El comunicador solidario

“No te puedo dar una entrevista sobre él porque lo único que te puedo decir es que Juan es como lo ves, sencillo”, así lo define uno de sus amigos que era el que faltaba para completar la mesa y coincide con los otros dos que están presentes. Pero si se piensa en esa imagen serena y sencilla que Juan Carr da en la televisión es posible que cuando se lo cruce por la calle no se lo reconozca porque en realidad él es un hombre multitarea, puede estar dando una entrevista y, al mismo tiempo, pensar en qué van a comer sus hijos, sin dejar de prestar atención a la charla de sus amigos y como si fuera poco, también estar atento a su celular que no para de vibrar. Cabe destacar que puede hacer todo perfectamente sin descuidar ninguna de las actividades y lo más importante sin perder el sentido del humor. Podría decirse que más que una persona solidaria, Carr es un buen comunicador que en 1995 supo que no se necesitaba una fundación para cambiar el mundo, sino que era necesario una Red que se apropiara de todo lo que ya estaba en funcionamiento, como los clubes o fundaciones, para coordinarlas y así llegar a la mayor cantidad de gente.
“Vos querés cambiar el mundo pero cuando seas grande vas a ver”, le decían los adultos a Juan Carr cuando era chico y hablaba sobre sus deseos de tener un mundo mejor. Pero él pudo desafiar esa regla y después de haber fundado Red Solidaria y Mundo Invisible, dice que cada día que pasa está más convencido de que el mundo se puede cambiar y que de hecho lo “estamos haciendo”.
Seguramente su positividad provenga de que es un hombre que piensa que hoy en día la paz y la justicia se están consolidando cada vez más y otro poco viene de su mirada del pasado. “Si nuestros bisabuelos o tatarabuelos nos miraran hoy, les parecería que estamos muy bien de lo que habían vivido como la Primera o Segunda Guerra Mundial y la inmigración, pero eso no lo ve sobre todo la clase media y media alta de ahora.” También reconoce que su educación y sus vivencias lo ayudaron a mantener intacto ese sueño de cambiar el mundo que tiene desde los cuatro años.
Un sábado al mediodía a mitad de cuadra de la calle Lavalle y a metros de la avenida Maipú está el Vicente López Automóvil Club, un restaurante, que en su fachada parecería una casa blanca normal sino fuese porque en su segundo piso a la izquierda se puede visualizar su logo. Como la puerta está abierta desde afuera se ve comedor con unas cinco mesas todas con el mismo mantel y ya presentadas para el almuerzo. En la primera mesa rectangular a la derecha que tiene seis asientos y un mantel cuadrillé, que combina los colores verde, rojo y amarillo, está sentado Juan con sus anteojos negros rectangulares que solo ocupan un pequeño espacio en su cara y los usa para poder leer y escribir en la pantalla de su celular táctil.
-Vos sos vos ¿no? ¿De dónde venís?
– De Lanús.
-Seguro sos del Granate ¿no? Tenes que ser del Granate- dice sin soltar su teléfono el simpatizante de Platense y tercera generación de calamares -¿Nos cambiamos a la otra mesa?- agrega mientras señala una mesa que está en frente y cerca de una ventana por donde no entra el sol pero si lo hacen los bocinazos.
Antes de sentarse le pide a la camarera que le preparé tres milanesas que son las que luego le llevará a sus hijos, Ana, Josefina y Martín. Con el mandado hecho, se sienta, corre los platos y se acerca el grabador, todo sin dejar de escribir en su celular.
-¿En qué año estás cursando?
– El primero.
– Ah, recién estás arrancando.
-Sí, recién.
-Espérame- dice mientras sigue contestando su teléfono que no para de vibrar, de emitir sonidos de whatsApp y de recibir llamados. Y tampoco lo hará durante la próxima hora.
Juan tiene la cara roja y una pielcita que sobresale de su cachete derecho que parece tenerlo entretenido mientras contesta su celular y también lo entretendrá durante la entrevista. Aunque no hace frío adentro del restaurante, él lleva puesta una campera marrón con un suéter, con pelusitas, del mismo color y debajo una camisa cuadrillé con los colores blanco, azul y amarillo.
“Ahora sí podemos empezar”, dice Juan mientras deja su celular de lado y entrega toda su atención a las preguntas. “¿Volvimos a usted? Entonces yo también la trato de usted”, dice Juan entre risas y pide dejar lo formal de lado.
Juan Carr nació el 28 de noviembre de 1961 en el Hospital Alemán. Su infancia la pasó en el barrio de Florida, en Vicente López. “En casa, no sé, es muy difícil describirte a vos con tus 20 años una casa clase media de acá pero te diría que era una vida muy simple con mucha vereda, mucho barrio y sin muchos detalles”, dice Juan mirando hacia la ventana por la cual no se ve nada debido a la cortina amarrilla.
La definición de casa y familia normal que da implica un perro, una abuela y una tía que vivían cerca, y también viajes frecuentes en tren a Rosario donde vivía su otra abuela. “A veces me pongo a buscar una pista que tenga el pasado de mi casa, pero era una vida simple. Había cuatro canales de televisión, escuchaba mucha radio y la comunicación me gustó un poco siempre y leía mucho desde los clásicos hasta lo que era obligación”, recuerda y agrega que además al ser hijo único empezó a leer de corrido a los tres años y que cada cosa que pasaba por sus manos él la leía. “Era así medio aparato, medio nerd como le dicen ahora”, dice entre risas.
Como le cuesta hablar sobre él, mientras lo hace mira con sus ojos azules hacia la columna que está al lado de la puerta y con su mano izquierda toca ocasionalmente su cara acariciando su bigote castaño. Así es como empieza a contar su educación sin muchos detalles. El primario laico con mucha exigencia al estilo “Sarmientito”, que significa con mucho estudio y la secundaria en el colegio San Gabriel de los Padres Pasionistas que según recuerda eran “muy sociales por un lado y muy místicos por el otro”.
“Había una relativa presión en el estudio y mi madre a los diez decidió mandarme a los scouts”, dice Carr y agrega que esa decisión fue acertada porque en esa época los scouts eran “un poco más militares y más ásperos que ahora” y que eso le dio “un sentido de comunidad, de transformar la realidad”. Allí le hablaron sobre la buena acción diaria que podía ser hacerle las compras a mamá o hacerle la cama a un hermano. Él decidió que la primera acción de este tipo iba a ser con un linyera: “A los 12, miraba mucho a las personas que dormían en la calle y había uno que tenía una bolsa grande y me apasionaba la idea de ir un día y preguntarle si se la podía llevar”, recuerda Juan. “Un día me animé y ese fue un momento clave para mí, porque me dijo que sí y fueron dos cuadras de una felicidad tremenda”, agrega.
Ese fue su primer contacto solidario, pero no sería el último. A los 14 empezó a escuchar hablar sobre las comunidades wichis y los pilagás y deseaba ayudarlos pero en su familia le decían que todavía era muy chico y tenía que esperar a crecer para poder estar mejor preparado. Entonces cuando cumplió los 18, sin que nadie se interpusiera en su camino, se afilió al partido político Democracia Cristiana, donó sangre y viajó a Formosa para ver a los wichis. Y un año más fue al instituto Sommer a encontrarse con las personas que habían sufrido lepra. “El encuentro a los 18 con los pueblos originarios y a los 19 con la lepra termino de convencerme de que es por acá, ya venía con personas en situación de calle, ese tríptico: la calle, los originarios, los pacientes ya ahí estaba consolidando esa idea de que la vida tenía sentido si hacíamos algo por la comunidad”.
En la década del 80 fue cuando comenzó la carrera de veterinario para saber cómo era la producción de alimentos porque desde chico lo perseguía, y aun hoy lo hace, el sueño de exterminar el hambre en Argentina primero y en el mundo después. Lo que no deja de mencionar es que en esta etapa sus calificaciones eran un desastre y no tenían nada que ver con las que tenía en la escuela que eran brillantes.
-¿Vengo bien a este ritmo? – Pregunta mientras agarra su celular que volvió a sonar y también levanta una mano para saludar a sus dos amigos que acaban de llegar.
– Sí, hablemos un poco de tu día a día
-Es un poco como debés funcionar vos, uno esta tan comunicado como incomunicado de acuerdo a lo que quiera pero yo tengo mucha vida. En casa ahora quedan tres, que están esperando que les mande las milanesas. Mary tiene 26 y se casó. Y Fran trabaja con Milo Locket y está viviendo cerca de casa. No somos los Ingalls, pero estamos muy cerca, igual no lo seremos nunca. También saco la basura, no corté el pasto ayer, llueve el techo y no lo arreglo, hay que arregarlo y tengo que llamar a alguien. También paso mucho tiempo con mi mujer María que es artista y me cuido mucho, tomó vino, cuando puedo tocó la guitarra y me junto con amigos. De lunes a lunes yo le dedico unas seis u ocho horas a Mundo Invisible y a la Red todo lo que queda o nada porque ya funciona sin mí.
En febrero de 1995, junto con su esposa María Alemán y tres amigos, Juan Hiad, Raúl Flores y Pablo Pavic, fundaron Red Solidaria sobre la idea de que a ellos no les faltaba trabajo y pensaron que como las fundaciones ya estaban inventadas necesitaban hacer otra cosa, por eso la Red carece de organización y está donde se necesita la ayuda. “El mecanismo de acción es súper simple porque vamos abriendo juego de acuerdo a lo que va pasando, me gustaría contar algo revolucionario, algo más, pero es así”. Y tan bien le fue con ese proyecto que en mayo de 2011 fundó Mundo Invisible junto a Carlos Guyot y Racú Sandoval, donde buscan darle un micrófono a esas personas a las que nadie se los da.
Racú Sandoval, un hombre corpulento y de tez trigueña, conoce a Juan desde 2002 por medio del colegio Pedro Poveda, donde sus hijas eran compañeras de salita de dos. En ese momento estudiaba bellas artes y compartían con Juan el gusto por la música y por el arte. “Me acuerdo que Juan me llamaba para inventar escenografías que llamen la atención por distintas causas, al principio solamente era cómo hacer más atractivo algo”, dice Sandoval sobre los primeros contactos con la Red en la que trabaja todos los días desde el 2005.
Lo que más rescata de Juan es que “es un tipo de una necedad increíble” que siempre tuvo en claro lo que quiere y como lo quiere “pero no lo quiere de una manera pedante sino que todo el tiempo está escuchando” y por otra parte rescata que, en lo personal, Juan tiene mucho sentido del humor. “Es divertido estar con él, no sé a veces te pasa que cuando estás con personas que saben mucho tiende a ser, no quiero decir aburrido porque no es la palabra pero como pedante y no se relaja pero con Juan eso no pasa porque se relaja, en el buen sentido”.
En 2008, Carr deja su cargo directivo en Red Solidaria aunque nunca dejó de participar activamente en la misma porque lo que busca es que se expanda alrededor del mundo al igual que Mundo Invisible. Ni Red Solidaria ni Mundo Invisible tienen una organización solo se encargan de difundir o de ayudar a quien lo necesite. “Nosotros inventamos algo que no estaba inventado y sigue sin ser nada y para mí es fabuloso que no sea nada”, dice Juan sobre las organizaciones.
– Si querés hago un poco de terapia con vos. No tengo muy en claro hoy en día qué soy ni quién soy. Me es fabuloso porque en algún punto no soy tan importante y eso me pone contento. En general en todas las entrevistas me escapo a hablar sobre la red, igual tengo una buena opinión de mí, o sea no soy humilde pero viste todos los que hablan de uno – dice mientras levanta sus cejas y aprieta sus labios.
-Fue difícil encontrar información del ámbito más personal
– ¿Así que fue difícil, che? Me alegro- dice en tono irónico.
Se escucha el rechinido de la puerta, entra un hombre pelado con campera azul y con su voz grave dice: “Excelente tarde” y se pone a hablar con la camarera. Juan se distrae y se queda mirándolo y le contesta “es mediodía” a lo que el pelado retruca “ya sé, la idea era romper el eje” y se saludan. Así comienza el almuerzo entre amigos.

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