El facismo revisitado

El triunfo de Jair Bolsonaro en las elecciones presidenciales del Brasil produjo una reacción en cadena de la comunidad intelectual latinoamericana y, particularmente, como no podía ser de otro modo, de la brasileña, así como con no menos intensidad de la de nuestro país, que ha empezado a sentir el aliento del lobo en la nuca.

No es para menos, las declaraciones provocadoras de Bolsonaro, de carácter militarista, sexista, xenófobo, racista, nos retrotraen en la historia reciente a los tiempos más oscuros de nuestra vida como nación. Las heridas aún están abiertas, las víctimas y sus victimarios siguen con vida en buena parte de los casos, y conviven de uno u otro modo dentro de las fronteras del país.

Hay un tono común denominador de los artículos sobre el caso brasileño: es el estupor. Parece como si sus autores no pudieran entender que lo que están contemplando es la realidad y no una pesadilla. Y ese estado de incredulidad que percibo en sus textos no deja de sorprenderme, siendo como son sus responsables pensadores con experiencia y conocimiento de la situación sociopolítica del mundo y, sobre todo, de su evolución, en particular a partir del colapso del régimen comunista de la Unión Soviética.

En el mismo momento en que la población de la Alemania del Este celebraba la recuperación de las libertades formales propias de la democracia liberal, entre los escombros del muro de Berlín se depositaba el huevo de la serpiente fascista.

 

El “fin de la Historia”

En ese momento el capitalismo tecno-financiero proclamaba, a través de todos los medios globales de que dispone, que la Historia del Hombre había llegado a su fin (Francis Fukuyama). De ahí en adelante el tiempo dejaría de fluir y la Historia se reduciría a la emergencia de acontecimientos en una suerte de eterno presente remansado en la presa del neoliberalismo económico-cultural. En ese hábitat homogéneo florecería un mundo igualitario, o al menos con igualdad de oportunidades provistas en la planicie de la red de redes global, todos cuyos nudos, equivalentes, estarían interconectados en tiempo real.

Los recursos escasos para satisfacer las necesidades infinitas de los seres humanos serían distribuidos por el mercado, el asignador racional más eficiente, con el fin de obtener el máximo incremento posible de la riqueza global de modo que todos resultaran beneficiados. Sin embargo, la distribución de esa riqueza no podría ser para todos igual porque ésta es una premisa injusta, ya que cada cual debe recibir la parte que le corresponde de acuerdo a sus méritos, a su esfuerzo y a la inversión más o menos eficiente de su capital personal. Buenas inversiones redundarían en aumentos de dicho capital individual.

 

La hegemonía del neoliberalismo.

Treinta años después de difundida la buena nueva, la realidad es muy diferente de la prometida: la desregulación de la economía ha tenido como efecto que la riqueza se concentrara cada vez más en menos manos y que la pobreza, y su cara extrema la miseria, hayan crecido comprobadamente. Todos los datos estadísticos, por otra parte provenientes de fuentes reconocidas y no denunciadas por el sistema de poder vigente, concuerdan en el diagnóstico. Consigno a título de ejemplo algunas cifras procedentes del “Informe de la Desigualdad Global 2018”, elaborado por un equipo de investigadores dirigido por Thomas Piketty, autor celebrado por su libro El capital en el siglo XXI, análisis monumental sobre la distribución universal de los patrimonios (ver www.elpais.com/elpais/2017/12/13/planeta_futuro/

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Según el informe del Laboratorio de la Desigualdad Global, en 1980, en Europa Occidental y los Estados Unidos, el 1% de la población situada en el vértice de la pirámide de ingresos percibía el 10% de la renta total de sus territorios. En 2016 el ingreso de esos privilegiados había crecido hasta el doble, 20%, en Estados Unidos y hasta un más modesto 12% en Europa Occidental.

Pero la regresividad no sólo se comprueba en la cumbre sino también en la base: en Estados Unidos, en 1980, el ingreso del 50% de la población con rentas más bajas era del 20% del total nacional, en tanto que en 2017 ese mismo sector de la sociedad percibía apenas el 13% del ingreso del país.

Por supuesto que la baja participación en la renta nacional de los más pobres en Estados Unidos, el país más desigual entre los países ricos, tiene consecuencias negativas, entre ellas la posibilidad de acceso a estudios superiores. Así, mientras el 90% de los hijos del decil más rico cursa estudios universitarios, apenas entre 20 y 30% del decil más pobre puede hacerlo.

El mismo proceso de degradación de la renta que perciben los estamentos más desfavorecidos de la población se ha verificado en los países que abandonaron el orden comunista. Uso como ejemplo el mayor de ellos y que constituye el origen y el centro del sistema, la antigua Unión Soviética, hoy su remanente: la Federación Rusa.

La renta de que se apropiaba en ese país el 20% de la población mejor remunerada alcanzaba en 1988 al 33,63% del ingreso nacional. En 2009 su participación había subido a 46,99%. Por el contrario, el 20% de la población que percibe los más bajos ingresos, en 1988 obtenía el 10.01% de la renta nacional, mientras que en 2009 apenas accedía al 6,46%.

(La fuente de estos datos es el Grupo de Investigaciones Sobre el Desarrollo del Banco Mundial).

Volviendo al informe del Laboratorio de la Desigualdad Global, cumple destacar que en el mismo se subraya que la desigualdad no proviene sólo de la inequidad en la distribución de los ingresos sino del patrimonio, es decir de los activos propiedad de los individuos.

En las últimas décadas, afirma el Informe, la apropiación de bienes ha sido aun más desigual que la de los ingresos. A escala mundial, el 1% más rico que en 1980 poseía el 28% de la riqueza mundial, en 2017 había aumentado su participación al 33%.

Sin embargo, el Credit Suisse publica unos datos aun más desoladores. Según su departamento de estadísticas el 2015 fue el primer año de la serie histórica en el que el 1% de la población mundial alcanzó a poseer la mitad de toda la riqueza del mundo; es decir que para el 99% restante de la población (unos 7.500 millones de seres humanos) queda el 50% restante. La enorme brecha entre el minúsculo grupo de privilegiados y el resto de la humanidad, lejos de suturarse a partir de la crisis de 2008 se amplía, lo que permite afirmar que de esa gran recesión han emergido ricos más ricos y pobres más pobres.

Friedrich von Hayek, Ludwig von Mises, economistas de la escuela austríaca; Theodore Shulz, Gary Becker, Milton Friedman, de Chicago, depositaron el huevo de la serpiente al final de la Guerra Fría. Fue cuando el mundo del capital celebró la derrota de su enemigo comunista dando por finalizados los Treinta Años de Oro del estado de bienestar. Caducó la aplicación de las teorías keynesianas que permitieron vivir mejor a las clases trabajadoras de los países desarrollados para conjurar la amenaza de que se vieran tentadas de abrazar las teorías del comunismo. Entonces los economistas del liberalismo, que devino en neoliberalismo cuando sus teóricos comprendieron que las decisiones humanas en materia económica no eran puramente racionales como postulaba la economía clásica, sino que estaban mediadas por las emociones, tomaron el mando.

Tras años de espera paciente y de formación de cuadros en las más prestigiosas universidades del mundo, los economistas neoliberales desembarcaron en los gobiernos y en todos los órganos decisorios nacionales y supranacionales, imponiendo sus postulados individualistas a ultranza. De eso se trata la “Teoría de la acción humana” de von Mises y la del “Capital humano” de Gary Becker, las que llevan sin escalas a la aceptación del darwinismo social, lucha en la que gana el más fuerte. Esta batalla, que en las sociedades menos estructuradas provoca la anomia social, conduce a la violencia del todos contra todos, propio del “estado de naturaleza hobbesiano”.

 

El fascismo rampante

La conmoción de los analistas ante el triunfo de Jair Bolsonaro en Brasil pareciera indicar que no estaban preparados para la reaparición en escena del fascismo. Es como si no hubieran tomado en cuenta que el fascismo es una enfermedad endémica, un virus latente que se reactiva cuando determinadas variables sociales se cruzan oportunamente propiciando el brote.

Pero, ¿qué es en realidad el fascismo?

Nadie mejor para decirlo que Umberto Eco, quien fue niño balilla, es decir miembro de los cuerpos militarizados infantiles de Mussolini.

En su conferencia titulada “El fascismo eterno” (Revista La Biblioteca. Cuarta época/Nº 2/Diciembre 2017), Eco viene a decirnos que “fascismo” es un térmico polisémico, aunque no en el sentido de que guarda en sí diversos significados, sino en el de que sirve para nombrar diferentes formas de sistemas totalitarios. Eco resalta que la denominación “fascismo” tuvo más éxito que otras, como “falangismo” o incluso, que la muy específica “nazismo”, para identificar regímenes autoritarios que tienen en común características distintivas importantes, pero que difieren por otras que no pueden considerarse menores. Por ejemplo, no fue lo mismo la España nacional-católica de Franco que la Italia de un fascismo que en sus inicios se manifestaba anticlerical y republicana, y después, durante veinte años, mantuvo un estrecha alianza con la iglesia y convivió con un régimen monárquico. También tiene sus peculiaridades la república totalitaria salazarista de Portugal y, por supuesto, más singular es el nazismo, no sólo por haber llevado hasta el último extremo una ideología totalitaria, racista y exterminadora de toda diferencia, sino porque su filosofía de la voluntad de poder y del superhombre era anticristiana y neo pagana.

Una de las razones decisivas para el éxito de la supervivencia, generalización y ubicuidad del término “fascismo”, aunque no la única, consiste, en palabras de Eco, ”en que el fascismo italiano fue la primera dictadura de derecha que dominó un país europeo, y que todos los movimientos análogos encontraron más tarde una especie de arquetipo común en el régimen de Mussolini. El fascismo italiano fue el primero en crear una liturgia militar, un folklore e, incluso, una forma de vestir”.

“El término ‘fascismo’ se adapta a todo” agrega Eco, “porque es posible eliminar de un régimen fascista uno o más aspectos, y siempre podremos reconocerlo como ‘fascista”.

En este sentido Eco elaboró una lista de características típicas que permiten identificar lo que él denomina “fascismo eterno”, es decir una ideología y voluntad de poder que, no importa las circunstancias históricas, está al acecho esperando el momento oportuno para asaltar el gobierno y someter a su arbitrio la voluntad de un país y las defensas de una sociedad.

Eco subraya que “basta con que una de esas características esté presente” para identificar un régimen como fascista.

Las características a que me refiero son las siguientes:

  1. Culto de la tradición, de los saberes arcaicos, de la revelación recibida en el alba de la historia humana encomendada a los jeroglíficos egipcios, a las runas de los celtas, a los textos sagrados, aún desconocidos, de algunas religiones asiáticas.
  2. Rechazo del modernismo. La Ilustración, la edad de la razón, se ven como el principio de la depravación moderna. En este sentido, el Ur-Fascismo (o fascismo eterno) puede definirse como irracionalismo.
  3. Culto de la acción por la acción. Pensar es una forma de castración. Por eso la cultura es sospechosa en la medida que se la identifica con actitudes críticas.
  4. Rechazo del pensamiento crítico. El espíritu crítico opera distinciones, y distinguir es señal de modernidad. Para el Ur-Fascismo, el desacuerdo es traición.
  5. Miedo a la diferencia. El primer llamamiento de un movimiento fascista o prematuramente fascista, es contra los intrusos. El Ur-Fascismo es, pues, racista por definición.
  6. Llamamiento a las clases medias frustradas. En nuestra época el fascismo encontrará su público en esta nueva mayoría.
  7. Nacionalismo y xenofobia. Obsesión por el complot.
  8. Envidia y miedo al “enemigo”.
  9. Principio de guerra permanente, antipacifismo.
  10. Elitismo, desprecio por los débiles.
  11. Heroísmo, culto a la muerte.
  12. Transferencia de la voluntad de poder a cuestiones sexuales. Machismo, odio al sexo no conformista. Transferencia del sexo al juego de las armas.
  13. Populismo cualitativo, oposición a los podridos gobiernos parlamentarios. Cada vez que un político arroja dudas sobre la legitimidad del parlamento porque no representa ya la voz del pueblo, podemos percibir olor de Ur-Fascismo.
  14. Neolengua. Todos los textos escolares nazis o fascistas se basaban en un léxico pobre y en una sintaxis elemental, con la finalidad de limitar los instrumentos para el razonamiento complejo y crítico. Pero debemos estar preparados para identificar otras formas de neolengua, incluso cuando adoptan la forma inocente de un popular reality show.

El camino hacia el neofascismo

En Europa

Decía al principio de estas líneas que me había sorprendido la reacción de numerosos intelectuales, brasileños, argentinos y de muchas otras partes del mundo que, a través de los numerosos artículos que han publicado en los medios, traslucen un estado común de estupor, además también del lógico temor y ansiedad, por la llegada al poder del mayor país del continente americano  al sur del Río Bravo de un candidato que se postuló con premisas explícitamente fascistas.

Creo que mi sorpresa está justificada porque desde hace treinta años, a partir de la caída del Muro de Berlín, el fascismo rampante ha crecido en presencia y poder, sobre todo en Europa, y esta evolución ha estado perfectamente a la vista de cualquier observador interesado, y se presume que mucho más, ante la mirada crítica de politólogos, sociólogos y filósofos. En particular porque la ofensiva fascista cobra nuevos bríos a partir de la crisis sistémica de 2008 y la salida de ella. (Aún no se ha terminado de salir de una crisis que puede reagravarse en cualquier momento si desequilibrios globales indujeran el estallido de las incipientes burbujas que se han ido inflando como remedio tóxico con que se pretendió solucionar la crisis. Esto es así porque los gobiernos optaron por una solución pro financiera y de austeridad social.)

Pero aun antes de la crisis económica se produjeron acontecimientos que dieron excusa para intensificar la tendencia autoritaria de las políticas globales, en particular el atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001.

El deterioro del estado de bienestar en Europa alentó progresivamente el crecimiento de propuestas con brotes totalitarios y, por lo tanto, excluyentes, típicas de la ideología fascista. Promesas de crecimiento con tintes nacionalistas; bienestar de fronteras adentro con alegatos a favor de la pureza de la raza blanca que pone en cabeza del diferente el origen del mal. Discriminación del inmigrante agravada a partir del éxodo causado por la guerra de Siria, que se sumó a la sangría permanente de origen económico proveniente de África. Es decir, un desvío del objetivo de la causa real de la pobreza y de la exclusión, que no es otra que la acumulación neoliberal de la riqueza cada vez más concentrada en una minoría. A cambio, la ultraderecha identifica como enemigo al inmigrante que “le quita el trabajo al nativo”.

Ante este estado de cosas, en la sociedad aparecen y se fortalecen las propuestas de extrema derecha a ambos lados de la antigua “cortina de hierro” o “telón de acero” como se la denomina en Europa.

El más temprano y con más entidad electoral fue el Frente Nacional fundado en 1972 por Jean-Marie le Pen en Francia. Este último llegó a disputar el balotaje en las elecciones presidenciales de 2002, perdiéndolo ante el conservador Jacques Chirac, en quien se concentraron los votos de todo el arco democrático hasta la izquierda ante el temor que suscitó Le Pen. La sucesora de Jean-Marie, su hija Marine le Pen, llegó también a la segunda vuelta en las elecciones presidenciales de 2017 en las que perdió ante Emmanuel Macron.

En Italia, en la actualidad, gobierna el país una coalición entre el Movimiento Cinco Estrellas del cómico Beppe Grillo, que se presenta como la “antipolítica” y la ultraderechista Liga Norte, representada por Matteo Salvini. No obstante, tan pronto como en 1994 llega al poder en Italia Silvio Berlusconi, con el apoyo de la misma Liga Norte, entonces comandada por Umberto Bossi y la Alianza Nacional, partido neofascista, representada por Gianfranco Fini que tiene por antecedente al Movimiento Social Italiano de Alessandra Mussolini, nieta del “duce”.

Berlusconi, como magnate de los medios crecido al calor del Partido Socialista de Bettino Craxi, llega al poder con su partido personalista, que llamó Forza Italia, con el lema de ser el representante de la nueva política o, mejor aun, de la antipolítica, para llenar el vacío que dejara la operación purificadora llamada “Mani pulite”.

Operación dirigida a limpiar la política de partidos, nacida de la postguerra, de su corrupción endémica, incluido el vínculo de la Democracia Cristiana con la mafia siciliana. “Mani pulite” consiguió resultados, incluso con la condena de personajes de renombre como Giulio Andreotti, pero a su paso dejó tierra arrasada y el oportunismo de Berlusconi ocupó el vacío con su gobierno hecho a su medida personal y de sus negocios. Su elenco gobernante se formó con los gerentes de sus empresas que pasaron sin escalas de CEOs a ministros. Un gobierno de derecha con tintes autoritarios que derivó en su último período (2008-2011), a causa de su déficit y endeudamiento, hacia el ajuste ortodoxo y hacia políticas típicas de la derecha fascista como la de rechazo ideológico del inmigrante.

El Fidesz de Viktor Orban en Hungría, el Partido Ley y Justicia en Polonia, comandado por Mateusz Morawiecki, ex gerente de una filial del Banco Santander en Polonia, son partidos de extrema derecha que están limitando los alcances de la democracia en sus países con reformas legales de carácter totalitario. A tal punto han llegado, que han producido la reacción de la poco activa Comisión Europea que les ha exigido dar marcha atrás en las reformas, aunque difícilmente logre doblegar la tenacidad con que perseveran en su inclinación autoritaria.

Otros partidos europeos con tendencias fascistas son el Partido de la Libertad en Austria y la Alternativa para Alemania en el Bundestag. En total, en la actualidad, la extrema derecha está presente en diecisiete parlamentos nacionales de la Unión Europea que incluyen ocho de las diez mayores economías del bloque. En siete países ha entrado al poder ejecutivo o lo apoya desde fuera. En dos países gobierna en solitario.

En América Latina

El deslizamiento hacia el conservadorismo autoritario y, en último extremo, hacia el fascismo, ha seguido un proceso diferente en nuestro continente americano.

Una breve digresión previa para señalar que la evolución en los Estados Unidos es inseparable de la evolución en el mundo porque las políticas de la todavía primera potencia mundial tienen consecuencias universales que experimentamos todos los habitantes del planeta. Así, los claros avances sobre las libertades individuales que significaron las prácticas policiales implementadas a partir del atentado contra las Torres Gemelas son palpables para cualquier ciudadano del mundo que debe abordar un avión o cruzar una frontera. Particularmente la sufren los que profesan la religión islámica en general y, sobre todo, los nativos de países árabes que no pertenezcan al círculo de aliados de los Estados Unidos, entre estos últimos Arabia Saudita como expresión paradigmática.

Volviendo a América Latina, este continente ha seguido su propio proceso histórico. En los países que emergieron de las dictaduras impuestas en complicidad con la potencia del norte se establecieron democracias débiles que debieron pactar con las fuerzas cívico-militares salientes, como ocurrió en Chile, en Brasil o en Uruguay. En el caso de nuestros vecinos los regímenes de facto se retiraron en orden y con espíritu victorioso, dejando tras de sí una economía más o menos estable (la justicia distributiva no entraba en juego). Por lo tanto se permitieron hacerle a la sociedad civil la “concesión” de devolverle el poder, sujeto a limitaciones y condiciones no negociables. Argentina constituye una singularidad. La confabulación cívico-militar que asaltó el poder en 1976 no decidió cuando retirarse, fueron sus fracasos los que la obligaron a hacerlo. En primer término la derrota militar en las Malvinas y, tan importante como eso, el derrumbe de su plan económico, en relación con el cual la guerra no fue más que una cortina de humo brutal y torpe que intentó taparlo.

Pese a ello, el primer gobierno civil, el de Raúl Alfonsín, también fue un gobierno débil, jaqueado por los alzamientos “carapintada” y obligado a hacer concesiones a los militares (Leyes de Punto Final y de Obediencia Debida).

En Chile los gobiernos civiles se encontraron con un sistema socioeconómico neoliberal puesto en marcha por los “Chicago boys” de Milton Friedman, quien convenció al dictador Pinochet para su implementación. En Brasil, los militares, con su pensamiento desarrollista más alejado del neoliberalismo, dejaron al poder civil una industria importante que otorgaba a su país el lugar indiscutible de primera potencia latinoamericana.

En Argentina, la retirada táctica de los mentores del programa neoliberal comandado por Martínez de Hoz durante la dictadura, mantuvieron el poder fáctico, suficiente como para desestabilizar las tibias políticas progresistas del comienzo del gobierno de Alfonsín, obligándolo a aplicar un programa de ajuste y finalmente a su renuncia cuando desataron la hiperinflación.

Para nosotros, argentinos, esta es historia conocida, así como lo es la cooptación que la derecha hizo de un líder popular peronista, Carlos Menem, para que éste engañara a sus votantes y, traicionando su programa de campaña, pusiera en marcha la continuación y perfeccionamiento del plan ultraliberal de aquélla  que llevó finalmente, Alianza mediante, a la mega crisis de 2001-2002.

 

Intervalo

Como en las películas de larga duración, en la primera década del nuevo siglo los pueblos de Latinoamérica, en buena parte de sus países, gozaron de un intervalo para refrescarse y tomar aliento. Llegaron al gobierno proyectos que, con características propias, con particularidades acordes con la idiosincrasia y condiciones nacionales tenían, no obstante, en común, unas ideas de progreso que coincidían, básicamente, en el objetivo de desarrollar el país para mejorar la vida de las mayorías populares.

Así llegaron al poder, por vía de las urnas, Néstor Kirchner en Argentina, el Frente Amplio en Uruguay, Lula en Brasil, Rafael Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia, Fernando Lugo en Paraguay y Chaves, que provenía de la década anterior, en Venezuela.

La aparición de estos líderes de modo contemporáneo no sólo significó la adopción de políticas progresistas, sino un enfoque diferente para América Latina, no basado en la confrontación entre sus países, como había sucedido con desgraciada frecuencia en el pasado, sino en la cooperación.

En un rápido inventario reseño las medidas de integración regional más relevantes que se adoptaron en el período en que ellos gobernaron:

-Se refuerza el Mercosur. Se incorpora Venezuela y Bolivia inicia el procedimiento para hacerlo.

-Se crea la Unasur (Unión de Naciones Sudamericanas) el 8 de diciembre de 2004.

Entre las acciones desarrolladas por la Unasur debe señalarse su intervención, en 2010, con Néstor Kirchner como su primer Secretario General, para detener la escalada del conflicto que amenazaba con una guerra entre el gobierno conservador de Colombia y la República Bolivariana de Venezuela. También fue decisiva la intervención de la Unasur para abortar los golpes de estado en Ecuador y en Venezuela, así como para evitar la segregación territorial en Bolivia por la rebeldía de los departamentos de la “Media Luna”, los orientales de Beni, Pando y Santa Cruz, y el sureño Tarija.

En otros importantes temas como el de la libre circulación de personas entre los países integrantes, debe mencionarse la facilidad para cruzar las fronteras sin necesidad de pasaporte, con la simple exhibición del documento de identidad nacional.

-Se funda el Banco del Sur (9 de diciembre de 2007).

-Se crea la emisora de televisión Telesur (Enero de 2005); medio para contar con una alternativa al flujo Norte-Sur de la información.

-Argentina se acerca a los Brics, grupo cooperativo de países integrado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. Se busca una vía hacia la multipolaridad, como medio para reducir la dependencia de la potencia hegemónica, Estados Unidos.

-Se crea la Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños). (Febrero de 2010).

-Uno de los hitos más importantes, no sólo por sus beneficiosas consecuencias económicas para las naciones del subcontinente sino por su simbolismo, se plantó en la “IV Cumbre de las Américas” celebrada en Mar del Plata el 5 de noviembre de 2005. Ese día los presidentes Néstor Kirchner, de Argentina, Ignacio Lula Da Silva, de Brasil, Tabaré Vázquez de Uruguay, Nicanor Duarte Frutos de Paraguay y Hugo Chaves de Venezuela pronunciaron el “¡No al ALCA!”, la Asociación de Libre Comercio de las Américas ante George Bush hijo.

Fin del descanso para la asistencia. Sigue la película

Antes de internarme en la segunda parte del “thriller”, hago una pequeña digresión para referirme a la América sajona, limitándome por razones de coherencia narrativa sólo al caso de los Estados Unidos.

Ya he mencionado al pasar las implicaciones globales de la intensificación del carácter policial de la política de la potencia hegemónica. Digamos ahora dos palabras acerca de las instituciones al interior de los Estados Unidos. Por supuesto que es una realidad histórica que la democracia americana es la de más antigua data entre las naciones hoy existentes. Nacida hace más de dos siglos, se ha mantenido sin interrupciones hasta el presente. Pero no es una democracia sin imperfecciones. No me detendré en la financiación de los partidos políticos que, al permitir los aportes de las empresas, otorga ventajas a los candidatos que mejor representen los intereses de aquéllas. Por otra parte ha habido elecciones sospechadas de fraude, la más notable la que dio por ganador a George Bush hijo en el año 2000. Bush llevaba una ventaja mínima de alrededor de quinientos votos sobre el demócrata Al Gore en el estado de Florida -cuyos delegados eran decisivos para la mayoría del colegio electoral que elige el presidente- estado del cual era gobernador el hermano de Bush. Jeb. Los demócratas denunciaron irregularidades en el voto electrónico y solicitaron el recuento manual de las boletas, pero la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos, compuesta por nueve miembros, ordenó la suspensión del recuento cuando la diferencia se había reducido a trescientos votos, gracias a la mayoría de sus cinco miembros conservadores.

Algo más drástico es el modo que ha tenido el país para deshacerse de presidentes que no resultaban del agrado de personas o grupos de poder: el asesinato. No en todos los casos se ha llegado a conocer con certidumbre las causales de los atentados.

Cuatro presidentes fueron asesinados; el primero de ellos Abraham Lincoln en 1865 y el último John Fitzgerald Kennedy en 1963. Otros nueve consiguieron sobrevivir a los atentados, entre ellos Franklin Delano Roosevelt en 1945 y Ronald Reagan en 1981.

Pasando la escoba en el patio trasero

Cuando el poder de los Estados Unidos se dio un respiro para desviar la mirada de sus intereses estratégicos en Medio Oriente –guerra, petróleo-, tal vez alertados por el “¡No al ALCA!”, volvieron a pensar con preocupación en su patio trasero descuidado que va desde el Río Bravo de su frontera con México hasta la Antártida. Decidieron entonces iniciar operaciones estratégicas, enérgicas y perseverantes.

He aquí un sumario:

-11 de abril de 2002. Intento precoz de golpe de estado fallido contra Hugo Chaves en Venezuela.

-Septiembre de 2008. En Bolivia, intento secesionista de los departamentos de la “Media Luna”, Beni, Pando, Santa Cruz y Tarija. Sofocado con la intervención de la Unasur.

-28 de junio de 2009. En Honduras las fuerzas armadas penetran en el domicilio del presidente Manuel Zelaya y lo expulsan del país. Se designa presidente interino al presidente del Congreso Roberto Micheletti. Más allá de las argumentaciones leguleyas de los golpistas, la verdadera razón del golpe fueron las políticas progresistas adoptadas por el presidente constitucional Zelaya, no obstante haber llegado a la primera magistratura como representante del Partido Liberal de ideología conservadora.

-30 de septiembre de 2010. Levantamiento de la policía nacional de Ecuador contra Rafael Correa. Abortado.

-22 de junio de 2012. Golpe parlamentario en Paraguay. Con la excusa de la masacre de Curuguaty, donde murieron campesinos y policías, presuntamente provocada por la derecha terrateniente, se responsabilizó de ella al presidente Fernando Lugo y el parlamento lo destituyó en un juicio político “express”, sin dar tiempo al mandatario acusado para defenderse. Asume la presidencia el vicepresidente Federico Franco del Partido Liberal Radical Auténtico que gobernaba con el partido de Fernando Lugo.

-31 de agosto de 2016. En Brasil se consuma la destitución en juicio político de Dilma Rousseff del Partido de los Trabajadores (PT). Sin cargos de corrupción ni de mal desempeño en su contra, se la destituye por haber reasignado partidas presupuestarias, práctica habitual de todos los poderes ejecutivos en los sistemas democráticos. Asume el vicepresidente, Michel Temer del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), que gobernaba en coalición con el PT. Michel Temer está acusado y está siendo juzgado por corrupción. El coordinador del golpe parlamentario fue el presidente de la cámara de diputados, Eduardo Cunha, hoy preso y condenado a veinticuatro años y diez meses de prisión por corrupción.

El golpe de estado en Brasil, iniciado con el juicio político a Dilma Rosseff, produjo la desestabilización del sistema institucional del país, proceso que se consumó con el encarcelamiento, por orden del juez Moro, de Lula da Silva el 7 de abril de 2018. Moro, cabeza visible de la operación judicial denominada “Lava Jato”, condenó a Lula sin pruebas; para hacerlo el juez se basó en su “íntima convicción”, retrotrayendo el sistema judicial del procedimiento objetivo de la prueba, propio del estado de derecho, a la “razón moral” de la Inquisición. El fin de la conspiración urdida entre los empresarios, medios masivos, jueces y políticos, fue separar a Lula de la contienda electoral. Las encuestas lo daban ganador con un mínimo del 40% de las preferencias. Su exclusión permitió acceder a la presidencia al candidato fascista Jair Bolsonaro, que lo seguía en la intención de voto con no más del 20%.

-Tal vez el caso más paradigmático de la ofensiva contra los gobiernos populares de América Latina emprendida por los Estados Unidos sea el de Ecuador.

Lenin Moreno, el que fuera vicepresidente de Rafael Correa, ganó las elecciones presidenciales en 2017 frente al candidato conservador, Guillermo Lasso, miembro de una de las familias patricias de Ecuador. Lo hizo por algo más de dos puntos, a la cabeza de la fórmula de Alianza País, el partido de Rafael Correa que le prestó todo su apoyo en la campaña.

Sin embargo, inmediatamente después de instalarse en el gobierno, Lenin Moreno pactó con la oligarquía local y las multinacionales otorgándole la condonación de sus deudas con el fisco, mientras que el poder judicial iniciaba la persecución de los miembros del anterior gobierno. De resultas de ésta, el compañero de fórmula de Moreno, Jorge Glas, antiguo militante de la Alianza País de Correa, fue condenado por presunta corrupción vinculada con la constructora brasileña Odebrecht y puesto preso. Al propio Correa se la ha dictado la prisión, por lo que ha solicitado el asilo de Bélgica, país donde reside y de donde es oriunda su esposa. Correa afirma que su pedido de captura es una maniobra de Moreno para impedirle que vuelva al país y pueda reintegrarse a la lucha política.

Al mismo tiempo el Tribunal Arbitral Internacional de La Haya falló contra Ecuador y a favor de Chevron, declarando inaplicable por irregularidades la sentencia de un tribunal ecuatoriano que había condenado a la petrolera a pagar una multa de 9.500 millones de dólares en la demanda por la contaminación ambiental de la Amazonia. Ésta ha sido contaminada desde hace treinta años en una superficie similar a la de la república de El Salvador; así también, a consecuencia de los desechos tóxicos, se han diseminado enfermedades entre la población y producido muertes en casos comprobados que afectaron a, por lo menos, 30.000 habitantes de la región.

El shock Bolsonaro

Comencé estas líneas manifestando mi sorpresa ante el tono de los innumerables artículos que se escribieron a consecuencia del triunfo, amplio por otra parte, de Jair Bolsonaro, en las elecciones presidenciales de Brasil. Todos los textos dejaban traslucir un estado de estupefacción, como si sus autores no lograran comprender o aceptar que lo que había pasado pudiera haber pasado.

Tras el repaso de la evolución que han tenido los asuntos del mundo, en particular en Europa y América Latina, a partir de la caída del Muro de Berlín en 1989, no parece que tengamos derecho a sorprendernos por haber llegado a este punto. La deriva hacia el fascismo del régimen capitalista no tiene por qué sorprender a nadie; por el contrario, como un poco más adelante intentaré explicar, el fascismo es la estación terminal del capitalismo, sobre todo de esta etapa tardía, la del capitalismo financiero. Pensé entonces que la causa del shock era el carácter grotesco del personaje “Bolsonaro”. Sin embargo, dos años antes, otro fantoche llegó a la presidencia de su país, los Estados Unidos; y si el estado de estupor provenía de la prevención ante la capacidad desestabilizadora de un presidente agresivo, grosero y provocador de la primera potencia regional, mucho más peligrosa es la figura de un presidente agresivo, grosero, provocador e inmaduro al frente de la primera potencia del mundo. Es verdad que trascendió la versión de que Bolsonaro estaría dispuesto a atacar militarmente a Venezuela; pero no es menos cierto que Donald Trump, a poco de asumir su cargo manifestó pública y abiertamente que estaba dispuesto a destruir hasta hacer desaparecer del mapa a Corea del Norte si ésta no plegaba su política a sus deseos. Si el ataque se concretara, me temo, con el aval del pensamiento de politólogos con mucho más créditos que yo, que sería difícil impedir el estallido de la tercera guerra mundial.

Bolsonaro es grotesco, de eso no hay dudas, y Trump también lo es. Pero Mussolini era grotesco,  así como lo era Hitler y, sin embargo, fueron amados por sus pueblos; Italia y Alemania se arrojaron en los brazos del amor pasional por sus líderes grotescos.

Entonces me dije que la causa del estupor de los analistas era más profunda y más sutil que el choque brutal con el esperpento. El destilado de beleño de la propaganda creo que caló en el subconsciente de, incluso, numerosos teóricos críticos. Se trata del lugar común aceptado a nuestro pesar, es decir de forma acrítica, acerca de que el sistema político connatural del capitalismo es la democracia liberal. Y eso no es así.

Con la idea-eslogan del “fin de la Historia” se instaló el postulado, o sea el principio no necesitado de demostración, de que con la implosión del comunismo realmente existente y el señoreo del capitalismo como programa socio-económico-cultural y global se había alcanzado la perfección del sistema.  En éste se atribuye al mercado el papel de asignador óptimo de recursos; se asume que internet es el medio igualador de democracia cibernética; se pretende organizar un mercado global con libre circulación de mercancías, capitales, información y, eventualmente, personas; y se cuenta con la cobertura filosófica de la postmodernidad con su acento puesto en el presente y en la simultaneidad de acontecimientos gracias al “tiempo real” de la informática y a la rapidez creciente de las comunicaciones. A lo sumo, el sistema, necesitaría de ajustes menores cuando alguna de las variables, por causas no previsibles, se saliera de caja. En definitiva, habíamos ingresado a la era de la expansión sin límites, del progreso eterno, por la vía del libre comercio y las finanzas globales. La creación infinita de productos financieros derivados y la ilusión de la riqueza que crece geométricamente es un buen paradigma del estado de ánimo del “fin de la Historia”. Esa idea, la del capitalismo final y la democracia liberal establecida inficionó la sangre de todos nosotros. El estallido de la burbuja de las hipotecas subprime y su diseminación global tóxica, paralelo virtual de la explosión de la central de Fukushima y su expansión contaminante que es su contraparte concreta, puso fin a la utopía.

Suturadas malamente las heridas, con muchas víctimas ya no clasificables en virtuales o reales porque en definitiva todo termina en personas físicas, la crisis fue un serio llamado de atención que, tras la conmoción inicial, dio paso a pseudo soluciones que sólo consiguieron patear el problema para adelante. Se trató, en realidad, de aumentar la dosis para el sistema drogadicto. Y la fiesta continúa.

En el capitalismo tecno-financiero el fascismo no es una contingencia desagradable sino que su evolución hacia el fascismo es ineluctable. Un régimen de concentración de la riqueza en pocas manos, discriminador, injusto, puede mantener la ilusión temporalmente mediante la propaganda, pero cuando se hace económica y socialmente insustentable debe recurrir a todas las argucias políticas propias del fascismo para desviar la atención popular y, definitivamente, al autoritarismo y la represión.

La sorpresa, entonces, no es el grotesco de Bolsonaro sino la comprobación en los hechos de que la vuelta al fascismo, que se creía definitivamente muerto y enterrado tras la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial –también se la denominó “triunfo de la democracia”- es una realidad.

El fascismo suele ofrecer salidas “populistas” (uso aquí el término en su sentido europeo, de derecha; no en el latinoamericano que alude al progresismo) que venden bien entre las clases desfavorecidas. Critica la plutocracia, el imperialismo, se muestra como pro nacionalista y llama a la concertación social dando a su inclinación autoritaria un matiz de corporativismo pequeño-burgués propiciador de la alianza de clases. Se muestra chauvinista y xenófobo, enfrenta a los pobres propios con los pobres inmigrantes estimulando un conflicto de pobres contra pobres. En ningún caso confronta al poder capitalista ni a las bases del sistema porque, en definitiva, régimen fascista y capitalismo son aliados naturales: las grandes empresas alemanas pactaron, sostuvieron e hicieron pingües negocios con el nazismo. Las grandes corporaciones británicas no tuvieron ningún escrúpulo para comerciar con el régimen nazi hasta el momento mismo del estallido de la conflagración y, según se sospecha, aun después. Los chivos expiatorios a los que acude el fascismo son los enemigos fabricados por sus servicios de inteligencia. Serán los judíos y los comunistas, los inmigrantes subsaharianos y los refugiados sirios, los bolivianos y los paraguayos, los kurdos, los musulmanes, los narcotraficantes del menudeo, los terroristas mapuches.

Los Estados Unidos se distrajeron durante años en el conflicto por ellos creado en Medio Oriente a causa del petróleo. Descuidaron su patio trasero. Hoy, cuando ven amenazada su hegemonía, abandonan el mito de la globalización y se encierran tras sus fronteras, vuelven a ocuparse de sus fronteras extendidas de América Latina. Derrocan gobiernos populares con ínfulas de independencia, instalan nuevas bases militares y avanzan sobre las reservas de un continente rico en materias primas: cobre, litio, petróleo, oro, maderas preciosas, agua. O sea, desempolvan la doctrina Monroe de “América para los americanos” (los americanos para la doctrina Monroe son los del norte) que se había abandonado transitoriamente durante el gobierno de Obama.

Mani pulite fue una operación judicial destinada a limpiar de corrupción la política italiana de partidos. Sus consecuencias, como hemos visto más arriba, no fueron tan felices como pretendió su impulsor el juez italiano Antonio Di Pietro, ya que en el vacío dejado por los partidos se estableció la nueva corrupción de Silvio Berlusconi.

El Lava Jato brasileño, que quiso instalarse a imagen y semejanza de Mani pulite, fue menos limpio de origen. En la operación coincidieron los propósitos de los grandes empresarios, los mass-media y todo el arco político opositor al Partido de los Trabajadores, de deshacerse del PT a como diera lugar, con el afán de protagonismo de un oscuro juez de provincia, Sergio Moro, Es decir, que el objetivo trasparente fue destruir un gobierno popular. Pero hay algo más.

Analistas serios, no sospechados de sensacionalistas, aventuran una teoría que sostiene que la embestida del “lawfare” (apócope de “law” y “warfare”, ley y guerra, o sea “guerra jurídica”) no es sólo política -es decir una gran operación urdida por los servicios de inteligencia de los Estados Unidos con la colaboración de los poderes colonialistas de Latinoamérica para dinamitar el poder de los partidos populares que gobernaron a partir de la primera década de este siglo en los países de nuestro continente- sino también económica. Según esta interpretación de los tiempos que estamos viviendo, el objetivo más solapado de las operaciones judiciales serían las grandes empresas latinoamericanas como Odebrecht, Petrobras, JBS-Friboi, en Brasil o Techint en Argentina, que han alcanzado una entidad que les permite enfrentar de igual a igual a sus competidores del primer mundo. El enjuiciamiento y encarcelamiento de sus directores ejecutivos y el desprestigio consiguiente, permite desplazarlas del juego de mercado a la vez que provoca el hundimiento del valor de sus acciones en las bolsas mundiales.

En Brasil, el fascismo neoliberal de Jair Bolsonaro, precedido por el neoliberalismo corrupto de Michel Temer, mediante la operación del lawfare lleva a la entrega del patrimonio nacional y al debilitamiento de sus multinacionales que, durante el gobierno del PT, ya estaban compitiendo a nivel global.

El precio de las acciones de JBS-Friboi, la más grande productora y exportadora de productos cárnicos del mundo, se desplomó cuando sus dueños, los hermanos Batista, admitieron en 2017 haber pagado coimas a la política comprometiendo como beneficiario al propio presidente en ejercicio, Michel Temer.

La constructora Odebrecht ha perdido valor en bolsa y contratos desde que su presidente Marcelo Odebrecht fue encarcelado en 2015 por delito de cohecho.

En el caso de Petrobrás el deterioro patrimonial y de prestigio de la empresa comenzó en 2014 con la apertura por el juez Sergio Moro de la causa por corrupción bautizada como “Petrolao”. En 2018 las acciones de la empresa sufrieron un nuevo golpe,  hundiéndose,  cuando su presidente, Pedro Parente, renunció a causa de que el gobierno lo obligó a retrotraer el aumento del gasoil resistido por una huelga de camioneros.

La caída del valor en dólares de estas empresas facilita su adquisición por competidoras del primer mundo. ¿Ocurrirá lo mismo con compañías argentinas, en particular con la multinacional Techint, gracias al caso de las fotocopias de los cuadernos que investiga el juez Claudio Bonadío?

Para hacerse una composición de lugar conviene repasar un asunto de un pasado relativamente cercano. En los años ochenta del siglo pasado se produjo la crisis de la deuda de los países en vías de desarrollo. La génesis de la misma se remonta a otra crisis: la del petróleo de los años setenta. La brusca subida del precio del barril dirigió un enorme flujo de dólares hacia los países productores. Los llamados “petrodólares” remontaron la corriente y volvieron a los bancos del primer mundo y, en particular, a los de los Estados Unidos. Esta gran liquidez condujo a los bancos a buscar colocaciones rentables para sus fondos; pusieron la mira en los países en vías de desarrollo, ávidos éstos de dinero fresco para enjugar los saldos de sus presupuestos deficitarios. Los bancos fueron enormemente liberales en el otorgamiento de préstamos tomando muy pocos recaudos precautorios para el cobro de los mismos. Por cierto, no hicieron ningún distingo entre gobiernos democráticos y gobiernos autoritarios, lo que hubiera sido de manual, y no por razones éticas, sino porque en los gobiernos autoritarios no se respeta una cadena confiable de controles burocráticos de las decisiones financieras.

México fue el primer país que declaró unilateralmente la moratoria de su deuda. A partir de entonces se iniciaron conversaciones entre los países deudores para coordinar una acción conjunta ante los bancos acreedores a fin de llegar a un acuerdo en que éstos coparticiparan de los quebrantos de la deuda impagable.

Fue entonces que intervino Estados Unidos por intermedio de James Baker, Secretario del Tesoro bajo la presidencia de Ronald Reagan y posteriormente del siguiente Secretario del Tesoro, Nicholas Brady, también bajo Reagan y posteriormente de George Bush padre. Sus propuestas se conocieron como Plan Baker y Plan Brady respectivamente.

Ambos planes reconocían que la deuda era impagable en sus términos originales y que había que reestructurarla con el objeto de darle a los países la posibilidad de crecer y generar los excedentes para honrar los pagos. A tal fin otorgaban una mayor intervención a las instituciones financieras internacionales, Fondo Monetario Internacional (FMI), Banco Mundial (BM) y Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Las fórmulas para el deseado crecimiento eran las que hoy conocemos gracias a la dramática y recurrente experiencia nacional: ajuste del gasto público para eliminar el déficit fiscal con la consiguiente reducción del tamaño del estado y de ese modo liberar fondos para el pago a los acreedores, medio idóneo para apropiarse, vía la deuda, del excedente colonial; apertura comercial; privatización de las empresas y entes del espacio público; todas medidas que poco después serían codificadas en el llamado Consenso de Washington, piedra basal del neoliberalismo globalizador.

Pero entre los objetivos que subyacían bajo el declarado propósito del salvataje a los deudores, uno fundamental era arrojar un salvavidas que sacara de la encrucijada a los bancos norteamericanos.

Las deudas de los países en vías de desarrollo estaban concentradas en las principales entidades financieras estadounidenses y todo el sistema corría el riesgo de bancarrota. Para solventar dicho riesgo se emitieron los bonos Brady que permitieron a los bancos recolocar sus acreencias, atomizándolas entre múltiples tenedores, en gran parte a través de fondos de inversión, muchos de ellos controlados por esos mismos bancos acreedores.

Otro objetivo fundamental era impedir la consolidación de un club de deudores que impusiera condiciones a los bancos haciéndoles pagar, al menos en parte, los costos del default, en vista de su praxis irresponsable en su política de concesión de créditos. (Veinte años más tarde, los bancos, incapaces de controlar su codicia consustancial, repitieron el procedimiento, no con países sino con personas, concediéndoles con la misma irresponsabilidad las hipotecas subprime y difundiendo la epidemia global por medio de los incontrolables “derivados financieros” que detonaron la crisis global de 2008.Tampoco en este caso los bancos pagaron las consecuencias gracias al generoso salvataje financiero que les proveyó el gobierno de los Estados Unidos).

Por lo tanto, ambos planes promovieron salidas individuales, país por país. El primer país en aceptar las condicionalidades del Plan Brady fue México, en 1989, bajo la presidencia de Carlos Salinas de Gortari. La Argentina adhirió en 1992 con Carlos Menem.

Y un tercer objetivo, no declarado y bastante más oscuro de los planes Baker y Brady, fue que los patrimonios nacionales de los países deudores pasaran a manos de grupos económicos y empresas públicas de los países denominados del primer mundo, en particular de los Estados Unidos.

Argentina, que fue uno de los privatizadores más drásticos, recaudó cerca de 40.000 millones de dólares, el 33% “cash”, el 57% en rescate de bonos y el resto en carácter de asunción de pasivos por parte de los compradores. Los bonos fueron admitidos a su valor nominal, es decir al cien por ciento, cuando los compradores que los entregaban a título de pago los habían obtenido en el mercado secundario a precio de saldo dada su calificación de incobrables.

Para darse una idea de lo que se recaudó por la liquidación a precio vil del patrimonio público del país, consigno las siguientes cifras: las AFJP (Administradoras de Fondos de Jubilaciones y Pensiones) desde que se crearon hasta el momento de dejar Menem la presidencia en 1999 recaudaron por aportes 15.000 millones de dólares que dejó de percibir el Estado. La rebaja de aportes patronales, desde el momento en que se implementó por el ministro de economía Domingo Cavallo hasta el fin del mandato de Menem, representó otra pérdida para el erario público de otros 15.000 millones de dólares, o sea que las suma de ambas pérdidas para el estado es muy parecida al total recaudado por la privatización de las empresas públicas.

Visto el análisis realizado a lo largo de estas líneas y, en particular, el antecedente relativamente cercano en el tiempo de los planes Baker y Brady, me atrevo a afirmar que no es justa la descalificación por conspirativa de la teoría que sostiene que la embestida del lawfare no tiene sólo por objetivo destruir los gobiernos populares de nuestro continente sino también sus empresas más competitivas.

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