas escenas de video –sin sonido–, prácticamente las únicas imágenes audiovisuales de Federico. Su voz se ha perdido.

La Barraca era una apuesta política: permitir a las masas el contacto con lo más celebrado e insigne del teatro español. De la pared cuelga la imagen congelada de los adultos y niños que formaban parte de aquellos públicos. Ríen con la vista clavada en el escenario. Pepe vuelve a atender el teléfono: alguien quiere conocer las actividades de hoy. Deja a la visita observar la muestra y luego pone el video con las imágenes. Reaparece con un puntero láser y señala la silueta de Federico en la proyección.

En la puesta en escena que La Barraca hizo de “La vida es sueño”, de Calderón de la Barca, Federico también actuó. Hizo de La Sombra. Llevaba velos negros sobre todo el cuerpo y movía sus brazos como un fantasma. La sombra de Calderón de la Barca: la premonición de la muerte.

Al finalizar el recorrido se pueden comprar recuerdos. Un señor no entiende el sistema de los posters y casi se lleva el cuadro entero. Las catalanas discuten qué postal es mejor para Pedro, “el padre espiritual” de una de ellas. Mientras cobra, Pepe recibe a los funcionarios locales y habla por teléfono. No da a basto. En el patio ya hay un micrófono y dos sillas. En un rato se hará entrega del Pozo de Plata, y este año será diferente. No irá para alguna figura intelectual relacionada con el universo lorquiano, no. Este año los premiados son los trabajadores del Museo. Este año se lo lleva Pepe.

Como yo te vuelva a ver

Los actos lorquianos se acercan. Sobre el escenario los músicos prueban el sonido. Los locales empiezan a ocupar los bares. Un patio prolijo de sillas de plástico rojas anuncia que no tiene servicio en las mesas, pida usted en la barra, gracias. Las servilletas llevan la inscripción “por favor, no me tire al vuelo”.

En los bancos de las plazas se sientan los señores mayores de cigarrillo y bastón. Los que llegan tarde se quedan sin asiento y se apuran entre ellos: Vamos, ven, a la zombra, a la zombra. Se paran en el centro de la plaza y miran el escenario de brazos cruzados por la espalda. También miran pasar a un cuarentón de mirada extraviada y andar nervioso que va y vuelve hablándole al viento: ¡Qué has hecho ahí de nuevo! ¡Son las dos de la tarde y tú en la cama! ¡Como yo te vuelva a ver! Luego se detiene y exige a los señores del banco: Dame fuego.

Pero el conflicto está en otra parte. Entre las mesas vacías de un bar dos señoras bajas y morenas se trenzan en una discusión. Se gritan con las mandíbulas abiertas. Se dicen palabras incomprensibles mientras un grupo de hombres observa desde la otra esquina. Nadie hace nada hasta que cae la primera silla. El encargado del lugar las azuza y las echa y el eco de su pelea retumba poblado adentro.

Vuelan globos atados a un palenque. El cielo se cubre de nubes, corre el viento. Pasa un tractor. Fuente Vaqueros se termina a un par de cuadras y se abre a las plantaciones de maíz, de naranjos, de chopos. En el fondo relucen las sierras de Granada. Fue en Fuente Vaqueros donde Federico niño se perdió una noche. Su familia lo encontró dormido en el suelo, junto a la esquina de una calle. Le habían dado una peseta para que fuera al cine pero se la había gastado toda en regaliz, llamado “palo dulce” en Andalucía. Se había emborrachado de azúcar hasta dormirse.

El beso de Victoria

Federico García Lorca fue, ante todo, andaluz. Granadino.”Yo creo que el ser de Granada me inclina a la comprensión simpática de lo perseguido. Del gitano, del negro, del judío…, del morisco que todos llevamos dentro”, decía en una entrevista. En la ciudad de Granada su estatua en un banco lleva las piernas cruzadas y sostiene una copia del Romancero Gitano. A su lado un treintañero de pelo engominado se termina un helado. Hoy a Federico le han dejado un ramo de flores sobre el regazo. Feliz cumpleaños.

Pasa una familia y la nena de cinco años pide un momento con él. Le dicen que sí y ella se sube al banco y besa la mejilla de bronce. En los últimos meses de su vida, Federico habló sin vueltas de su homosexualidad en una entrevista que recuperó el suplemento dominical de un diario mexicano veinte años más tarde: sólo hombres he conocido, decía, “y la normalidad no es ni lo tuyo ni lo mío. Lo normal es el amor sin límites. Porque el amor es más y mejor que la moral de un dogma, la moral católica; no hay quien se resista a la sola postura de tener hijos. En lo mío no hay tergiversación (…) Pero se necesitaría una verdadera revolución. Una nueva moral, una moral de libertad entera. Ésa que pedía Walt Whitman”.

La familia de la niña la apura. Le dicen Vamos, Victoria, que la luz se puso verde.

La cogida y la muerte

A Federico García Lorca lo fusilaron en agosto de 1936, apenas un mes más tarde del alzamiento de Francisco Franco contra la República. Pudiendo haberse quedado en Madrid, Federico había decidido volver a Granada, “y que sea lo que Dios quiera”. Su asesinato es el objeto de investigación de libros gruesos: lo mató el régimen, lo mató la envidia de sus competidores en la industria de las remolachas, lo mataron por marica, lo mataron por poeta. Sus huesos aún no se han recuperado. Yace en algún lugar de Granada, bajo algún naranjo, bajo algún olivo. En Fuente Vaqueros quedará para siempre su risa de niño.

Camino (Poema del Cante Jondo, 1931)

Cien jinetes enlutados,

¿dónde irán,

por el cielo yacente

del naranjal?

Ni a Córdoba ni a Sevilla

llegarán.

Ni a Granada, la que suspira

por el mar.

Esos caballos soñolientos

los llevarán

al laberinto de las cruces

donde tiembla el cantar.

Con siete ayes clavados,

¿dónde irán

los cien jinetes andaluces

del naranjal?

Attachments

Discusión (0)

No hay comentarios para este documento aún.

La generación de comentarios ha sido deactivada en este documento.