Crónica de una ducha en Petaj Tikva y otra en Ámsterdam

El viaje de Lucila por Israel y Europa no quedó marcado por el desierto del Néguev ni por las famosas playas de Ibiza, todo se resumió en dos duchas: una en Petaj Tikva y otra en Ámsterdam. 

En un café porteño espero a Lucila –una amiga de la infancia- que el año pasado se tomó dos meses para recorrer Europa y parte de Medio Oriente. Ya había escuchado alguna de las anécdotas de su viaje en la playa de Florianópolis, en Brasil, donde nos reencontramos este verano después de diez años. Pero había más.

Después de esperarla durante quince minutos, llega. Compra un jugo de manzana y se sienta junto a la mesa. Atolondrada y verborrágica como siempre, empieza a recitar el itinerario de su viaje: Tel Aviv, Jerusalén, Cesaria, Haifa, el  Desierto de Judea. “No, pará, no me acuerdo bien el orden, pero primero fuimos a esas ciudades”, me dice acelerada y la freno para que me diga cuándo inició la travesía. “Partimos con mi hermano Román el  7 de julio de 2015 en un avión a Madrid, donde hicimos una escala, y seguimos hacia Tel Aviv, Israel”, recuerda.

Taglit-Birthright patrocina viajes a Israel para jóvenes de entre 18 y 25 años que quieran fortalecer su identidad judía y su conexión con la historia y cultura judías. “Era la excusa perfecta”, confiesa. Después de diez días recorriendo la antigua Tierra, el grupo de cuarenta viajeros se separó. Lucila y Román se quedaron en Tel Aviv. En dos días salía su vuelo a Roma, donde comenzaría su aventura por Europa. Pero pasar la noche en la segunda ciudad más grande de Israel era muy costoso, por lo que se registraron en Couchsurfing, una red social donde usuarios de todo el mundo comparten su hogar de manera gratuita para un intercambio cultural. Así encontraron dónde quedarse. El elegido fue Itay, un chico de Petaj Tikva, una ciudad en las afueras de Tel Aviv.

Dos colectivos, dos valijas de 40 kilos cada una, 30 cuadras a pie y 38 grados de temperatura fue la fórmula de un viaje agotador. ¿El resultado? Llegar a un edificio con una pequeña puerta gris en un barrio periférico. Tercer piso sin ascensor. “No le dije nada a mi hermano, pero pensé: <Bueno, vamos a ver qué pasa>”, se acuerda Lucila.

-Entramos al departamento y vimos que no éramos los únicos huéspedes. Había un chico de Bélgica y otro de Alemania.

-¿Te sentiste incómoda?

-Mi hermano me dijo: “Che Lu, son cuatro flacos acá. Si querés nos vamos a un hotel”.

-¿Y qué le respondiste?

-“Yo me la re banco, son dos días, quedémonos”. Pero terminaron pareciendo seis.

El belga era un chico de 18 años con un inglés muy malo. Dormía en un sillón en el comedor/cocina. El alemán, de Berlín, era obeso, tenía 30 años y muchos tics nerviosos –“se le movía toda la cara”, transpiraba constantemente y escupía cuando hablaba. Dormía en un colchón en la terraza, con los mosquitos. Lucila y Román tuvieron mejor suerte: Itay les dio un cuarto con aire acondicionado. Pero dormían en el piso sobre almohadones de sillones –que apenas podían mantener unidos-. El dueño de casa nunca estaba.

Ya de noche, “había hambre”. Todo estaba cerrado: era Shabat. “Mi hermano fue a buscar un lugar para comprar comida con el belga y el alemán. Yo aproveché y me fui a bañar”.  La ducha era más bien un cubículo en miniatura hasta para Lucila –de 1.55 cm y 40 kilos-. Los vellos púbicos invadían cada centímetro de las tres paredes y del piso. Con tocar la canilla ya era suficiente. Veinte minutos después, Lucila salió. Era momento del rito femenino post-ducha: untarse cremas –la de las piernas, la de las manos y la de la cara- y peinarse. “Estaba en tanga y corpiño con relleno, encremándome y arreglándome el pelo. Puerta abierta de par en par”, ilustra. Su cabeza había retenido que los tres hombres de la casa habían ido a comprar la cena. El baño daba directo a un pasillo que culminaba en el sillón donde dormía el belga. Pero en su lugar estaba el alemán.

-Miro y lo veo sentado con el celular en la mano. Todo el tiempo estuvo en frente mío. Era el único momento de tranquilidad que tenía y me lo cagó. Me asusté mucho. Dije: “Listo, me viola”.

-¿Qué hiciste?

-Así, en tanga y corpiño, salí corriendo y me encerré en mi habitación hasta que llegó mi hermano.

Mike –ahora el alemán tiene nombre- no dijo nada al respecto. Pero en la cena, pechugas de pollo y fideos comprados en un almacén ruso, no probó bocado. “De repente, estábamos terminando de comer y empezó a desnudarse en el sillón”, recuerda con cara de asco Lucila. Mike se sacó todo hasta quedarse en bombacha negra. Fue el fin de la cena.

Un día después fue el momento de partir. Besos, abrazos y 400 séquels de taxi al aeropuerto –unos 100 dólares- marcaron la despedida de Israel. Próximo destino: Italia. Aterrizajes, despegues y estaciones de tren conectaron Roma, Florencia, Ibiza, Barcelona, París, Londres, Bruselas y Brujas. Última parada: Ámsterdam. Después de dos meses de travesía, Lucila ya tenía un pie en Buenos Aires.

Pero una pequeña distracción en el aeropuerto Schiphol, de Ámsterdam, equivale a un gran dolor de cabeza. En la carterita blanca  de 10 euros con manijas forradas en tela de animal print de cebra, comprada en el centro comercial La Maquinista en Barcelona,  Lucila guardaba su pasaporte, documentos, tarjeta de crédito, un reloj Festina de 100 euros, auriculares, un anillo y una libreta de Londres.  “Nunca agarrábamos los carritos para equipaje en los aeropuertos por el peligro de que te los roben, pero esta vez estábamos tan cargados –teníamos cuatro valijas de 40 kilos cada una y bolsas- que agarramos dos y pusimos todo arriba”. Una parada en Victoria´s Secret era vital antes del check-in. Román esperaba a Lucila afuera del local. Cuando ella salió, guardaron todos los regalos y juntaron las bolsas para tirarlas a la basura. “Vidrio, papel, metal, plástico, orgánico”, distinguían los contenedores de reciclaje. Bastaron dos segundos de sacarle la mirada a los carritos y tirar las bolsas para que la carterita blanca desapareciera.  Pánico. El vuelo salía en 2 horas. Ámsterdam-Israel-Madrid-Buenos Aires. “Casa” nunca estuvo tan lejos. La policía aeroportuaria no fue de ayuda: “En las filmaciones de las cámaras de seguridad no se ve nada. Y nuestros hombres están haciendo otras cosas”, fue la respuesta intransigente que recibió Lucila. “Thanks for nothing”, respondió con tanta impotencia que ni le salían las lágrimas. Era un sábado y el Consulado Argentino estaba cerrado. El robo de pasaporte no era una emergencia válida: había que esperar hasta que abriera el lunes.  La Terminal ya no era una película. Tom Hanks ya no era un actor. Pero todo era tan surrealista que bien podría haber sido ficción. Indocumentada, atrapada en el aeropuerto, sin bañarse por tres días, durmiendo en asientos o en el piso –abrazada a sus cosas-. “Wake up guys! Wake up!”, les gritaban los guardias a Lucila y Román cuando dormían más de dos horas en un mismo lugar. “Todavía los puedo escuchar en mi cabeza”, admite. Es que el aeropuerto de Ámsterdam “no quiere dar una mala imagen” y no deja que sus pasajeros duerman en las instalaciones.  “Había un solo lugar con sillones y una reposera, que siempre que podíamos la ocupábamos porque ahí no te molestaban. Nos turnábamos una hora cada uno para poder descansar”. Las valijas las habían dejado en los lockers para equipaje, pero llevaban consigo las cosas de valor: celulares, tablets, cámara de fotos, documentos –los que quedaban-.

-¿Qué hiciste tres días varada ahí?

-Comía, hablaba con Román, usaba el celular y, como había un shopping dentro del aeropuerto, me iba de compras para sentirme mejor. Ya tenía el pelo pegado a la cabeza. Pensaba que no iba a volver a Argentina nunca más.

El lunes a las 9 de la mañana, el papá de Lucila presentó su certificado de nacimiento en la Embajada del Reino de los Países Bajos en Buenos Aires. Cinco horas después, del otro lado del mundo, ella recibía su nuevo pasaporte. “Fui corriendo de la Embajada al aeropuerto para tomar el primer vuelo”. Pero la esperanza se desvaneció rápido: el próximo avión salía el martes a las 5 de la tarde. Un día y medio más. Una noche más.

El martes no fue como cualquier otro día: se bañaron. En Schiphol alquilan duchas -¿será frecuente el robo de pasaportes?-. Por 45 minutos, sos dueño de un baño completo, shampoo, acondicionador y toallón. “El mejor baño de nuestras vidas”, contrastó –por supuesto- con el de los vellos púbicos. A la tarde, el vuelo Ámsterdam-París-Buenos Aires los esperaba. Si no hubiese sido por esa ducha, Lucila y Román hubiesen sido “dos más” en el avión rumbo a Francia. Sentada al lado de un suizo “cowboy” con camisa arremangada, jean, botas texanas y sombrero de vaquero, Lucila hizo su descargo: “¡Qué olor a transpiración!”. Los tres coincidieron: “El mito de los franceses sucios es verdad”.

Ya en Buenos Aires, ni las tres noches del terror en Ámsterdam opacaron dos meses de viaje. Eso sí: las zapatillas Nike, con el olor a pata correspondiente por casi cuatro días consecutivos de uso, las medias, la remera, las calzas y la bombacha, todo a la basura.

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