El suicidio del señor Magraponti

Imaginemos, sí se me permite, al señor Rodolfo leyendo Clarínete, en el bar de “La Continental” que está en Tte. Gral. Juan Domingo Perón y la avenida Callao. Mientras sus dientes despedazan una media luna de manteca remojada en café, sus ojos se posan sobre el siguiente titular: “Nuevas tendencias: la clase media ahora bebe mate cocido”

¿Qué mágico efecto se daría ahora en la sensibilidad de nuestro personaje principal, el señor Rodolfo Magraponti? Comenzaría a sentir el gusto a yerba remojada en la punta de la lengua, como una sensación. Luego experimentaría, con el correr de la lectura y los detalles relevantes del caso, toda la textura de la infusión verde oscura, el picor de los pedazos minúsculos de palitos amarillos, y finalmente la cosquilla en la lengua de los restos acumulados de azúcar en el fondo de la taza. El señor Magraponti saldría del bar con la certeza -transformada en prueba- de que hoy tomó un mate cocido en el bar de La Continental, sito en Tte.Gral Juan Domingo Perón y la avenida Callao. Entre las 12:45 y la 14:00 horas, según fuente Clarínete Argentino.
Al fin y al cabo, los medios son la razón que llega ya razonada y envuelta en papel de diario. Fantástico instrumento la llamada “prensa”, una digna criatura de Hefesto.
Pero el día del señor Magraponti no terminaría allí, bien podía imaginarlo en base a su acostumbrada rutina de todos los lunes. Bajaría por Callao hacia el barrio de San Cristóbal y miraría el cielo que, con poco esfuerzo, catalogaría igual a ese azul diamantino que brillaba por las mañanas en los ojos de su señora. Luego confesaría, un poco avergonzado, que se dejaba llevar por un viejo impulso de hacer deducciones partiendo de la experiencia personal, la inmediata y la pasada. Según la edición matutina, el tamiz del cielo había cambiado con los años por las emisiones de hidrocarburos. Su color era celeste oscuro, era el veredicto unánime.
Agacharía la cabeza y seguiría su marcha. Una adolescente pasaría a su lado vestida con una remera delgada, que cubriría sus pequeños pechos, puntiagudos como alfileres; sus senos se marcarían erectos sobre los pliegues blancos del algodón. Claramente no llevaría sostén, y sus jeans recortados fallarían en contener la mitad de sus nalgas. Frente a su enojo ligeramente conservador, recordaría la emisión de ayer del programa “insoportables”. ¿Qué tenía de malo mostrar la belleza del cuerpo femenino?, había sido el tema de la noche.
El señor Rodolfo se sorprendería a sí mismo pergeñando una idea crítica que no estaba contenida en el programa ¿y qué con las mujeres feas y rollizas? ¿no hacía, el programa, demasiado hincapié en la opinión de mujeres despampanantes? Pero a paso ligero olvidaría ese asunto de cuestionar la agenda temática de los productores. Bien sabe dios que hacen su trabajo pensando estrictamente en las inquietudes de las audiencias. Si no estaba en el programa, no era relevante.
Continuaría bajando por Entre Ríos hasta Carlos Calvo, y en la farmacia de la esquina se encontraría con su viejo amigo Carlos Almafuerte. La parada sería inevitable. Carlitos lo abordaría, seguramente, para hablarle de los tiempos de las asambleas, cuando se juntaban para armar ollas populares… “que fingíamos hacer para otros, y a veces con vergüenza arrimábamos un plato porque el hambre de la clase media, al final, era el mismo que el de todos. ¿Te acordás Rodo cuando tuve que bajar las persianas de la farmacia y a vos te habían echado de la empresa? ¡Se olvidaron de todo, del hambre, de la incertidumbre, de todo! ¡Qué país sorete!”
Y él detendría ese sentimiento en su pecho de querer abrazar a Carlitos, que nacía detrás de la tercera vértebra torácica. Haría oídos sordos a esa voz interior que le hablaría, la muy taimada, de la incuestionable sabiduría de ese amigo de todas las desventuras. Por consejo de esa gran enciclopedia orfica que son los medios de comunicación, no se ensuciaría las neuronas en un vano esfuerzo de recordar el pasado tal cual lo había vivido. En cualquier puesto de diarios, en cualquier canal de cable, o incluso en las redes sociales, la inteligencia memo-técnica de los medios ponían el futuro a la orden del día. Ya no hacía falta pensar en el ayer, ni en el hoy, ni el mañana: venían pensados y empaquetados para nuestro consumo. El tiempo era una mercadería más.
Además, el matutino no le daba la derecha a Carlos. La cuestión era la necesidad del Cambio, ¡del Cambio Carlos! Ahora, en este momento, como si se tratara de pasar de un estado líquido a uno gaseoso rápidamente, sin mucha explicación. El Cambio era “El Cambio”, no tenía matices, no era más que un titular con letras grandes. Ya llega, ya está aquí, es necesario. ¿Qué es? Eso era irrelevante, lo importante es que se lo necesita, no da para más la cosa. Los hijos que se fueron a Italia o la casa que le estuvieron a punto de rematar, eso no era “El Cambio”. Aquella vez que en esta farmacia, sobre este escalón de mármol, se desplomó llorando como un niño porque se acababa la guita del despido, tampoco. El Cambio, viejo, que se explicaba fácil: se trata de cambiar de un estado a otro ¿Quién era él para cuestionar esa tautología tan efectiva?
-¿Te acordás la cara de la vieja, dura como una tabla de planchar? Ni estar en sus últimos momentos pude. Los médicos dijeron “la edad” pero yo se que la vieja explotó cuando se enteró que le encanutaban los ahorros de toda la vida que había puesto pesito a pesito en el Galicia. ¡Todos traidores Rodo! ¡Todos traidores!-. Pero el señor Magraponti, a esas alturas, ya estaría despidiéndose de su amigo con movimientos pélvicos suaves hacia la izquierda, casi imperceptibles.
Al final, lo intuía con clarividencia, sería inevitable que hasta el mismo Rodolfo Magraponti llegará a la verdad del asunto y se diera cuenta de ciertas cosas. ¿Qué tal si recordaba que detrás de las palabras tenía que existir, también, un contenido?. Eso sí que sería terrible, despertar en el infierno de la sapiencia por erradicar el paraíso de la ignorancia. Había que salirle al paso a ese fulano con deseos de ser la estatua de Rodin, matarlo en el huevo. Llegaría a su casa, saludaría a los ojos diamantinos de su mujer, y luego encendería la televisión con la misma certeza del que comete un asesinato. ¡Adiós señor Magraponti! En este país del cambio, sus facultades cognitivas ya no serán requeridas por la gerencia.
SB

Etiquetas: Clase media, cuento., SB, Suicidio

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