El hedor de la grasa. Fenomenología del odio político

Tiempo atrás se difundió entre los medios argentinos un audio. Todos recuerdan la voz de una señora de Nordelta que se dice portadora de “una estética visual y de una estética moral”, y que estigmatiza con toda clase de adjetivos a una multitud que ha invadido ese apacible lugar en busca de esparcimiento. Se presenta a sí misma como cirujana y una mujer “normal”. Transcribo literalmente algunos de sus estigmas: “bestias”, “no tienen educación”, “una cosa de cuarta…”, “modales de décima categoría”, “grasas”, son algunos de los atributos espetados. El éxito de la viralización del audio tiene que ver con el insospechado sentido político que trafica el mensaje. Porque se cuela algo que pone en riesgo lo común y, por tanto, nuestra sustentabilidad como comunidad política. Su discurso separa dos campos inconciliables, el de ella como mujer “normal”, y el de los anormales, en el que sucumben todos los seres que caben en las categorías transcriptas y que están fuera de toda estética, ya sea visual o moral. Sumado a todo lo que se ha dicho en estos últimos tiempos de los pueblos originarios, de Milagro Sala, de Santiago Maldonado, de Rafael Nahuel, de los Militantes de organizaciones y de otras víctimas del desprecio y de la descalificación gratuita, ese mensaje podría ser motivo suficiente para preguntarnos por el significado político del odio y la impronta subjetiva de la grieta en la sociedad argentina. ¿Qué es ese estado interno que perturba tanto la vida social y que vuelve escisión el mundo? ¿Cuál es su sentido político y cuáles sus modos de aparición (phainomenon) para los sujetos? ¿Qué posibilidades le quedan a la política, cuando las subjetividades se construyen desde una escisión sin concesiones? Lo que sigue es un intento de descripción del odio político, de su objeto y de sus efectos en la subjetividad, en el contexto de la argentina post-kirchnerista, para distinguirlo de otras formas materializadas en nuestra historia. Lo que llamamos odio, en un primer análisis, pide ser conceptualizado como una de las formas de lo que Heidegger llama en El ser y tiempo el “encontrarse”. Algo así como la disposición emocional con que en lo cotidiano hacemos frente al mundo. Es el estado de ánimo, el “cómo le va a uno”, el modo en que nos “encontramos” hoy, bien o mal, a nosotros mismos en una situación dada. Se expresa en el “no me divierte estar en Nordelta”. El odio “nos va”, nos “encontramos odiosos”, se podría agregar a ese análisis, en un uso específicamente subjetivo de este adjetivo. El “encontrarse” -sigue Heidegger- abre el modo de mirar el mundo como versión y a-versión. El mundo puede ser “verso” o “adverso”, pero en cualquier caso, ambos modos constituyen una condición de posibilidad para su apertura. Xavier Zubiri amplía este análisis con el aporte del concepto de “versión”, como el modo de derramarnos sobre las cosas como realidades y, especialmente, el modo de derramarnos sobre los demás, como Otros. Somos seres sociales “vertidos” a los demás, porque nuestras estructuras nos vierten hacia las cosas, pero fundamentalmente hacia los otros. A la inversa, podríamos pensar la “a-versión” del “encontrarse” como la intención de sustraernos a ese derrame, una retracción selectiva a la vez que infructuosa de las cosas y del mundo. Como el amor, el odio es un “encontrarse” social y político. Un estado, que se caracteriza por la a-versión descontrolada y las des-identificaciones compulsivas, que nos perturban, no ya de cara a los entes intramundanos –para seguir hablando con Heidegger–, sino frente a una presencia de carácter social y simbólico. Porque “toman mate, tiran la yerba, estaban reunidos con el perro que gritaba cerca de la pileta. Una cosa de cuarta categoría, de la Bristol de Mar del Plata. Quiero decirte que no soy Máxima Zorreguieta, la reina de Holanda, soy una mina normal”. La a-versión tiene algo en común con la noción de “hedor” de la que habla Rodolfo Kusch en América Profunda. Algo “adverso y antagónico” que produce en nosotros la presencia simbólica de lo indígena prehispánico, “cierta inseguridad que nos molesta”. Pero el hedor en todo caso estaría más cerca del miedo, “el miedo de no saber cómo llamar todo esto que nos acosa y que está afuera y que nos hace sentir indefensos y atrapados”, dice en su libro. Frente a él, nos refugiamos en la “pulcritud”. Quizás el hedor sea un encontrarse más cauto, inmóvil, interior acaso, menos agitado por los vientos de lo ad-verso. Hay, sin embargo, presencias que hieden. Pero mientras el hedor no tiene palabra, al odio le sobran, como podemos escuchar en el audio. Una primera pregunta es ¿qué odia el que odia? No conceptos, ni ideas ni valores, aunque existan conceptos, ideas y valores adheridos a ese modo de “encontrarnos”. No se odian ideas políticas, ni concepciones dominantes, ni siquiera ideologías, aunque existen ideologías que lo alientan. Las construcciones racionales vienen después y refuerzan la a-versión originaria. La letra de una canción muy conocida de Charly García lo dice mejor: “Qué importan ya tus ideales / qué importa tu canción / la grasa de las capitales / cubre tu corazón”. Antes que nada odiamos a “lo otro” en el mundo, lo “adversus”, lo que nos hace frente con una apariencia intrusa, amenazante, casi insolente, un estar ahí que desafía nuestra armónica y soberana instalación en lo social. “No me divierte estar en Nordelta, mirando el lago, viendo gente en una reposera de Mar del Plata en el muelle tomando mate. Para eso, no invertía doscientos mil dólares y me quedaba en mi propio campo o me compraba una casa”. El correlato objetivo del odio aparece investido por despojadas presencias, subjetividades individuales y colectivas, grasientas, in-mundas o guarras, representadas en tipologías sociales. El negro, el mapuche, el colla, la grasa militante, el cabecita negra. Porque “la grasa de las capitales no se banca más”. Si la pregunta es ¿a quién?, entonces nos asalta una conjetura: se odia a un estar ahí enfrente que se proyecta desde lo imponderable y asume la apariencia de lo in-forme, lo otro, aquello a lo que -a falta de una palabra que lo nombre- le ponemos encima un rosario de insultos. Una presencia perturbadora que vuelve inestable el mundo, que lo hace ser “menos”, ¿menos qué? Menos mundo. Porque lo tira abajo, le baja el precio, “porque es gente que viene de barrios no muy buenos”. Barrios no muy buenos, indica que la grieta tiene un despliegue territorial; quiere decir que existen barrios, locaciones, y aún provincias y regiones enteras “no muy buenos”, en las que arraigan presencias odiadas, indeseadas, sobrantes. Esta sería quizás una posible diferencia entre el odio y el rencor. El rencor es en todo caso el rechazo hacia “alguien” concreto, un individuo, de carne y hueso, biográficamente determinado, como lo hace ver una letra de tango de Julio Sosa. Es, para el caso, el desecho de un amor en ruinas, inolvidable al fin de cuentas. Por eso “rencor, tengo miedo / de que seas amor”. El odio, en cambio, es indiscriminado, no sabe de nombre propios y encuentra su correlato en un amplio espectro social, que se individualiza solo eventualmente. No viene del amor ni al amor vuelve, como el tango. Viene y regresa de sí mismo –y aun de más abajo– en un círculo irrompible. Si la pregunta es por el sujeto que odia, hagamos entonces otra conjetura: esta afección sucede en el pliegue entre lo voluntario y lo involuntario. La voluntad no lo promueve, pero tampoco hace esfuerzos por controlarlo, neutralizarlo o mitigarlo. La voluntad no lo ha buscado ni elegido, pero una vez “encontrado”, se deja llevar por su fuerza arremetedora y se coloniza bajo sus efectos insidiosos. En realidad viene desde más abajo, desde un horizonte emocional supra individual, una fuerza anónima y descontrolada. La voluntad no le pone frenos porque hay un goce secreto que no quiere negociar. Es el goce de “ser más”. ¿Ser más que quien? Ser más que aquellas intrusas presencias, bajo cierta determinación. El odio instala la cuenta de un más y de un menos, un debe y un haber, frente a ese estar ahí de intrusos. Entonces imputamos un haber en nuestra cuenta y una acreencia en la de otros. Instauramos una devaluación asimétrica. Porque “la gente es de décima categoría, yo no sé si los departamentos salen súper regalados, yo lo pagué doscientos mil dólares, vivo en Palermo Chico y el metro cuadrado está lo mismo. Yo creía que había otra onda más cool, relajada en el edificio”, según escuchamos en el audio. El que odia no quiere necesariamente la supresión sin más de las presencias odiadas, pero no la descarta cuando no quedan recursos. “Habría que matarlos a todos” es la expresión última, aunque lamentablemente frecuente, de cierta impotencia. El fusilamiento por la espalda a un joven por parte del oficial Chocobar o la masacre a Rafael Nahuel por parte de fuerzas del estado, son una posibilidad brutal, solo presente como último recurso cuando el agente no sabe de otras mediaciones. Lo que queremos es sacar esas presencias del medio. Se reprime a manifestantes para desplazarlos fuera de los espacios que consideramos propios, ilegítimamente ocupados, por lo tanto. Queremos separar esas presencias de los dones del mundo, desplazarlas, arrastrarlas hacia el sector más deshonroso de la escena o mandarlas en un “cohete a la luna” (lo dice el mismísimo Presidente, “si los pusiéramos en un cohete a la luna, el país cambiaria tanto”); vencerlas, doblegarlas, hasta que se allanen a un modo de ser reducido a las únicas condiciones que justifican su existencia: las que pone la subjetividad odiante. Se trata de hacer que el otro no sea lo que quiere, sino lo que “nosotros” queremos o nos conviene que sea, según nuestro arbitrario criterio sobre distribución de lugares y de bienes. Se trata de “domesticar” una presencia poco menos que salvaje. Les permitiríamos convivir en nuestro mundo en la medida en que se vuelvan “domésticos”, funcionales a un domo hegemónico. Ser “doméstica” es la única forma que la presencia odiada se vuelve parte de un entorno apacible. La “doméstica” es funcional y necesaria. Una estar ahí incómodo que hay que soportar para que el trato con los entes intramundanos sea menos fatigoso, para no perder ciertas comodidades. Pero la doméstica otrora funcional y necesaria, un buen día es una “pelotuda” para mandarla a “la concha de tu madre”. Con todo, hay presencias que se las piensan como correlatos “irrecuperables”, fieras salvajes que nunca se van a domesticar, para quienes sí cabe la eliminación, gatillo fácil, justicia por mano propia, ejecuciones sumarias de diversa índole, como el joven acribillado por Chocobar o como el mapuche Nahuel y por eso, vuelve el discurso de la pena de muerte. Él duranbarbismo corea: pena de muerte, la mayoría de la gente quiere pena de muerte. Entonces, a veces hay que matar. Si, a veces, solo a veces, pero hay que hacerlo. Siempre es mejor uno menos. Lo dice la “nueva” doctrina. En los bordes de un lado de la grieta está la muerte agazapada, como cumplimiento de un “deber”. El Presidente lo dice: cumplió con su deber de policía. De eso se trata, del deber. ¿Un deber universalizable como imperativo? Eso nadie se lo pregunta. Porque el odio además es un torrente que no admite mediaciones, disuelve todo lo que se interpone a su paso: convicciones, principios, valores, ideas racionales. Cuando odiamos declinamos, desplazamos y ponemos entre paréntesis todo arbitrio entre nuestro “encontrarnos” odiosos y su correlato objetivo, la presencia devaluada. Por él y en él colapsa toda idea racional de derecho. Hace del derecho un ardid de venganza. Por eso se dice que el odio enceguece. La ceguera es literal. El “encontrarnos odiosos” no ve, no ve nada, ni afuera ni adentro de nosotros mismos. El “encontrarnos odiosos” no distingue ideas, solo distingue presencias. “Qué importan ya tus ideales”. Pero el odio es dinámico, se propaga, se desborda, se contagia, va y viene de un sujeto a otro, hasta definir una topología social binaria en donde todo se distribuye en una organización de sentido antinómica: ellos y nosotros, la grieta, esa hendidura que parte en dos el leño de lo humano. Los motivos del odio son variables y arbitrarios y, al fin de cuentas, no forman parte de esta descripción. Se odia una presencia inoportuna. Lo inoportuno puede ser cualquier cosa, hasta la costumbre de tomar mate. En fin, el odio es la paradoja de pretender vivir en una sociedad política, cuando se ha abdicado de lo político. ¿Qué es la a-versión sino la contracción a un modo pre-político de ser en el mundo? Universalizar la máxima de amar al prójimo, puede llegado el caso, resultar un acto de violencia. O no. Pero un acto de amor es universalizar la pretensión de respeto, de reconocimiento, de comprensión de las diferencias a partir de lo común. Como dice Heráclio en su Fragmento 114: “quienes hablan con entendimiento deben mantenerse en lo que es común a todos, tal y como una ciudad se aferra a su ley, e incluso más fuerte”.

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