El lugar del otro

El chofer del colectivo 152 trabaja desde las 6:00am hasta las 11:00pm, eran las 8:00pm todavía. Estaba molesto pero sonreía. Como quien no puede dejar de ser feliz pero sabe que existen los momentos turbios. Y así fue, incluso a carcajadas leves, por lo menos durante el recorrido de Santa fe a Paseo Colón.

La conversación empezó así:

Un pasajero le pregunta dónde tiene que bajarse para llegar a Puerto Madero. Él se calla, no quita la mirada de la vía, pasan cuatro segundos eternos, se ríe de lado y le dice: en la parada de Leando Alem, cerca de la casa de gobierno.  “¿La voy a ver? ¿me puede avisar, por favor?”, le responde el chico, y el chofer le dice que sí. El chofer no lo mira.

Cuando el pasajero vuelve a su puesto yo entro en escena. “¿Cansado?”, lo examino. A mí sí me mira porque no me espera y responde que sí. Me responde y se ríe. Fue como abrir un grifo, él estaba esperando un comienzo para extenderse, tenía la queja preparada.

“Que comodidad, ¿no?”, hablaba del pasajero.

“Yo tengo que estar pendiente de todo. De la ruta, los espejos, el pasaje, quién sube, quién baja, y además de que no se le pase la parada para que él pueda jugar con su celular, hablar con sus amigos y aún así llegar a su destino. Pero si al chofer se le pasa, el chofer es malo. Pero si el chofer no responde, el chofer es malo”.

No había regaño en su voz, pero usaba todas las connotaciones de molestia. Reclamaba todo en terciopelo. Se sonreía, se quejaba y tenían que sonar truenos y relámpagos y quizás empezar a llover, porque estaba cansado, porque estaba pendiente, pero no.

“Hay gente muy cómoda. Además, juegan con el tiempo del otro. Cuando llego a la parada y se empiezan a subir las personas, siempre buscan la tarjeta del pasaje aquí, cuando se suben. Entonces tardan y todos tenemos que esperar. Nadie se pone en el lugar del otro”.

Así como nadie se pone en el lugar del chofer.

Mi recorrido duró media hora o más, y en ese tiempo cinco personas le preguntaron si podía avisarles dónde se tenían que bajar.

“Yo cuando salgo o sé que tengo que ir para algún lado, el día antes o momentos antes de salir siempre busco cómo llego, qué me tomo. Siempre tengo el pasaje a mano. Siempre tengo las llaves a mano antes de volver a casa. ¿Por qué cuesta tanto?”

Y a todos les dijo que sí, que él avisa. Y avisaba. “Flaco, esta es la parada. Cruzás y ahí está Puerto Madero”.

El problema no es ayudar, porque al chofer le gusta. El problema es que el pasajero que se sube al colectivo y pregunta, se cree innovador en convertir al chofer en lazarillo. Y estaría bien si fuera uno, pero no es sólo uno. Es el pasajero que se acaba de subir, el que se acaba de bajar, el que se bajó hace tres paradas, hace dos, el que está por subirse. De algo así nace el cansancio, de la rutina, de la repetición.

“Entonces dicen gracias y se van, y ya fue”.

Y no sé si es envidia sana, o melancolía del televisor que le espera en casa, de la comida caliente, del bendito mueble donde, me dice, reposa media hora antes de meterse a bañar para relajar todo su cuerpo. “A veces estoy en la ducha y me quedo quieto y siento cómo me tiemblan los músculos. Un día de estos me va a dar un ataque, no sé”.

Y para todo se ríe.

Es absurdo rezarle a una verdad absoluta, porque así como nadie se pone en el lugar del chófer, hay choferes que se dejan ganar por el resumen infernal del día. No paran, no abren la puerta, no hay modales. Además, pero frenan y aceleran a destiempo poniendo a prueba el equilibrio del que va. El asunto es que nadie se pone en el lugar de nadie.

“Nos falta empatía, ¿verdad?”

Verdad.

Es la única verdad.
Lo que puede salvarnos de nosotros mismos.

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