Domingo sangriento*

Esta es la historia de una suicida, de una ciudad, de un psiquiatra, una psicóloga y de una enfermedad. Es también una historia de soledad, de búsqueda de sentido, de indiferencia, pero sobre todo, es una historia de esperanza.

“Wipe the tears from your eyes, wipe your tears away”[1]

¿Cuándo fue que comenzó? ¿En qué momento se volvió tan difícil levantarme de la cama un domingo? no lo sé,  pero no siempre fue de esa manera. Solía esperar este día con ansias, después de todo era el momento en que pasaba más tiempo con mi familia, pero de eso hace ya mucho tiempo, cuánto, no lo recuerdo, el tiempo ha pasado y mi memoria prefirió dejarlo atrás.

Si tan solo no hubiese tanto silencio, si el rumor de pasos o el crujir del desayuno cosiéndose en un sartén inundaran mis oídos, me ayudarían a despertar, a volver a ser quien era, a revivir esas ganas de comerme el mundo cada mañana. He vuelto a quedarme dormida, deben ser más de las once, los rayos de sol atraviesan mi cortina. Necesito comer algo, no siento hambre pero la razón me dice que enfermaré si no voy a la cocina y busco algo que sacie la necesidad de darle energía a mi cuerpo, porque mi mente y mi ser poco o nada les importa, para ellos dormir es suficiente para escapar de la realidad.

Bogotá es una ciudad fría, los días pasan entre el humo de exhostos de los buses y el bullicio de la gente que se apresura en llegar a su destino por lo que no hay mucho tiempo de pensar en la soledad. Pero los domingos son diferentes, es como si todo te dijera que debes estar acompañado,  incluso la radio que pensé emplear como fiel compañera de cada séptimo día, pero sus locutores han decidió arbitrariamente no seguir el acuerdo, pues no encantan mis oídos, ni engañan a mi mente para que esta no sienta la cama vacía, no se fije en el plato, el tenedor, el vaso que sobran y la falta de un idilio con el calor de otro ser humano bajo las sábanas. Eso enerva mi ser y me lleva a maldecir una y otra vez y le pregunto a quienes me hablan sin conocerme detrás de los micrófonos: ¿es qué no pueden pensar en aquellos que no podemos tener un domingo en  familia,  en los que despertamos solos en la cama cada mañana, o para quienes el silencio es nuestra única compañía y la sombra que proyecta nuestro propio cuerpo es lo más cercano a otro ser?

Algunos dirían que la soledad es llevadera, pero cuándo aprendes a que sea parte de ti, a vivir sin sentir cada domingo, a no dejar que tu corazón se desgarre y sientas cómo tus vísceras hierven de desesperación implorando que sea lunes, para obligarte a seguir vivo, a continuar la monotonía, esa que desde que llegué a Bogotá, pues provengo de una ciudad pequeña, ha hecho parte de mi día a día. Dejé todo atrás por lograr mi sueños pero el camino no ha sido fácil, pues con sangre y dolor he conocido la realidad de una ciudad en la que cada quien es un universo apartado de los demás. Una ciudad que no duerme y me ha convertido en una vida más que transita por sus calles, y desaparece tenuemente entre la multitud que sin pensar va a trabajar por unos cuentos pesos con qué comprar una vida que no termina de pagar. Sin embargo no puedo decir que todo sea malo, es un lugar donde siempre hay cosas qué hacer tan solo es diferente, muy diferente.

 

“Broken bottles under children’s feet, bodies strewn across the dead end street”

 

Hoy decidí que sería un día distinto, no me quedaré en la cama, así que me levantarme temprano e iré a ciclo vía. Leí en internet que el ejercicio puede ayudar a mejorar el ánimo. Tomo mi desayuno, alisto los patines y salgo emocionada a la carrera Séptima para comenzar mi viaje.

No es tan divertido como esperaba, el pavimento tiene muchos defectos y las ruedas de mis patines se enredan constantemente casi haciéndome caer, hay muchas personas pero la mayoría están acompañados de su familia, pareja o amigos. Por alguna razón no he sido capaz de establecer relaciones duraderas, desde que llegué a esta ciudad solía pensar que era algo circunstancial pero en lugar de mejorar ha venido empeorando.

Mi familia es católica pero yo nunca me he sentido cómoda en las iglesias, aun así creo que podría ayudarme un poco por lo que pienso entrar a la primera que me encuentre en mi trayecto. Hay una linda parroquia sobre la Séptima llegando a la 26, es pequeña pero tiene un jardín hermoso y se ve acogedora. Por suerte se encuentra  vacía, es un lugar tranquilo, sereno, y  por alguna razón proyecta una aura de seguridad. Casi había decidido sentarme a orar cuando el párroco se acercó.

– ¿Se te ofrece algo mi niña? ¿En qué puedo ayudarte?

¿Cómo podría decirle que busco una excusa, una razón, un motivo que le dé sentido a mi vida? Parece un hombre amable pero es muy mayor, seguramente va a decirme que no me preocupe que Dios se encargará de todo pero debo tener fe.

Tan solo estaba contemplado el lugar, no se preocupe por mí- Le mostré la mejor sonrisa que pude imitar y salí rápidamente de allí

De cierta forma me gustaría encontrar algo que me ayudara a entender por qué me siento de esta manera, algo que me dijera que hay más allá. Recuerdo que hace tiempo hablé con una chica que intentó suicidarse, no recuerdo su nombre pero no he olvidado su historia, pues me sorprendió lo joven que era y como contrario a lo que a veces se piensa no provenía de una familia maltratadora o ausente, sino que como en mi caso, su familia la amaba y siempre le había dado todo lo que necesitaba.  De las muchas cosas que me dijo en esa ocasión, pues mantuvimos una charla de casi una hora, recuerdo que me confesó haber intentado acercarse a la religión pues sentía que necesitaba encontrar algo que le permitiera “trascender”. Mucho he pensado en sus palabras e investigando teorías sobre las necesidades humanas (pirámide de Maslow) encontré  que la necesidad de trascendencia es inherente al ser humano que en su enorme ego desea dejar huella de su paso por el mundo.

 

“How long must we sing this song, how long”

Creo haber encontrado la respuesta que buscaba, la razón de mi desasosiego, se trata de un sentir que está siempre latente esperando el momento oportuno para hacer su aparición y recordarme que sin importar lo que yo haga sigue viviendo. Un sentimiento, sí, pero uno cuyo origen no puedo dilucidar, pues no existe en mi memoria un momento en que no estuviese presente, uno cuya falta de causa, hace de su comprensión un acto a lo sumo imposible.

La palabra que mejor describe ese sentimiento es “Ausencia” pero aun así es inexacta, pues su mención deriva inequívocamente en el cuestionamiento ¿De qué? Y es ahí donde la razón sufre un colapso, pues en este caso no existe una respuesta. Esta se presenta en forma de velo semitransparente que se posa sobre mí en cuanto bajo la guardia, permitiéndome ver a través, pero distanciándome de todo cuanto me rodea. En ocasiones su presencia se asemeja al vértigo que produce saltar desde una gran altura, en otras al cosquilleo nervioso que algunos llaman “mariposas” y que suele preceder al encuentro con un ser amado. Aparece en diferentes circunstancias, con distintos matices y nunca dura el mismo periodo de tiempo, el único factor común es la ausencia de un motivo, la imposibilidad lógica de encontrar una justificación y ante la certeza de no poder explicarla opté por convertir a esta infundada pero recurrente “Ausencia” en mi más íntima y secreta compañera.

En estos años de continua convivencia estoy convencida de que se ha hecho más fuerte, ya es capaz de paralizarme cuando alguna situación me produce temor y tarda cada vez más tiempo en desaparecer. Es como si poco a poco a medida que pasan los años y mis pasiones desaparecen (esta es otra consecuencia de su existencia) los matices del mundo se volvieran grises y temo que en algún momento se tornen completamente negros.

He comenzado a notar que ya no pienso a futuro, mis pensamientos se centran cada vez más en el hastío del hoy y la añoranza del ayer, me he encontrado pensando distraídamente si esa viga podría sostener mi peso, si la altura de aquella terraza sería suficiente. Pero no son más que pensamientos, formas de distraer mi angustiada mente, sería incapaz de hacerle eso a mi familia además debe ser muy doloroso.

Estoy plenamente convencida de que muchas personas experimentan este sentimiento, pero como yo deciden callar temiendo ser juzgadas. Un día dejaremos de temerle y hablaremos de su existencia con la misma libertad con la que hablamos de un dolor de muelas. Mientras eso sucede, seguiré caminando, pasando entre la gente con prisa, preguntándome cuántos de ellos sentirán lo mismo  y regocijándome en la certeza de saberme comprendida.

 

 

“Sunday, Bloody Sunday…And the battle’s just begun”

! Quién demonios es! ¡¿Qué hace alguien tocando mi puerta un viernes a las 6 de la mañana?! por la mirilla de la puerta veo a dos hombres con uniforme pero no entiendo qué sucede.

-¿Qué quieren?- gritó a través de la puerta cerrada

- Somos técnicos de CODENSA señorita, venimos a realizar el corte del servicio de la luz por falta de pago.

¡Lo que faltaba! como si no tuviera suficiente ahora ni luz voy a tener. Decidí volver a meterme a la cama, no hay ninguna razón para que salga de aquí la universidad puede esperar al fin y al cabo ni siquiera me gusta esa carrera y sé que no voy a encontrar un buen empleo cuando me gradúe.

Abro los ojos nuevamente y deben ser pasadas las 5 de la tarde, he dormido casi todo el fin de semana, como no hay luz mi teléfono está apagado y no tengo ningún reloj pero la poca luminiscencia que atraviesa la cortina me indica que se acaba la tarde. Tal vez mi madre llamó pero no tengo deseos de hablar con ella, pues cada vez me insiste en que no debo estar triste, que lo que siento es normal en las personas jóvenes y que una persona que lo tiene todo no posee motivos para deprimirse. Como si no lo supiera, por eso dejé de hablarle hace tiempo de lo que me pasa y me limito a responder sus preguntas.

Busco una vela y me dirijo al baño a darme una ducha, el agua tibia en ocasiones logra reconfortarme pero hoy no consigue más que empeorar las cosas. ¿Para qué sigo haciendo esto? ¿Hay acaso algo o alguien que requiera de mi presencia? He leído muchos libros y escuchado gran variedad de canciones sobre la muerte en los últimos meses “Las penas del joven Werthen” y  “Glumy Sunday” especialmente se han convertido en mis compañeros pues siento que quienes escribieron esas líneas o versos son los únicos que realmente me comprenden  pero eso no es suficiente para apaciguar mi mente.

Al intentar sacar una toalla limpia del gabinete encontré el viejo botiquín que mi hermana preparó en caso de emergencia, como no quería gastar mucho dinero utilizó algunos medicamentos de mi madre, Acetaminofen, Buscapina, ibuprofeno, paracetamol y un somnífero llamado Zolpidem. Me sorprendió encontrar este último pues en muchos de los blogs y artículos de suicidio que leí mencionaban su efectividad, pero es difícil de conseguir pues requiere receta médica.

Interpreté ese hallazgo como cosa del destino, había encontrado una solución rápida, limpia y efectiva a mis problemas ¿Qué es lo peor que podría pasar? Como es un somnífero seguro me quedaré dormida y no volveré a despertarme. Parecía una solución tan perfecta que incluso me sentí alegre ¿Cuántas deberé tomar? En internet dice que la dosis recomendada es una antes de dormir, por lo que con cinco debería tener suficiente.

Comienzo a sentir que mis ojos se cierran y mi mente trabaja más lento, pienso que debería dejar un mensaje de despedida a mi familia pero mi cuerpo se queda sin fuerza y solo soy capaz de enviar un mensaje para mi hermana disculpándome y diciéndole adiós. Antes de caer en la oscuridad de la inconciencia pienso que dejé muchas cosas pendientes, no terminé mi carrera ni salí con aquel gracioso chico que me invito a ir por un café, pero ya no importa, nada más importa.

 

“And it’s true we are immune, when fact is fiction and TV reality and today the millions cry we eat and drink while tomorrow they die”

 

Lo primero que noto al abrir la puerta del consultorio es la intensidad de la luz que entra por la ventana, los rayos de sol se cuelan a través de una delicada cortina e inundan cada rincón de la blanca estancia. Esperaba encontrar una silla reclinada como las que se ven en las películas donde el protagonista se acuesta a contarle sus problemas al terapeuta, pero en lugar de eso hay un escritorio con sillas de oficina.

Ella se levanta y me sorprende la serenidad de su rostro que me sonríe con afecto y  con un gesto me indica que me siente. Me siento intranquila, no sé por dónde empezar, pienso que va a reprocharme por lo que hice ¿Cómo le explicas a  otra persona que perdiste toda esperanza? Y encima ni quitarte la vida puedes porque tu familia te detiene. ¡Qué rollo!

  • Parece que debemos encontrarte una pasión querida, lo que hiciste es complejo pero no permitas que marque tu vida, te ayudaré a aprender de la experiencia y si pones de tu parte pronto alejaremos de ti esa tristeza.

 

  • ¿Usted cree que aún es posible? he leído que cuando una persona lo intenta ya no hay marcha atrás- No me atrevo a decirlo en voz alta pues no quiero preocupar a mi familia, pero en mi investigación encontré que el 90% de quienes intentan suicidarse vuelven a hacerlo.

Esta mujer es extraña pero de cierta forma me inspira confianza, con su cabello corto y copete ochentero, con su mirada penetrante que parece analizar cada movimiento, cada palabra.

  • ¡Por supuesto! Déjame decirte que uno puede cambiar hasta el último día de su vida. Yo hago desarrollo de habilidades en personas adultas y puedo asegurarte que es posible.

Es probable que esta mujer me mienta solo para tratar de convencerme de no volver a intentarlo, ese último mensaje fue mi perdición al parecer mi hermana que ya sospechaba algo, llamó de inmediato a una vecina y con el portero del edificio tumbaron la puerta para llevarme al hospital. A raíz de ese incidente, mamá me obligó a ingresar a terapia y por eso estoy aquí.

Sé que no podré intentarlo en mucho tiempo pues me vigilan día y noche, de todas formas no tengo afán. Despertarme en el hospital fue muy desconcertante pero las palabras de esta psicóloga de mirada amable resuenan en mi mente ¿y si aún tengo una oportunidad para arreglar las cosas? ¿Y si esa persona puede ayudarme? ¿No sería encantador volver a sentir que soy feliz, que vuelvo a sonreír? Realmente no sé qué pueda suceder pero creo que quiero intentar ver qué pasa, después de todo estando vivo se tienen múltiples posibilidades, pero la muerte no ofrece más que una sola.

 

 

[1] Fragmento de la canción “Sunday Bloody Sunday” del grupo irlandés U2 (1983) escrita en conmemoración a la masacre de 1972 en contra de un grupo de manifestantes.

 

 

 

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