El que espera, desespera: ser paciente (y familiar) en tiempos de pandemia

Sentirse enfermo es una emoción destinada a acelerar la recuperación’ reza el titular de alguna entrada a un blog que resurge a partir de una búsqueda en Internet. ‘Destinada a acelerar’… Leo estas últimas palabras y pienso: ¿cómo resulta eso compatible con el nacimiento de una pandemia que ha puesto patas para arriba el mundo que habitamos? ¿Acelerar? Acelerar ni cerca, eso parece algo imposible con un escenario que lo que hizo fue clavar los frenos de golpe y sin aviso. 

El sistema de salud fue uno de los ámbitos en el que se registró a la perfección lo que podría ocasionar un fuerte impacto cuando no se tiene el service recién hecho. Durante estos últimos meses hemos recibido tanta sobreinformación respecto al estado de situación de los hospitales y centros de salud debido al impacto de la pandemia de coronavirus que, inherentemente, todos sabemos identificar perfectamente cuál es ese lugar al que no quisiéramos entrar ni por una picadura de abeja.

Así fue como, dramáticamente, dejaron de hacerse muchas consultas médicas y tratarse ciertas especialidades. ¿Pero qué pasa con los cuadros clínicos que requieren de una casi constante supervisión? A fin de cuentas, a ellos no se les puede indicar un “mejor quédense en casa”, porque podría dar lugar a una verdadera tragedia y estaríamos hablando también de víctimas del coronavirus que no han sido siquiera contagiados.  

¿Qué pasa con ellos? ¿Qué pasa con nosotros? Porque si hay algo que quizás puede desesperar más que estar enfermo en plena pandemia, es ser familiar de un enfermo en plena pandemia. Doy fe.

El jueves 25 de junio mi papá tenía su última consulta con el médico cirujano, con quien había acordado que, para un mejor tratamiento ante su diagnóstico de cáncer, sería óptimo realizar una cirugía.

Para la realización de tal evento, unos días antes diez personas debimos acercarnos a donar sangre al Instituto de Hemoterapia de la provincia de Buenos Aires. No es que fuera a necesitar transfusiones -o al menos para aquel entonces creían que no-, pero el pedido tenía un motivo por demás desesperante: debido a la pandemia, y el temor generalizado a salir de los hogares, la gente no estaba yendo a donar sangre. 

La sangre empezaba a escasear. Primero lo vimos con nuestros propios ojos con un instituto casi vacío y, con los días, fuimos sabiendo más sobre la situación en el país: hubo lugares en donde hasta los empleados mismos debieron donar para poder sustituir la ausencia de donantes. Particularmente en La Plata también se desarrolló un sistema de colecta móvil de sangre con tráilers en distintos puntos de la ciudad.

Como no era sólo una cirugía, sino que se trataba de una larga y compleja cirugía, el médico pidió que los familiares asistamos a aquella consulta para ponernos al tanto del detalle. Ese mismo día llegamos al Hospital Español, situado en La Plata, y un hombre de seguridad nos limitó a pasar diciendo que “el nuevo protocolo a partir de hoy es que solo puede pasar un solo acompañante además del paciente”. Escuchar eso es desarmarse, sobre todo cuando hijas somos dos.

Afortunadamente, con un poco de explicación sobre el panorama pudimos pasar las tres personas que estábamos para acompañarlo. Sin embargo, ese no sería el único golpe bajo que viviríamos como efecto secundario de la pandemia.

La consulta con el médico fue concisa y concreta: “la operación consiste de esto”, “si todo va bien, él después de la operación pasa a terapia intensiva”. Era una operación compleja, extracción de tumor, uniones para facilitar el sistema digestivo y otros tantos detalles que prefiero no recordar. Pero como dije antes, lamentablemente eso tampoco sería lo único que nos dejaría con la guardia baja: por cuestiones de protocolo, considerando la salud y seguridad de un lugar donde se atienden enfermos, ninguno podría estar esperando dentro del hospital.

Impactante. O sea, ni en las películas los personajes esperan afuera de un hospital. ¿Que hay con la caminata eterna de un pasillo a otro o el café qué vas a buscar cuando ya no das más? Nada. De eso, ahora no queda nada. 

Pero, entonces, si no hay nadie adentro… ¿cómo íbamos a saber cómo salió todo? 

¿Cómo? Por teléfono. Gracias a algún dios, el médico no hizo el chiste al mejor estilo “te lo comunico por Zoom”. Por el contrario, pidió el celular de un familiar para agendar así pasaba el resultado de la operación y el parte médico mediante llamada. 

Ese sábado 27 de junio a las 7 de la mañana ya estábamos en la entrada del hospital, reunidos para dar “el beso de rigor” a mi papá, y decirle que lo esperábamos de este lado cuando todo pase. Una vez que se hizo el horario de su ingreso al quirófano, nos fuimos a su departamento. A esperar la llamada, algo a lo que el médico nos había advertido: “para que se den una idea, es una operación larga y si ven que pasan las horas y no tienen novedades quiere decir que va andando todo bien”.

Eran aproximadamente las 10 de la mañana y ya no aguantaba más la intriga de no tener ninguna información. Salí del departamento con la excusa de buscar yerba y “esperar a que seguro cuando vuelvo ya hay novedades”. Así pasaron un par de horas más, hasta que nos encontramos al mediodía respondiendo algunos mensajes de amigos que mandaban el “Y… alguna novedad?”. “Que largo se hace” escribió uno. Y sí, y se haría un poco más largo porque el llamado llegó a eso de las tres de la tarde: “Está todo bien, pudimos hacer todo lo que habíamos hablado. Está despertándose de la anestesia. Todo bien”. Decir que sentimos alegría sería un error, porque sentimos más que eso. Se escaparon suspiros como a quien se le cae un peso de la espalda y dejamos salir las primeras lágrimas, esas que por demostrar fortaleza veníamos escondiendo desde la noche anterior. 

Tal como lo que nos habían notificado previamente, iría directo al área de Terapia Intensiva para extremar los cuidados durante el post-operatorio. Siguiendo el mismo estricto protocolo de acción para combatir el COVID-19, la Terapia Intensiva no puede recibir visitas. Es decir, los familiares no pueden pasar a ver a los pacientes que están internados. 

En un contexto normal, esta parte del hospital cuenta con un horario de visita de no más de media hora. Ahora, con el coronavirus marchando, informaron que las visitas estaban suspendidas así que solo nos quedaba esperar todos los mediodías por el llamado de una persona que nos diera el parte médico a través del teléfono. 

Obviamente, una vez con la confirmación sobre cómo había salido todo, venía la parte de avisar a todos los que hasta hace un rato atrás venían acompañando la situación mediante mensajes de Whatsapp. Por suerte mi viejo la hizo fácil: comunicar buenas noticias siempre será mejor que lamentar. 

De repente, ese mismo sábado se convirtió en un día eterno. Durante la tarde pudimos pasar bocado y la ducha se sintió como un masaje premium en el mejor hotel que pudiera existir. 

Nuestra noche no fue fácil, aún sabiendo que estaba todo bien, uno siente que debería estar adentro del hospital, velando por el sueño de la persona que está internada. Después caés en cuenta que en definitiva ahí adentro no sos prescindible y estar acompañado de médicos es lo mejor que le puede pasar a un familiar, vos no podrías resolver mejor que ellos cualquier incidente. 

No sé muy bien cómo, pero los días pasan. Incluso hasta cuando los días parecen ser eternos, en algún momento se terminan. Y así pasaron el domingo y el lunes, recibiendo tan solo unos “Está bien, lúcido, tiene bien la presión, pudo orinar…”. 

En el medio, uno aprende a ser paciente, valga la redundancia, porque el parte médico podía llegar un día con un llamado a las 11.45 de la mañana como así también otro día a las pasadas 14 horas. Uno aprende a no “imaginar lo peor” cada vez que espera por noticias. Uno aprende a distinguir tonos y formas de expresar, a exasperarse con lo que dice un enfermero o a tranquilizarse cuando escucha las palabras por boca de otro de ellos. 

Cuando se está expuesto a la colina de la vida, uno aprende. 

El martes 30 recibimos en el parte que mi papá comenzaba a notarse eufórico, como excitado. Algo lógico quizás si pensamos que se trataba de una persona que ya llevaba tres días enteros sobre una cama, sin moverse y alimentado por suero.

En cualquier otra situación, hubiéramos esperado al horario de visita para acercarnos al hospital y consolarlo un poco cara a cara. Pero en esta, hacer eso era imposible. Como si se tratara de una coincidencia, a las pocas horas recibimos otro llamado del hospital para que fuéramos a llevar unos papeles. Además de eso, había guardado una hoja y lapicera en la campera que llevaba puesta. Aproveché y le pregunté a una enfermera que me atendió de Terapia Intensiva si podía aunque sea entregarle una carta. Respondió que sí así que, como pude, escribí un poco de lo que hubiera conversado con él.  

Llegó el miércoles, el inicio del mes de julio, y con él algunas noticias que, si bien no eran consideradas malas, tampoco eran muy alentadoras: había levantado un poco de fiebre y estaba bajo efectos de antibióticos. Al parecer una infección en el abdomen era el motivo de su malestar. Sumado a que, además, empezaría a imponerse el bajón emocional de pasar muchos días quieto sobre una misma cama y lejos de caras conocidas.

Esa tarde recibimos un segundo llamado del hospital, una enfermera que había hecho de nexo para que él hable con nosotros. Si bien fueron unos pocos minutos, lo escuchamos muy sensible, agradeció la carta y preguntó una o dos cosas respecto a si estaba todo bien afuera. “Fue una operación muy grande, me va a llevar unos días más, va a ser una recuperación larga” dijo.

El jueves no registró mejoras y, por lo que nos dijeron, evidentemente seguía sumergido en un estado de desánimo. Si bien la impotencia que sentíamos desde el día uno de su internación era mucha, con el correr de la semana iría en aumento. Casi exponencial, diría.

Por momentos empezamos a caer también nosotros, ya no podíamos sostener la misma fuerza que en el primer momento. Duele pensar en que una persona tan cercana a vos está sufriendo, o no saber si pasó bien la noche, si pudo dormir. No saber en qué piensa cuando piensa, cómo luce, si tiene el rostro pálido. Dolía que, más allá de lo estrictamente técnico a su evolución, no sabíamos nada de él. 

Esa misma tarde, con la excusa de ir a llevar al sector de farmacia unos medicamentos que quedaron pendientes, me acerqué de nuevo al hospital. Quizás en esa oportunidad mi recorrido duró más tiempo: la curiosidad me llevó hasta por la Capilla, donde estuve un rato sentada y luego comencé a escribir otra carta para entregarle. 

El viernes, sábado y domingo transcurrieron igual. Los partes médicos se inclinaban por pronunciar en mayor medida el estado de desorientación e inconsciencia en el que se encontraba. No era para menos, fue una operación compleja para alguien que está acostumbrado a regirse por manuales, por lo que está escrito. Y a veces el proceso de un post operatorio no es 1°, 2° y 3° paso, sino un sinfín de idas y venidas hasta alcanzar un equilibrio.

Para iniciar la semana, el lunes el parte médico indicó que le realizarían una tomografía para seguir evaluando la evolución interna del organismo. En caso de que encontraran algo a mejorar, podrían realizar una intervención. “Por favor, no!” pensé. Ni cerca quería estar de volver a estar en ese estado de limbo mientras duraba la cirugía. 

Por suerte, el martes se concretó el estudio y salió mejor de lo que esperaban. “José está muy bien” dijo el médico cirujano que venía haciendo su seguimiento. Para sorpresa, a los pocos minutos volvió a sonar el teléfono de quien había quedado como encargado de recibir las noticias. 

Esta vez era una videollamada. Después de esperar verlo en algún momento, el día había llegado. Mi papá no es una persona amante de la tecnología, más bien le genera rechazo, por lo que desde el primer momento todos sus familiares coincidimos en que no obligaríamos a que tuviera que mostrarse por video. 

Según nos habían dado a entender los enfermeros durante la semana, la invitación a que pudiera hablar con nosotros había estado pero no querían forzarlo o bien era él quien no se encontraba de ánimo para hacerlo. 

Pero esta vez sí, después de 11 días de incertidumbre acerca de cómo estaría. Estoy segura que las imágenes que vi a través del teléfono no me las voy a olvidar nunca: mi papá todo cableado desde la cara hasta el abdomen, expresándose a cuentagotas y muy sensible por la situación. Parece mentira verse uno obligado a vivir ese proceso a través de una pantalla. 

Con el paso de las horas la evolución seguía a favor. Tanto que después de unos días ya comenzarían a evaluar la posibilidad de que comenzara a ingerir alimento por boca y así pasarlo a una habitación común.

Insisto, creo que las secuencias que hemos registrado en estas últimas dos semanas son imágenes que no se olvidan, al menos no en el corto plazo. Como tampoco podremos olvidar fácil la ayuda de los médicos y enfermeros en este contexto tan particular, de su función de sostén para con quienes se encuentran internados y no pueden tener nexo con sus familiares, y su rol como portavoz para quienes pasamos las horas del día esperando ese bendito y maldito llamado.

En mi caso, ahora sé que de a poco todo marcha y tengo algunos días más por delante para seguir escribiendo esta historia y no olvidar ni el más mínimo detalle.

En parte, no quiero olvidar este evento como tampoco quisiera que pase desapercibido en el resto de la sociedad, hayan experimentado una situación similar con un familiar o no. Porque, como dice el presagio, de lo que no se aprende, se repite. Y este es, sin dudas, el momento más extremo en el que la salud -propia y ajena- tiene mucho para enseñarnos.

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