El último campamento

El último campamento

El fuego le ilumina la cara. A él, y a los otros diecinueve. Suena Wish you were here. El coro es casi perfecto, suave, apenas desafinado. Él –Pablo- simula una batería con una caña y una piedra cuadrada. Por momentos la acerca a su boca y hace como si fuera un micrófono. Del otro lado de la ronda una rubia le susurra algo a su hermana: cuando termine esta canción cantamos el feliz cumpleaños, pasala. Y llega hasta el guitarrista. Y el canto de ese coro casi perfecto, ya no suave, sí desafinado. Primero en castellano, después el amiguito que Dios te bendiga, después en otros idiomas: italiano, francés, y Pablo quiere en alemán, pero nadie se acuerda.
–  Subenstrugenbajen a ti, subenstrugenbajen a ti –canta su hermano menor, un ruliento de 20 años con aparatos transparentes que sueña –e irá por ello- con ser actor en Hollywood.

El fogón seguirá un rato más. El guitarrista, un Matías que le dicen Pelado aunque hace al menos diez años que es uno de los que más pelo tiene, imprimió cuarenta páginas de canciones con acordes. No te va gustar, Los Beatles, Abel Pintos. Pero le piden temas como si fuera una rocola, y él responde, improvisa, y todos cantan fuerte.

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Algunos números: somos veinte. Cuatro padres mayores de cincuenta, y dieciséis hijos e hijas: diez varones y seis mujeres. Cuatro autos, seis carpas, un camping a más de veinte kilómetros de San Martín de los Andes. Por ripio.

Ocupamos la misma playa de agua helada de hace ocho años. Y a todos los que se acercan los ahuyentamos. A los primeros, que eran también cerca de veinte, cuatro mujeres agarramos el cancionero y gritamos agudos bien feos. Y lo logramos. Se fueron.

Llegamos el viernes. Armamos las carpas y el gacebo-living-comedor. Cuando estaba todo listo, dividimos: las seis mujeres se reparten en las dos carpas del fondo, los santis y fran en la ex gusano –una carpa en la que supimos entrar ocho personas-, los ignacios y seba en la de al lado, los varones grandes en otra y los padres en la que quedó pegada al comedor, así preparan el desayuno para todos. Pero finalmente no habrá casi división, porque estamos en la cordillera y se escucha todo. En especial los ronquidos de la carpa de padres, y las risas de todo el resto. Después, en el desayuno, ese será un tema de conversación: sí, vos roncaste, no, él estuvo bastante suave. También algunos pedos. Y el frío. Aunque sea verano, la cordillera no acalora: noches de tres grados bajo cero se sienten en los pies de algunos, en los cuerpos de otros.

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– Al primer campamento Belén vino con pañales.

Belén: una colorada de 22 años que vive en La Plata y da clases de natación en un club.

Iqui, Sebi, Luli, Rosi, Coqui. Así nos llaman a algunos. Sobrenombres que ya no escuchamos en ningún otro lado que no sea acá. Entre nosotros. En otros grupos, con otros amigos, nos enojamos. Pero acá no. Acá se permite todo.

Somos cuatro familias. Y hace 20 años que hacemos esto: campamento de padres e hijos. Sin madres.
– Ahora la Cristi estaría: por qué no toman un poquito menos.
– Y mi mamá diciendo harinas no, carne a la noche tampoco.

Y en una ronda de reflexión, de balance, uno pregunta: a quién se le ocurrió venir sin madres. La brillante idea que surgió cerca de la ciudad donde vivíamos, cuando alguien propuso que los padres, sólo ellos, se llevaran de camping a sus hijos e hijas, se hicieran cargo por un fin de semana de llevarlos a la aventura y lograr que sobrevivan. Caminatas, escondidas, fútbol, juegos. Fotos tomando la leche en latas de cerveza. Algunos incluso se cortaron la cabeza. Pero nada de hospital: la gotita pega pega nada lo despega y a seguir jugando. Tener un cirujano, un traumatólogo y un cardiólogo es la mejor obra social que un grupo pueda pensar. Y, para completar, un fotógrafo que captara todo.

Esta vez no teníamos sólo eso, crecimos. Ahora el fotógrafo pasó a formar una empresa familiar: Gaspa fotos. Y Pablo, el del cumpleaños, corre de un lado a otro con la cámara y el lente para captar todo: una arriba de la tela, otros tocando la guitarra, otros tirándose al lago helado.

Y seguimos creciendo, así que tenemos más: periodista, abogado, zoólogo, botánica, relacionista pública, futuro comerciante, futuro médico, futuro ingeniero, cineasta, diseñadores gráficos, profesores de educación física, psicóloga, licenciado en administración, y un futuro actor de Hollywood. Puede que nada de esto importe, puede que sólo importe que después de veinte años seamos los hijos los que queremos volver a hacer esto: un fin de semana en la cordillera, en carpa, sin bañarnos, hablando, tomando mate, guitarreando, caminando, jugando. Como cuando éramos chicos.

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Dos padres van a hacer pis. Entre los árboles, de noche.
–  Tano, mirá el cielo –dice César, y piensa que parece un tapiz de estrellas entre las copas de los árboles. Es un romántico.

No hay luz artificial. Sólo fuego. Así nos vemos las caras. Algunas tapadas con cuellos de polar, otras con barba, otras rojas del calor, otras blancas del frío. Depende la distancia a la que cada uno esté del fogón, los grados centígrados de su cara y su cuerpo.

Pasan primeros los vasos con vino. Todo se comparte, como si fuera mate: una chupadita cada uno. Después las gomitas de colores que mandó una de las madres, los caramelos sugus, el té de hierbas, y de nuevo el vino. Y cuentan chistes. El más chico, el que en diez años va a ser el médico de todos, tiene dos cualidades únicas: mantiene el fuego y se acuerda muchos chistes verdes. Cuenta uno o dos, y se para a buscar cañas del montículo para quemar. El fuego se levanta y nos calienta la cara a todos.

De a uno, sin mucho alarde, cada cual va a su carpa. Algunos se lavan los dientes en el lago, otros ya se los lavaron después de cenar, cuando todavía era de día. Hay baños, a tres cuadras. Así que nuestro baño es el bosque.
– Voy a hacer pis.
– Pará que está Male.

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La pregunta puede ser por qué nos queremos. Cómo es que llegamos a ser tan familia sin vernos algunos por más de un año. Porque cuatro viven en Córdoba, cinco en Cipolletti y el resto en La Plata. Los que volvemos –a Cipolletti- lo hacemos cada vez menos. Porque ya armamos nuestras vidas, el estudio, el trabajo, los amores, las pasiones. Y podemos estar un año sin saber qué hace el otro -aunque ahora las redes sociales nos ayuden a estar al tanto- y sin embargo querer vernos, hablarnos, reírnos, cantar, putear.
– Dale, gordo hijo de puta, repetí más lento.
– Bueno. Pablo se la pasa a Pili, Pili la tiene un rato y se la pasa a Nacho, Nacho a Seba, Seba la tira a la mierda y César la va a buscar enojado. Quién tiene la pelota.
– Pili –responde uno.
– Pablo –dice otro.
– César.
– Seba.

Responden todos. Un segundo de silencio.
– No, Fran.

Y ahí es cuando lo putean de nuevo. Así estamos todos, los veinte, intentando el pensamiento lateral.
– Yo tengo otro juego. Se trata de quién puede entrar al cine. Digo unos ejemplos y después ustedes tienen que adivinar. El cuchillo entra, el tenedor no, porque es el cine.

El cine. El cin-e. El sin-e. Palabras sin e entran. Con e no entran. Hay que adivinar la lógica. Cuando algunos la saben, se ríen de los demás, los deliran. Los que en el juego anterior acertaron rápido, ahora no entienden.

Otro. Santiago -23 años, abogado, barba con destellos colorados- se para. Trae a la ronda un tenedor y un cuchillo. Dice que estamos en el cielo y tenemos que pasarnos los cubiertos con cortesía, sino no comemos. Cruza el tenedor y el cuchillo y los pasa.
–  No, vos no comés –le dice al primero que los agarra.

Cara de desconcierto. Los cubiertos pasan de mano en mano. Varias rondas de intentos: vos mirame a los ojos, vos hacé lo mismo que yo. Hasta que alguien dice la palabra mágica. Y el abogado dictamina: Coti come. El entusiasmo vuelve, y todos agradecemos.

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Armamos un gimnasio. O un club deportivo. La experta en tela la cuelga en una rama de más de diez metros de alto. Y enseña a los que quieran. La fuerza en los brazos es esencial, la de las piernas también. Ella es ágil, sube bien alto y hace formas, y Pablo gatilla desde abajo.
– A ver, mantenete así. Mírame, sonreí.

Con Pablo en escena todos nos sentimos en un casamiento. A dos metros, una cancha improvisada de fútbol-tenis. Juegan dos de los padres.
– El gordito se nos va a esquinzar –dice el hijo de uno.
– ¡Dejá que pique! –le grita otro de sus hijos desde el auto.

Las caminatas son un clásico de los campamentos. Siempre alguna expedición hacemos. Pero esta vez será corta, paramos en una playa cercana, no nos vamos ni siquiera del camping, no queremos agarrar los autos, queremos hablar, vernos las caras, reír, putear. Y contar cuentos.

El Zurdo –cardiólogo, pelo blanco, ex colorado- lee. Un cuento de fútbol, de Eduardo Sacheri. Habla de un jugador, de un gol, de unos ingleses, de un orgullo. El Zurdo tiene más de cincuenta años y se emociona. Todos escuchamos atentos, con la mirada gacha, como en un ritual. Como antes era la religión, ahora es la amistad.

Algunos nos llevamos libros propios. Pero no leemos, porque eso implica algo de soledad, y esto no se trata de soledad. Unos meditaron sí, otros durmieron la siesta sí. Pero fue sólo un instante de esos tres días. Porque de algún lado salía esa necesidad de estar juntos. Quizás de la convicción de saber que ésta podría ser la última vez.

Porque pensamos en los planes para el 2014 y a algunos les implica irse a vivir a Alemania, o a Canadá, o adonde el trabajo y el amor los lleven.
– Encontrar un lugar para vivir cuatro o cinco años –dice Tomás, biólogo, que acaba de volver de estar dos años viviendo en México.
–  Ves, Zurdo, nuestra generación se equivocó en eso. Ahora ellos piensan en cuatro o cinco años, nosotros pensábamos para toda la vida.

Y la conversación sigue, con el sol de frente y los pies en el lago Lacar. A ellos les gusta nuestro pensamiento, porque planificamos, pero también nos dejamos llevar. Y sobre todo, como dijo Nacho, el futuro actor de Hollywood, perseguimos nuestros sueños. Y no me importa que sea una frase trillada, porque en realidad tiene más originalidad que cualquier otra. Porque quién planea con 20 años irse a vivir a California en el 2015. Quién piensa hacer cursos complementarios de su carrera en Alemania. Quién piensa ahora en dejar todo e ir a probar suerte a otro lado. Lejos.

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Nos juntamos a las siete en lo de Morell. Ese era el plan. Algunos abrazados –literal- a la almohada. Otros con más energía que nunca. Otros haciendo chistes. Dos madres vinieron a saludar. Foto. La foto de siempre. De todos. De la salida. De la vida compartida.

Y partimos.
– Paramos en Piedra del Águila a hacer pis y cargar nafta.

Los hijos nos hablamos por whatsapp. Armamos un grupo que se llama campamento y tiene de ícono un tipo con una mochila gigante, panza y mucha cara de contento.

Cuál es el paradero de los Gaspa. Estamos adelante, frenamos? Siga sigaaa. Oka. Los estamos esperando, pasando La Anónima. Pablo pasame otra. Dulce de leche o medialuna. Medialuna. No hay más.

Llegamos  a una playa: Yuco. Rompemos la paz de los cuatro grupos de gente, cortamos las nueve tartas y atacamos. Son las tres de la tarde.

Llegamos al camping. Después armamos las carpas, el mate, las charlas, el fútbol-tenis, la tela, la caminata corta, las charlas, las hamburguesas, los chori, el vino, el truco, la canasta, las charlas, los pases, las adivinanzas, el fogón, las charlas, las guitarreadas, los chistes, el chapuzón, el cordero, las charlas.

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Cierro los ojos y sonrío. Digo que qué lindo todo esto. Respiro profundo. Vuelvo del baño con Flor, la psicóloga que hace arte en tela. Cuando camino tomando vino por el mismo tierral con Coti, la relacionista pública, colorada, hablamos de los amores y los miedos, y pienso lo mismo. Qué lindo todo esto. Y le pido que si a los treinta años no estoy viviendo en un lugar así que me haga acordar de esto.
– ¿De qué?

No sé.

De la amistad que llega a ser tan fuerte en la distancia que se convierte en familia.

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