La jugada maestra y los recuerdos de otra época

Evocando los recuerdos de una generación atravesada por una situación comunicacional muy diferente de la de hoy, con la angustia de la Guerra Fría siempre presente, hace poco se vio en los cines argentinos “Pawn Sacrifice” (algo así como “sacrificar al peón” en términos ajedrecísticos; aquí se llamó “La jugada maestra”).

El recuerdo de las circunstancias es difuso, pero no el de la ocasión de la charla. Estábamos en la cocina de mi casa en el barrio de Caballito. Además de mis padres, y probablemente mi hermana (la otra, intuyo recién nacida, debía estar en su cuna) había un primo de mi papá, Jorge, que vivía en Salto y estaba de visita en Buenos Aires.
El tema de la charla era el enfrentamiento, que parecía tener un vilo al mundo (según lo que lograba percibir desde mis siete u ocho años), entre Fischer y Spassky.
Bobby Fischer y Boris Spassky, qué claros y cristalinos sonaban esos nombres; cómo olvidarlos.
En mi imaginación y tal vez un poco con la ayuda de la televisión (que era en blanco y negro y no tenía más de cuatro canales) Fischer era un joven rubio de pelo corto y Spassky un tipo algo más grande, flaco, con pelo castaño y sin rasgos faciales. Los dos de saco y corbata. Y los dos muy comprometidos; mucha tensión, mucha expectativa, mucho peligro.
Sabía que eran los dos ajedrecistas más importantes del mundo y que el partido entre ellos tenía una gran importancia.
Años más tarde supe que eran los tiempos de la “Guerra Fría”.
El “Match del Siglo”, luego me enteré, se disputó en 1972 en Reikjiavik, Islandia.
Pero lo que me preocupó, lo que me generó una vaga sensación de angustia en aquel almuerzo, fue lo que dijo el primo de mi papá: “Si Spassky pierde, no sabés lo que le van a hacer los rusos”…
¿Los rusos serían realmente tan malos?
¿Qué le pasaría al pobre Spassky, que, efectivamente, perdió?
No me preocupé más por Spassky en esos días. Mucho mejor así: los chicos tienen la habilidad, que pierden cuando crecen, de no obsesionarse.
Llamado a evocar este recuerdo, décadas más tarde, busqué un poco de información.
Afortunadamente, Spassky (hasta donde se sabe), no fue encarcelado, ni torturado, ni despreciado –aunque de esto último me quedan dudas-. Murió en 2008 en Francia, país que había adoptado como propio luego de caer en desgracia en la Unión Soviética.
(¿Habrá sido luego de la derrota a manos de Fischer? Eso no lo sé, pero creo que no, porque se nacionalizó francés recién en 1984).
¿Y Fischer? Pobre Bobby Fischer… parece que estaba medio loco. Un genio loco.
Leí sobre él: Después de ese famoso partido, por decisión propia, no jugó profesionalmente nunca más, salvo una vez en que organizaron la revancha con Spassky en lo que hoy es Montenegro y en aquel momento la desmembrada Yugoslavia, en 1992.
En esa oportunidad, Estados Unidos le envió una carta en que lo conminaba a no participar. Aunque la Guerra Fría había terminado –eso se cree, eso dicen-con la caída del Muro de Berlín en 1989.
Bobby escupió la carta. Jugó igual, y ganó de nuevo.
Sé que lo arrestaron años más tarde en un aeropuerto de Japón, sucio, con la mirada perdida y aspecto de vagabundo. Estados Unidos le había revocado el pasaporte.
La isla grande y poco frecuentada del norte de Europa, a la que Fischer había puesto en los televisores de todo el mundo en 1972, le dio asilo. Y murió allí unos años más tarde.

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