De Juan Gabriel o mi padre era un domingo que seré.

De Juan Gabriel o mi padre era un domingo que seré.

Era 1988 en Venezuela y yo tenía 4 años. Recuerdo que mi padre todos los domingos me mandaba a colocar sus discos de acetato en el “picó”[1], un aparato Silver tres en uno, radio, cassette y disco, una maravilla. Papá tenía una buena colección de música. Era melómano y no lo sabía. Entonces, una de sus únicas diversiones de obrero cansado era sentarse todos los domingos con una botella de vino Lambrusco y oír durante horas discos al azar. Ese ejercicio desordenado de apreciación me parece desde entonces la mejor forma de escuchar música. Mi padre no tenía un gusto musical demasiado formado, pero intuía en esa anarquía auditiva una especie de libertad emocional, sin guía, sin patrón, sin más pretensiones que cerrar los ojos y perderse en los caminos del Lambrusco y el scratch de la aguja sobre el vinilo.

Papá tenía de todo, o al menos a mí me parecía que tenía toda la música que alguien podía necesitar: Air Supply, Ray Conniff, Raphael, Reynaldo Armas, Julio Iglesias, Marvin Santiago, Fausto Papetti, Pedro Infante, Rafaela Carrá, Demis Roussos, Eneas Perdomo y más elementos disímiles dentro de un sistema caótico, su caos. A mí me gustaban los discos de Serenata Guayanesa. Los ponía una y otra y otra vez. Debo haber oído un millón de veces Serenata Guayanesa canta a los niños. A Serenata aprovechaba de oírla en las tardes entre semana, cuando mi padre trabajaba manejando un autobús desde el amanecer hasta la noche.

Luego, los fines de semana, yo era el pinchadiscos oficial de papá. Sólo se oía lo que él indicaba. Aún recuerdo el olor del trapo empapado en vinagre con el que limpiaba los discos; o me parece oírlo claramente diciendo: “Ponte ahora el disco de El Cazador Novato” y mi mamá espantada en el comedor oyendo las “vulgaridades de ese señor. ¿Qué va a aprender tu hijo?”[2]. Yo colocaba el acetato en el tocadiscos, sujetado por una especie de barrita vertical de metal pegada a un bracito negro de plástico y el artefacto hacía todo lo demás. Sonido cuadrafónico garantizado que fluía por unas cornetas horribles de madera recubiertas con fórmica y que ambientaban la sala, la casa entera, el barrio, el universo. Era una tecnología muy cabrona para 1988. Luego de hacer sonar el vinilo me sentaba a leer las contratapas de los discos: “El disco es cultura”; “Producido por Sonorodven”; “Precio de venta al público 4 bolívares”. Papá escuchaba su música perdido en fase REM y se despertaba justo cuando iba a terminar una canción. Estaba perfectamente sincronizado con cada tema. Salía y entraba del coma, del trance, con mucha facilidad. Yo sólo leía, intentando captar y capturar el sonido más a través de los ojos que de los oídos.

A menudo ocurría que mi padre estaba triste. Habría tenido una mala semana. La situación económica nunca fue del todo buena en casa. Y no lo sabíamos aún, pero se presentía lo que ocurrió luego en febrero del 89[3]. En la mayoría de las casas pasaba lo mismo que en la mía, mucho trabajar, muchas cuotas por vencerse, muchos aparatos a crédito. No sobraba la comida. Pero incluso en esos momentos papá nunca dejó de escuchar su música cada domingo. Sólo que en esas veces de tristezas él me mandaba a colocar, estricta e invariablemente, discos de Juan Gabriel. Era la música que más me gustaba después de Serenata Guayanesa. Eran las veces en que dejaba de leer las contratapas e imitaba a mi padre, cerrando los ojos, dejándome llevar por los meandros de ese sonido dulzón y triste aun cuando se pretendiera festivo. Porque cuando Juan Gabriel cantaba alegre y burlón era cuando me parecía más nostálgico y desgarrado. Cada domingo durante muchos años de infancia los pasé absorbiendo cada nota, cada letra y cada idea de las canciones del Genio de Parácuaro. Todo en medio del absurdo calor de un pueblo situado al sureste del infierno[4], lo que acentuaba la tensión dramática. Esos guitarrones tristes y crepusculares; esas destiladas trompetas, tan fuertes, tan claras, tan sonoramente tequilas; esos violines llorones, manipuladores y solemnes; esa voz amariconada, hermosa, potente y profundamente nostálgica de Juan Gabriel son parte fundamental del soundtrack de mi infancia. Mi educación sentimental, el marco teórico de los barrancos y despechos que atravesé después los aprendí esos domingos mexicanizados y entendí, creo que para siempre, que el amor es lágrima, nostalgia, abandono, cursilería, humillación, desgarro, soledad, revancha, pérdida, derrota, drama, venganza, un desierto vacío y ponzoñoso que sólo llenan las canciones de Juan Gabriel.

Luego crecí y dejé de ser el pinchadiscos de mi padre; se vendió el picó y papá compró con mucho esfuerzo un equipo de sonido usado, casi inservible, que reproducía discos compactos. La tecnología del 88 empezaba a quedar obsoleta. Y no sé por cuál razón mi padre nunca compró discos compactos de Juan Gabriel. Quizá ya no sentía tristezas, quizá tenía demasiadas y se había prohibido toda forma de dolor. Quizá en los años noventa muchos perdieron la capacidad de sentir. No había tiempo para nostalgias ni alegrías. Era tiempo de simplemente resistir.

Entonces también dejé de oír a Juan Gabriel. Había entrado largo en la adolescencia, era un peligroso volcán de hormonas a punto de hacer erupción. Y era feo e inseguro. Creo que nunca dejaré de serlo, pero en esos años duros de la adolescencia, donde los muchachos y las muchachas son crueles, yo era un homenaje al acné, una celebración de la virginidad y la masturbación, un canto a la timidez y al tartamudeo. Está claro que no tenía mejor idea que enamorarme para redondear el cuadro más patético. Me enamoraba a diario. Me despechaba a diario también. Ninguna muchacha quería siquiera apiadarse del muchacho grave, solitario y triste –para colmo aspirante a poeta- que era en esa época. Mis viriles y exitosos camaradas preferían mantenerme a distancia para que no les contagiara mi mala suerte. Era yo solo con la hostilidad. Mi padre había desaparecido hacía bastante tiempo. No sabía nada de él ni él sabía nada de mí. Nos habíamos perdido el rastro. Todo eso a pesar de que dormía en la habitación contigua a la mía.

Tuvieron que pasar varios años para que en mi primer gran desamor volviera, inconscientemente, a oír a Juan Gabriel. Era la primera vez no mental, no fruto de mi imaginación, que una mujer y yo nos amábamos, es decir, que teníamos sexo. A los 17 años todo es eterno. Y nuestro amor lo fue los dos años que duró. Al marcharse –palabra dramática e ideal en el contexto amoroso- quedé asolado. Fue entonces cuando toda la educación emocional que había aprendido con Juan Gabriel y que yacía dormida explotó. Desgarrado, melancólico y trágico yo era una ridícula imitación de Hamlet, un Hamlet subdesarrollado y tropical que en medio de la canícula y el polvo se preguntaba como dilema existencial si ese día bebería anís o el ron más matarratas que consiguiera. Buscaba la forma más rápida y llamativa de matarme. Quería aleccionar a todos, en especial a aquella farsante a la que “creí que era buena / yo creí que era sincera”. Había vuelto Juan Gabriel, ya no como teoría emocional ni como solo recuerdo infantil. Volvía su voz ahora encarnada, punzante, hiriente, volvía para inocularme la dosis perfecta de tragedia, orgullo y humillación. Y lo peor era que tenía que oírlo clandestinamente porque Juan Gabriel, el Juan Gabriel de mi niñez, resultaba ahora que era maricón. O mejor dicho, maricón siempre había sido, pero ese descubrimiento reciente resultaba un problema para mis camaradas, los machitos duros del pueblo. Así que si Juan Gabriel era un recuerdo único de mi niñez ahora se había vuelto más íntimo, más cercano, más mío. Como si nos entendiéramos de toda la vida y guardáramos un pacto en el que yo no revelaría su homosexualidad ni el contaría de mi gusto por sus canciones. Hasta mamá me dijo un día que me descubrió en otra crisis de amor oyendo “Costumbres”: “si sigues oyendo esa música vas a terminar como tu primo”. Mi primo Ignacio, del que toda la familia decía que no tenía novia conocida porque “Ignacio es un pícaro, ¿qué mujer va a soportar un tipo tan mujeriego como él?”. Mi primo, tan toscamente frágil; tan delicado, tan reprimido, tan flor.

Algunos años más transcurrieron. Muchos desamparos amorosos atravesé, algunos de ellos tan largos e intensos que terminaron por aburrir hasta a mis amigos más cercanos. Y en todos estuvo Juan Gabriel, haciéndome sentir a ratos el tipo más digno, autosuficiente y altanero del mundo, para, media hora después, desarmarme las precarias empalizadas con que pretendía defenderme de la nostalgia y el llanto.

Cada uno tiene su propio mapa emocional, su geografía sentimental. Y cada uno de esos paisajes particulares lleva un soundtrack asociado. El despecho es una de las patrias a las que más se le ha cantado. Hay tipos que resuelven sus desamores volviéndose criminales, asesinando o dándose un balazo en la sien. Otros buscan recrear en el aroma de otras mujeres la fragancia perdida de la piel ideal. Yo prefiero oír a Juan Gabriel, remontarme a la niñez, a la adolescencia. Me gusta la mariconería trágica y exagerada con la que expresa sus emociones. Me gusta ver sus performances en el escenario, esos eléctricos brincos de cabra en celo que da mientras agita los hombros desesperadamente. Porque todo Juan Gabriel es eso, una exageración dosificada, un arrebato travestido y melancólico que es capaz de desnudarse el alma ante cien mil personas.

Tendría que decirle a mi mamá que aprendí muchas más vulgaridades estos años escuchando a los políticos que al Cazador Novato. Tendría que decir que mi padre nunca más volvió a oír la música de Juan Gabriel. Supongo que se enteró de que el tipo gustaba de otros tipos. Quizá piense cuando me ve escuchar sus canciones que yo también soy como el primo Ignacio. Tal vez, simplemente, dejó de interesarle la música. Del reproductor de discos compactos tampoco queda nada. Menos del viejo tocadiscos. Papá los vendió para comprarse un televisor. En el televisor a veces pasan un imitador de Juan Gabriel que exagera hasta la deformación la homosexualidad del tipo. Mi padre lo ve y se divierte. Parece haber olvidado aquellos domingos en que éramos cómplices y en donde aprendí que el amor es desamor y que todo en esta vida puede sobrellevarse con aguardiente y música.

[1] Venezolanismo por “pick-up”, nombre dado a los tocadiscos hasta los años 80.

[2] Recitador colombiano de música folclórica conocido por sus temas obscenos.

[3] Histórica revuelta popular en Venezuela conocida con el nombre de “El Caracazo”.

[4] Este pueblo se llama Cagua y está ubicado en la región central venezolana. Hasta no hace muchos años podían verse hombres a caballo llevando hatajos de reses por las calles principales rumbo al matadero. Este villorrio tenía un loco oficial, una señora que curaba tísicos con oraciones y un viejo que daba la hora exacta con tan sólo mirar las siluetas de las sombras sobre el suelo. Su mayor orgullo histórico era haber recibido a Simón Bolívar y sus tropas una noche que acamparon antes de continuar hacia alguna batalla.

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