Crónica de una mala racha

Una muchedumbre de apostadores se agolpa en la rotonda de exhibición del Hipódromo de Palermo, próxima a los boxes. Allí están los burreros de ojo más incisivo, que examinan al detalle la musculatura de los caballos o la apostura de los jockeys. Casi todos son hombres mayores, que visten boina, tapados largos opacos y zapatos lustrados para la ocasión.

Entre ellos está Vicente Grillo, un viejo canoso de 70 años que no despega la visión de la revista que reparten los puesteros de la entrada de Dorrego y Libertador.

Hasta que se jubiló, era un comerciante de poca monta de Almagro. Ahora arriesga sus últimos ahorros en los caballos. Esto lo hace a escondidas de su mujer y de sus hijos, quienes ya vivieron cómo las apuestas en el hipódromo fueron alejando progresivamente a Vicente del hábito del trabajo, hasta que en el peor momento, una módica herencia lo salvó de la ruina total. Lejos de brindarle moderación, los años le prodigaron mayor frecuencia en el juego.

La campana y los altoparlantes anuncian la inminencia de la carrera. Los jockeys, esas personas de escasos kilos, con casco y antiparra, ropa ajustada de colores chillones y, casi siempre, con nariz espigada y puntiaguda (vaya a saber uno por qué) pasean al galope la pista de arena y se presentan ante el público. Vicente cierra el meñique y el anular y los vuelve a abrir. Una y otra vez. Hasta que esa misma mano hurga en el bolsillo de su saco y extrae un manojo de billetes. A Vicente, el tick nervioso le vino hace un tiempo, cuando le llegaron los problemas, cree.

Los “burreros”, como se les dice a los fanáticos en la jerga del turf, vuelan a la boletería porque el murmullo y la campana parecen acelerar el buen presagio. Vicente sigue la corriente y cambia dinero por cartón. El 6 y el 10 son los que menos pagan, los favoritos: 3,10 y 3,75 respectivamente. Vicente está conforme. Dice que esta vez está seguro, que se juega la última a ganador y segundo porque se quiere retirar “con la buena leche” pero enseguida explica que, pase lo que pase, se vuelve a casa, puesto que ya no se banca más a “los marranos de abajo que nada saben y se llenan de chismes y habladurías, ni tampoco a los vejetes del palco, que esos sí que están enfermos”. Aclarada la cosa.

La televisión de la esquina de la sala de plateas relata la carrera y los apostadores se exaltan. Unos se toman la cabeza, otros prenden cigarrillos. Algunos levantan altares a sus candidatos antes de tiempo, al tiempo que otros ya los están defenestrando. Vicente despunta su tick, pero con mayor brusquedad.

“Larga el 6 a la cabeza por el centro de la pista. A los costados y a ¾ de cuerpo lo siguen el 10 y el 1. En cuarto puesto aparece el 4”.

En este punto de la carrera una voz familiar se desembucha: “Vamos Jacinto, no se me caiga Jacinto”. Jacinto es el número 6 y va primero. Vicente no se queda atrás: “¡Vamos el 6 carajo! ¿Quién va segundo?”, pregunta a un viejo que ya sabe que perdió y que no le contesta. “¿Quién va segundo?”, insiste.

“…Sale el 1 a toda marcha y queda segundo a medio cuerpo del 6. El 4 avanza a toda velocidad, deja atrás al 10. 400 metros del disco…”.

Un coro de quejidos, palmas e insultos restalla en el ambiente. Son los últimos instantes y todos quieren saber que está pasando. Ya nadie mira a la pista por la ventana, tienen los ojos clavados en la pantalla de TV, donde las cámaras logran una mejor captura de los competidores en el tramo final de la carrera.

“Últimos 200 metros, el 6 y el 1 a la vanguardia. Los competidores no se sacan ventaja. Les sigue el 10 a un cuerpo. El 1 toma la delantera. Ingresan a la zona de tiro y cruzaron el disco”. 

Vicente pone el grito en el cielo contra la mala suerte. Se le escapó estando cerca. La mayoría insulta de lo lindo. Los menos festejan el resultado. “Acá está el campeón”, se autoproclama uno alzando el billete. Vicente se levanta como para irse pero se demora ante el anuncio de una nueva carrera. “Me juego un numerito más”, se despacha con resignación, poniendo énfasis en el diminutivo.

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