De cancha de tablones, de tías solteronas y un tío llamado San Pedro.

Hoy hace 6 años perdí a mi viejo y me gusta recordarlo con una anécdota: la primera vez que me llevó a la cancha.

Bajamos en la Estación Virreyes, estábamos fuera de mi espacio aéreo por decirlo de alguna manera y para seguir con el tema del viaje en avión de Mendoza a Buenos Aires. Este nuevo territorio me era totalmente desconocido, no tenía manera de orientarme. Allá, cuando te perdés, la referencia la tenés siempre a la izquierda, donde podés ver las montañas Acá no. Estábamos en San Fernando, para ese entonces yo no distinguía la diferencia entre Capital y provincia. Era todo lo mismo, y mis niveles de asombro estaban alarmantemente altos como para pensar. Habíamos andado casi una hora en tren y aún seguíamos en “zona urbanizada”, tremendo. Mis ojos pasaban de la calle empedrada a los árboles de mandarinas. Quería preguntar, pero no sabía por donde empezar. Mi viejo era un tipo de pocas palabras y no entendió mi lenguaje gestual, como mis manos húmedas y mis ojos cada vez más grandes escudriñando y absorbiendo todo lo que podía de ese trayecto, para después contarlo de la manera mas fiel, y con esa pizca de exageración que aún conservo cuando relato algún hecho. Caminamos algunas cuadras y de repente:

– Ahí está-. Dijo mi viejo.

:a cancha de Tigre, lo más monumental que yo hubiera visto hasta ese momento. Acostumbrado a ir a la cancha de Luján, eso era como el nido de pájaros de Beijing, bueno… está bien, exagero, pero a mis ojos era inmensa. Jugaba Tigre – Morón, no recuerdo nada del partido, sólo como temblaban los tablones bajo mis pies. De temblores sabía bastante. En Mendoza suceden a menudo, pero este temblor era diferente, los tablones parecían quebrarse bajo mis pies, pero era un movimiento constante, casi rítmico. Esa tribuna llena, esos apretujones y esos gritos desaforados, me desconcertaron. Confieso que estaba asustado, dos goles nos habían hecho bajar varios escalones, y recuerdo no haber soltado la pierna de papá en ningún momento. No sé si fue el miedo o el exceso de adrenalina en sangre, pero jamás pude concentrarme en el partido, nunca supe el resultado.

Cuando todo terminó, y utilizo la palabra “todo” porque fue una experiencia licuante, centrifugante, que me impidió concentrarme en algo específico, imposible de absorber para un principiante como yo, fue una mezcla de sensaciones difíciles de explicar, la nada misma comparado a lo que sucedió el domingo siguiente cuando me llevó a ver a Boca – Independiente, pero esa es otra historia que me reservo para más adelante.

Cuando terminó el partido fuimos a conocer la casa donde mi viejo había pasado su infancia. Quedaba pegada a la cancha, mientras la observábamos me contó la historia de cuando jugaba en Tigre, de 5, y mis abuelos decidieron radicarse en Mendoza y le arruinaron su incipiente carrera de futbolista. Antes de volver a la estación para ir a Tigre, a lo de  Manuela, la tía que vive sobre pilotes, pasamos por la casa de la prima de mi papá, “La Beba”, no entendí bien porque era prima, una solterona cuya casa olía a viejo y era demasiado oscura. No me causó buena impresión, menos aún cuando supe que había sido la primera novia de mi papá, ahí agradecí a los abuelos que se lo llevaran a Mendoza. Esa mujer fea, como pudo, como pudo… se lo contaría a mamá cuando volviéramos. De repente entre la oscuridad de un pasillo lúgrube apareció un hombre en silla de ruedas, de manos huesudas, mirada vidriosa, en camiseta, era San Pedro, si, San Pedro así se llamaba. No se si fue el nombre o su apariencia o ambas cosas, pero me acuerdo perfectamente de él. San Pedro, era el padre de “La Beba”, en teoría un tío de papá, no pude seguir con exactitud la línea genealógica, se bifurcaba mucho y en determinado momento perdí el rastro, pero era el tío San Pedro. A “La Beba” le costó explicarle quienes éramos, el viejo había perdido la memoria, además de la capacidad de hablar, caminar, cagar, mear, entre otras actividades humanas, pero cuando Papá me dijo que San Pedro había sido maquinista de trenes, mi imagen de ese “hombre vegetal”, cambio radicalmente. Me tragué toda una conversación inentendible mientras me tomaba una limonada -que no tenía el menor dejo de gusto a limón- entre anécdotas de adolescentes, nombres de tías, tíos, primos, cuñados, muertes, peleas por herencias y otros temas.

Comencé a aburrirme y mi cara fue más que elocuente, al fin el viejo entendió el mensaje. En un momento se paró y dijo:

-Nos vamos Beba, vamos a visitar a Manuela.

Si, a mi tía Manuela, la que vivía enfrente del hospital de Tigre en la casa sobre pilotes. Beba me dio un beso, que por supuesto, y muy disimuladamente, borré de mi cara con la manga del pullover. Partimos a la estación. De nada sirvió la descripción previa de papá para prepararme sobre que era Tigre, un delta con islas y casas por encima del piso. De repente estábamos ahí, parados frente a la casa de Manuela, y yo… y yo en trance.

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