Esperen, un momento

Actualmente está viendo una revisión titulada "Esperen, un momento", guardada en el 9 abril, 2018 a las 12:36 pm por Paula Vasquez
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Esperen, un momento
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Es un nuevo año, 2018 para ser más exactos. Es marzo y camino por la Santander bajo un sol que me hace sudar la espalda con el roce constante de mi maletín color salmón, siento la incomodidad de las gotas de sudor que van mojando mi camisa. Sigo caminando con la mirada fija en un punto ciego que me permite no mirar a nada ni a nadie. Mientras pienso en las cosas que debo hacer en el transcurso del día, un grupo de hombres al pasar junto a mí me piden que les regale un beso. No los veo, torno a fruncir el ceño y continúo caminando. Los días pasan y con ellos siempre hay un hombre nuevo, un desconocido que me intersecta en la calle, ya sea para decirme algo referente a mi aspecto, ya sea para susurrarme al oído vainas indescifrables, o invadiendo mi espacio mientras lanzan una mirada entre burlona y morbosa. No lo sabía, pero al pensarlo detenidamente, en un día puedo ser abordada por cuatro hombres diferentes. No lo sabía, pero esto no es nuevo, no es porque sea un nuevo año y los tiempos hayan cambiado, no es porque haga calor o porque haga frío, ni tampoco por mi ropa o porque muestro mucho o poco mi cuerpo. Ahora que lo recuerdo siempre ha sido así: El practicante de sociales que en el colegio me miró de arriba abajo y me dijo “Estás muy linda”. El hijo de la profesora de primaria que siempre tenía una dosis de “halagos” para decirme cuando yo lo único que deseaba era tornarme invisible cada vez que aparecía. El esposo de mi tía que me miraba el culo mientras yo estaba de espaldas, en pijama, empinándome para coger un plato. El profesor de la universidad que mientras yo le pedía una asesoría, me invitó a pasar a su oficina, cerró la puerta, puso su mano sobre la mía, junto a mi pierna y me dijo: “Vivimos cerca, anota mi número, salgamos a tomar algo y te doy la asesoría”. El vecino de mi cuadra que no desperdiciaba oportunidad para hostigarme cada vez que me veía, tendría tal vez uno 30 años, mientras yo no superaba los 14. Aún lo hace. En todos los casos, menos en los hombres que me han abordado por la calle, me he cuestionado si en realidad  yo no estaría malinterpretando las cosas, me he convencido de que tan solo querían ser amables, me he propuesto a no darle importancia, he callado y he querido olvidar porque tal vez, me he dicho, he sido malpensada. Es lunes, y como si fuera una fiel creyente que necesita y lee cada día la palabra de Dios para poder sobrevivir, leo cada semana las columnas de Leila Guerriero en el diario El País para ayudarme a vivir. En ellas hubo una que me llamó aún más la atención. “Te creo”, del 5 de noviembre de 2017. Habla sobre cómo fue acosada en un avión, sobre el morbo despreocupado, la apariencia cínica de algunos hombres y la calificación de histéricas que tienen muchas personas hacia las mujeres cuando las escuchan denunciar  cualquier clase de abuso. Concluye la historia con una frase potente y desconsoladoramente cierta: “No dije nada para evitar que otros hicieran lo que ustedes hacen: dudar de la única evidencia que una mujer, en esas circunstancias, tiene: la palabra propia”. Y mientras leo esto, traigo a colación mi historia y me pregunto ¿Qué hace que los hombres no tengan miedo al abordar a una mujer desconocida en la calle? ¿Quién les dio autoridad para tener ese aparente estado de seguridad ante nosotras? ¿Por qué lo hacen? ¿Por qué somos testigos y no hacemos nada? Sí, podemos votar, podemos estudiar ahora cualquier carrera, podemos trabajar y dejar a un lado las labores que durante mucho tiempo nos impusieron, podemos vestirnos como queramos y podemos hablar de feminismo. Pero la base del machismo sigue ahí, intacta, haciendo metástasis: normalizar, aceptar, tolerar y despreocuparnos frente a esos actos y actitudes. Al final de este texto me ha dado pavor descubrir y aceptar que, en ese orden de ideas, yo también he sido y sigo siendo machista.
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el 9 abril, 2018 a las 3:36 pm Paula Vasquez