El patrimonio está en otra parte

Quedamos de juntarnos a las 8 en la Copec de cruce Varoli con A., antropóloga. Por trabajo nos tocó asistir a la celebración del bullado día del patrimonio a la comuna de Lora, en Licantén. La mañana, fría y despoblada como cualquier domingo, invita a cualquier cosa, como dormir. O ver películas. O nada. Pero ahí estamos, a las 8.10, con su papá al volante, rumbo a la iglesia de esa pequeña localidad donde el tercer domingo del año se realiza el baile de los negros, una muestra perfecta de sincretismo cultural, cristianismo pagano y una devoción que invita más a la fiesta que a la reflexión taciturna y culposa del catolicismo eunuco de la patria. En el camino puteamos, hacemos lazo de amistad en torno al común descontento con todo. Los cerros están cubiertos de una niebla densa. Parece el paisaje de una película rusa, pienso. Tomo fotografías. Puteamos. ¿Cuándo va a cambiar esta mierda?, dice el papá de A. Se refiere al país. Preguntas amargas para recibir el día.

En Lora la comunidad está en pie desde hace un buen rato. La gente se saluda amablemente: es la misa dominical y el ánimo, supongo, no puede ser otro que el de la gracia y cierta fraternidad propia de los caseríos que se pierden entre los cerros. Esta gente es más cristiana que todos los cristianos que conozco, pienso. Al costado izquierdo de la iglesia, en una pequeña y oscura pieza, algunas mujeres preparan sopaipillas, café y navegado. Es su forma de recibir a los visitantes. Eso, por supuesto, implica que se pierdan todo: la misa, la muestra del baile de los negros que hacen para deleitar a los consumidores de patrimonio: cámara en mano, miradas inquietas que se posan sobre todo eso que se les aparece bajo la seductora imagen de lo insólito. Se hacen algunas reseñas: que Lora fue nombrado patrimonio vivo por la UNESCO, que el baile de los negros es una manifestación única en el mundo. Se presentan bailes folclóricos, cantores, una muestra del baile, que tiene algo inquietante: como si esa reproducción a destiempo dejara un gusto un poco amargo que dejan las manifestaciones que terminan transformándose en un simulacro. Como sea, la gente disfruta. A las familias a cargo del baile tampoco parece molestarles. Es, en definitiva, su baile y ellos saben qué hacen con él. Son ellos, no el Estado ni menos el amargo redactor de este texto, los que deciden el sentido de la misma.

Hasta ahí, todo solemnidad. Todo rigurosamente pauteado.

Finalizado eso, los visitantes y los asistentes a la misa se retiran. Comienza a llover. Por los alrededores de la iglesia se pasean los organizadores, algunas funcionarios municipales. Yo mismo me paseo, como sopaipillas, pido vino. Me dan vino. Converso con las mujeres de la cocina. Están contentas. Llevan tres años haciendo lo mismo. El día del patrimonio es, junto con el baile de octubre, la oportunidad de mostrarse. Se quejan, sin embargo. No vieron nada. Se perdieron la cueca, los bailes, el jolgorio.

Hasta ahí, todo sigue la estricta pauta del día nacional de la museificación de la historia.

Pero en los bordes siempre se teje lo verdaderamente interesante. Una de las agrupaciones, luego de un par de empanadas y navegado, deciden retribuir la atención con música. El dueto, compuesto por un chico que toca el arpa y una cantora vestida a la usanza que el dresscode patrimonial dicta, toman sus instrumentos y parten a la cocina. La escena es digna de ser filmada: mientras el cielo se deshace en lluvia, junto a las ollas, algunas imágenes de cristo y la virgen, las mujeres loreñas aplauden los cánticos. Una de las privilegiadas asistentes improvisa algunas décimas. Se brinda. De súbito pienso en Violeta Parra y su carpa de la reina, donde por largo tiempo se celebraron toda clase de fiestas populares con comida y alcohol. No deben haber sido muy distintas de esto, aunque si estaban, creo, preñadas de una espontaneidad en donde los que allí se daban cita eran lo que eran: campesinos que migraban a la ciudad, cantores y poetas populares que ejercían su rol por y aprendizaje nato antes que por figurar en las filas de algún catálogo estatal. Sigo bebiendo vino mientras miro con una mezcla de alegría y orgullo a esa gente genuinamente alegre. Sé, también, que no soy parte de ellos. Que nos separa un abismo de estupideces que no elegí saber. Me siento, digámoslo así, con la ingenuidad castrada. Pero lo disfruto. El patrimonio, pienso, no está en la racionalizada muestra anterior. El patrimonio está en otra parte.

Por ejemplo, en la cocina.

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Etiquetas: chile., Crónica, Lora, Patrimonio

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