Estampa carioca

Son las 5 de la mañana del 29 de diciembre. En la vereda de una calle adoquinada una gringa es burlada por el transa de turno, quien después de recibir el pago por una mercancía que no entregó – ni va a entregar -, huye a todo pulmón en una bicicleta destartalada. La mujer grita colérica, sin pretensiones de ser escuchada por nadie. En ese pueblo colonial a dos horas de Río, nadie está despierto a esa hora salvo algunos turistas de recambio, que prefieren perder horas de sueño y ahorrarse unos cuantos reales viajando en el transporte público.

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En ese mismo pueblo cae la tarde y con ella un aguacero interminable, de esos que mojan de verdad. Otra vez el trasporte público, otra vez los turistas queriendo viajar barato. Una lugareña termina el turno en su trabajo y aguarda de pie al colectivo para volver a su casa. Tal vez la espera su familia, o tal vez no. El asunto es que quiere volver, dejar las bolsas pesadas que carga, secarse y disfrutar de las pocas horas libres que le quedan antes de que la noche negra cubra todo con su manto y de por finalizado el día. Tal vez la palabra tampoco sea disfrutar. Vaya a saber qué panorama reciba a esa mujer cuando llegue de su trabajo, pero ese es otro tema.
Los asientos del colectivo están todos ocupados por los turistas medio pelo que vuelven de su excursión cuentapropista y el colectivero tiene orden de no llevar gente parada. No hay lugar para esta mujer ni para el resto de lugareños que esperan chorreando junto a ella. La mujer se sube a la fuerza y se amotina. El conductor pide sin éxito ayuda por radio y entre los pasajeros empieza a correr un rumor de incomodidad. El agua vence los cerramientos de la unidad y empieza a filtrarse hacia el interior. El colectivo lleva quince minutos detenido y el rumor incómodo se convierte en protestas a viva voz. La mujer sigue en pie, impertérrita ante la situación que está protagonizando. No le importan las miradas ni los gritos de los indignados. Finalmente y tras media hora parado bajo el agua, el colectivo reanuda la marcha con la mujer a bordo. El resto de lugareños que esperaba chorreando junto a ella se sube en silencio y puede viajar también.

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Llega, por fin, el 31 de diciembre y en las calles de Río de Janeiro solo se habla de la Reveillón. Se escucha entre los turistas, se escucha entre los locales, se lee en las vidrieras y hasta en el transporte urbano.
Los restaurantes remarcan al triple sus precios para el evento y las agencias de turismo ofrecen promociones para pasar esa noche a precios estrafalarios.
Baja el sol en Copacabana y el color blanco empieza (permítase el juego de palabras) a copar el lugar. Olas de gente emperifollada para la ocasión colman en pocas horas la playa más popular de la cidade maravilhosa.
En cada esquina un vendedor llena sus bolsillos vendiendo flores blancas y amarillas. Las venden en ramos, las venden sueltas, las venden enlazadas en adornos para el pelo y el gentío compra y sigue su marcha para asegurarse un lugar en la arena.
Avanza el reloj mientras turistas y cariocas mezclados despliegan sus sillas plegables y sus lonas en la playa. Acomodan también sus banquetes en forma de sánguches, las latas de cerveza ligera y, en no todos los casos, alguna que otra botella cuyo contenido espirituoso servirá para brindar cuando den las doce. A miles de kilómetros quedan, a Dios gracias, el Vitel Toné, los pavos rellenos, las garrapiñadas, los horarios, las trifulcas familiares, las mesas paquetas de ocasión y todo aquello que aturde y perturba la fatídica y última semana de diciembre.
El escenario lo completan los vendedores ambulantes que caminan de una punta a la otra ofreciendo bebidas, bocados rápidos y sustancias ilegales de muy clandestina procedencia. Es Reveillón y lo que logren vender esa noche hará la diferencia en sus enjutas economías.
Cuando la gente comienza a pararse, a moverse, a hablar en voz más alta y a destapar sus botellas, el 2016 se ata los botines y se persigna antes de entrar a la cancha en la que jugará durante los próximos trescientos sesenta y seis días.
Comienza su partido luego de que millones de voces terminan de contar hasta diez y es ovacionado por una batería de fuegos artificiales que pone piel de pollo.
A varios metros del escenario principal, grupos de lugareños se abren paso entre los presentes y caminan en dirección hacia el agua. En sus manos llevan las flores blancas y amarillas que compraron horas atrás y avanzan al compás de unos cánticos incomprensibles para los que no son de allí. Se meten al agua donde los espera Iemanjá, reina del mar, protectora del hogar, de los barcos y los pescadores. Cuenta la historia que ofrendándole flores en la noche de año nuevo, todos los problemas son llevados por la divinidad hacia el fondo del mar y devueltos en forma de buenas vibras para el año que está comenzando. Esta vieja tradición escapa a los ojos de la televisión mundial, que conviene más rentable televisar coreografías de axé y gente alborotada bañándose en champagne.
Son las tres de la mañana y la fiesta comienza a decolorarse. Algunos caminan a los tumbos, otros duermen tirados sobre el malecón y otros tantos nadan en su propia transpiración mientras siguen de jarana.
Mientras tanto, a unas cuadras de allí, otros regresan en malón para guardarse en hangares. En la larga procesión hacia la parada del colectivo, comienza a verse la otra cara de la fiesta. La gente regresa con sus conservadoras vacías y sus manos libres de flores, que quedaron al resguardo de Iemanjá.
En una vereda poco iluminada, un hombre le propina una paliza a una mujer. Los sonidos de los golpes quedan atrás de la procesión que sigue su marcha sin siquiera darse vuelta. Un policía corre sacándose el arma del bolsillo y el cobarde golpeador libera a su presa y huye hacia el interior de su casa.
Desde una plaza comienzan a circular los primeros colectivos del 2016 y la gente se amucha esperando su turno para subir. Cada quien ocupa su lugar dentro del vehículo y se aferran bien fuerte a los barrales de seguridad. Es Río, es año nuevo y a esa hora de la madrugada los conductores no saben de velocidades máximas.
El recorrido de vuelta incluye pasar por la entrada de la Rocinha, la fabela más grande del lugar. El micro no se detiene y pasa ligero, muy ligero. Sin embargo y a pesar de ello, se ve desde afuera que hay otra fiesta allí adentro. Fútbol, música, baile y no se ve mucho más porque el colectivo acelera cuando una piedra impacta contra una de las ventanas y los pasajeros se ahogan en un solo grito.
Río de Janeiro, última semana de diciembre de 2015 – madrugada de enero de 2016.

 

 

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Discusión (1)

  1. Muy bueno!!!!!
    Te felicito.

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