El local de pasillos que se bifurcan: merodeando por el CREA.

1.

En la serie Futurama de Matt Groening, las cabezas de los personajes ilustres de la Historia aparecen conservadas en un extraño líquido que, al parecer y según comprobamos en un episodio, tiene el extraño efecto de abrir vórtices espacio-temporales. Allí, el curioso contemporáneo de esa distopía podría, si así lo quisiese, conversar con Edison o con el infame Reagan para conocer de primera fuente su delirante versión del mundo. Eso que podría ser una renovación de la metáfora de los vampiros, parece sugerir también otra cosa: la Historia como texto se nos aparece como innecesaria cuando aquellos que la forjaron están ahí para constatarla. Groening parece desplegar, en este sentido, la fantasía de Fukuyama del fin de la misma y esos devaneos anti-ideológicos que son, bien lo sabemos, repulsivamente ideológicos. Si me invitaran a conversar con alguna celebridad, me gustaría conversar con Heróstrato, famoso por quemar el templo de Artemisa en Éfeso. En “Vidas Imaginarias”, Marcel Schwob intenta perfilar la figura de un sujeto preso de delirios heracliteanos. Y allí, el escritor nos dice que, consultado sobre las razones de tan radical acto, Heróstrato “no alegó ninguna otra causa para su acción que su pasión por la gloria y la alegría de oír mencionar su nombre”. El boicot como una forma de dejar una marca con tinta indeleble en los anales de la humanidad. Revolucionario o un triste solitario enajenado en sus propias masturbaciones mentales, un hecho interesante se desprende de lo anterior: hay formas infames de acorralar al olvido hasta paralizarlo. Dicho en coloquial, mandarlo a freír monos al África.

 

2.
El verano del 2014 fue particularmente agitado para una región rica en el verde oropel que son los bosques de pinos. Con el calor llegaron, de manera pasmosamente formal, los incendios: el paseante maulino de exiguos recursos, obligado a deshojar el calendario con agradables 34 grados diarios, fue testigo de oscuros nubarrones que amenazaban expandirse por todos los eriales de la región. Y, como si fuera poco, una mañana de enero nos desayunamos con la noticia de que el Mercado Central, cuya nave central venía abandonada desde el terremoto del 2010, sufrió un grave incendio que hizo añicos los pocos locales que todavía funcionaban. Las hipótesis sobre el fenómeno, dignos de un cuento de Marcelo Mellado, comenzaban en una mujer maulina cualquiera que fungía de dizque-sicaria del municipio, que desde hace un tiempo venía buscando la forma de transformar ese lugar en una especie de Mall con tintes locales; las pesadillas de la burocracia huasa local generan monstruos folk, hasta las mismísimas autoridades locales. Hasta la fecha en que el cronista redacta este texto, el tema ha ido siendo paulatinamente desmantelando, mostrando su rostro más escabroso: hay procesos judiciales en curso para sancionar a los “presuntos responsables del siniestro”. Y la ciudad, que luego del 27F se transformó en un museo abierto de la ruina, perdía nuevamente uno de sus más pintorescos lugares.

 

3.

“Todas los pueblos abandonados tienen algo que los redime” me dijo una vez un amigo poeta ariqueño. Si me preguntaran que redime a Talca elegiría cinco cosas: sus graffitis, la feria de las pulgas de la calle 11 oriente –paraíso del perseverante comprador de libros usados–, el cerro de la virgen –perfecto para dizque románticos que gustan deleitarse con montañas y valles–, sus cantinas y el CREA (siglas de Centro Regional de Abastecimiento). A pesar de ser un lugar que cumple con todas las características para los amantes irredentos del patrimonialismo folkie, su encanto no reside en esa arquitectura decimonónica que parece decirnos desde el fondo del tiempo que este lugar fue fundado por una pujante pequeño burguesía industrial, sino más bien sus enrevesados pasillos, en esa luz tenue que se filtra por los claraboyas dejando que el paseante deambule entre claroscuros matizados por los atractivos mosaicos que cada feriante dispone con un orden que parece responder a una teoría personal sobre la composición y alternación de los colores. “De la pintura, la comida japonesa toma también la cualidad menos inmediatamente visual, la cualidad más profundamente metida en el cuerpo y que no es el color, sino la pincelada” anota Barthes en “El imperio de los signos”, luego de un viaje a Japón que lo deslumbró no tanto por su exotismo –la rancia herencia de la primera oleada de antropología y el culto del boom latinoamericano-, como por la inconmensurabilidad que produce una lengua extraña. Acá, en cambio, es inevitable no recordar los destellos de Cezanne y su mirada siempre atenta a los matices, como si hubiese una solapada –puede que inconsciente, eso no nos compete- búsqueda de causar cierto deleite estético. O que haya ahí también una variación en los sabores: del pimentón rojo al ají verde, el suave ocaso
de las zanahorias y los racimos de cebollas moradas.

 

4.

“Caminábamos con Borges por un barrio de quintas, en Mar del Plata, y de pronto sentí un olor que me conmovió. Borges dijo que los recuerdos que más nos emocionan son los de olores y gustos, porque suelen estar rodeados de abismos de olvido” escribe Bioy Casares en Borges. Miguel Llitín, en una línea similar, anota en su paso clandestino por Chile en los años 80: “antes del exilio había algunos lugares de Santiago que identificaba con los ojos cerrados: el matadero por el olor de la sangre vieja, la comuna de San Miguel por los olores a aceites de motor y materiales de ferrocarril”. La memoria de los olores es, en este sentido, algo más difusa que la que albergamos de un rostro, un paisaje o un acontecimiento dramático como un terremoto o una dictadura. Un experimento interesante sería pasearse con los ojos vendados a través de los distintos pasillos del CREA y adivinar dónde estás: si en el fresco y radiante pasillo de productos del mar, en donde puedes comer ceviche a precio irrisorio –pareciese ser que al despojarse de la mística turística de ser un producto-sacado-directamente-de-la-playa-que-tienes-a-dos-cuadras-de-la-pescadería le quitase plusvalor– o en los sombríos pasillos en donde, dosificados en justas dosis, encuentras un sinfín de aliños que van desde el merquén hasta la pimienta negra; o bien, sentir esa suerte de oasis tropical que emana de un cajón de naranjas o manzanas. Esta cualidad, demás está decirlo, es probablemente uno de los sellos distintivos de todas las ferias libres del país. Sin embargo, es su arquitectura laberíntica, sus pasillos a veces atiborrados, las rejas que separan cada local y su aspecto casi carcelario las que me hacen en pensar en este lugar como extemporáneo: a contrapelo de los mercados remodelados siguiendo las tendencias patrimonialistas, el CREA parece haber sido diseñado para un remake de Santa Sangre filmado por Terry Gilliam.

 

5.

Si buscamos en Talca en Wikipedia y nos vamos al enlace de “Sitios de interés” nos encontramos con: 1) la Plaza de Armas, 2) Paseo 1 Sur y Mercado Central –así, juntos, como si ambos fuesen una sola y gran cosa–, 3) Avenida Isidoro del Solar –lugar que al escritor de esta columna lo vuelve especialmente loco por cuanto hace que su brújula, acostumbrada a ciudades planificadas bajo la aburrida hegemonía del plano Damero, se descontrole como si en una tormenta de altamar se encontrase–, más conocido localmente como “la diagonal” por ser exactamente eso: una calle en diagonal que conecta la plaza con la Alameda de la ciudad[1], la Alameda Bernardo O’Higgins y el Río Claro, lugares en donde todo se mezcla de forma disparatada: adolescentes en plena explosión hormonal teniendo sexo con ropa, runners, punks de cuneta fumando marihuana en los bandejones, skaters, raperos que se reúnen a dar unos alucinantes conciertos de freestyle –prometemos una crónica al respecto apenas tengamos tiempo–; la Avenida 2 Sur, que es algo así como una de las arterias más importantes de esta urbe, pulmón de la contaminación ambiental y sonora, desierto insoportable durante veranos y fines de semana; y la Villa Huilquilemu y la zona oriente, es decir, el extrarradio de la ciudad, allende lo urbano comienza a desdibujarse lentamente entre villorrios, parcelas de agrado y los suburbios, que acá crecen como las callampas[2]. El CREA no existe para Wikipedia. El CREA no es un lugar-de-interés. No hay interés en ese cautivante desorden, en ese juego de luces que es cada pasillo, en enmarañada red de pasillos en los que fácilmente podría encerrarse a un Minotauro para enloquecerlo de hastío. El CREA es, probablemente, uno de los lugares más latinoamericanos de Talca, sea lo que sea que eso signifique. Esperemos que las inmobiliarias y sus sicarios que suelen aparecer en la tétrica forma de señoras absolutamente dementes no de rienda suelta a sus más incendiarias fantasías para instalar otro mall o un estacionamiento. Deleitémonos, por mientras, con este local de pasillos que se bifurcan.

 

 

Una versión editada de esta crónica fue publicada en el medio nacional The Clinic: http://www.theclinic.cl/2016/04/01/merodeando-por-el-crea-de-talca/

 

La fotografías son Guillermo Calderón.

 

[1] En este sentido, los talquinos tienen una rara mezcla de pragmatismo y flojera al momento de nombrar los lugares. Sírvanos como ejemplo de lo anterior la plaza La Victoria, usualmente conocida como “el pentágono”, en alusión a la figura geométrica de una zona de la plaza. Lo curioso y extraño es que no es un pentágono, sino un octágono. Habría que hacer un estudio antropológico sobre cómo se van configurando los topónimos de una ciudad.

[2] Paradojas de la historia: si antaño se consideró que las poblaciones callampa eran las tomas de terreno ejecutadas por pobladores pobres, en Talca el concepto parece subvertirse, merced de las riquezas del mercado inmobiliario: así, la zona oriente es actualmente la flor y nata de complejos para familias profesionales y nuevos ricos que deseen “vivir en un lugar tranquilo, rico en áreas verdes”.

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