Destrucción total

La Avenida Cabildo abandona la Capital Federal y se convierte en Avenida Maipú para atravesar el partido de Vicente López, así empieza su recorrido hacia el norte del conurbano bonaerense. Cuatro carriles de cada mano están divididos por un zócalo de cemento amarillo, muchas veces pasado por alto y la causa de varias gomas pinchadas. La calle Paraná vuelve a cambiar el nombre de la avenida, que entra a San Isidro como la repetitiva y poco original Avenida Santa Fe.

Los lunes a las cinco de la tarde Santa Fe es insoportable, pero los viernes a la misma hora es inmanejable. El horario del éxtasis de cualquier conductor sanisidrense es la madrugada olvidada, cuando los semáforos eligen el amarillo titilante y los colectivos escasean.

“Sí, el de mariposas”, piensa Paula mientras se prepara para el casamiento al que fue invitada de quinta mano después de las doce, la mejor parte. Se prueba el vestido, lo confirma y pasa al maquillaje. Sigue enojada porque le tocó ir en auto y el evento es en Pilar. Quería emborracharse y no puede, y le parece injusto. Es la única de su grupo de amigos que tiene auto propio y se convirtió en el remis oficial. “Salgo en cinco”, le escribe a Angie y termina de arreglarse, está lista. Nervios banales la vuelven loca, va al casamiento pensando en Lucho, el chico que ve hace unos meses y a quien se va a encontrar en Pilar.

Antonio Corregi tiene 57 años, es remisero, gordo y débil ante el alcohol. Los sábados tiene que trabajar toda la noche. Elige una camisa cuadriculada blanca y azul y un jean para estar cómodo, se sube al Fiat Siena negro de la remisería y empieza su jornada laboral que terminará al día siguiente.

-¿Me puedo ir con vos? –le pregunta Lucho a Paula a las cinco y media de la mañana.

– Obvio, yo te tiro.

Paula, Lucha y Angie salen a las seis de Pilar hacia San Isidro la madrugada del domingo 2 de diciembre de 2012. El sol veraniego ya pega en el parabrisas y el día promete. Angie es la primera en llegar a su casa, a las seis y media. Los chicos siguen a lo de Lucha, donde se quedan hasta las ocho.

La línea 203 empieza su recorrido en San Miguel y lo termina en Puente Saavedra, es amarillo y pasa cada quince minutos, a no ser que sea domingo, caso en el que los colectivos parecen estar de paro rutinario. Nora está en la parada en frente del Hospital Central de San Isidro que queda al 431 de Avenida Santa Fe. Tres otros asiduos del 203 la acompañan cómplices en la espera. Son las ocho de la mañana, está esperando el colectivo hace media hora y sabe que la llegada es incierta. A pocos metros, doctores y familiares con sueño fuman cigarrillos mañaneros a la salida del hospital y a dos cuadras está el siempre activo Cuartel de Bomberos de San Isidro, lleno de jóvenes voluntarios que deben cumplir 40 horas semanales en turnos rotativos que los dejan sin dormir y ansiosos por un fuego que no desean oficialmente a nadie, pero que secreta e íntimamente añoran.

-Avisame cuando llegues… -se despide Lucho en la puerta de su casa. Paula sigue viaje, contenta por la noche y porque la avenida está desierta, va a llegar en cinco minutos a su casa.

Son las ocho y cuarto de la mañana cuando el semáforo de la salida del Hospital Central de San Isidro se pone en rojo. Carla venía por el carril lento y frena su Corsa también rojo ante el cruce. A dos carriles frena un Gol gris, lo maneja una morocha de vestido de mariposas. “Qué lindo estar volviendo a esta hora”, piensa Carla que está yendo a trabajar y el semáforo se pone en verde.

Paula arranca a la altura del hospital, pero no avanza más que unos metros porque por su mismo carril está viniendo, en contramano, un auto muy rápido. Por el carril lento va un Corsa rojo con una chica y las dos volantean, una para cada lado, y dejan espacio para que el auto las pudiera esquivar. El Siena negro parece entenderlo y se perfila hacia el medio, pero de repente cambia el rumbo y va directamente hacia Paula, de frente.

“Ahí viene, al fin”, piensa Nora que ve el 203 que se acerca a un par de cuadras. Pero el sonido de un choque la exalta. Ve que un auto negro chocó al gris que estaba en el semáforo, lo destruyó. Asustada, se acerca a ver cómo puede ayudar.

–Tranquila, tranquila, va a estar todo bien –le dice a la chica de vestido de mariposas que bajan del auto destruido.

Los reflejos la ayudan, Paula suelta el freno y saca el cambio para no ofrecer resistencia. Sube las piernas al asiento y se agarra fuerte del volante cuando recuerda que no tiene airbag. La embestida es brutal y el volante le golpea las piernas, queda aplastada.

Cuando reacciona intenta salir del auto, pero no puede por los nervios. Ve por la ventana que el colectivo 203 apenas pudo frenar a cinco pasos de su auto y la sorprende la mirada compasiva del colectivero, que le da seguridad y miedo porque todavía no entiende qué pasó.

Un chico de remera blanca se acerca, mete la mano por la ventana entreabierta y destraba la puerta para sacarla en brazos, mientras ella llora sin parar y sin reparar en que su salvador se mete nuevamente en el auto.

Se escucha la sirena de los bomberos, se acerca mucha gente y Paula, acostada en la mitad de Avenida Santa Fe, se sorprende al ver que el chico de remera blanca se va corriendo. Más tarde se daría cuenta de que le había robado el celular.

-Tranquila, tranquila, va a estar todo bien –le dice una mujer que estaba en la parada del 203.

Nicolás se está fumando un cigarrillo en la puerta del Hospital Central de San Isidro cuando ve que un auto negro va a toda velocidad y en contramano por la avenida y embiste de frente a un Gol gris justo después del semáforo de la salida del hospital. La chica de vestido de mariposas que bajó del Volkswagen está muy alterada y solo quiere llamar a su mamá. Ve que se levanta como puede y que vuelve al auto destrozado a buscar su celular.

-¿Vos estás loca? ¿No olés el olor a aceite que hay? ¡Alejate del auto! –le grita mientras la agarra de la cintura y la sienta en uno de los escalones de la puerta del hospital. Le cuesta mantenerla quieta, pero la obliga a quedarse ahí hasta que la puedan revisar.

-¡¿Qué hacía este tipo de este lado de la calle?! ¡¿Qué hacía?! –grita Paula sin parar. No entiende qué pasa, le quiere ir a pegar y preguntarle qué estaba pensando para ir en contramano por Santa Fe, lo quiere matar. Le gritan que se calme y que se quede quieta, pero ella no entiende nada.

Llega un camión de bomberos y sacan al conductor del auto negro, ella tiene a 10 personas alrededor, pero a él lo sacan de a dos y mucho más tarde. El hombre está inconciente y lo arrastran para que salga del auto. En ese momento Paula deja de gritar y la impotencia disminuye, siente empatía.

Son las ocho y cuarto de la mañana cuando suena el teléfono en el Cuartel de Bomberos de San Isidro, llaman desde el hospital a dos cuadras. Hubo un choque con dos heridos y la avenida está cortada. Llegan a los pocos minutos y reconocen a una de las implicadas, una chica de 18 años con un vestido de mariposas que está histérica y demasiado movediza. Primero se encargan de sacar al conductor del Siena del auto, está inconciente.

Uno de los bomberos le agarra el cuello a Paula con las dos manos y trata de tranquilizarla.

-¡No te muevas! ¿Me podés decir tu nombre?

-Sí, Paula Rafapi.

-¿Sabés qué día es hoy?

-Domingo.

-¿Qué hora pensás que es?

-No sé, ¿las siete?

Aparece otro bombero que le da un cuello ortopédico de plástico y baja del camión una camilla, donde la atan con cintas alrededor de pies, cadera y pecho.

Atan a la chica del Gol a una camilla de madera, Nora busca sus cosas del auto y se las pone sobre la panza.

-Decime a quién querés que llame –le dice mientras la mira acostada.

-A mi mamá.

-Decime el número –no se lo acuerda. Siguen hablando mientras los bomberos la suben a la ambulancia que sale y vuelve a entrar al hospital. Finalmente recuerda el número.

-Tranquila, yo le voy a avisar y me voy a quedar con vos hasta que ella llegue. ¿Cómo se llama?

Son las ocho y media de la mañana del domingo cuando Estela atiende, sorprendida, su celular.

-¿Hola?

-Hola, Estela, mire, habla Nora, estoy en Santa Fe en frente del hospital de San Isidro y su hija acaba de tener un accidente. Tranquila que ella está bien, está conciente, pero no encuentra su celular y no la puede llamar. –A Estela se le quiebran las piernas y sale con Guillermo, su marido, hacia el hospital. En la puerta se encuentran con Nora, la mujer que los llamó, pero los doctores no los dejan ver a Paula.

Le revisan desde los ojos hasta las uñas y la mandan a hacerse radiografías y tomografías. Entran y salen médicos todo el tiempo, le preguntan si tiene obra social y buscan el carnet en su billetera. Paula solo quiere ver a sus papás. Mientras la trasladan por los pasillos una cirujana la consuela, le agarra las manos y le seca las lágrimas. En ese momento Paula se duerme y se despierta en la Unidad de Observación. Recién alrededor de las diez y media puede ver a sus papás.

-Papá te juro que yo no fui, –llora Paula –el pibe me chocó en contramano. –La tranquilizan y se queda dormida de nuevo. La despiertan porque la tienen que trasladar al Centro Médico Olivos, donde la espera su hermano.

No recuerda nada más hasta las cinco de la tarde. Quería abrir los ojos, pero no podía. Sabía que estaba su mamá al lado, que la tocaba y que no paraba de rezar. Sigue durmiendo. Le dan el alta a las siete de la tarde, le cocinan sorrentinos de jamón y queso, su comida preferida, y duerme hasta el lunes.

Antonio Corregi cayó en coma alcohólico en el momento del impacto y estuvo internado durante una semana. Había chocado a dos autos más sobre la avenida. El Siena no es de él, el seguro no cubre el accidente porque estaba borracho y es insolvente.

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