Elena

Todo el mundo decía que Elena tenía un altar a Artemisa en su casa. Nunca me encontraba frente a frente con ella, entonces no podía averiguar si tal chisme era de verdad o se trataba de un mito. Además, Elena era arisca y malvada, decían salvaje como la misma diosa. A diario, solía pensar en ese lugar de adoración. Lo imaginaba lleno de flores raras. También me la imaginaba a ella bailando mientras entonaba canciones que únicamente podían ejecutarse con la lira. Elena era una joven hermosa, decían. Los hombres la pretendían pero ella insistía en pasar desapercibida. Vivía más tiempo encerrada en su casa.

Una vez, mientras limpiaba la vidriera de la tienda de Don Evaristo, la vi. Caminaba bajo el sol de ese mediodía caluroso. Sentí que el corazón latía en mis oídos y la saliva tomó un gusto a sangre en mi boca. Era Elena realmente porque algo muy dentro y antiguo en mí me lo aseguraba. Tenía los cabellos oscuros y la piel como de cobre. Vestía de blanco y usaba sandalias doradas. Tenía ojos como los de una pantera y cuando hablaba, porque podía escucharla desde donde estaba, me parecía que rugía. Caminaba junto a ella un niño pequeño. Se me hizo que habían estado en el balneario cercano.

Todo eso fue hace años ya. Luego de que por fin pude espiar el jardín del fondo de su casa, comencé a aborrecerla con toda el alma. Pude ver el famoso altar hecho de rocas y pintado de blanco. Se alzaba al pie de un gran charco rojo donde flotaban cadáveres de animales muertos, creo. Una vela ardía en el fondo de una pequeña gruta y un cartel rezaba una plegaria en griego y en español a Ares.

-Vaya a qué bruto y despreciado adoras, me dije mientras sacaba partes de la enredadera violeta que se prendían por mis borceguíes sucios.

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