Derecha e izquierda

 

 

 

 

 

 

Lo miré cuando pasaba junto a él e interpretó mi mirada equivocadamente.

No me siento cómodo en estas urbes inmensas y ruidosas como Buenos Aires. Estoy aquí porque a mi regreso al país necesitaba hacer pie en algún lugar donde tuviera vínculos para reinsertarme. Pero son demasiados vehículos, demasiadas sirenas, demasiadas maquinarias produciendo un estruendo constante.

Creyó que lo acusaba cuando, al pasar junto a él, me tapé los oídos y lo miré. Entonces, cortésmente, detuvo su trabajo con la taladradora neumática. Pero cuando lo miré no fue mi intención acusarlo. Sólo lo hice porque me llamaron la atención sus orejas desprovistas del protector acústico. Tuve un pensamiento inmediato que estableció automáticamente una relación de causa-efecto. Me dije: “La nueva política de reducción de costos laborales”.

Hablaba con un amigo de la infancia –la amistad, uno de los motivos no económicos por los que volví a establecer mi residencia en la ciudad donde nací- hablaba con él y en la conversación apareció al acaso la descripción de la escena que había vivido pocos días antes. Mi amigo comentó:

-Se resisten a usar los equipos protectores. Son caprichosos y, en definitiva, irresponsables, porque atentan contra su propia salud.

Fue una respuesta automática y, como lo hice yo cuando califiqué la situación que había observado, estableció una relación de causa a efecto basada en sus prejuicios ideológicos.

Mi amigo, llamémoslo José para este relato-documento, fue niño de una familia, como la mía, beneficiaria de la movilidad ascendente de la que alguna vez gozó la sociedad de nuestro país. Mi padre empezó su vida laboral como obrero en una fábrica de envases de hojalata; gracias al estímulo de un buen jefe se inscribió en un colegio secundario nocturno y luego, con gran esfuerzo y sacrificio personal, terminó una carrera universitaria. El padre de mi amigo no tuvo tanta voluntad como el mío pero, con su sueldo de empleado público, se hizo la ilusión de que podía mantener una familia de cuatro personas y que sus hijos terminaran estudios universitarios. Les hicieron creer que todo eso era posible y, a fuerza de creérselo, nuestros padres lo consiguieron

José, mi amigo, se siente fracasado. Es verdad que profesionalmente no tuvo éxito. Con su título de ingeniero eléctrico bajo el brazo abandonó la empresa donde trabajaba y en la que, según su jefe, tenía un futuro promisor, para iniciar su aventura de emprendedor. Fundó una mini pyme a la que le fue muy bien hasta que el régimen menemista inició su cuesta abajo. Cuando, endeudado hasta las orejas, tuvo que cerrar la fabriquita, fue dando tumbos por puestos subalternos de empresas donde tenía que hacer trabajos para los que no estaba preparado ni técnica ni moralmente. El ingeniero terminó su vida de ingeniero como “emprendedor” unipersonal, arreglando desagües y calefones, y psíquicamente destruido.

José y su mujer se jubilaron gracias a las moratorias que implementó el gobierno saliente. Hoy tendrían que conformarse con la limosna del subsidio del ochenta por ciento de la mínima, además no trasmisible al cónyuge supérstite. No obstante, cuando alguien le señala que sin las políticas sociales del gobierno anterior él y su mujer nunca se habrían jubilado, con gran autoridad responde: “No hicieron más que darme lo que me había ganado”. No se le ocurre pensar, o se niega a hacerlo, que en el cavallomenemismo su haber jubilatorio habría estado congelado por años y que con su sucesor, el cavallo del aruismo, con Patricia Bullrich como ministra de trabajo, se lo habrían rebajado un trece por ciento.

Cuando mi amigo saca el tema del tiempo mítico en que era un “empresario independiente” y yo, tratando de no herirlo pero no queriendo traicionar la realidad histórica, le señalo los males de la política económica menemista, reconoce que fue en ese entonces que se precipitó al vacío y acepta a regañadientes que su catástrofe personal tal vez no fue exclusiva culpa suya; pero a continuación sonríe ilusionadamente, como si se sacara treinta años de sobre los hombros y regresa al paraíso perdido: “Pero al principio, con Menem, las cosas iban bien”.

Se refiere, sin saber a qué, a los primeros años del gobierno alabado por el Fondo Monetario Internacional, cuando el régimen depredador de Menem, Cavallo y la pandilla de sus secuaces, vendieron a sus amigos a precio vil el patrimonio acumulado por el país en cien años. Una vez asesinada la gallina de los huevos de oro y agotada la fuente de ingreso de dólares provenientes de aquella liquidación, la paridad del uno a uno se sostuvo con endeudamiento y ajuste presupuestario para pagar los intereses crecientes –le ruego, desconocido lector, que no me denuncie ante el juez Bonadío por traición a la patria por insinuar veladamente paralelismos con el luminoso presente-. Cuando la miseria de los salarios de los trabajadores y la desocupación, más el aluvión de bienes importados a bajo precio derrumbaron las ventas, las empresas cerraron y la bola de nieve de la catástrofe creciente le pasó por encima a la mini pyme de mi amigo José, el “emprendedor”.

Volvamos al principio de este relato, circular como la historia argentina.

Las reacciones automáticas del sujeto de derecha y del progresista o de izquierda ante los oídos descubiertos del obrero de la taladradora se basan, como señalé en el comienzo, en sus respectivos prejuicios o en la teoría subyacente que informa sus razonamientos.

El individuo de derecha piensa que el obrero es el único responsable de sus orejeras protectoras, que seguramente, a su entender, el patrón le ha provisto. Así también piensa que el fracaso de su fabriquita es de exclusiva responsabilidad del emprendedor. “Me faltaron agallas”, dice José. “Otros se salvaron porque, aunque yo era bueno en mi trabajo, ellos eran más hábiles”. “O más inescrupulosos” pienso yo y prefiero callarme la boca para no enzarzarme en una discusión inconducente. Para José, ni la sociedad ni la política tienen nada que ver con su historia personal.

El hombre de izquierda (o progresista) cree que la sociedad y sus gobiernos son responsables de que el empleador, primero, provea los equipos imprescindibles a sus trabajadores y, segundo, controle que los utilicen. Y también cree que la sociedad es responsable de educar a sus integrantes para que cuiden tanto de los demás como de sí mismos.

En conclusión, la derecha es individualista y considera a la sociedad como un medio donde todos luchan contra todos en la búsqueda del éxito personal. La izquierda verdadera (no me refiero a la socialdemocracia a la europea, muy bien integrada en el bipartidismo neoliberal), cree que la sociedad debe ser un medio apropiado para que los seres humanos cooperen, trabajando solidariamente, a fin de enriquecer la vida en comúny, por ese medio, sus vidas individuales.

Septiembre, 2017

Jorge Andrade

 

Jorge Andrade, escritor, economista, crítico literario y traductor. Ha publicado numerosas novelas, entre ellas, “Desde la muralla”, “Vida retirada”, “Los ojos del diablo” (premio internacional Pérez Galdós, España); el libro de cuentos “Ya no sos mi Margarita” y el libro de ensayos “Cartas de Argentina y otros ámbitos”. Fue colaborador del diario El País y de las revistas El Urogallo y Cuadernos Hispanoamericanos de España, así como del diario La Nación de la Argentina.

 

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