EL ÚLTIMO BONDI A FINISTERRE

EL ÚLTIMO BONDI A FINISTERRE

Por Laura Andreacchio – @LauriAndr
Fotografías: Esteban Fernández


Una cuerda con ropa tendida. Mucha ropa. De menor a mayor, ropa de colores y talles diferentes. Es evidente que hay niños. Muchos niños. De distintas edades y sexo. Mezclada, hay alguna que otra prenda de talle grande, de adulto. Y detrás de la cuerda abarrotada, el sol de una tímida primavera que no quiere despertar en Buenos Aires deja entrever la vivienda. Pero la casa no tiene forma de casa. La casa es un gigante oxidado con cuadro ruedas, veinte asientos y ventanillas. Esta es la casa de María Rosa y sus 8 hijos, el último bondi a Finisterre.

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Del colectivo baja corriendo Ramona. Con sus frescos 11 años y la sonrisa iluminada por las visitas, invita a pasar a su casa montada en uno de los tantos terrenos que se extienden a la vera de una ruta en General Rodríguez. Para entrar hay que subir un escalón, que en verdad es un tacho de pintura vacío y dado vuelta pero que a los fines prácticos sirve tanto como los peldaños del transporte público. Adentro, María Rosa intenta dormir a sus gemelos de dos años, dos simpáticos de ojos azabaches y rulos descontrolados. El colectivo-casa es amable. Una cocina, una mesa, un banquito, algunos muebles con ropa y estantes con alimentos. “Esto se está desmoronando. Hay dos ventanas sin vidrio que tapamos con cartones. Hay agujeros por todos lados. Uno de los bebés ayer se cayó y tiene hinchada la nariz”. Lo mira y él le sonríe con complicidad moviendo sus rulos irreverentes. En el fondo se destaca un colchón grande cubierto de frazadas “porque está roto y como son de resortes pasan los alambres”, dice esta madraza de 37 años y agrega: “ponemos una colcha abajo, la sábana arriba y nos tapamos con lo que hay. Tratamos de dormir acobachados para que no se sienta tanto el frío y cuando hace calor nos despatarramos como podemos”. Los gemelos Brian y Paris de 2 años, Dylan de 3, Iván de 6, Candela de 8, Ramona de 11, Brisa de 13 y Jazmín de 14 junto a su mamá viven en el colectivo hace casi un año. Sencillo, humilde, con la infraestructura básica pero juntos. “Esto por ahora es lo que tenemos. Vivimos en un colectivo pero siempre con la frente en alta”.

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Cuando el calendario marcaba la cercanía del 19 de octubre, María Rosa no dudó. Mandó a todos sus contactos la convocatoria para sumarse a la movida #NiUnaMenos en contra de la violencia machista. “Buscamos concientizar”. Es contundente con su mensaje. Y no titubea porque sabe de qué habla. “Viví 14 años de violencia de género”, dice con los ojos rojos, llenos de lágrimas y la voz entrecortada. “Venían, me golpeaban – así, en impersonal ¿Porque por qué habría que personalizar esa conducta que tan poco tiene de humana?- y era como si nada. Yo solo me enfocaba en tener a los chicos, seguía adelante por ellos. De alguna manera distraían el dolor. Yo tenía a mis hijos y así me distraía los golpes que me daba su papá”. Con la voz firme, estoica, María Rosa asegura que a todos los chicos los tuvo por decisión propia. Lo remarca. “Ninguno fue un error. En su momento mis hijos me salvaron la vida así que ahora me toca a mí luchar por ellos”. Cuando piensa en los días que siguieron al horror habla de independencia, de una vida nueva, distinta y hasta casi desconocida. “En esa época mis hijas no podían ni salir a la vereda. Éramos esclavos. Después de eso, supimos lo que era la libertad”.

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Un pasado de violencia machista, abusos y venganza llevó a María Rosa a los pagos de General Rodríguez. “Yo vivía en Varela. Mi última pareja violó a dos de mis hijas. Hice la denuncia, fue preso y yo empecé a hacer mi vida con mis hijos, sola”. Hasta que un día como tantos otros fue a visitar a su hermana que vivía en el oeste. Lo que no sabía María Rosa era que nunca más iba a poder volver. Un incendio intencional destruyó su casa en el sur del conurbano bonaerense. Lo cierto es que de buenas a primeras, María Rosa se encontró del otro lado del conurbano bonaerense, con sus hijos, con lo puesto, con bronca pero con la certeza de que a Varela no podía regresar. Su vida debía rehacerse lejos. Lejos de la pesadilla, lejos del lugar donde padeció años de vejaciones. Vivió unos meses en la casa de una familia amiga de su hermana. Pero por esas cosas del destino el rompecabezas de la vida suele acomodar las piezas. Cuando a María Rosa la situación se le hacía insostenible, uno de los hijos de don Ángel, este vecino que le dio techo durante meses, dejaba el bus para irse a vivir a una casilla de material. Oportunidad en puerta, María Rosa no lo pensó dos veces. Agarró sus cosas, llamó a sus hijos, cargó a los bebés y cruzó la calle de tierra para instalarse en un rodado en desuso, su nuevo hogar. Atravesar el invierno fue todo un desafío. “Al principio cuando llovía y se inundaba todo, lloraba, me desesperaba. Se mojaba lo poco que teníamos. Después aprendí cómo tapar los agujeros y hoy ya nos arreglamos. Qué más podíamos hacer… nada más”. María Rosa sabe que bajar los brazos no es nunca una opción.

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Ramona sigue ayudando y le acerca el mate ya cargado con yerba a su mamá. María Rosa toma la pava y el hermético con azúcar, se sienta y empieza a cebar. A carcajadas Iván entra al colectivo y se abalanza sobre su madre. “Le encanta el mate. Lo prepara solito. A veces es lo que lo que lo llena durante el día”. La asignación universal por hijo apenas le alcanza para alimentar a la decena de boquitas hambrientas cuando baja el sol. “Intento que no les falte nada”, dice María Rosa con soltura y agrega inmediatamente: “nada de lo esencial, al alimento me refiero”. En el colectivo se cocina una vez al día, por la noche. Arroz o fideos son los platos que más se despachan. Si sobra, se almuerza al día siguiente. Y si no, habrá que aguantar con el desayuno y alguna galletita en la merienda. Los vecinos ayudan, el almacén a veces fía. Ninguno de los chicos va a la escuela. “No me los aceptan porque no tienen domicilio ni documentos. Perdí todo cuando me quemaron la casa en Varela”. Un grupo de asistentes sociales del municipio trabaja para poderlos reinsertar en el ámbito escolar el año entrante. Llega fin de año y los chicos se ilusionan porque es momento de recibir unas zapatillas nuevas, de tener una remera para estrenar. Saben que eso no sucede seguido pero nada les frena las ganas de corretear por las calles de tierra con sus vecinos, de jugar a las escondidas en las lomadas del otro lado del arroyo.

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Pensar en sueños ilusiona y conmueve. La sola palabra no puede ser dicha por María Rosa sin que sus ojos se llenen de cristales. “Deseo algo bueno para mis hijos. Una buena vida. A lo largo de estos años aprendí que hay que seguir ante todo. Sé que no soy la única en esta situación. Del otro lado del arroyo que hay gente muy carenciada. Acá no es solo María que vive en un colectivo. Hay muchos que necesitan. Mi caso llama la atención. Pero si caminan un poco más se van a dar cuenta que Marías hay muchas. Vivirán en casillas, en casas de material. Pero hay muchas. Muchas sobrevivimos a años de abusos y violencia. Muchas peleamos día a día por nuestros hijos”. Con un dejo de naturalización pero sin resignación asegura: “nosotros no la luchamos desde ahora, la luchamos hace tiempo ya. Por eso, aunque me cueste 20 años bajar de este colectivo, sé que voy a bajar. Voy a poder darles algo bueno a mis hijos. Siempre hay que luchar. No hay que bajar los brazos. Es lo que siempre les enseño”.

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Pasó un mes de esta charla y María Rosa logró bajarse del colectivo. Consiguió un techo, una casilla precaria pero ya no construida sobre ruedas. Así fue cómo María Rosa llegó con el último bus a Finisterre. Porque si la tradición obliga a los peregrinos que llegan a aquel faro de la Costa da Morte a quemar alguna prenda que se haya vestido durante el Camino de Santiago como símbolo de renovación interior es para dar cabida a lo nuevo. Entonces, Finisterre es un lugar de finales pero también de comienzos.

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