CUATRO AÑOS DESPUÉS. La Batalla Cultural (Segunda Parte)

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CUATRO AÑOS DESPUÉS. La Batalla Cultural (Segunda Parte)
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CUATRO AÑOS DESPUÉS La Batalla Cultural (Segunda parte) El amo cuida su huerto Los fracasos de los avances imperialistas de los Estados Unidos en Afganistán e Irak, la conciencia íntima aunque no reconocida de que su poder hegemónico declina y está destinado a ser compartido e, incluso, resignado ante la pujanza del crecimiento y el dinamismo de China, así como ante su diplomacia mucho más sutil que la tosquedad de la americana, lo ha empujado a la actitud defensiva de abroquelarse tras sus fronteras. Me refiero a sus fronteras ampliadas, a las que alude la expresión de la doctrina Monroe de “América para los americanos”, obviamente los del norte, es decir las fronteras que abarcan su patio trasero. Durante varias décadas empeñado en marcar territorio en los límites de la Unión Soviética, y de la Federación Rusa después, luego engolosinado con el petróleo de Irak, Estados Unidos se distrajo de sus intereses continentales. En ese interregno los presidentes Lula da Silva y Kirchner, con el apoyo de Chaves y de los restantes mandatarios del Mercosur, se permitieron el desplante del “No al ALCA” ante la propia cara de George Bush (h). El vínculo del norte con el sur adquirió tonos más respetuosos a partir de la presidencia de Barak Obama, pero no hay que olvidar que el poder del presidente de los Estados Unidos está limitado por el de los servicios secretos, el Pentágono y el complejo tecno-armamentístico, además de otros múltiples grupos de interés con fuerte capacidad de lobby, de modo que las operaciones de inteligencia en el “patio trasero” continuaron. Éstas cobraron mayor relevancia desde que tomara el mando el brutal gobierno Trump, cuando ya no quedaron dudas de que la potencia en declive daba prioridad a la consolidación de su hegemonía sobre el extenso continente que se desarrolla desde México hacia el sur. Llegada a este punto, la política exterior de los Estados Unidos se puso en movimiento para desplazar a los gobiernos progresistas que interferían en sus designios abiertos de dominación. Se inició la saga de golpes más o menos blandos encabezados por sus cómplices al interior de los países latinoamericanos. Tempranamente, en 2002, y aún bajo Bush, tuvo lugar el putsch que intentó derrocar al más antiguo de los líderes llamados peyorativamente “populistas”, Hugo Chaves de Venezuela, al que le siguió en 2010, ya bajo Obama, el levantamiento policial contra Rafael Correa en Ecuador. Ambas tentativas fracasaron, en el segundo caso gracias a la solidaridad del bloque progresista de la Unasur que ya se había consolidado, y dentro de éste con el compromiso decidido de los dos grandes países del sur, Brasil y Argentina, en defensa de la democracia. Un año antes, en 2009, la conspiración continental en marcha había logrado su primer éxito al apuntar a uno de los países más pequeños y débiles del continente: Honduras. Su presidente, Manuel Zelaya, electo por el partido Liberal, promovió medidas que pretendían beneficiar al país en su conjunto, entre ellas el ingreso en el tratado comercial de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), liderado por Venezuela. Los militares, complotados con los propios compañeros de partido del presidente, lo secuestran en medio de la noche y lo depositan del otro lado de la frontera con Costa Rica. En este caso no valieron de nada las presiones de los gobiernos democráticos de la región para que el presidente fuera repuesto en su cargo. El siguiente ataque fue contra el corazón mismo del Mercosur, el organismo que se le plantó a George Bush (h) negándose a sumarse al pacto comercial con los Estados Unidos denominado ALCA. Se trató de un clásico, la traición de su vicepresidente Franco al presidente Fernando Lugo. Después de una larga campaña mediática para desprestigiar al primer mandatario, el parlamento, en 2012, lo destituyó en un juicio político express que no le dio tiempo para preparar su defensa a Lugo quien, hay que decirlo, no pareció con ánimos como para dar una pelea enérgica y que en ningún caso hizo intento de movilizar en su apoyo a quienes lo habían votado a la cabeza del Frente Guasú (Frente Grande). Lo sustituyó el vicepresidente Franco que asfaltó el camino para el regreso al poder del derechista partido Colorado, que lo fuera del extinto dictador Stroessner. Las campanas del imperio se echaron a vuelo y convocaron a las brigadas libertadoras a lanzarse sobre la presa mayor, Brasil y, en el ínterin, preparar la ofensiva contra el segundo en la lista de espera: Argentina. Cuando publiqué “La Batalla Cultural”, en noviembre de 2015, es decir después de la primera vuelta de las elecciones y antes del ballotage, ya estaba en marcha la operación de descrédito para destituir a Dilma Rousseff y hacía años que se había iniciado la ofensiva contra Cristina Kirchner. A Dilma Rousseff el parlamento brasileño la despojó de su cargo sin haberle podido probar un solo acto de corrupción. Finalmente la excusa fue el haber reasignado partidas presupuestarias, una práctica habitual de todos los poderes ejecutivos. Previamente se había preparado el terreno con la manipulación de masas para convocarlas a movilizaciones anti Dilma. Hay que decir que fue la propia Dilma Rousseff la que facilitó esta estrategia por debilidad y tozudez. Cuando inició su segundo mandato, Dilma se sintió amenazada por la fortaleza de sus opositores políticos y en particular del poder económico, y cometió el error de dejar al descubierto su debilidad adoptando una política de ajuste para congraciarse con sus enemigos. Para implementarla, nombró como ministro de hacienda a un banquero ultra ortodoxo, el Chicago Boy Joaquim Levy. Con esta actitud se enajenó el apoyo de las clases populares que sintieron en carne propia los efectos del ajuste presupuestario que se tradujo en la pérdida de beneficios adquiridos durante las dos presidencias de Lula y la primera de la propia Dilma. A cambió no contó con el buscado beneplácito de los poderes fácticos que olieron sangre: la presa estaba herida. Acciones en la provincia más austral del imperio Al mismo tiempo que en el resto de América Latina se sucedía esta serie de acontecimientos, la ofensiva contra el gobierno de Cristina Kirchner se intensificaba. Llevaba años la “entente” empresaria-política-mediática-judicial su trabajo de desgaste del gobierno. En forma franca y abierta desde el levantamiento patronal contra la Resolución 125 de retenciones móviles a la producción granaría y oleaginosa. A partir de entonces hubo avances y retrocesos, ofensivas, retiradas, contraofensivas del gobierno que respondía con firmeza adoptando políticas que beneficiaban a las clases trabajadoras ante cada intento de reacción de la derecha (Asignación Universal por Hijo, reestatización del sistema jubilatorio, compra del paquete mayoritario de acciones de YPF, jubilación por moratoria para los beneficiarios que no hubieran completado los años de aportes, ley de Medios, las más notorias entre ellas). El objetivo de la derecha era provocar el colapso del gobierno y su caída antes de completar el mandato con el objetivo de que, de ese modo, se justificara su política regresiva. No lo consiguió. El poder político en ejercicio era sólido, los “fundamentals” macroeconómicos estaban bajo control no obstante las dificultades producto de la restricción externa (dólares escasos a consecuencia tanto de la demanda de importaciones debida al crecimiento, como del empeoramiento de las variables externas no controlables) y consecuencia también de falencias propias, en particular la incompleta reestructuración de la matriz productiva. Aunque conviene aclarar que la tal reestructuración estaba y sigue estando dificultada por los condicionamientos estructurales heredados de los gobiernos neoliberales, entre los cuales cabe destacar la extranjerización de la economía iniciada a partir del golpe cívico-militar de 1976 y acentuada durante el gobierno de Menem-Cavallo. Ante el fracaso de su plan de anticipar la salida del gobierno mediante un golpe de mercado (recordar la corrida contra el dólar de 2014, con la participación activa del Ceo de Shell, Juan José Aranguren, que compró masivamente dólares para su empresa a un precio muy superior al de mercado para forzar un nuevo piso de cotización) como sí lo logró con la hiperinflación ante Alfonsín y gracias al “rodrigazo” ante el débil gobierno de María Estala Martínez de Perón, los líderes de la reacción no tuvieron más remedio que ser pacientes y esperar el tiempo de elecciones. Se montó entonces el plan “B”, el fraude preelectoral. Con el asesoramiento y conducción del “Rasputín” bicéfalo, Durán Barba y Marcos Peña, se montó un programa de embustes consistente, resumidamente, en afirmar que no se tocaría una sola de las conquistas obtenidas por la “gente”, en sus términos, es decir por los ciudadanos o por el pueblo, en los términos de la democracia, a las que se agregarían nuevos beneficios como la derogación del impuesto a las ganancias de la cuarta categoría (el que fue rebautizado como impuesto al trabajo), la erradicación de la pobreza, o sea el tan declamado eslogan, en la confusa dicción de Mauricio Macri, de “pobreza cero”, o su anunciada “lluvia de inversiones”. A esas y otras promesas falsas se las articuló con una operación masiva de resignificación del lenguaje. En el citado artículo de mi firma, “La batalla cultural”, al que alude el subtitulo del presente, decía: “La derecha parece bien posicionada como para ganar su segunda batalla cultural. Las batallas culturales se libran con el lenguaje, vaciando de contenido las palabras para resignificarlas de acuerdo con las conveniencias estratégicas de los contendientes”.   En el resto del patio trasero Mientras esto sucedía en nuestro país, en el resto de América Latina seguía avanzando el Plan Cóndor II, con una sola variante respecto del primero orquestado en la Escuela de las Américas, los servicios de inteligencia de los Estados Unidos han dejado en un segundo plano a los ejércitos locales para abocarse a adoctrinar para el lawfare (guerra jurídica) a jueces y fiscales, a fin de que éstos persigan a los representantes del progresismo latinoamericano. Los magistrados al servicio de las fuerzas de la derecha se especializan en la violación de la ley y las garantías constitucionales que han jurado respetar, autodestruyendo de paso al mismo poder judicial. Por esta senda, la ofensiva mediática-política-judicial, que se inició con el impeachment a Dilma Rousseff, siguió su curso en Brasil con el encarcelamiento sin pruebas de Lula para sacarlo de la contienda electoral que, según todas las encuestas, habría ganado con amplitud. A tal fin, se basó para ello en la sola convicción íntima del personero de los poderes fácticos, el minúsculo juez de provincias Sergio Moro, en un proceso que vuelve a los tiempos de la Inquisición, ya que se sustentó no en pruebas objetivas sino en creencias subjetivas. La política siguió girando a la derecha con Sebastián Piñera en Chile e Iván Duque, del partido del sospechoso de narcotráfico Álvaro Uribe, en Colombia. Duque reemplazó al conservador Juan Manuel Santos, sin embargo un hombre negociador que llevó adelante el tratado de paz con la guerrilla de las FARC. A partir de la asunción de Duque se ha desatado una caza y asesinato de trabajadores sociales y de ex guerrilleros reinsertados en la vida civil y política de Colombia. Y, por último, el caso tan grotesco como dramático de un personaje risible y esperpéntico, el partiquino que llevó a cabo la más vil de las traiciones: Lenín Moreno. Vicepresidente con Rafael Correa y elegido presidente de Ecuador por pequeño margen en representación del partido País del propio Correa gracias al esfuerzo personal de éste en la campaña electoral, inmediatamente después de asumir la presidencia encabezó la persecución política y judicial de sus compañeros de partido, empezando por su valedor y ex presidente Correa. Y se echó en los brazos de los Estados Unidos y del Fondo Monetario internacional.   Acciones en la Argentina de los personeros locales del imperio Retrocedamos nuevamente cuatro años. En mi artículo citado me refería a la batalla cultural que libraba por entonces la derecha y hacía referencia a una anterior que había ganado mediante la manipulación del lenguaje. Se apropió en aquellas circunstancias de la palabra “campo” y gracias a ella logró el apoyo generalizado de la clase media que idealizó a los amotinados. La operación consistió en asociar el significante “campo” con “chacarero”, o sea con el pequeño productor rural que trabaja personalmente de sol a sol, hombro a hombro con los miembros de su familia y un par de peones que se sienten integrados en una comunidad de trabajo. Se logró disociar el campo de las grandes propiedades de miles de hectáreas, de los “pools” de siembra y de los conglomerados exportadores en gran medida trasnacionales. Con esa táctica ganó la derecha su batalla contra el “populismo” impidiendo que el gobierno reemplazara las retenciones fijas que gravaban las exportaciones de granos y soja por otras móviles atadas a precios y cantidades exportadas que, en definitiva, hubieran terminado beneficiando a los pequeños productores. Sin embargo, éstos pusieron la mano de obra del lock-out patronal que cortó rutas y desabasteció a la población. Un claro ejemplo de cómo una propaganda hábil puede seducir a aquellos que en realidad resultan perjudicados. En 2015 la palabra clave de la segunda batalla cultural también empezaba por “c” y era “cambio”. El partido conservador logró inculcar acríticamente en el imaginario popular, que abarcaba a la clase media y a buena parte de la clase media baja –a la clase pudiente no hacía falta convencerla- que era imprescindible un “cambio”. La propaganda goebbelsiana del asesor de Mauricio Macri Jaime Durán Barba, confeso admirador de Hitler, consiguió esta vez vaciar de significado el término “cambio” de modo de que la “gente” –otra palabra usada ideológicamente por la derecha para cancelar las ideas de “pueblo” y “ciudadanía”- se convenciera de que hacía falta un cambio sin plantearse de qué cambio se trataba. Una vez conseguida la limpieza del cerebro del votante, se completó el trabajo con las falsas promesas de respeto por las conquistas adquiridas y de mejoras en lo que yo –y no sólo yo- llamo fraude preelectoral. La manipulación de las conciencias, la creación de subjetividades, continuó inmediatamente después del triunfo en las urnas. A la purga ideológica de la administración pública y el reemplazo de los despedidos por adeptos se la disfrazó mediante la estigmatización de las víctimas, al convertir la venganza en una cruzada purificadora bautizándola como la “limpieza de los ñoquis” -es decir de la clientela política o la “grasa militante”, en palabras del ministro Prat Gay- que contaminaba el empleo público. Poco tiempo después fueron las declaraciones de Javier González Fraga, actual presidente del Banco Nación, que se iniciaban con la frase “Les hicieron creer…” y que instalaba la idea de la culpa y de la consiguiente necesidad de expiación. Javier González Fraga es un exponente destacado de la “meritocracia” -otro de los latiguillos de la propaganda neoliberal- economista por la Universidad Católica Argentina ubicada en el puesto 410 en el orden internacional de calidad educativa de institutos universitarios que publica la prestigiosa calificadora “QS WorldUniversity Rankings”, es decir una universidad de tercer orden; economista que tiene en su haber el logro inédito de haber fundido una fábrica de dulce de leche en el país de su invención. González Fraga aseguraba que el “populismo” le había hecho creer a la “gente” que con un sueldo medio de empleado medio podía comprar autos cero kilómetro, aires acondicionados, televisores plasma e, incluso, se alarmaba, hacer viajes al extranjero. El señor González Fraga no hacía más que parafrasear las palabras que en 2002 pronunciara Horst Köller, director gerente por esas fechas del Fondo Monetario Internacional; el luterano señor Köller afirmó entonces que los argentinos habían vivido una fiesta y que ahora era el tiempo de sufrir. La “entente” económica-política-mediática-judicial realizó esfuerzos denodados por producir un estallido económico que catapultara a Cristina Kirchner anticipadamente fuera del gobierno –recordar la corrida cambiaria de 2014, en la que tuvo papel preponderante, como lo señalé más arriba, Juan José Aranguren desde la conducción de Shell Argentina. Ante el fracaso de su propósito los conjurados no tuvieron otro remedio que auto infligirse la crisis que justificara el endeudamiento y el ajuste. El pago a los fondos buitre de un importe incluso superior al que demandaban y la consecuente toma de deuda en forma descontrolada, hasta el punto de emitir un bono a cien años de plazo, se realizó con la pueril excusa de que esa decisión tenía por fin evitar a la “gente” el sufrimiento de un ajuste violento (Prat Gay mintió acerca del déficit fiscal que le dejaba el gobierno saliente manipulando a ese efecto las cifras) optando en cambio por el camino del “gradualismo”. Ese fue el argumento del trabajo de adoctrinamiento del oficialismo mediante la distorsión del lenguaje. La pregunta elemental ante la opción elegida por el gobierno es que para qué tomar deuda en dólares para pagar gastos en pesos. La respuesta de la vulgata económica ortodoxa retruca que “para no darle vuelta a la manivela de la maquinita” de la emisión de pesos. La repregunta natural es la siguiente: “¿Acaso para comprar los dólares ingresados el Banco Central no debe emitir pesos?”. La única respuesta a esta repregunta es: “Sí”. Así hicieron y para “secar” la emisión crearon la “bomba” de las Lebac (Letras del Banco Central). Para llegar a este final no hacía falta endeudarse en dólares, bastaba con emitir pesos para pagar gastos en pesos. El motivo fundamental del endeudamiento en dólares no fue el declamado gradualismo, sino el favorecer los negocios financieros de los especuladores socios y amigos del gobierno, así como facilitar la fuga de dólares del país; y como objetivo final llevarnos al borde del abismo de default para arrojarse en los brazos del Fondo Monetario Internacional y, entonces sí, ahogados por su abrazo de oso, justificar como decisión exógena el brutal ajuste que sufre hoy nuestro pueblo. Tras casi cuatro años de la más veloz catástrofe socioeconómica que sufriera nuestro país –Ménem y De la Rúa tardaron entre ambos doce años en lograrlo- la derecha está hoy en la tarea de inocular en la subjetividad de los argentinos la idea de que viven una calamidad necesaria e inevitable para alcanzar en un futuro indeterminado el paraíso. Argumento que le sirve al gobierno para reclamar a la “gente” que le conceda un segundo mandato. Se trata de convencer al pueblo que la travesía del desierto es el purgatorio inevitable antes de alcanzar la tierra prometida: “Estamos mal pero vamos bien”. O: “Estamos mal pero con el populismo estaríamos peor”. Es el toque místico de la religión neoliberal que no es sólo una teoría económica sino un plan civilizatorio. Cuando la derecha neoliberal gobierna no acomete sólo reformas coyunturales que puedan ser revertidas, a su turno, por un gobierno que esté a su izquierda, sino cambios estructurales que comprometen al país por años e incluso por generaciones (Empréstito Baring Brothers por un millón de libras esterlinas, tomado en 1824 siendo Bernardino Rivadavia ministro de gobierno de la provincia de Buenos Aires. Se terminó de pagar en 1947). Hoy estamos sufriendo las consecuencias de la extranjerización de la economía y la concentración empresaria conducidas por Martínez de Hoz a partir de 1976 y profundizadas por Domingo Cavallo durante los gobiernos de Menem y De la Rúa. Así también todos los argentinos tuvimos que hacernos cargo de la deuda privada de las grandes empresas que estatizó Cavallo desde la presidencia del Banco Central en los tramos finales del último golpe cívico-militar. La dolarización de las tarifas realizada por el Ceo de Shell Juan José Aranguren también es un lastre para un nuevo gobierno que no sea el del continuismo; asimismo lo es la estratosférica tasa de interés de referencia que heredará y, muy en particular, la redistribución regresiva del ingreso que practicó Cambiemos desde el primer día de su gobierno mediante la pérdida del poder adquisitivo del salario, las jubilaciones y las prestaciones sociales. Son innumerables las medidas que tienden a encorsetar a un eventual gobierno de distinto signo, pero ninguna como la atadura a la deuda externa, la tomada con acreedores privados y en particular la contraída con el Fondo Monetario Internacional. Además, un nuevo gobierno progresista tiene que abocarse desde el mismo día de asumir su mandato a reconstruir el tejido industrial devastado y a restañar las graves heridas infligidas a una sociedad sometida a una suerte de genocidio desde la cúpula del poder. Esta es la verdadera “pesada herencia” que recibirá sin beneficio de inventario la oposición en caso de triunfar en las próximas elecciones. Nueva realidad política Cuando estaba a esta altura del texto se hicieron públicas las alianzas que competirán en octubre. El espectro político ha sufrido una reestructuración que se venía insinuando con avances y retrocesos desde la llegada de Néstor Kirchner a la presidencia, cuando explicitó su idea de la transversalidad que incluyó dentro del proyecto a políticos presuntamente afines a éste. La defección, por no llamarla traición, del vicepresidente Julio Cobos de la Unión Cívica Radical con su famoso voto “no positivo” al proyecto que convertía en ley las retenciones a las exportaciones de granos y soja, congeló aquella idea de Kirchner y lo hizo volver al nido original del Justicialismo. El comportamiento de diputados y senadores que, a la manera de Cobos, no hicieron honor al mandato que en 2015 le confirieron sus electores, con el agravante de que no provenían de otros partidos sino que habían sido elegidos como peronistas enrolados dentro del kirchnerismo, fue quizá el detonante para que ya en fechas tempranas, al comienzo del mandato de Cambiemos, Cristina Kirchner retomara la idea de la transversalidad de su marido, El proyecto fue viabilizado a través de la creación de Unidad Ciudadana, un espacio del pensamiento de centro izquierda para sumar a quienes, proviniendo de partidos no peronistas, se sintieran representados por el proyecto progresista del kirchnerismo. Es decir un proyecto que, sin renegar de un capitalismo con sentido nacional, está pensado en beneficio de las clases medias y populares; poniendo en práctica un programa de desarrollo industrialista destinado a agregar valor a los productos tradicionales del país y a encarar nuevos caminos de producción que incluyan la investigación generada en el país. En conclusión, un plan destinado a lograr un crecimiento equilibrado e inclusivo, es decir, un verdadero desarrollo. Hoy asistimos a la conformación de una alianza electoral que pretende gobernar, según declaran todas sus cabezas visibles, para poner en práctica un proyecto como el que he descripto. Esta alianza o frente electoral de centro izquierda, de ganar la elección, tendrá que asumir la ardua tarea, no sólo de intentar poner en marcha un plan para hacer de la Argentina un país diferente y mejor, sino de hacerse cargo del lastre de los condicionantes a que deja atado el país el gobierno de Macri. Cambiemos obligará al nuevo gobierno a negociar con jugadores de un enorme poder tales como el Fondo Monetario Internacional que tiene tras bambalinas a los Estados Unidos, las corporaciones económicas y financieras nacionales y transnacionales, los monopolios mediáticos, el poder judicial desquiciado; una difícil negociación que no podrá claudicar ante dichos poderes, una negociación que nos haga respetar como país y como pueblo, y que en ningún caso adopte la postura genuflexa que han practicado con fruición Macri y su banda. Negociar significará sostener las condiciones básicas para llevar adelante el plan de gobierno ante unos poderes que opondrán una feroz resistencia a aceptar unas reformas que fracasarán si no son capaces de poner límites al poder omnímodo que esas organizaciones detentan; otra actitud llevaría a un nuevo desengaño popular, tal vez definitivamente irrecuperable. Pero lo que quiero subrayar es que esta alianza electoral y que espera ser de gobierno implica, además, lo que llamaría la “clarificación” del peronismo. Como sabernos, no sólo por las declaraciones de sus miembros sino por la historia de sus actos, el peronismo nació como un proyecto de desarrollo nacional e interclasista. Perón rechazaba el concepto marxista de lucha de clases y propiciaba un acuerdo entre ellas. Tal concepción política dio lugar a que el movimiento peronista acogiera a todos aquellos que, desde la derecha hasta la izquierda no marxista, se reclamaban peronistas. Incluso, en ciertos momentos de sus setenta años de existencia, admitió en su seno a la extrema izquierda (la del socialismo nacional) y a la extrema derecha fascista (Alianza Libertadora Nacionalista; Triple A comandada por José López Rega). La clarificación a que me refiero parece que al fin ha fracturado el peronismo en tres fracciones. La más numerosa se ha aglutinado en el proyecto transversal de Cristina Kirchner que incluye a los miembros más progresistas de la Unión Cívica Radical (partido que, a partir de su pacto con la derecha más rancia, se encuentra en el peor momento de su historia, está en proceso de dilución y corre riesgo de desaparecer) y a otros grupos que provienen del comunismo y de otros espacios con sensibilidad popular. Algún o algunos peronistas, la más significativa Graciela Camaño, se suma al espacio de centro, conservador moderado, que lidera Roberto Lavagna. Antes de referirme al tercer desprendimiento del peronismo aclaro que no me detendré en proyectos minoritarios que se presentan a estas elecciones; alguno consolidado como el de los partidos trotskistas y otros de creación reciente como el ultraliberal del anarco capitalista José Luis Espert (En los últimos días su candidatura está siendo torpedeada desde el gobierno que, a partir de las encuestas que le asignan a Espert cerca de un 7% de expectativa de votos, tiene el fundado temor de que éstos se resten de la fórmula oficialista). Volviendo al peronismo, acabamos de enterarnos de que el senador Miguel Ángel Pichetto es el candidato a vicepresidente de la fórmula del continuismo. Mauricio Macri y Miguel Ángel Pichetto son la representación de la derecha oscura. Se acabaron los bailes y los globos amarillos de la puesta en escena de una derecha liberal y democrática, indefinida en sus términos propagandísticos entre desarrollista y neoliberal, conducida por dirigentes jóvenes y apolíticos con aires cool. Chicos divertidos, sin problemas económicos que se sacrificaban para sacar al país del marasmo a que lo había conducido el populismo. Hoy el mensaje es otro: el empresario devenido político de gesto crispado y el burócrata gris, amanuense de cualquier poder que le garantice una supervivencia cómoda, no prometen revoluciones de la alegría, sino que prometen sufrimiento, rejas, gatillo fácil, xenofobia, racismo, pobreza, desesperanza y muerte. Macri y Pichetto pretenden disimular las maniobras puestas al servicio de sus proyectos personales tras el velo sacrificial con que cubre a los “otros”, o sea el pueblo llano. En pos de su objetivo no dudan en sumarse a la oleada fascista que avanza por el planeta. El capitalismo del siglo XXI está conduciendo al mundo a una regresión civilizatoria. Eric Hobsbawm, en el final de su Historia del siglo XX, sostiene que: “Nuestro mundo corre riesgo a la vez de explosión e implosión y debe cambiar. No sabemos a dónde vamos, sino tan sólo que la historia nos ha llevado hasta este punto y (…) por qué. Sin embargo, una cosa está clara: si la humanidad ha de tener un futuro, no será prolongando el pasado o el presente. Si intentamos construir el tercer milenio sobre estas bases, fracasaremos. Y el precio del fracaso, esto es la alternativa a una sociedad transformada, es la oscuridad.” Si Hobsbawm viviera comprobaría con dolor, o tal vez con una sonrisa escéptica, que en el tercer milenio sus temores se están haciendo realidad. El capitalismo tecno-financiero, el tánatocapitalismo, nos conduce por el peor de los caminos hacia la oscuridad. Es el neofacismo en acto. El neoliberalismo declama que la democracia es su sistema de gobierno. Esas afirmaciones son sólo propaganda. El capitalismo no tiene un modelo natural y propio de gobierno; el capitalismo lo que tiene es un proyecto de poder cuyo único fin es maximizar su beneficio. El capitalismo es devoto de un solo credo: la acumulación. Ya se sirvió del fascismo para acumular y desató la segunda guerra mundial que destruyó Europa y produjo el holocausto. El capitalismo necesita maximizar el beneficio para acumular hasta que estalla la crisis. Y los capitalistas necesitan del poder para aumentar sus beneficios y precisan de los beneficios para tener el poder. Es el círculo vicioso del capital y de los capitalistas. Por eso llama la atención la creencia ingenua de que es bueno que gobiernen los ricos porque como tienen mucho dinero no necesitan robar. Los ricos siempre necesitan dinero, siempre más, porque el dinero es una adicción como cualquier otra. La Argentina ha llegado a un punto de inflexión en el que debe elegir si opta por ser una provincia distante de un imperio en decadencia constreñida a suministrar a éste materias primas baratas, una tierra para depredar, un territorio de pobreza y violencia, o si definitivamente decide ser un país independiente, que no quiere decir aislado, con su propio proyecto de desarrollo inclusivo, con justicia social, salud y educación para todo su pueblo, el proyecto, en definitiva, de una nación soberana. En la encrucijada de las próximas elecciones deberemos elegir, espero que con lucidez y libertad, si nos plegamos a la ola del neofascismo que bajando desde el primer mundo infesta nuestro subcontinente o si nos plantamos frente a ella. Es decir, deberemos elegir, nada menos, qué es lo que queremos para nosotros y para nuestros hijos como pueblo y como nación. Junio de 2019 Jorge Andrade Escritor y Economista
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el 7 agosto, 2020 a las 11:59 am Jorge Andrade