El fin de la adultez

Una reflexión sobre la minoría de la humanidad que más cosas tiene.

De 2005 a esta parte, se puso en un lugar prominente la vida disipada, un derrotero de videojuegos, películas livianas, música ‘simple’, contenido apto para todo público que apunta a los jóvenes pero es consumido, con ironía o nostalgia, por “adultos” que buscan rememorar sus infancias o adolescencias previas a internet.

El ejercicio de la memoria emotiva se revela como el negocio más rentable. En los juegos en línea, jugadores con edades que oscilan entre los 11 y los 40 y tantos años participan codo a codo. El hobby de algunos puede ser la futura profesión de otros: el campeonato mundial de League of Legends es un evento que hoy en día siguen millones de personas. Ocelote, una de las celebridades de LoL con un valor neto de un millón de dólares anuales, vaticinó en una entrevista radial que, de aquí a cinco años, los deportes virtuales serán parte de las olimpíadas. Y sú predicción tiene fundamentos: después de todo, pocos medios llegaron a niveles de desarrollo semejantes en tan poco tiempo como el de los videojuegos. Es una industria multimillonaria en la que co-existen la diversión y los juegos de mente, pero también cierta pericia estratégica, estructuras narrativas complejas, autores de renombre y un nivel decompetencia a la altura de cualquier evento deportivo profesional.

Que hoy en día se puedan encontrar artículos de análisis sobre los videojuegos, su impacto social y psicológico e incidencia en las generaciones modernas (evitaré deliberadamente la profética analogía entre Pacman y las tribus electrónicas) es lo que me lleva a imaginar que la adultez como la conocimos dejará de existir en breve.

A un nivel de economía de mercado, no hay ni que pensarlo. El segmento para adultos puede tener mayores ingresos en menor cantidad (automóviles, inmobiliarios, inversiones en la bolsa), aunque la toma de decisiones se basa en cierto raciocinio. Ok, nadie compraría un Bugatti Veryon pensando cuántos litros gastará por kilómetro, pero la gente que pueda acceder a a eso no está en el nivel socioeconómico que vale la pena mencionar. 1% no es suficiente. Quizás Bugatti pueda sostenerse en su exclusivo nicho de millonarios y pocas unidades de colección, pero los productos de lujo parece que dejaron de representar el zeitgeist aspiracional de la época. El pulso real del mercado lo marcan millones los que todos los días compran productos cuidados, pero accesibles; decisiones de menor peso racional, pero mayor carga empática. Una persona de 32 años hoy no tiene reparo en comprar un llavero de un gatito porque le parece tierno (si, fui yo, y lo haría de nuevo). Mecanismos adolescentes.

La lógica de este desarrollo resulta natural: desde su invención, allá por fines de los años ‘40, la adolescencia resultó el segmento de mercado perfecto. El culto a la juventud que nadie quiere perder. ‘I hope I die before I get old’, proclamó prematuramente The Who, demasiado tiempo atrás; en los ‘90s, Oasis reiteró el concepto: ‘You and I are gonna live forever’ y uno imagina que la vida eterna que afirma Noel Gallagher es una vida eterna en juventud. Muy pocas superbandas componen canciones sobre la decadencia y la muerte como consecuencia inevitable de la vida. A lo sumo, morirán en sus propios términos. La fascinación mórbida de cierta escena “gótica” es un nicho de mercado módico, nunca mainstream.

(c) 2005 Sony BMG Music Entertainment (UK) Limited

En Nueva York (desde donde escribo), es un lugar común burlarse de la cultura “hipster”, conformada mayormente por chicos blancos de clase media con aspiraciones urbanas: su desprecio por las ideas imperialistas a través de la exaltación de una vida artesanal, orgánica y natural contrasta notablemente con sus accesorios electrónicos marca Apple. Vale mencionar que marcas como American Apparel quisieron capitalizar en su línea de ropa el estilo ‘único’ que agrupa a todo hipster. Para vender su propuesta profundamente progresista, afirman que su ropa está ‘Hecha en los Estados Unidos’ (o sea, confeccionada por latinos). American Apparel, por el momento, corre el riesgo de desaparecer en un par de cuatrimestres, entre denuncias de explotación laboral. No toda ética es buen negocio.

Lo que resulta conmovedor es ver a chicos de veintipocos años, pura altivez y orgullo, lucir y manifestar una nostalgia estética y moral por décadas que jamás vivieron, sea mediante diseños, indumentarias, accesorios… puta, hasta yo mismo escribí este ensayo en un bloc de notas para sentir que produzco algo ‘real’ en lugar de tipear en mi computadora todo el tiempo. Esta mirada romántica de épocas que parecían más ‘simples’ es contagiosa. Todos añoramos algún momento que ya no volverá. A veces lo añoramos con tanta fuerza que hasta no parece ser una nostalgia ilusa. Pero lo es.

Nuestras infancias ‘felices’ son víctimas del mismo sesgo emocional que aplicamos a la biografía de Facebook (que solía llamarse muro, lo dejo asentado para futuros libros de historia sobre las redes sociales). El tiempo y la edad liman ciertas asperezas de nuestras historias íntimas, nos hace olvidar las áreas oscuras, y exaltar las luminosas. Los juegos, los amigos, las salidas, las borracheras, la alegría boba de no tener que pensar en nada que no quisiéramos pensar, el sexo, la amistad. El mundo siempre tuvo violencias abyectas e hipocresías mortales. Hoy en día, quizás lo único que haya cambiado es la velocidad en la que toda esa oscuridad llega a nosotros.

Es paradójico que a pesar de leer noticias de todo el mundo, elijo habitar esta ciudad entre cierta abundancia, sentado en mi sillón, escribiendo a mano sobre adolescencias omnipresentes en lugar de hacer algo por salvar un poco mi mundo. Procuro no demorarme demasiado paladeando las aberraciones del Estado Islámico en Medio Oriente, y doy poca bola a la reticencia de Europa occidental para recibir el aluvión de refugiados que ellos mismos generaron, mirando para el otro lado todos estos años. No me mueve un pelo la extensa violación a los derechos humanos que China precipita sobre su población para sostener su economía de mercado, ante la mirada severa pero inútil de la ONU, de manos atadas para operar sobre el mayor acreedor mundial. Para qué pensar en el abismo racial que inunda a los Estados Unidos, el odio latente, la cultura del miedo y de la paranoia que aglutina a cientos de millones de personas que realmente piensan que ‘nosotros’ somos distintos a ‘ellos’. Para qué, si acá en Brooklyn Heights parece que redescubrieron el café de filtro (drip coffee, le dicen) y me va a leer más gente si voy, comparo ese café de cuatro dólares con el otro café de acá a la vuelta, que también sale cuatro dólares, pero es de máquina italiana, y pregunto retóricamente ¿Este es el mejor café de Brooklyn?


¿Alguien sabe qué es ser adulto? Tengo mis dudas. Creo que es más fácil darse cuenta cuando dejas de ser adolescente. Para mí, sucedió cuando el mundo dejó de ser un lugar lleno de posibilidades, límpido y brillante, y pasó a matizarse con varios niveles de gris (mucho más interesantes), un desierto agridulce en el que aquí y allá aparecen algunos oasis de alegría, de seguridad, de amor. Los días en los que me olvido lo ansioso que estaba por ser adulto, recuerdo con nostalgia los años de mi adolescencia. Las decepciones ya no me afectan tanto, ni me siento morir cuando el mundo no es como yo pensaba. Tengo los recursos para darme gustos que de adolescente no me dí, pero prefiero emplearlos en gustos que, de adolescente, no tenía. Cada tanto juego algún videojuego de mi infancia (aún me enojo como cuando tenía 13 años, porque sigo jugando muy mal), veo dibujos animados, dibujo, leo historietas. Todo esto me hacen sentir bien, aunque generalmente me contento con cumplir con mis pagos, cocinar, poder dedicarme a mis actividades creativas, pasar tiempo con mi pareja y reír de todo lo más posible. Puede que sea una obviedad, pero me gusta sentirme mortal, obsceno, falible. Son maneras de sentirme humano, y creo que sentirse humano es lo opuesto de adolescer.

Reflexiono que la juventud es una etapa para eternizar al máximo nuestras emociones, el momento en el que el brillo de todo lo que somos se manifiesta hacia el vacío de la realidad, y emite su luz por siempre, aunque nosotros mismos, con el tiempo, nos apaguemos. Como la luz de las estrellas que vemos en la noche, fantasmas lumínicos de cuerpos que dejaron de existir hace mucho tiempo. Quizás haya que ser adulto para entender la juventud, y la comprensión encierra la ilusoria esperanza de revivirla, de algún modo, para tener presente el momento en que nos sentimos eternos. Aunque nunca, en realidad, lo fuimos.

Agradezcamos que la nostalgia, por ahora, es buen negocio.

Javier Güelfi
Nueva York, Septiembre de 2015.

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