“El Castillo en La Ochoa” – Más secretos del horror

“El Castillo en La Ochoa” – Más secretos del horror

En 1987 María vivió en una casa llena de secretos. Lo que María no sabía era que ese lugar sugestivo guardaba parte de los secretos más aberrantes de la historia de Argentina. Lo que María no pudo descifrar por años, se volvieron verdades reveladas con las investigaciones del Equipo Argentino de Antropología Forense en 2015.

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Lo primero que le impactó del lugar fueron los árboles. Ahí donde había habido tanto horror, aunque ella no lo sabía, había miles de árboles. Olivos, sauces, algarrobos.

El camino era largo, quizás unos siete kilómetros entrando a mano derecha por la ruta que va a Carlos Paz, pero se hacía más largo por el mal estado y lo sinuoso del terreno. Había algunas estancias solitarias antes de llegar a La Ochoa. Dos paredones de piedra imponentes unos metros después de la cantera de cal anunciaban su entrada.

En 1987, La Ochoa era un paraje con varios habitantes que se dedicaban a criar animales. Había una escuela. Aunque a María y a su hermano la mandaban a la escuela Gabriela Mistral de Yocsina, donde estaba la fábrica de cemento que envenenaba a todo el pueblo. Era imposible mantener un auto estacionado unos minutos sin que el polvo blanco lo cubriera por completo. Y era común que los vecinos de Yocsina sufrieran enfermedades respiratorias.

En La Ochoa también había una estancia: “La Ponderosa”, con un algibe en el medio. Y una casa modesta pero nueva, que desentonaba con las construcciones campestres. Ahí vivía “La Viuda”, una mujer que no tenía más de 30 años con sus hijos. Una de las hijas de “La Viuda” jugaba a veces con María. “La Viuda” lo era porque según la historia oficial, (hay que aprender a dudar de todo lo que nos cuentan), su marido, un suboficial del Ejército, había muerto en Malvinas. Ya a los nueve años a María le despertaba curiosidad que tuvieran a la “La Viuda” del héroe y a su familia en un lugar tan escondido. Pero esa duda nunca se resolvió.

Siguiendo por el camino que iba a la casa de “La Viuda”, llegabas al “Castillo”. Así le decían a la vivienda hecha casi enteramente de piedra por un arquitecto cordobés que hizo la casa para que su familia la disfrutara los fines de semana. En honor a su esposa, el “Castillo” lleva el nombre de “María Teresa”, en una de sus torres, junto a un escudo que bien podría ser una indicación genealógica.

En aquellos años oscuros, antes de que ella fuera habitante transitoria de la casa, el Proceso de Reorganización Nacional expropió la vivienda para convertirla en un castillo del horror. Por una casualidad, y porque el mundo es chico, ella conoció a la homenajeada musa del arquitecto, María Teresa, que no conoció el destino siniestro que los militares le dieron a la casa. Aunque quizás lo imaginó alguna vez.

La Ochoa
Llegaron a “La Ochoa” una tarde de enero. De esas tardes en que las sierras cordobesas huelen tan intensamente que los yuyitos aromáticos te entran por todos los poros.

Antes habían pasado brevemente por el Escuadrón de Caballería Aerotransportada 4, en La Perla, destino laboral de su padrastro. Un joven teniente con buenas intenciones.

Los acompañaba Martín, un amigo de su hermano que habían invitado a conocer la nueva vivienda. Ex vecino de su anterior morada: el barrio militar de Villa Marteli, en donde las casas más lindas eran para los militares que siempre estaban de civil. Algunos tenían un Falcon verde de auto familiar. El mismo barrio en el que vivía una vecinita rubia a la que nunca dejaban salir a jugar, y de la que su mamá decía que la habían “traído”. Cuando fue adulta María entendió de donde podrían haberla traído.

“Es un castillo paradisíaco con haras y pileta olímpica”, le había descripto el jefe del escuadrón al joven teniente que entusiasmado llevaba a su familia a la nueva vivienda. A pesar de no ser lo que imaginaban, la belleza del paisaje y la amplitud del terreno y de la pileta eran ciertas. Vivir en el campo fue una opción que la familia recibió con gusto.

El verano fue agradable. Recibían visitas de familiares y amigos militares que iban haciendo y que quedaban encantados con el “Castillo” y viajaban a menudo a Carlos Paz que quedaba muy cerca. Fue justamente una noche de febrero, volviendo de una salida a Carlos Paz con familiares que estaban de visita, cuando María notó algo en la actitud de los adultos que le pareció extraño.

Ya cerca de la casa, los adultos se empezaron a inquietar. Los sonidos que para ella eran inconfundiblemente de pájaros o de algún otro animal de la zona, para ellos podían ser sonidos de gente que quería “atacar” el lugar.

¿Atacarnos?, ¿Por qué iban a atacarnos a nosotros?…

Fue tal el grado de pánico, que todos terminaron durmiendo en el escuadrón de La Perla. Bien atendidos por soldados y suboficiales que esa misma noche registraron la zona para que ellos pudieran volver al día siguiente.

La casa, para María, tenía ahora otro color.

Cuando las visitas dejaron de ir, porque empezaba el año y había que organizarse, hubo tiempo para hacer amistad con Norma y “Rosales”, el matrimonio que cuidaba la casa como si fuera suya. Por ahí habían pasado muchos generales, y ellos los habían asistido a todos, contaban con orgullo. Norma y Rosales tenían varios hijos, todos varones. María pudo entrar al “Castillo” años después, cuando ya los militares habían intentado invisibilizarlo, gracias a que recordó que había ido a la comunión de uno de ellos. “El general me encargó que no deje pasar a nadie o me echa”, le dijo el chico la tarde en que María volvió al lugar. Todavía no se habían encontrado víctimas en la casa, pero María tenía algo adentro. Sabía cosas que no podía probar.

Rosales era amigo de las palabras tanto como del alcohol. Culpa de eso sufría de sus famosas “almorranas”, y a veces no podía ir a trabajar, pero cuando se quedaba a charlar después de cortar la leña para calentar la casa, contaba que “en esos años, cuando venían los Unimog cargados, no los dejaban acercarse por varios días al “Castillo”.

“De la leñera salía humo negro, como si quemaran gomas o algo más, porque salía un olor extraño”, recordaba. A sus nueve años, María no podía imaginar de qué podía tratarse ese “algo más”. Como una revelación, los recuerdos volvieron cuando en los medios se empezó a hablar de La Perla como un centro de detención.

El Castillo tenía tres pisos. Dos pasadizos que parecían ser de la construcción original. Un subsuelo enorme que abarcaba toda la extensión de la casa, un garaje más alejado con una glorieta en el techo, y una leñera. La pileta estaba más abajo de la casa, y era tan grande que nunca se podía llenar. Tenía un sistema de cascada. La idea era que se llenara con el agua del arroyo del que sacaban berros para la ensalada, pero el arroyo cada vez traía menos agua. Cuando la pileta terminaba de llenarse, el agua ya estaba sucia. Las siestas pasaban entre la limpieza de la enorme pileta y el descubrimiento de la casa. Todo era nuevo, y después del episodio de la noche de los sonidos, también sugestivo.

Aunque el paisaje era hermoso, ni a ella ni a sus hermanos los dejaban salir de la casa. Sólo un par de veces los dejaron salir en sulky con los hijos de Rosales y Norma. María recuerda esas dos tardes como uno de los momentos más felices en La Ochoa.

A veces se escapaban a la siesta en invierno y recorrían los campos de arriba. Una vez llegaron a un lugar que estaba lleno de balas enormes, esparcidas a lo largo de algo que parecía un paredón de piedra natural. María tenía un padrastro militar, así que conocía de balas y armas. Eran balas de fusil. Recogieron algunas y las llevaron de recuerdo. Nunca más los dejaron salir del Castillo, y su hermano se enojó con ella.

Cuando ya no hubo oportunidad de volver de visita a los campos de arriba, no quedó otra que jugar dentro de la casa, que también tenía una extensión enorme, pero descuidada. La casa era en sí misma una invitación a explorarla. Aunque la verdadera revelación vendría recién en 2015, cuando el Equipo Argentino de Antropología Forense descubrió los cuerpos de tres desaparecidos escondidos en las paredes de la leñera.

Como era una construcción de piedra, la casa era helada. Aunque María recuerda a la leñera como el espacio más frío de todos. Pocas veces se animó a entrar sola. Lo hacía sólo para comprobar que la historia que contaba Rosales acerca de las grandes cantidades de humo que salían de la leñera cuando “ellos” venían, era cierta. Las paredes de la leñera estaban completamente quemadas. Incluso el piso, que era de tierra, era de color negro igual que las paredes.

Ese desconocido olor a muerte
Pero la leñera no era el único lugar gélido de la casa. El subsuelo era sin dudas uno de los espacios más extraños. Con ventanas rectangulares en la parte superior de las paredes, el subsuelo era un espacio con mucha luz natural. Era como una casa debajo de la casa misma, aunque con una disposición extraña de los espacios.

Tenía dos habitaciones y en el medio un gran salón con nada más que un lavatorio. Al final del salón había un pasadizo, más largo aún que el otro pasadizo que estaba en el primer piso de la casa. Ninguno de los dos llevaba a ninguna parte. A María le parecía demencial que alguien hiciera una casa con pasadizos. Aunque al principio intentaban jugar escondiéndose en ellos, los pasadizos nunca tuvieron suficiente aceptación entre los chicos.

Pero lo peor del subsuelo era el olor. El olor horrible, penetrante. Ese olor insoportable que María nunca olvidó. Era imposible bajar al subsuelo sin subir invadidos por el olor.

Desde el subsuelo se podía subir directamente al interior de la casa por una escalera que daba a un hall con un gran espejo. Todas las habitaciones daban a ese hall, como si saliendo de cada habitación se pudiera bajar directamente al subsuelo. Tres habitaciones. Una decorada de un color diferente. La más curiosa era la que estaba decorada de color naranja, porque tenía su propio lavatorio y tres cerrojos. Una curiosidad más de la casa del horror. Una pregunta más sin respuesta para María.

¿Habían picaneado a gente en ésa habitación o en el subsuelo?, ¿habían tenido cuerpos en el subsuelo y el olor nunca se había ido?.

Preguntas que María se hace desde hace muy poco. Los recuerdos de esa casa, “El Castillo”, “María Teresa”, se convierten poco a poco en verdades reveladas.

Si la muerte oliera, para María ese olor es el que conoció a los nueve años en el subsuelo del Castillo.

Los habitantes secretos
Lila Rosa Gómez Granja, Ricardo Saibene y Alfredo Felipe Sinópoli Gritti fueron encontrados en las paredes de la leñera. Eran los habitantes secretos de la casa. Observadores dormidos de los juegos de los chicos. Gritos silenciados de la época más horrorosa de la casa. Y del país.

¿Habían fusilado a más víctimas en los campos en los que esos chicos jugando sin querer encontraron esa cantidad de cartuchos de fusil?, ¿hay más gente enterrada en el Castillo o en los campos de La Ochoa?. Respuestas que sólo pueden dar la continuidad de las investigaciones.

La Ochoa fue hasta ahora uno de los secretos mejor guardados del Ejército Argentino. Cuando María volvió en 2008, el ingreso al camino que lleva a La Ochoa estaba cerrado con candados. Pudo ingresar de casualidad, porque había llovido mucho y la empresa de energía estaba haciendo arreglos y le dejó el candado abierto.

El camino estaba casi invadido por la maleza. Se notaba que nadie transitaba ya por ahí. Le costó reconocer que bifurcación tomar varias veces. Cuando llegó a los paredones estaba exaltada. Pero cuando iba avanzando la indignación la invadía. Lo que había sido un lugar lleno de vida, con chicos que deberían haber tenido más hijos, una escuela, haciendas con animales. Nada de eso existía. La Ochoa era literalmente un pueblo fantasma. Las casas vacías. La escuela en ruinas.

La verdad anestesiada
Llamó su atención que en medio de tanta desolación se alzaba una humilde aunque flamante casita amarilla recién construida. Como plantada de un barrio urbano pero en medio de las sierras. A pocos metros, María no podía creer lo que veía: Rosales y uno de sus hijos se acercaban caminando. El hijo había crecido y Norma había muerto, pero Rosales no había perdido la costumbre de la palabra. Y del vino. Juntos recordaron viejas épocas y le indicó al hijo, – que al principio se negaba -, a acompañar a María al Castillo. Al fin y al cabo María era una de ellos. Habían compartido muchos secretos.

La casa estaba saqueada. Los muebles antiguos ya no existían. “Viejas prácticas”, pensó. María no sospechó ni un segundo de Rosales y su familia. Ellos tenían impresa en la piel y en el alma la custodia de la casa, y la defendieron con la dignidad que su simpleza de gente de campo les señaló durante tantos años.

El Ejército alimentó durante décadas la familia y la enfermedad de Rosales. Los echaron de la casa en la que vivieron toda la vida, en el último confín de La Ochoa, cerca del Castillo. Quizás porque allí hay más secretos guardados. A cambio les plantaron esta casa nueva y reluciente en medio de un pueblo vaciado.

Los vecinos de Yocsina le contaron a María que cuando se declaró a La Perla como sitio de la Memoria, el Ejército mandó a cerrar con candados la zona. El vaciamiento pudo haber comenzado antes.

Mientras que por un lado se hizo un vaciamiento sistemático de La Ochoa, por el otro mantuvieron a Rosales oculto. A él no lo dejaron salir. Le hicieron una casa nueva. Hasta la última vez que María lo vio, Rosales cobraba un sueldo del Ejército. Rosales, ése hombre sencillo que reivindicaba a los militares que le llevaban bolsas enormes de comida para su familia, es otro secreto del Ejército. Un secreto que enfermaron con sus atrocidades y mantuvieron anestesiado.

Alguien sabe demasiado.

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