El silencio del violento noreste mexicano

Nunca temas tan palpitantes como los de la migración y la violencia narco ahora. Uno menos evidente pero proporcional es el de la sordera: según la OMS, el 5 % de la población mundial, a febrero de este año, padece de sordera incapacitante.
Hay una enorme diferencia entre nacer y volverse sordo. Aquellos que debido a factores hereditarios nacen sordos tampoco pueden hablar; quienes pierden la capacidad auditiva después de haber aprendido la comunicación escrita digamos que no tienen el panorama tan difícil.
En “Un vaquero cruza la frontera en silencio”, Diego Enrique Osorno cuenta la historia de su tío sordo migrante en Estados Unidos. Hay algo seductor en la declarada no-ficción de la que carece la autoproclamada (para su propia desgracia) ficción: la promesa de una verdad; es decir, el relato de una historia real. Tan simple como eso.
La infancia del tío es de aprendizaje de las habilidades del padre a pesar de la incapacidad congénita pero cuando aquel se reconoce miembro de un colectivo apenas reconocido en su propio país decide cruzar la frontera México-americana y lo hace más de una vez hasta que consigue quedarse y al final alcanza la legalización de su estatus.
El chico a los diez años era ya un experto carnicero. Se sabe en la hora actual mexicana de animadores de la violencia narco a esa edad o victimas de ella. La zona de la que es oriundo el protagonista del relato es descrita por el cronista como la más violenta de México y la que fue cuna de la pandilla criminal más bárbara, la que inició la más sangrienta carnicería: los “Zetas”. En algún momento Osorno refiere el haber preguntado a colegas suyos residentes en Estados Unidos, al peruano Daniel Alarcón entre ellos, por relatos sobre la violencia narco ambientados precisamente en esa región de México; la respuesta que le dieron fue negativa. Y quizá no lo advertía pero si no ha habido un autor que refiera la tragedia que asola al México de esos lares, precisamente él empezaba el relato, aunque de soslayo, sutilmente, de la violencia que devasta el noreste de los Estados Unidos de México.
La increíble paradoja de un estado violento en extremo que no tiene o tenía aun voz en la literatura mexicana.
¿Que la crónica no es literatura? No mames, güey…

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