EL ÉXODO

Ernesto, que disco cojonudo El Éxodo!

Escribir es un acto solitario que refleja todo eso que pasa cuero adentro. También las lágrimas lo hacen.
Ya puse el disco, ida y vuelta, tantas veces! ¿Cómo decirlo?
Pasados los cuarenta ya no es fácil la transportación, y estas canciones me llevan en andas a los emocionales diecisiete. Te ponen arriba y abajo, te hacen su (per)seguidor, algo que implica alguna variación del abandono.
Yo casi estoy seguro que cada segundo de los once tracks estaban en mi sangre –desparramados, desordenados, dormidos–, desde los años previos a la toma de conciencia.
Digo: no es El Éxodo un ejercicio futurista, sino una exquisita, minuciosa y perfecta conjunción de aquellos sonidos e ideas de fuga; un tremendo disco que emerge en este siglo, pero que bebe de fuentes remotas, setentistas, zeppelianas, callejeras, íntimas, desgarrantes y resuma calambres en el alma, amores, miedos, preguntas sin respuestas, soledades.

Enfrío el envase. Pienso un poco. Las letras son una tarea fina, como diría Solari. Toda esa sencillez al servicio de la complejidad de las canciones. Lo más difícil, Ernesto, es un don acá: contar historias, como películas, en un puñado de líneas; que la escena diga cosas, transmita emociones, alborote los glóbulos rojos, y las canciones se queden abrojadas. La sonoridad de las palabras es dulce, las hace fluir como el río. Los interrogantes en cada canción. La intención de ser claro, explícito en la búsqueda, y que al mismo tiempo queden los guiones a disposición de quien escucha y toma el poder de lo expresado.
Es todo tan breve que da miedo, como esas mechas demasiado cortas. Se te explotan en la mano, Ernesto. El clima variado pero uniforme las une en una extensa canción que sube y baja, como esa ruta que nunca termina.
Y están las texturas. Esas nubes que surgen detrás de la canción anterior y te envuelven tan discretamente. Ruidos y detalles que asisten al encuentro de un tipo solo, sentado, mirando con los ojos cerrados. ¡Y todo tan rocker! Tan crudo, tan despellejado que duele.
El Éxodo pide a gritos una segunda parte. Se merece un hermano que lo acompañe a llegar a algún lugar. Otras once aventuras que abran puertas a nuevos sitios donde arribar.

-“¿Y? ¿Qué tal el disco? ¿Está bueno?”, me dice mi contacto en Buenos Aires. Nunca escuchó a Eté & Los Problems.
-Sí, buenísimo, le confirmo. Es muy rockero, suena fuerte, se agitan los muebles, le digo, usando los términos que son suficientes para el caso. Pero me quedo con los claroscuros. No le cuento de la voz de Eté, oscilando entre el grito y el susurro, de las estaciones desoladoras y los paisajes en los que el calor fraternal son la sangre de la canción; de la belleza dolorosa de Objetos Perdidos –esa armónica, obra de algún ángel caído– y el protagonista casi rogando a voz en cuello “vení, pasá, hoy podés dormir acá”, como si fuese él quien necesita de la compañía de esa mujer derrotada y en fuga.
No le dejé ver a mi contacto nada más que la superficie, la punta del iceberg. Me quedé con el resto, con la sustancia, me guardé todo lo demás. Omití contarle que la clave del disco está en el track #10. Ahí están las palabras “abandonados como dos trenes, iluminados por luz ajena” para describir a los que se fueron y no tienen boleto de regreso. Pero también pienso que un tren en marcha, vagón por vagón, es una buena metáfora para describir El Éxodo. Un convoy lleno de vidas errantes sin destino. Una fuerza que se mueve para seguir viva. No es poco, para los tiempos livianos que corren.

Salud, por tantos navegantes río arriba.

(Texto incluido en el libro LAS HIERBAS SE INCLINAN, Ariel Martínez, marzo 2016)

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