Elvira Orphée, la palabra que restalla como un látigo

-¿Quieren saber quién soy? Mi nombre es Elvira Orphée, apellido francés. Y por parte de madre, Segura, apellido español.

Con la naturalidad de un chico en su primer día de clases, con esa misma fórmula impersonal, la mujer de raleados cabellos canos y el rostro salpicado por lunares de la edad se da a conocer en la entrevista que le hizo la Audiovideoteca de Escritores y que hoy puede rastrearse en YouTube.

Es la primavera de 2005, Orphée transita la octava década de vida. Ya ha escrito el corpus central de su obra y es una perfecta desconocida. Eso, a pesar de que su estatura literaria le haría sombra a más de un nombre ilustre de la literatura argentina.

A Elvira la celebridad la tiene sin cuidado. Conoce las reglas de juego, en la literatura y en la vida, y es capaz de reírse del ego de los escritores. “La primera vez que visité la casa de Octavio Paz fui con Alejandra Pizarnik. A diferencia de lo que hacía todo el mundo, no le dije: “¡Ay, Octavio, qué maravilla su poesía!”. Era tan soberbio, tan orgulloso, que después me lo reprochó”, recuerda repantigada en el sillón de la luminosa casona en Buenos Aires. “No es para tanto, si alguien viene aquí y no me dice: “Elvira Orphée qué buena escritora que es usted” a mí no se me mueve un pelo”, remata.

Nacida en 1922, en Tucumán, Orphée se mudó de adolescente a Buenos Aires. Ahí empezó a escribir en serio. En Tucumán había garabateado poemas inflamados de romanticismo que le ganaron la antipatía de las monjas, pero no más que eso. Vivió en París y en Roma, donde se codeó con grandes plumas. Fue amiga de Elsa Morante y de su esposo, Alberto Moravia. En ese orden los menciona ella, como una manera de hacer justicia: para Elvira, el lenguaje de Morante era capaz de llegar a cimas poéticas a las que Moravia -todo un rockstar de las letras- no podía aspirar.

En 1956, Orphée se despachó con una primera novela -“Dos veranos”-, que generó una conmoción en un reducido círculo literario. La historia de Sixto Riera, un indiecito de 13 años obligado a trabajar como criado a cambio de casa y comida en una familia acomodada del interior, encandiló por entonces a Rosa Chacel, que escribió en la Revista Sur una reseña laudatoria.

Más de 60 años después, esa novela inicial, la manera como la escritora conjuga el habla provinciana, la precisión del vocablo para describir la “fauna humana” y la necesaria incorrección siguen generando admiración en sus lectores.

“Orphée ha creado un libro raro, fiel imagen de la vida provinciana del noroeste argentino que, más que informarnos, nos transporta a ella, nos lleva a conocerla en lo más íntimo: total ausencia de tipismo, ni por casualidad un cachivache para turistas”, describió, certera, Chacel.

Desde el comienzo arrollador (“A alguien de mi familia lo debe haber picado una víbora. Desde que amanece estoy rabioso”) la novela sostiene una tensión que no abandona hasta el epílogo. Lo vemos a Sixto aceptando a veces su destino de paria y casi siempre revelándose en silencio. Todos los días se ve obligado a atender a “la señora”, una mujer arrumbada hace años en una cama. A ella debe refregarle las piernas secas y moribundas, o vaciarle la escupidera al pie de la cama, una tarea que le revuelve las tripas, pero a la que no se resiste. Al menos no por un tiempo.

A Sixto las palabras le cuestan. No las encuentra, le son esquivas y eso no hace más que aumentar su furia. Es el blanco de las burlas en el colegio y dentro de la casa.

La estructura de la novela, el minucioso punteo de los sentimientos que oprimen a Sixto, que lo rebelan, no puede ser oído a su alrededor, pero sí es captado por la oreja atenta del lector.

De arranque sabemos que Sixto es un tren furioso que marcha directo a descarrillar y es imposible no acompañarlo en el recorrido.

Con Sixto Riera sucede como con esos personajes literarios que trascienden las novelas o los cuentos donde fueron paridos.

La insolencia, la inadecuación, pero sobre todo la impotencia de tener que remar a contracorriente y mal equipado, instalan a Sixto en la galería de personajes que, sin pedir permiso, nos acompañan el resto de nuestros días.

¿Que la frase resulta exagerada? Seguramente. Ahora, hagamos la prueba de embarcarnos en “Madame Bovary” o en “En el guardián entre el centeno” sin salir magullados por el destino de Emma Bovary o Holden Caulfield. De la misma manera, la suerte de Sixto se nos hace carne.

Aunque tuvo una prolífica carrera, los libros de Orphée son casi inhallables. En Córdpba, el radar de María Teresa Andruetto rescató “Dos veranos” para la colección de Narradoras argentinas, de Eduvim, la sección de la editorial de la Universidad de Villa María destinada a “escritoras relevantes que permanecían inéditas, olvidadas o perdidas”.

Esa edición, para deleite del lector, incluye a modo de prólogo el artículo que Chacel escribió en Revista Sur, en 1957. Sobre el final del texto, Chacel se pregunta: “¿Y qué hará ahora Elvira Orphée (una mujer tan suavecita, tan refinada: un novelista tan feroz, tan rudo, tan implacable) cuando las discusiones sobre su libro conmuevan a Buenos Aires, cuando las ediciones se agoten en pocos días y los críticos pongan su nombre a la altura de los más felices triunfadores de éxito mundial? Yo creo que lo mejor que puede hacer es desentenderse del clamor y seguir escribiendo”.

Y, previsora, agrega: “Pero ¿y si no hay clamor? ¿Y si se le concede amablemente el éxito -porque negárselo es imposible-, pero nadie se toma el trabajo de gritar que ha surgido un libro raro, un libro del que habría que hablar mucho?… En ese caso debe también desentenderse del silencio y escribir otro en el que el látigo restalle aún más fuerte”.

Orphée tuvo una larga vida. Murió en 2018, a los 95 años, sin conocer el masivo reconocimiento que Chacel le auguraba. Pero, para fortuna de los lectores, no dejó de escribir después de ese fulgurante debut que, a la sazón, pocos advirtieron.

Los lectores más fieles aseguran que su látigo restalló una y otra vez en las novelas que le siguieron: queda en nosotros embarcarnos en la búsqueda de esos otros raros tesoros.

Etiquetas: Literatura

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