Diez años y dos noches con Paul McCartney

La vida era muy distinta antes de tener un celular. La primera vez que escuché una canción de los Beatles tenía un poco más de trece años y la tuve por mucho tiempo en la cabeza. Tanto, que un día mi madre me llevó –después de insistirle muchísimo– a que resuelva mi problema en una disquería. No había otra manera en ese entonces: querías música, a la disquería; una duda, a la biblioteca; una chica, tragar saliva y llamar a su casa esperando que no conteste su viejo.
Así, una tarde salí del colegio y fuimos a una de las ya extintas sucursales de Discolandia que había en la zona sur de La Paz. Me acerqué al mostrador, inflé el pecho, mire muy serio al vendedor y le dije sin respirar que quería el disco de los que cantaban algo así como: It ´s been a hard day cause I ´ve been working like a dog. El hombre se cagó de risa, me corrigió la frase y me dijo que ese disco no lo tenían –como no tenían casi ninguno– pero que me podía ofrecer algo mejor:
-Tenemos el compilado de los Beatles –los Beatles, repetí desde mi metro cincuenta para grabarlo eternamente en mi memoria- donde están sus éxitos de la primera parte de los sesenta.
-¡Me lo llevo! –le contesté, y miré a mi vieja, cuyos ojos gritaban que le parecía una barbaridad que me lleve esa lindísima caja roja con dos discos y una foto de los cuatro de Liverpool mirando desde un balcón a la cámara de Angus McBean, en la oficina central de EMI Inglaterra.
Al final la convencí y me lo llevé. El resto es historia.

*

Son las cinco de la tarde en la plaza de Tribunales y en Buenos Aires hace muchísimo frío, como nunca en los cinco otoños que pasé aquí. Con una mano sacudo el encendedor sin gas esperando que funcione una vez más, y con la otra palpo el bolsillo interno de la campera. Respiro: el ticket sigue en su lugar. Esa acción automática y compulsiva se repite por lo menos seis veces entre el momento en que por fin subo al bus que va a La Plata, las tres horas de viaje para recorrer los 70 kilómetros hacia esa ciudad y las ocho cuadras finales entre el punto en el que el bus no puede avanzar más y el ingreso al Estadio Único. La esquizofrenia que me causa la posibilidad de perder ese ticket por fin se acaba cuando un hombre gordo con un chaleco fluorescente lo aprueba y me dice que pase al cacheo: ¨hombres por la derecha, pibe¨.
Entre ese momento y el punto en el que me quitan el encendedor que de todas formas ya no sirve, hay una secuencia sublime que solo abrazamos los fanáticos de los conciertos. Pasar el cacheo, ver la luz verde del molinete que aprueba la entrada, el corte del ticket en manos de otro hombre con chaleco fluorescente –que si tienes suerte te lo deja intacto siguiendo la línea puntuada–, y la primera vista del escenario: ese instante en el que la espera de meses, la agonía en fila por las entradas y la decisión de no pagar las facturas de luz y de agua para ir las dos noches, dejan de ser parte de una ilusión futura y se convierten en el presente palpable.
Al fondo se ve la batería de Abe Laboriel Jr., que tenía dos años cuando salió Band on the Run, pero que parece el baterista que le faltó a Wings cuando McCartney decidió irse a Nigeria en 1973 a grabar ese disco prácticamente solo. Al lado izquierdo de la batería se arma el espacio de Paul Wickens. ¨Wix¨ es tecladista, guitarrista y corista; un comodín que toca junto a McCartney el triple de décadas que los Beatles tocaron juntos: lo acompaña desde 1989. A la izquierda del escenario se va a parar Rusty Anderson, el guitarrista principal, que no tiene problema en emular nota por nota el lindísimo solo de George Harrison en Something, ni en hacer llorar una guitarra criolla en la contemporánea My Valentine. A la derecha entra Brian Ray con una versatilidad admirable: alterna entre la guitarra y el bajo cada dos o tres temas, según mande el capitán. Y por fin, al medio, se va a parar él. A punto de cumplir los 74 años pero con una vitalidad humillante, capaz de dirigir esa orquesta de cinco personas por prácticamente tres horas. Diez minutos después de las nueve de la noche, sale sin preámbulos, usando jeans y una camisa blanca, con el icónico bajo Hofner colgando en el hombro derecho y una sonrisa cómplice que brilla en los ojos de los adolescentes de todas las edades que lo aplaudimos incrédulos. ¿Nos permiten llorar? Es Paul McCartney y lo tenemos a diez metros…

*

En un set prácticamente invariable durante toda la gira One on One, Paul recorrerá 58 años de carrera en dos horas y cuarenta minutos. Desde In spite of all the danger, el sencillo por el que Lennon, McCartney, Harrison y el baterista Colin Hanton pagaron una libra cada uno para grabar, hasta FourFiveSeconds, que salió a principios del año pasado en colaboración con Rihanna y Kanye West.
Abrirá el recital a lo beatle y no esperará para cantar: ¨Puedo comprarte un anillo de diamantes si eso te hace sentir bien, pero a mi no me importa el dinero, el dinero no me puede comprar amor ¨; y una niña de trece años con un autismo profundo se va a parar de su asiento en la platea y hará bailar a su padre que la hace girar con lágrimas en los ojos, mientras su hermano mayor (que me contará la historia emocionado en el break antes de la segunda salida) y yo haremos un dueto de guitarras imaginarias que probablemente nunca dejen de rasguear.
Paul va a cambiar el bajo por una guitarra Gibson negra y va a tocar esa canción de Let It Be que solo unos cuantos ignotos escucharon en vivo esa tarde de 1969 que los Beatles se presentaron juntos por última vez en el techo de los estudios Apple de Londres. Paul rasgueará el blues de I´ve got a feeling, mientras un chico de mi edad deja de filmar la canción en Snapchat para abrazar a su abuelo que le canta los coros al oído: ¨Todos tuvimos un buen año, todos tuvimos momentos duros, todos tuvimos sueños mojados, todos vimos el sol brillar ¨.
Paul se sentará en el piano a cantar Nineteen hundred and eighty-five dedicándola exclusivamente a todos los fanáticos que escucharon a los Wings en su momento, pero la señal de la doble-v, con las manos en el aire, es un saludo que haremos todos: los veinteañeros de hoy, los de los ochenta y los que cumplirán las dos décadas en un buen par de años más.
Tocará Here, there and everywhere, en la cual los Beatles decían que amar es necesitar a esa otra persona en todas partes, sabiendo que amar es compartir, y pensaré inevitablemente en la pareja de abuelos que me crucé en la puerta y que llevaban a sus seis nietos con sus respectivos padres a la platea.
Todavía en el piano, Paul se parará, y con una conmoción claramente adiestrada pero no menos real que todas las veces que lo hizo en los últimos 18 años, le dedicará Maybe I´m Amazed a la mujer de la cual solo estuvo separado diez días en 29 años de matrimonio, cuando lo arrestaron en Japón por posesión de marihuana. ¨Tal vez estoy asombrado de la manera en la que me amas todo el tiempo. Tal vez estoy asustado de la manera en la cual te amo yo a ti. Tal vez soy un hombre solitario que está en medio de algo que no puede comprender¨, le canta a su esposa Linda, mientras el resto de los 45 mil mortales se lo cantamos a alguien que está o llegará.
En el momento más íntimo de la noche, Paul se quedará solo con una guitarra acústica y le dará el golpe de gracia a cualquiera que todavía no esté llorando como un niño. Mientras se eleva en una plataforma que lo deja a la vista de todo el estadio, cantará: ¨mirlo que cantas en plena noche, toma estos ojos hundidos y aprende a ver. Esperaste durante toda tu vida este momento para ser libre ¨. McCartney escribió esta canción en 1968, inspirado en las tensiones raciales de los Estados Unidos durante esa década convulsionada, pero a mí me lleva a los 15 años y a todo lo que significan: la primera guitarra; el primer amor de una chica con la que la cantaba agarrado de su mano, pero que nunca llegó a ser mi novia; los primeros tragos y cigarros; la izquierda ingenua; y los abrazos mas sentidos con mi hermano. Es difícil explicar lo que nos pasa a cada uno de los presentes, todo estáticos, todos brillando, 45 mil almas que liberan el significado oculto que tienen esas palabras para cada uno en forma de llanto. Por eso yo también -y que me perdonen, tanto la chica que me acompañó el martes, con la que solo había salido un par de veces, como los amigos no tan cercanos con los que fui el jueves- voy a llorar muy fuerte.
Después le dedicará unas palabras a John Lennon y, todavía elevado en la plataforma, tocará Here Today, una conversación imaginaria que escribe para John al enterarse de su muerte: ¨Y si dijera que realmente te quiero y que estoy muy feliz de que vinieras, ¿qué me dirías, si todavía estuvieras aquí? ¨. Y la historia anterior se repetirá, porque es lo más humano amar, es todavía más humano equivocarse, y es tremendamente más humano arrepentirse y darse cuenta de que el tiempo nunca vuelve para atrás.
La banda volverá para tocar The fool on the hill, Lady Madonna y Eleonor Rigby, y acompañará a Paul cuando termine con muchísima fuerza un sentido tributo a George Harrison que comienza con él solo con el ukulele y un coro de estadio lleno que lo anima a llegar a esos agudos del coro. El rock volverá con Wings cuando se entonen los clásicos Jet, Let me roll it y Band on the run, y la tremenda guitarra de Back in the USSR. Las llamaradas de fuego nos quemarán las pestañas en Live and let die, y habrá un último espacio para las lágrimas lentas cuando Paul se acerque al piano de cola y cante: ¨Y aún cuando la noche está nublada, todavía hay una luz que brilla sobre mí; brilla hasta mañana, déjalo ser ¨.
Se despedirá con el medley final Abbey Road: Golden Slumbers/Carry that Weight/The End, cuya última frase (también la última que grabaron los cuatro Beatles colectivamente) dice que en el final, el amor que uno recibe es igual al amor que uno da. ¿Lo planeaste, Paul, queriendo decirnos algo? De todas maneras, el mensaje es bastante claro y todos los aceptamos, vitoreando por una vuelta más.
Lo sublime de coincidir en espacio y tiempo con Paul McCartney es que absolutamente todo lo que cantará esa noche es un himno. Paul es lo más parecido a una cultura global, porque sus diez años con los Beatles, sus diez años con Wings y el resto de su carrera musical son un patrimonio atemporal que suena tan fuerte en Inglaterra como en los Estados Unidos y en Japón; en un paso fugaz por la Argentina en dos noches frías de estadios llenos; y en el discman de un niño boliviano que empieza a entenderse escuchando música de verdad. McCartney va a tocar Hey Jude y esta teoría se solidificará: en el ¨Na, na, na, nananana¨ que cantan viejos y jóvenes, abuelos y nietos, parejas, solteros, amigos e indefinidos; mujeres con abrigos de carpincho en los palcos y chicas rollingas que arman cigarros de marihuana en las graderías, hay una unión íntima que por cinco minutos nos lleva a olvidarnos de todas las banderas, libros, grietas y fronteras que nos desunen para abrazar al otro y sentirlo como a uno mismo: simple y complejamente humano.

*

Doce minutos después de las nueve de la noche, todos los celulares apuntan al hombre de Liverpool que arranca con un acorde que a mí me suena especialmente familiar: es A Hard Day´s Night. Me tiento de unirme a la masa emocionada que hace zoom y enciende el flash, pero un niño de trece años, que la escuchó por primera vez hace diez en la oficina de su profesor de música, me agarra de la mano y me invita a disfrutarlo de otro modo, como lo hacíamos antes de esta época convulsionada. Después sí, sacaré el celular, filmaré un par de videos y sacaré fotos hasta quedarme conforme con una que, con la saturación y el efecto indicado, sea publicable en Instagram. Pero estos primeros tres minutos los vamos a cantar suavecito y guardarlos en el recuerdo de las buenas memorias; yo y el niño del metro cincuenta que siempre esperó este momento en su cuarto de la infancia.

Discusión (0)

No hay comentarios para este documento aún.

La generación de comentarios ha sido deactivada en este documento.