Epifanía: visitando La Capilla del Hombre

Volví a la Capilla del Hombre el mismo día de las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Fue una especie de epifanía que en ese momento no supe descifrar, pero que ahora se me revela evidente.
Nuevamente me emocionó mucho poder ver las pinturas de Oswaldo Guayasamín en vivo. Las texturas, los colores, esas caras y esas manos que gritan por todos nosotros. Gritan injusticias, dolores y también las más suaves ternuras. El artista se manifiesta y opina en todos los aspectos: desde las temáticas que elije hasta la manera en que lo hace.
Creo que lo que destaca a la obra y vida de este autor es su coherencia con su pensamiento, puesto que entiende que el rol del artista debe ser comprometerse con el tiempo en el que le tocó vivir y denunciar sus injusticias. Por eso es que organiza su obra de acuerdo a series. José Camón Aznar explica esto diciendo que “Guayasamín es pintor serial. No puede sintetizar en un solo lienzo su gran aparato emotivo”. Estas series en su totalidad, a su vez, conformarían (puesto que él nunca llegó a verla completa) La capilla del Hombre, que es la culminación y síntesis de la obra del artista. Cada serie es para Guayasamín una epopeya dedicada a un tema o problema del ser humano, que es quien está siempre en el centro de su obra. Pablo Cuvi desarrolla esta idea citando a Alejandro Moreano, quien sostiene que:
…su relación con la historia y la vida social ha estado mediada por la búsqueda de aquellas emociones y valores profundos –la angustia, el sufrimiento, la ira, el amor- que conforman la dimensión ontológica del hombre concreto, no del hombre intemporal y abstracto sino de ese hombre que sufre, llora o combate.
Su obra se compone de tres grandes series, de las cuales la primera – Huacayñan o El camino del llanto- nace luego de un viaje que el artista realiza a sus 26 años desde México hasta la Patagonia. Durante el mismo, se empapó de la miseria y el sufrimiento que vivenció, especialmente en los pueblos aborígenes, que luego logró transformar en 103 cuadros, donde retrata los rostros del mestizaje americano y las etnias que lo componen: especialmente indígenas y negros. A esta serie le sigue La edad de la ira, colección que comenzó a pintar en 1961 y en la que se manifiesta en torno a la violencia del hombre hacia el hombre durante el siglo XX: Vietnam, Playa Girón, la esclavitud africana y las dictaduras del Cono Sur, son algunos ejemplos de las temáticas que elije. Finalmente, se avoca, en La edad de la ternura también llamada Mientras viva siempre te recuerdo, al amor filial con el cual homenajea a su madre, quien falleció cuando él era un niño. Esta es la gran temática que aborda desde 1988 hasta 1999, año en el que muere.
La culminación y síntesis de estas tres series sería La capilla del hombre, que vendría a ser algo así como la contrapartida terrenal de la Capilla Sixtina. Mientras ésta está dedicada a Dios y los santos, aquella se consagra a los hombres. Este proyecto busca dar respuesta a la siguiente interrogante que él mismo se hacía:
¿Cómo es posible que haya iglesias para dioses que no sabemos si existieron o no, para santos que no sabemos si fueron santos o no, y para el verdadero hombre que forjó este continente desde hace miles de años hasta nuestra época no exista un espacio de meditación?
En cuanto a la organización del espacio de la capilla, Guayasamín la proyectaba siguiendo la cosmovisión andina, según la cual el tiempo es circular. Además, pretendía que los asuntos del hombre (tema central de la capilla-museo) contemplaran tres dimensiones: a quienes ocupaban el espacio americano desde mucho antes que los españoles; al momento de la llegada de estos; y el mestizaje, que para él constituye tanto el fruto del encuentro de esas dos culturas como el atropello de la cultura española sobre la americana.
Desgraciadamente, su muerte inesperada no solo le impidió ver esta obra terminada, sino que perturbó también sus planes. Para empezar, no están todas sus obras por cuestiones de herencia (tuvo varios hijos y no todos forman parte de su Fundación) y eso significó que la organización que él quería de las mismas se viera modificada.
Una de las claves para entender la mirada particular que tiene Guayasamín sobre los indígenas es cómo se percibe a él mismo: Se sabe mestizo y eso, en lugar de vivirlo como una carga, es para él motivo de orgullo. Sus abuelos eran indios y ese hecho se evidencia en su propio apellido, que es de raíz quechua y significa “ave blanca volando”. En este sentido es que Pablo Cuvi, en el preámbulo de una entrevista que le realiza al artista en 1982 afirma que “Muchas veces se había declarado indio como una opción política y estética, pero su mestizaje venía marcado a fuego en el tono claro de sus ojos y en las pasiones culturales y políticas que atravesaron su vida y su obra”. Y justamente de esa forma es como se define actualmente el ser indígena: “Ser indígena constituye un acto político de autodefinición y de reafirmación de la condición de diferente, oprimido, excluido y marginal”. Es preciso aclarar que si bien él vivía su realidad de esa manera, fue blanco igualmente de la discriminación. En la entrevista ya mencionada él lo explica así: “En el caso mío, mi niñez es muy humilde, vengo de una familia terriblemente humilde, con un apellido indio, toda mi niñez la paso muy solo, porque compañeros, niños de mi misma edad, no quieren jugar conmigo”. Entonces, se puede concluir que lo que él busca transmitir en sus obras es también fruto de su propia experiencia y de la manera en la cual se posiciona frente a ella. Este posicionamiento que adopta constituye, a su vez, un posicionamiento histórico. Él afirma que las dos fuentes que nutren su obra (y también a la historia latinoamericana) son la cosa precolombina (que es la de mayor peso cultural para él, ya que tiene más de 7000 años tras de nosotros) y la cultura de 500 años de la cosa española. En la entrevista ya citada ahonda sobre esto cuando señala:
…mi objeción a lo que se ha escrito de historia de nuestro país o de América Latina es que no es una historia escrita por nosotros sino, primero, por los españoles, que lo hicieron a su modo, y más tarde por los mestizos, que lo siguen haciendo con una mentalidad de españoles, es decir, el mestizo españolizado. Todavía no ha surgido la historia escrita por los hombres primarios de esta tierra. Yo sé que ellos todavía no están en las posibilidades, quizás, de escribir, pero el día llegará en que los grupos indios empiecen a escribir su propia historia venida de siglos, venida de milenios.
Y esto también podría concebirse como algo sobre lo que los pueblos indígenas tienen derecho: a que sus voces subalternas sean escuchadas en la historia de América. En la misma entrevista agrega:
Cuando queramos tener una identidad cultural sólida en nuestros países, tenemos que envolver, amarrar nuestro pasado con nuestro futuro. No en la forma historicista de revivir cosas antiguas, no es el propósito, pero sí con un hondo conocimiento de nuestra civilización pasada, para saber cuál es el verdadero camino que está dentro de nosotros para poder seguir adelante.
Es justamente esa capacidad de trasformación lo que me sigue maravillando de este artista y es lo que me da, en este momento tan particular y crítico que estamos viviendo, esperanzas. Esperanzas acerca del poder de los viajes en cuanto a todo lo que nos enseñan sobre empatía y despojos varios. Y especialmente, esperanzas sobre nuestra capacidad de conocer y aprender del pasado para no repetirlo o, en el peor de los casos, convertir las injusticias del presente en arte. Pero que sea arte que nos ayude a pensar y que no quede solamente escondido en los museos.

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