CROACIA, LOS MACHESICH Y EL MUNDIAL

Desde que soy muy chico me acompaña el mantra de deletrear mi apellido cada vez que lo pronuncio. Luego, suelo responder una pregunta casi obligada: “¿De dónde es?”. Cuando tenía unos 10 años le pregunté a mi abuelo Paulino de dónde era. Quién mejor para sacarme la intriga que el portador más antiguo de esa palabra que marcaba la descendencia familiar. “Es austríaco”, me respondió y eso fue lo que repetí como verdad revelada durante largos años. Así fue hasta que internet llegó a nuestras vidas y mi padre se dispuso a usarla para rastrear sus orígenes. En su familia no había hasta ese momento indicios orales ni escritos del origen real de sus abuelos (o sea, mis bisabuelos). Había rumores, dos fotos en un cumpleaños de quince y un par de tumbas en un pueblito de La Pampa donde yacían Elías y Juana, y con ellos la historia de una inmigración desde algún lugar desconocido de Europa. El rastreo de mi padre por el mundo virtual dio sus frutos. Se puso en contacto con un tal Ned Macesic. Ned vivía en Europa, también había estado investigando sobre sus orígenes y tenía más certezas familiares que nosotros. Él nos señaló un lugar del planeta: Croacia. Con ese dato se despertaron las memorias familiares y emergieron algunos relatos que indicaban un posible paso de mis bisabuelos por Zagreb antes de emprender su viaje transatlántico. Ahí entendí la respuesta de mi abuelo, cuando decía “austríaco” en realidad quería decir “imperio austrohúngaro”. Y los Balcanes, donde está Croacia, era eso, parte del imperio austrohúngaro. Paulino no estaba errado aunque sí desactualizado. De todos modos, qué se le podía reprochar: seguir los acontecimientos históricos de esos lares del mundo se había convertido en asunto de especialistas. Lo cierto fue que desde ese momento, cada vez que me preguntaban “¿de dónde es?”, yo decía “croata”, y hacía el chiste: “No sé si son los malos o los buenos, pero mi apellido es croata”. El chascarrillo era por la guerra durante los 90 en los Balcanes. Decir que uno es croata es decir que uno no es serbio. Serbios y croatas no se llevan bien. Eso dicen y eso nos contó Ned. En un mail nos explicó que una letra de más o de menos en un apellido podía definir el origen de una persona y, en situación de conflicto, eso significaba la vida o la muerte. En fin, al parecer nuestro apellido estaba signado por las vicisitudes geopolíticas de la historia mundial del siglo XX. Así seguimos: diciendo que éramos croatas, comprándonos con mi hermano camisetas de la selección croata y haciéndole un homenaje a mis bisabuelos en la mismísima estación de trenes de Zagreb donde tuve la oportunidad de estar el año pasado. En ese lugar jugué con la idea de que ellos había estado allí hacia más de 100 años atrás y logré conectarme de alguna manera con mi origen. Pero bueno, los documentos dan por tierra con el misticismo. Y eso pasó cuando descubrimos un dato que desarmó el relato croata sobre nuestro origen. En la partida de nacimiento de la tía de mi papá (o sea, la hija de mis bisabuelos) que había nacido en Buenos Aires en 1913 aparecía una respuesta que llevaba a foja cero todo lo que creíamos saber hasta el momento. Cuando el empleado municipal le preguntó a mi bisabuelo sobre su origen, él respondió “serbio”. Así que desde hace unos meses, cuando me preguntan “¿de dónde es tu apellido?” digo “serbio”. Dicho todo esto, el domingo hincharé por los croatas. Es ridículo hacerme cargo de esa diferencia tan ajena a mí. Me es más sencillo y amigable asumir esos años de falsa (o no tanto) identidad croata. Aunque durante el mundial me gustó hinchar por Serbia y desee que gané simplemente por ese descubrimiento en la partida de nacimiento que redireccionó el origen de la familia. Al parecer la identidad puede ser una incógnita, algo incierto e inhallable. Pero el domingo tomaré la licencia de asumir una, casi como una excusa para que el partido no me pase desapercibido. Un juego personal durante dos horas o quizá la manera de asumir un origen imposible de descifrar.

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