El futuro de las librerías

¿Cuánta riqueza irá a dar al sumidero?

Estamos viviendo la normalidad del futuro. Nada volverá a ser igual después de haber atravesado la experiencia pandemia. No por chiste llamé a la gestión de la crisis, Covid-capitalismo. Estamos en manos de la gobernanza del capital.

El cierre de librerías es un apocalipsis cultural, porque va de la mano del cierre de teatros, cines, salas de concierto, museos. Los espacios de la cultura son entonces campos de batalla. Están sometidos a los cambios, se adaptan a ellos ¿Qué pasa cuando el cambio es tan radical que lo pone en peligro de continuidad o lo amenaza con reset?

El local de la librería no puede subsistir ni justificar su existencia como depósito físico de la venta online.

La presencia de la comunicación y el intercambio digital ha cambiado lo que entendemos como experiencia, ha cambiado el tejido de nuestras relaciones.

Los espacios que ocupa y genera el libro ya venían siendo colonizados y transformados paulatinamente por las tecnologías, que proponían nuevas formas de relación entre las personas y con el objeto, y la circulación de la mercancía y el dinero. Pero éste abismo repentino ante el que nos encontramos podría ser una bisagra.

Queremos interrogarnos por ¿qué librerías, para quien y para qué? en los tiempos que se inician, porque cuando la cuarentena se haya licuado y hayamos regresado a la calle, esa ciudad que supimos habitar y su cultura van a estar reconfiguradas.

¿Hasta qué punto puede, debe o quiere alterarse el universo del libro? ¿Hasta dónde, en nombre de la salud pública y la prevención del contagio? ¿Existe otra gestión posible del cuidado que la impuesta desde los comités de expertos, el gobierno y la lógica del capital? ¿Se puede hablar de conflicto, resistencia, desobediencia, autonomía?

Para defender el libro de papel y la librería hay que ser conversador. Debemos situarnos en su dimensión irremplazable. La densidad corporal que encierra su materialidad como el hábitat efectivo para el encuentro entre personas, entre los cuerpos, donde se produce humanidad carnal, con objetivos tangibles en un momento preciso. Esto no puede darse sin interrogarse sobre las prevenciones sanitarias, sin entrar en conflicto con el temor inoculado a través de medios de comunicación, sin sobreponerse a las desconfianzas germinadas al calor del uso intensivo de las redes y la opinión desmesurada de los opinólogos. Una librería como un salvavidas hacia un mundo que ya no existe puede verse como una zona de riesgo irresponsable, como un acto obstinado para detener el progreso, como contaminación ante la servidumbre de la asepsia, y por tanto como una reafirmación de unas normas de humanidad que se pretenden dejar atrás. Cuanto más distancia social, más lejos de nuestra añorada vida hoy suspendida.

¿Qué relación viene tejiendo la librería con la herramienta digital? Las redes pueden ser la solución y también el problema. Si, prevención mediante, aceptamos la pausa de la librería, virtualizamos los espacios para el encuentro, nos adaptamos a la relación en plataformas digitales, a través de la pantalla, debemos saber que los cambios jamás vuelven atrás, mucho de lo incorporado comenzará a regir como regla. Simultáneamente resistir los cambios nos acorrala. La única resistencia con chances de prosperar es una propuesta creativa.

Lo virtual propone universalizar formas de sociabilización que ya estaban presentes. La librería persiste en una forma de contacto personal, plenitud de los sentidos, incluso modos que pueden no ser monetarizados, afectos, ofrece aquello que una página web no puede darnos: el beso, el abrazo, la risa, la compañía. Lo táctil es un valor añadido necesario.

Habíamos alcanzado una dimensión cultural donde la brevedad se imponía al tiempo, la ligereza al espesor, el surf por sobre la especialización, la secuencia ilimitada de pixels, el placer turístico y consumista. Ofrecer resistencia suena retrogrado, dejarse llevar parece un suicidio.

 

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