Droga en Paternal

Estoy en Paternal, estación del Ferrocarril San Martín. Se acaba de ir el tren que va a Retiro, -hacia donde me tengo que trasladar-.

Camino al fondo del andén porque sé que desde ahí estoy más cerca de la salida en Chacarita. Me siento.

Veo dos pibes, -quizás de mi misma edad- que caminan hacía donde estoy en busca de asiento. Uno me mira y dice: “Merca”.

-Acabo de comprar una bolsa- dice este primero, confiado y gira su cabeza hacia el otro.
-¿De cuánto?- pregunta el segundo, nervioso.
-De seis. Si queres cruzo las vías y con otros cien pesos para comprar más.
-¡Pero está la poli ahí!
-Pero estamos re piola acá. No pasa nada. Ella está del otro lado. Podemos un poco.

Prueban: con un dedo cada uno dentro del plástico y después a la boca.

-Así que nos vamos a Villa Gesell. ¿Gesell o Villa Gesell donde está el agua?- pregunta el primero.
-A una casa re piola, re cheto. La playa- responde el segundo.
-Hablá con La Graciela que cuando volvamos voy a tener frío. Que me traiga un buzo que dejé mi casa abierta.

El segundo llama por celular y en altavoz La Graciela habla: que está en Constitución, que por qué no llegaron todavía, que se va a trabajar.
El primero, sin demostrar atención suspira. Dice que esperaba por este momento, por drogarse con cocaína y por quedar re loco.

-Cocaína- repite la palabra y enfatiza el primero para que se escuche.

Una señora enfila para sentarse al lado nuestro empujando a su hijo de tres años que se distraía con un choripán que tenía en la mano.

-Cocaína, ¡qué buena la cocaína!- dice más fuerte el pibe, el primero.
-¿Acabás de salir del jardín?- pregunta al nene, más temeroso el otro pibe, el segundo.

El nene los mira; llega el tren y yo me voy con ellos.

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