Cristina en Tribunales: la política hecha cuerpo.

La reaparición pública de Cristina Fernández de Kirchner disparó un revuelo en los medios de comunicación y redes sociales que, al menos por unos momentos, reinstaló el debate político en el centro de la escena. A ese tipo de revuelos estamos acostumbrados, a diario se viralizan críticas, sátiras, debates y demás cuestionamientos a uno y otro lado de la tan famosa grieta.
Todo ese cúmulo de expresiones tienen algún impacto en nuestra vida cotidiana, ya sea haciendo las veces de generador de temas de conversación e, inclusive, operando sobre nuestra subjetividad. Pero por diversa que sean cada una de esas expresiones, por contradictorios que sean los intereses que las impulsan, en todos los casos carecen de algo que las vuelve efímeras: cuerpo.
EL Juez Federal Claudio Bonadío y su citación a Cristina Kirchner para que asista a prestar declaración indagatoria funcionaron como excusa para corporizar el debate político una vez más. Porque es justamente Cristina, mal que les pese a propios y extraños, la corporización de la política. O acaso hay alguna persona que tenga el poder de convocar a miles de personas sin estar en campaña, sin que tengamos elecciones cercanas ni nada por el estilo. Ni siquiera se tenía plena certeza de que fuera a pronunciar un extenso discurso como terminó sucediendo. No, señor! Lo que allí iba a suceder, es que se iba a hacer presente en carne y hueso, la política misma.
Columnas de distintas organizaciones políticas, sindicales y estudiantiles; ciudadanos y ciudadanas de distintas edades y clases sociales se acercaron a estar allí. Mojándose bajo la lluvia, embarrándose los pies, rozándose con otras personas, charlando, cantando, comiendo, sacándose “selfies”, riendo, expresándose. En definitiva, luchando.
Miles de personas fueron a estar allí, podrá decirse que muchos lo hicieron por el “chori y la coca”, o porque les repartieron dinero en efectivo a cada uno, que los llevaron en micro y demás argumentos que lo que esconden es la mezquina y miserable idea de que hay personas que carecen de la capacidad de decidir, de emocionarse, de reflexionar y de luchar por sí mismas.
En cambio, la gente, no importa cómo ni porqué, allí estaba. Firme, estóica pero, al mismo tiempo, alegre de participar algo grande. Las calles de los alrededores, los subtes y los colectivos eran testigos del transitar de grupos conformados por manifestantes desconocidos entre sí pero unidos por algo que va más allá, que los excede y los contiene. Se oían algunas consignas básicas, pseudo-panfletos políticos, más parecidos a un cántico de hinchada de fútbol, los que habitualmente se pierden en la banalidad efímera de las redes sociales, pero que en las voces de estas personas adquieren una potencia que los hace temibles para aquellos que de reojo miran pasar entre asustados e indignados: “ohhhh, vamos a volver, a volver, a volver, vamos a volver”.
Un cántico simple cargado de esa simpleza tan compleja y tan profunda que solo puede atribuirle el hecho de ser cantada por personas concretas en un momento determinado.
Una vez llegados, los manifestantes, porque dicho sea de paso, en estas instancias (y por qué no en todas, diría Karl Marx), las personas se definen por aquello que hacen, es decir, manifestar; se agolpaban en torno a cada radio portátil o auto con algún stereo sonando para escuchar una voz. Porque no es lo mismo leerlo al otro día en el diario o en la computadora, no es lo mismo verlo en algún post y darle like. Allí el mensaje tiene voz y tiene cuerpo, igual que cada uno de los que lo escuchan.
Y desde allí, en el fondo de la columna, donde no llegan los altavoces del escenario ni el mensaje hecho voz, hecho cuerpo, se dialoga con la radio, se comenta, se aplaude, se canta, se discute ese mensaje. Parecido a cómo podría hacerse desde el cómodo sillón del hogar, pero no igual.
Sobre Cristina Fernández de Kirchner pesa la condena de un sector de la sociedad. La corrupción es el argumento, “la corrupción mata” el slogan preferido por los medios masivos de comunicación. La corrupción como sentencia que se derrama, a su vez, sobre aquellos que concurren a manifestarse, los cuales casi que cargan con la misma sospecha.
Por todo esto, resulta interesante hacer una observación que, aunque obvia, no está demasiado clara. El día 13 de abril, en la puerta de los tribunales de Comodoro Py habló Cristina, está claro, pero al mismo tiempo se expresaron miles y miles de personas. Lo que hicieron fue, en forma activa y poniendo el cuerpo, como siempre ha sido, y como nunca debió dejar de ser, una auténtica y real expresión política.

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