“En la calle conoces lo peor del ser humano”

 

Verónica Martel cayó en las drogas a muy temprana edad. Terminó en la calle y tuvo que afrontar una de las situaciones más difíciles para una persona.

 

“Disculpame que llegué un poco tarde, pero estuve a punto de no venir, dudé mucho. Me hace mal venir a una plaza. Me trae malos recuerdos. Pensá que la mayor parte del tiempo que consumí, fue en un lugar así pero en Parque Patricios, en la plaza de Caseros y José. C. Paz”. -Verónica no vino sola, la acompaña su hija Uma de un año y medio- “Ella me da fuerzas para seguir adelante y no bajar los brazos”.
-Así de verborrágica es Verónica. Se presentó a cara lavada y con un corte de cabello bien corto. Dice ella que es por las veces que se tiñó con agua oxigenada,  – “en la calle haces cualquiera” – . La Plaza de Tribunales es el lugar de la cita, ella la conoce muy bien, y no porque le guste el aire libre, o simplemente pasear. Verónica dormía en estos lugares. La calle fue una etapa en su vida que la marcó para siempre . “Fui al barrio un par de veces, y muchas de las personas que eran mis amigos ya no están. Si no murió porque lo mató la policía, está preso, y el que no, se dio vuelta por la droga. En definitiva, ya estoy grande, quiero estar con mi familia”.

 

“Consumía drogas, al principio marihuana todos los dias y cocaína todos los fines de semana. Durante varios años se dio eso. A los 16 arranqué con las drogas que te mencioné y, a los 26, empecé a fumar pasta base. En ese tiempo comencé a conocer la calle. En realidad ya andaba en la calle, pero tenía una vida normal, tenía una casa y seguía rebuscándomela. Tenía changuitas, como para mantenerme. Pero más tarde, cuando comencé con la pasta base, arranqué a robar. Era tanto el vicio que tenia, que no volvía a mi casa. Es más, yo tenía dos bebés. Teo y Santiago. Se los dejaba a mi mama y me iba, desaparecía”. – Su voz ya no es la misma, se empieza a agrietar. Mastica bronca y bruxa a la vez – . “Me iba por 4 o 5 días. Quienes me rodeaban hicieron mucho para ayudarme. Hoy tengo una familia hermosa y gracias a ellos pude salir adelante. Pero el vicio era más fuerte que yo. Más fuerte que mi familia y mis hijos. Paré porque fui presa. Estuve detenida y salí en libertad hace cuatro años”.

 

Diferencias entre techo y hogar

La adicción a las drogas llevó a Verónica a tocar fondo. Si bien tenía un techo, una familia y afectos, la droga la llevó a perder el vínculo emocional con sus seres queridos. La calle pasó a ser su nueva realidad.
En junio de 2015, C5n transmitió un informe titulado: “Los invisibles de Capital Federal, vivir y morir en la calle”. La nota reveló números que estremecen. Diferentes organismos no gubernamentales como Proyecto 7 y Médicos del Mundo (MDM) estiman que en la Ciudad existen alrededor de 18.500 personas en situación de calle, de las cuales 4.500 son niños y 2.000 abuelos. Se calcula que en total son 5.000 familias. Estos números distan mucho de los reconocidos por el Gobierno de la Ciudad. Según estos últimos, son menos de 900 las personas viviendo en la calle. Los testimonios recogidos en el informe denuncian que hay hogares del Gobierno de la Ciudad que no reciben a personas en situación de calle o que son maltratados. Cuentan quienes pretenden acudir a esos refugios, que deben levantarse a las 5 de la mañana y, de querer regresar al hogar, necesitan hacer la “cola” a las 12 hs para ingresar finalmente a las 18 hs. Esto no les permite poder buscar algún tipo de trabajo.

 

Según el Sociólogo y docente de la Universidad de Buenos Aires, Diego Ezequiel Litvinoff, a la persona que está en situación de calle le falta materialmente el techo pero el problema es mucho más profundo. La ausencia material de un techo define su situación, pero para que eso ocurra lo que está en deuda es el hogar. El licenciado deja en claro que hay que diferenciar ambos conceptos ya que no es lo mismo una cosa y la otra. El techo es meramente material, mientras que el hogar involucra un conjunto de relaciones y, sobre todo, conexiones afectivas. Litvinoff afirma que con la ausencia de cierta contención, es muy difícil, por no decir casi imposible, sostener la estructura de un hogar

El sociólogo remarca que tener que pensar solamente en el presente y no poder planificar hace que desarrollen una serie de conjuntos, de técnicas, de mecanismos y capacidades de resistencia que potencialmente logran una mínima estabilidad. Agrega, además, que la persona en la calle desarrolla nuevas identidades vinculadas con esa situación que obviamente lo pueden llevar por el peor camino. Pueden ser positivas o negativas depende como lo capitalice la persona. El docente dice que hay casos de personas que han sobrevivido viviendo en la calle, han reconstruido el lazo afectivo y han vuelto a afrontar los problemas cotidianos de forma óptima, valorando al máximo las oportunidades de recuperación. Insiste en que no hay que reconfigurar completamente a una persona que vio radicalmente alterada su identidad, sino que hay que generar las condiciones para que reinterprete sus experiencias vividas y que pueda capitalizarlas positivamente para encarrilar su vida.
El largo camino a la recuperación

Corría el año 2001 y la situación económica y social de la argentina pasaba por su momento más delicado. No era un año más para el país. Se avecinaban tiempos difíciles. Pero más duro iba a ser para Verónica. La pasta base y terminar en la calle fueron el detonante de un final anunciado. Ella recuerda muy bien aquel año, ya que durante ese gobierno, fue cuando empezó a observar que el consumo del paco se enquistaba en su vida y en el barrio.

 

“De los 26 a los 32 viví en la calle. Conoces lo peor del ser humano. Vivía de lo que podía. Revolvía la basura. De lo que sacaba de los tachos lo vendía y hacia plata. Me iba a las ferias que se vendían cosas usadas. Bueno, despues la plata ya no me alcanzaba”, recuerda Verónica.
“El consumo de drogas te arranca la vida, de a poquito. Yo tenía todo, tengo una familia hermosa. Mis hermanos bancarios, mi hermana se recibió el año pasado de psicóloga. Yo considero que termino en la calle por cometer el gran error de consumir pasta base. La gente me decía ‘te quema la cabeza´, y te la quema. Perdés los valores de todo. No te importa más nada que consumir eso. Fue una mierda que entró con un gobierno en el que estaba todo mal. Creían que iban a extinguir una clase social y extinguieron media sociedad. Esto fue en la época de De la Rúa. Las villas crecían a mansalva y los punteros salían de abajo de las veredas, estaban en todas las esquinas. Otro problema que veo hoy en día es que faltan lugares donde ayuden a gente que consume pasta base. La marginan. Ven un pibe que fuma paco y salen corriendo. No te bañas, vivís sucio, te saca las ganas de vivir, y a parte te da verguenza a vos mismo. Me daba cuenta como estaba, pero a los cinco minutos quería consumir de nuevo”.
“En donde me agarraba la noche me dormía. No tenía un lugar físico o un parador. Pasaba muchos días despierta. Entonces al pasar tantos días así, en donde me agarraba la noche, me desmayaba. No es que buscaba un lugar especifico para dormir. Llegaba el momento en que me desmayaba sola. Pero casi siempre en la Villa Zabaleta o en la Perito Moreno. De una iba a la otra. Y más cuando hacía alguna cagadita, me la pasaba diez o quince días en una villa y después volvía. Me la pasaba de villa en villa”. -Verónica se percata que el término cagadita no es claro y lo explica- “ya no medís las consecuencias de las cosas que haces. Capaz que le decía a uno que vendía que me de droga para vender y se la cagaba. Por mas que sabía que me iban a matar. Había llegado a una etapa en donde no medía lo que me podía pasar. Los únicos caminos que podía tener estando en la calle era morir o ir presa. O sea, no había muchas opciones de vida alrededor mío. Vi morir pibitas al lado mio, de sobredosis, o porque les agarró un frío y estaban con las defensas bajas. La policía no andaba con vueltas y si te veían en algo raro te llevaban a la comisaría o, en algunos casos, hasta te maltrataban. Muchos de los chicos se prostituían para conseguir droga. Yo nunca lo hice”.

 

La salud en la calle:

Nicolás Pereyra se recibió de médico hace 2 años y hace su residencia en la agitada guardia del Hospital Fernández. Sus noches son complicadas. A cualquier hora de la madrugada llegan pacientes en situación de riesgo. Entre los más frecuentes visitantes, las personas en situación de calle.
“Muchos requieren de antialérgicos, servicios de oxigenoterapia y antibióticos. La falta de higiene bucal es grave ya que no solo se limita a producir mal aliento, sino también desencadena otro tipo de enfermedades. Cuando estas personas llegan a nuestros consultorios, lo primero que hacemos es higienizarlos con sumo cuidado, ya que hay casos en los que ciertas lastimaduras pueden llegar a cicatrizar mal. Hay que utilizar antisépticos y jabones especiales. No podemos permitir que en su regreso a la calle, queden expuestos a algún tipo de infección”.

 

El máximo referente de la ONG Proyecto 7, Horacio Ávila, advierte que el número muertes de personas en situación de calle crece año tras año: “En 2012 fallecieron 67 personas, en 2013 74 y en el 2014, 86. A su vez, 12 de estas muertes fueron por tuberculosis”.

 

EL doctor Pereyra explica la relación entre las drogas y las personas de la calle: “Suelen consumir en grandes cantidades. Esto les ayuda a soportar el frío y las malas condiciones de vida en general. Esto simplemente los anestesia, los efectos negativos los terminan sufriendo igual con el agravante del consumo de sustancias tóxicas. De más está decir que la calidad de las drogas consumidas es de pésima calidad. Los jóvenes en situación de calle consumen paco y pegamento en su gran mayoría, mientras que los adultos consumen alcohol. El abuso de estas sustancias no sólo los margina todavía más, sino que, con el tiempo, complica mucho sus posibilidades de reinsertarse en la sociedad.
Tocar fondo para volver a empezar

Verónica pasó por muchos momentos duros, pero no duda en señalar que su etapa más grave fue pasados los 30.
Toma aire y busca en el cielo gris las palabras exactas para recordar su situación de quiebre:

“Mi peor momento fue a los 31. Ya con dos hijos, Teo (1), Santiago (9), y siendo madre soltera. Mientras estaba en la calle, mis hijos estaban en un hotel con mi mamá. Por otro lado, los visitaba de vez en cuando. Un día llego al hotel y no había nadie. Mi mamá se había ido junto a mis hijos, finalmente mi hermano se quedó con los nenes, se presentó ante un juez y solicitó la guarda. En esa época es donde vuelvo a la calle, estaba tocando fondo. No me importaba nada. Si estaba diez días drogada, o si le robaba a un transa o si me robaba una cartera. Llegué a estar hasta una semana sin dormir. Cuando caigo detenida a los 33, le había robado el bolso a un transa, me agarraron con toda su droga, tenía 25 kilos. Estuve a punto de comerme una causa por tráfico, pero zafé – resopla aliviada y se persigna-. Me llevaron a la unidad 27 del Hospital Moyano. A todo esto, no veía a mis hijos hacía dos años, ellos estaban con mi hermano Daniel”.

 

“Fijate mi estado, que al momento de la detención le pregunté al policía si me podía fumar un pipazo. Ya estaba recontra en cana y, a pesar de eso, lo único que quería era consumir. Todo esto significó el punto final de esa vida de mierda que había arrancado. Fue el momento de empezar un viaje de vuelta a la recuperación. Gracias a que caí detenida hoy tengo una familia, veo a los nenes y hasta le firmé la tenencia de mis hijos a mi hermano. Hablé con un juzgado de menores y pedí que la sentencia quede firme. Quería que mi hermano y mi cuñada adoptaran a los nenes, y que ellos puedan tener una familia constituida y normal.
Estuve detenida un año y ocho meses. Primero en el Moyano, unidad 27, y de ahi me pasaron a la unidad tres de mujeres en Ezeiza. Una vez que salí, arranqué con un tratamiento en el hospital Álvarez. Me fui a vivir con mi hermana, quien a su vez firmó ante las autoridades del hospital ser mi tutora. El hospital me ponía condiciones para poder ver a los nenes. Era obvio, mi familia tenía miedo de que yo me vuelva a desbandar. Fueron muchos años en donde me metí en varios quilombos. Era lógico que pierdan la credibilidad en mi”.

 

 

El Sociólogo Litvinoff explica que las personas en situación de calle se suelen acostumbrar al menosprecio. El transeúnte ni lo mira o le dice no todo el día, o le tiene miedo, o cruza la calle. Agrega, además, que a eso se le suma el maltrato de la policía y de sectores mafiosos. El docente insiste en que todo esto conforma una constante situación de menosprecio generalizado y eso es terrible para la persona que vive en la calle. Al estar a la intemperie, deben adaptar nuevas estrategias de supervivencia. De tener una vinculación afectiva fuerte es posible que haya una forma de mantenerla. Hay familias que, no importa lo grave de la crisis, se mantienen unidas. Pero no es nada fácil ya que al cambiar radicalmente de situación hay que vincularse con el entorno de una forma completamente distinta. Litvinoff asegura que son excepcionales los casos en los que se mantiene la unidad familiar y un vínculo afectivo.
Verónica entendió que la única manera de ayudarse a sí misma era buscar ayuda: “Hay un organismo que se llama Prisma y ayuda a los presos. Fui con mi hermana ahí, es el edificio donde está Evita. Una de las trabajadoras sociales que laburan ahí me consiguió un hospital de dia. Es un lugar donde vas una cantidad de meses y donde te atienden aplicando distintas terapias. Utilizan la musicoterapia, la terapia ocupacional, etc. Ellos te van dando distintas herramientas para construir una nueva vida. Me ayudó mucho. Estuve ocho meses bajo este tratamiento. Esto me posibilitó poder ver a mis hijos de nuevo. – Hace un silencio que dura segundos, intenta hablar pero se quiebra, se recupera y reflexiona – Está bueno emocionarse, me acuerdo como si fuese ayer ese momento de volver a verlos. ‘Apareció mamá’, dijo Teo. Claro, ellos me tenían como desaparecida. Todo este tema no se aclaró con los nenes. Pero ya llegará el momento de contarles. Para ese entonces, mi hermano ya había conseguido la adopción de Teo y Santiago”.
Una luz de esperanza entre tanta oscuridad

Los profesionales han dejado en claro una cosa: El rol de las organizaciones sociales para ayudar a la gente de la calle es fundamental. El sociólogo Diego Litvinoff remarcó: “Es importantísimo e irremplazable. Es el tipo de trabajo que debe avalar y fomentar el estado. Los gobernantes tienen la responsabilidad de generar macro políticas que apunten al conjunto de la sociedad pero cuando se trata de los núcleos más duros, los sectores más vulnerables, ahí sí, resulta importante que sean organizaciones puntuales y específicas ya que van a tener un acercamiento más singular a cada uno de los problemas”. Por su parte, el doctor Pereyra ratificó: “Es muy bueno el trabajo que hacen desde varias organizaciones. Ayudan mucho, aunque sea con pequeños gestos pero que son realmente importantes para personas tan frágiles tanto física como emocionalmente. Es importante tomarse un tiempo para hablar con ellos. Muchas veces son tratados como si no fueran seres humanos y en muchos casos solo se alegran con ser escuchados”.
Una de las organizaciones que ofrece asistencia a estas personas o familias es la fundación SI. Hace 3 años realizan un trabajo de cooperación, contención y capacitación para aquellas personas que viven o se encuentran por distintas razones viviendo en la calle. La coordinadora de las recorridas nocturnas, Maria de Jesus Espil, argumenta cuál es el punto en común que observan ellos para encontrar una explicación a la situación que atraviesan estas personas: “Como fundación tenemos que darle un lugar a esa persona, y que esta persona sepa que nos acordamos de su nombre, su edad, saber cómo se compone su familia, y eso se va generando con un vínculo a largo plazo”.

El gobierno de la ciudad implementó la línea 108 de Atención Social Inmediata.

Mediante el plan BAP (Buenos Aires presente), se brinda asistencia social a la personas en situación de calle. Hay más de 700 trabajadores profesionales (Psicólogos, trabajadores sociales) que recorren la ciudad para atender y orientar a aquellos en mayor riesgo. Todo esto queda a cargo del Ministerio de desarrollo social de la Ciudad de Buenos Aires.

Se ofrece a aquellos en situación de calle: Comida caliente, ropa, mantas y una cama para dormir.

En invierno se redoblan los esfuerzos con 2200 plazas en paradores y 40 móviles para recorrer la ciudad en lo que se conoce como el “operativo frío” durante los meses de junio y julio.

 

Otra organización que aporta su granito de arena es la soberana y militar Orden de Malta. La orden, que tiene su sede en Roma, permanece fiel a sus principios inspiradores resumidos en el lema “Tuitio Fidei et Obsequium Pauperum”. Alimentar, presenciar y proteger la fe y servir a los pobres y los enfermos que representan al Señor. Esto se concreta a través del trabajo voluntario de hombres y mujeres en estructuras asistenciales, sanitarias y sociales. Hoy la orden está presente en más de 120 países con sus propias actividades médicas, sociales y asistenciales. Desde Marzo de 2013, todos los jueves a las 20 reparten comida y bebidas calientes a más de 200 comensales. Esta actividad es realizada en distintos puntos de la ciudad de Buenos Aires: Plaza Libertad, Tribunales, San Martín, entre otros. La premisa que predican aquí en el país es: “se escucha, se cree, se ayuda”. La idea no es sólo ayudar desde el lado alimenticio, sino crear un vínculo para saber sus demandas personales.

La reconstrucción de un hogar

La casualidad o causalidad de la vida hicieron que Verónica, a pesar de estar privada de su libertad, se reencuentre con un viejo amor. “Durante el periodo que estuve detenida me salió un nódulo en el hombro. Ahí me enviaron a un hospital que se llama HPC en el penal de Ezeiza, donde van todos los detenidos. Ahí me reencuentro con quien hoy es mi marido. Yo lo conocía desde los 17 años, pero no lo vi nunca más. Lo tenía visto de una plaza en Parque Patricios, y después no lo vi durante 20 años. Luego nos volvimos a encontrar en ese hospital, a causa de un accidente que él tuvo. Nos empezamos a hablar por teléfono durante mi condena. Cuando quedé libre, lo seguí visitando mientras él seguía detenido”, recuerda Verónica.
“Él tenía salidas transitorias, trabajaba y estudiaba. En 2012 salí en libertad y él consiguió la suya en 2013. Los dos decidimos cambiar de vida completamente. Mi familia aceptó que yo me había equivocado durante mucho tiempo, hice lo mejor para poder cambiar. Mi marido también estaba dispuesto a lo mismo luego de estar 16 años detenido. El único hijo que tuvo lo había perdido. Entonces la empezamos a remar los dos juntos, era jugarse a poder vivir bien, volver a vivir bien – se ríe tímidamente, agregando una especie de llanto que nunca termina de romper, pero que se asoma-.
Vivimos en la casa de mis suegros. En villa Soldati, en mi casa, me puse un Kiosco, gracias a que cuando salís en libertad te dan una ayuda. El organismo Patronato deliberado(quien da asistencia a los ex convictos)te da una mano. Me dieron un freezer, un horno pizzero, una freidora, una cocina, una heladera exhibidora y me puse el negocito. Laburo acá, y con el trabajo nos compramos un autito, que mi marido lo usa de remis. También sacamos a pagar un Siena”.
Verónica se detiene en el relato y observa a su hija. Emocionada, sus ojos se llenan de lágrimas. “Cada cosa que Uma hace la disfrutó al máximo – Se produce un largo silencio- Son un montón de cosas que me perdí de Santi y Teo, y que no voy a poder recuperar nunca más, por más que los vea y esté con ellos. En todo lo que fallé en mi vida lo único que hice bien es firmar la adopción de mis hijos para que se quedaran con mi cuñada y mi hermano. Es algo de lo que nunca me voy a arrepentir. Capaz me da tristeza el tiempo que perdí. Mientras uno está perdido en las drogas y en la calle fallecen familiares que no vas a volver a ver, o se te escapan momentos importantes de la vida ¿Y yo dónde estaba? En un limbo estaba. Pero nunca más. No voy a volver a eso. Estamos bien. Hoy puedo decir que tengo un hogar”.

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