EL ÚLTIMO DÍA QUE SE JUGÓ AL FÚTBOL

Para Alberto Ríos y Alfredo Murillo

Dos apasionados del fútbol con historias propias sobre los hombros a quienes les pido no dar una pelota por perdida. Porque, al igual que en el fútbol como en la vida, esto consiste en caerse nueve veces y levantarse diez.

Soy un oficinista promedio que aspira a ser un cronista sincero, pero que ahora se encuentra lidiando con redacciones vacías de notas de prensa y documentos inertes en una institución del gobierno. Este aspirante cronista de oficina secuestrado por un escritorio de 70 por 50, está también luchando con los trámites documentarios y burocráticos de los que se ha declarado enemigo y juró odiar hace algún tiempo pero que hoy realiza como algo cotidiano. Pero ahí va: llega puntual, de 8 a 5, saluda cordial, coordina, redacta, presenta informes a tiempo y vuelve a redactar.

Todo cambiaría el 14 de junio: encontré en todos los momentos y todos los lugares medios para ver, leer y tratar de comprender lo que estaba pasando en Rusia: se jugaba el mundial de fútbol, así que decidí que lo único que me importaría por un mes era conocer todas las historias que carga el fútbol, un mundial y las patrias. Aunque después sintiera un poco de culpa por hacer lo mismo que usted ahora: perder el tiempo leyendo sobre fútbol.

No presentar un informe del mes a tiempo y retrasar cada nota de prensa que llegaba a la oficina fue una muestra clara de que solamente el fútbol y las historias que habitan en él me importó en este último mes. Para mí y desde muy niño – por tres hechos concretos: el Boca de Carlos Bianchi, la corrida del Beto Carranza en Cerro de Pasco y un nueve brasilero llamado Ronaldo – el fútbol es un dogma capas de gestar muchas emociones. Pero en los últimos años algo le pasó al fútbol.

Desde aquel niño que miraba a Boca ser bicampeón de América, campeón del mundo y se imaginaba ser Riquelme metiéndola en el ángulo cada vez que pateaba una pelota contra una pared de barro y tapial hasta aquel joven adulto que gambetea y amaga con escribir crónicas pasaron muchas cosas. Entre todas esas cosas, algo le pasó al fútbol ¿Qué le pasó? No lo sé. No sé exactamente qué le pasó, a lo mucho puedo esbozar alguna que otra efímera idea, pero tengo claro que lo que sea que le haya pasado al fútbol, le pasó de manera contundente y este mundial así lo ha demostrado.

En un mundial, los equipos diezmados por el dinero y la publicidad son reemplazados por equipos embanderados por la patria. Mientras en el Perú la precaria democracia de la patria se mostraba y se muestra inepta y corrupta, en el otro lado del mundo, equipos de fútbol han jugado representando a sus países, a sus patrias. La han defendido a patadas y ha ganado no siempre el que mejor ha jugado a la pelota. Han sido días de placer, de mentiras, de verdades y de emociones que la vida real no suele proveernos.  Yo y muchos más nos quedaríamos viendo por siempre partidos de la primera fase, que es donde aún es posible engañarse con que la Copa del Mundo no acabará jamás y que hasta ese momento no tienes que atender los desencantos de tu propia vida.

Por ahora me concentraré en los desencantos del fútbol. Es triste que nos hayan quitado la pelota de los pies, la perdimos y no sabemos cómo traerla de vuelta. Esta vez los sudamericanos conseguimos algo en lo que pudimos estar todos de acuerdo: fracasamos. Dentro de esta generalidad, cada selección sudamericana merece un análisis individual, pero es notorio: el fútbol latinoamericano fue el gran ausente en la fase decisiva del Mundial. A esto se suma que, el fútbol también, ha cambiado de lengua. Fútbol ya casi no se dice en castellano ni en portugués. Eso lo sabe muy bien la lengua española porque hoy se escribe mucho más football y cada vez más se grita goal.

Esta verdad amarga del fracaso sudamericano también apareció en el mundial de Brasil 2014, solo que no quisimos aceptarla, la negamos rotundamente porque Argentina llegó a la final y Colombia jugó muy bien a la pelota. Pero Alemania ya nos iba anunciando que algo pasaba con el fútbol al otro lado del continente: el fútbol se estaba volviendo académico, se imponía y ganaba el juego sistemático. Los jugadores perfeccionaron el control y el pase, pero cada día regatean menos, lo que tiene que ver con el miedo al riesgo. Nadie quiere perder la pelota dribleando porque la pérdida del balón se paga caro.

La escuela europea se ha impuesto y pretende quedarse. Atrás ya quedó el juego de laberintos, de fintas y de engaños. De hacer pasar la pelota entre las piernas del contrario o de simular el acto hermoso del cuerpo de un jugador que sale hacia un lado, pero va hacia el otro en lugar de correr para adelante. Hoy el fútbol es otro, parece el mismo, pero nada perece y con el tiempo, tanto en la vida como en el fútbol, todo se transforma.

El fútbol actual depende menos de los dominadores del balón y más de la colectividad del equipo. La historia cita solo dos casos en los que se puede decir, por la brillantez y la contundencia de su fútbol, que un jugador ganó un Mundial solo: Garrincha para Brasil en 1962 y Maradona para Argentina en 1986. Pero eso se acabó, el predominio de un fútbol cada vez más físico, de pequeños espacios y de jugadas colectivas están escribiendo ahora la historia.

No es una sorpresa todo lo que pasó en Rusia. Podría decirse que todo comenzó el día que los italianos torcieron la rodilla ante los suecos, un hecho evidente de que en este mundial triunfaría el colectivismo y no la mística ni la gloria de una camiseta. Así lo demostró Alemania, que envejeció rápidamente en cuatro años y se desmoronó ante la velocidad de sus contrincantes.

Brasil ya no es el país del juego bonito, del fútbol alegre y la samba, eso se acabó hace 16 años en Corea-Japón. Llevan buenas selecciones, pero ya no son claras favoritas. No hubo hexacampeonato en Rusia para el seleccionado de fútbol más legendario que existe. Antes de quedar fuera del Mundial de Rusia, Brasil enfrentaba a Bélgica tras 18 partidos oficiales sin perder. Eran imbatibles y claros favoritos hasta que Bélgica se dio cuenta de la grieta que ocultaban: en las transiciones de ataque a defensa, Coutinho y Paulinho, los interiores que debían proteger a Fernandinho, regresaban tarde de sus posiciones de ataque. Marcelo y Fagner, los laterales, subían también. Para Roberto Martínez – entrenador de Bélgica – el fallo en el sistema de Brasil estaba claro: en los costados del mediocentro se creaban dos pistas libres y por ahí habría que atacar. Así fue y así llegó, comandado por un fenomenal Hazard, capaz de comprender el juego a la perfección, la potencia de Lukaku y la precisión de De Bruyne, el segundo gol de Bélgica que dejaría otra vez sin Copa del Mundo a La Canariha.

La sensación de hinchar por el Perú en este Mundial fue una de las mejores sensaciones que nos dejó este torneo. Pero también fue una larga agonía saber que los contrarios eran mejores o más astutos que nosotros. Y que para poder sostenernos debimos hacer un esfuerzo enorme aun sabiendo que lo más probable era que nos caigamos y nos ganen y que ese momento, ese segundo de distracción, ese momento exacto en que lo peor acaba de pasar, ese momento de mierda en que nos acaban de meter un gol llegaría, y así fue y eso nos pasó. Supimos atacar y llagar al arco rival, corrimos las bandas, hicimos jugadas con la pelota pegada al pie, nuestro fútbol gustó, pero no fue suficiente para este juego en el que se gana con goles y no con un buen juego. No supimos meter la pelota en el arco. Ahí estuvo esa pequeña diferencia en este mundo que pretende que no las hay: 36 años ausentes nos volvieron menos certeros para hacer un gol decisivo en una Copa del Mundo.  Así empezó y terminó el mundial para nosotros, como una nube de polvo que se va deshaciendo a la distancia, una de tantas esas cosas – como en la vida – que podrían haber sido, pero no fueron.

Uruguay y Colombia compitieron muy bien, pero también son selecciones de un nivel intermedio en esta nueva era del fútbol en el que lo físico se impuso a lo técnico y lo colectivo a lo individual. Con Argentina pasó lo mismo, fue muy triste ver como una camiseta con tanta historia iba agonizando partido a partido. Un equipo con una generación fulminada y perdida, que durante los últimos veinticinco años le pegó mucho al arco pero que siempre, siempre, siempre dio en el palo.

Ante la derrota de la albiceleste y un nuevo fracaso mundialista, volvió para los argentinos un fantasma que no ha dejado de volver y que de nuevo ha sido protagonista de un mundial, no ya tumbando ingleses en el campo con su gambeta, si no robándose toda la luz en las tribunas de San Petersburgo. Parece mentira que todavía ese fantasma haya sido uno de los grandes protagonistas de este mundial y que siga generando sentimientos de amor y de odio. Entre el Maradona ingobernable con la pelota en los pies en canchas mexicanas y el Maradona indisciplinado en las tribunas rusas han pasado 32 años. Toda una vida. Para mí, y desde aquella vez que lo vi mojado de sudor y de lágrimas en el centro de La Bombonera, ya no con una pelota en los pies si no con un micrófono en las manos, he decidido respaldarlo para siempre. Después de todo: debe ser difícil ser Maradona todos los días en un mundo hipócrita que le reclama a Messi que sea Maradona y a Maradona que no sea él mismo.

Definitivamente algo le pasó al fútbol en Brasil 2014 y en Rusia 2018 solo se confirmó lo ya anunciado años antes. Parece ser que hoy, y esto es una verdad absoluta, el juego ha cambiado para siempre. Los intentos de tener la pelota, manejar el juego y sostener la ofensiva fueron derrotados por equipos que prefieren amontonarse atrás, defender y salir de contragolpe. El toque del balón parece cansar y hasta perder su sentido si no se llega al arco con contundencia.

Este mundial extraño, vacío de sudamericanos y sin los intérpretes que suelen atrapar la mayoría de las atenciones, nos ha permitido disfrutar de un seleccionado que representa como ningún otro el sufrimiento y el desgate físico con el que se jugó esta Copa del Mundo. Se ha disfrutado el juego y la actitud de Croacia en este mundial, se ha disfrutado a Mandzukic, Modric y Rakitic. Se ha disfrutado mucho a la selección croata que ha jugado el mejor fútbol de su vida: talentosos para tocar el balón y ásperos para recuperarlo.

Pero para ser campeón del mundo hace falta un plan y un sueño, también hay que seguir con el plan y el sueño hasta el final, sin que importen las consecuencias y las críticas. Eso lo entendió muy bien Francia que jugó este mundial con el sueño de levantar por segunda vez la Copa del Mundo y con un plan estructurado que ha sabido cumplir a la perfección: el todo es mas que la suma de las partes.

Francia ha sido un equipo sólido y compacto en esta copa. Han sido tácticamente muy conservadores. No han lucido en ataque, pero han deslumbrado y ganado con un trabajo defensivo en campo propio que apenas concedieron ocasiones de gol al contrario. Es una Francia sin brillo, pero con muchísima eficacia y orden. A Deschamps – entrenador de Francia – nunca le importó la belleza del juego. Fue mediocentro defensivo e hizo una maestría en el calcio en sus años con la Juventus. Pogba y Kanté son los dos mediocentros con los que Didier Deschamps emuló en la final del mundo la dupla que él mismo formó con Emmanuel Petit en la Francia campeona del Mundial 98 y que le sirvió para que vuelva a repetir la hazaña veinte años después. Lo que le valió a Deschamps para sentarse a beber vino en una mesa al lado de Franz Beckenbauer y Mario Zagallo, campeones del mundo como técnicos y jugadores.

Con Francia campeona del mundo la posesión del balón ya no es una virtud incuestionable del juego. Es la hora del fútbol directo, físico, pero no por eso sin talento y sin amor a la pelota. Parece ser también que hoy, el esquema táctico futbolístico mundial de esta época está trazado por lo que fue el Madrid de Zidane, el Liverpool de Klopp y el propio Bayern Múnich y Manchester City de Guardiola. Hay un nuevo estilo para jugar al fútbol. Pero es sabido que los estilos van y vienen, se suceden y se acontecen, se debaten y rebaten, se contradicen y se refutan. Los estilos han sido cambiantes a lo largo del tiempo y de la historia: desde el renacimiento hasta el romanticismo, desde el realismo hasta el impresionismo, desde el expresionismo hasta el surrealismo, desde Xavi y Kroos hasta Pogba y Kanté, desde Riquelme y Ronaldinho hasta Mbappé y Giroud, desde el dominio apabullante con la pelota en los pies hasta el control absoluto de los espacios, desde Uruguay en 1930 hasta Rusia en 2018.

La noticia entonces no es que los equipos latinoamericanos fracasaron y triunfaron los equipos europeos. Mucho menos que Europa ahora es dueña y señora del juego y que amenaza con fundar una monarquía en la que domine el juego por muchos años. Tampoco es noticia que el fútbol en Latinoamérica es sombrío en todos sus rincones incluso en los que parecían más luminosos (Brasil-Uruguay-Argentina). La noticia es que en la vieja Sudamérica ha llegado el día en que se jugó por última vez al fútbol.

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