Creer o reventar

Néstor me espera en su casa, en la calle Intendente Camoirano, entre Perón y Piaggio; casi en el centro de Victoria, provincia de Entre Ríos. Hacía diez minutos que este fotógrafo aficionado a los OVNIS aguardaba por mi llegada. Se que la puntualidad en estas localidades es palabra santa, y su expresión al verme me lo hizo notar. Néstor tiene los ojos achinados, lentes pequeños y viste ropa clara. “Es para atraer la buena energía”, me dijo con una leve sonrisa días posteriores.

 

  • Vamos a la radio que nos están esperando hace rato para hacerte una nota sobre el documental de OVNIS que quieren hacer – dijo, luego de un fuerte apretón de manos y subirse al auto como si fuésemos amigos desde hace tiempo.
  • ¿Vos me indicas cómo llegar?
  • Seguí a esos gurises de la moto que van para ese lado también.

 

Así comienza mi travesía en Victoria, una ciudad adepta al avistaje de OVNIS y a las experiencias sobrenaturales de tercer tipo. Un lugar en el que aún se respira aire de pueblo, ese que uno busca cuando se escapa del centro.  Esos días iban a ser a un ritmo a contramano de las tradiciones de este pueblo en el cual la siesta es decreto y jugar unas fichas en el casino es ley. Y si no manejas una moto, sos turista.

 

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Luego de atravesar Gualeguay y Gualeguaychú  por la ruta 11, se llega a la ciudad de Victoria en Entre Ríos, ubicada a 350 kilómetros de Buenos Aires. Antes, la policía caminera cumple con su trabajo de controlar que estén en regla todos los papeles del auto para poder proseguir camino. Un pequeño cartel con el nombre de la ciudad en una rotonda le da la bienvenida al turista. Si no estas atento, podes seguir de largo. Una calle angosta de trazado recto; como lo son todas las calles allí, y en continuo desnivel, conducen al centro cívico. Las casas y edificios de estilo colonial me transportan a algún recoveco de La Habana. Algunas paredes descascaradas le prestan protagonismo a los ladrillos anaranjados que asoman entre el polvillo que va cayendo a las veredas, estas últimas a una altura considerable como atajándose de una posible inundación.

Al llegar a la Plaza San Martín, confirmo porque a Victoria la conocen como “La ciudad de las rejas”. Su arquitectura y la ornamentación de la mayoría de sus edificios y casas muestran un gran trabajo de herrería hecho  hace muchos años por inmigrantes. La mezcla colonial, español y francés enriquecen a esta ciudad, que se encuentra cercada por cuatro bulevares que delimitan la ciudad con las chacras, el Quinto Cuartel, y el Barrio Abadía.

Al estar ubicada entre siete cerros, los atardeceres en Victoria son dignos de postales fotográficas. Las casa bajas y la arquitectura pequeña favorecen a la hora de llegar al Mirador de la Virgen de Fátima, en la que se deja ver una costanera hecha nueva que da al Riacho Victoria. Mirador en el cual muchos confiesan haber presenciado contactos con especies de otro mundo.

 

 

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Tabúes, mitos e historias abundan en el interior del país. Muchos antiquísimos, de comienzos de la formación del estado o más también. Algunos se relacionan con la política, con el dialecto y con las tradiciones. Pero Victoria es protagonista de un fenómeno considerado tabú por la sociedad: los objetos voladores no identificados u OVNIS. Desde comienzo de los años 90, comenzaron los rumores y las primeras pruebas de que esta ciudad era un lugar visitado asiduamente por los alienígenas. “Dicen que por la altura y por la riqueza en agua y tierra que vienen por acá”, afirma Néstor camino a la radio. Según una encuesta realizada hace poco tiempo por el Museo del Ovni de Victoria, entre un 70 y un 80 % de personas vieron o tuvieron contacto con estos seres.

“Esta en cada uno creer o no. Si para vos existen, tu energía te va a permitir que en algún momento tengas algún avistaje o veas algo” dice Néstor mostrándome unas fotos del Dakar cuando pasaron por Victoria. En las imágenes que hay un auto y de fondo un cielo abierto, se puede observar la presencia de algún objeto suspendido en el aire. Imposible descifrar si se trata de un plato volador, un avión o un simple pájaro. “Mira, cuando hay eventos multitudinarios y hay una gran muchedumbre, siempre mira para arriba. Tenelo en cuenta siempre”, así me aconsejó Néstor, con una seguridad digna de un político recién electo. Una vez que salí de la casa, la noche ya caía y la luna comenzaba a tomar brillo. El calor del verano se hace notar en la vestimenta de la gente. Pasé el resto de los días en Victoria mirando para el cielo siempre que andaba de noche.

 

 

 

 

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Cae la noche en Victoria, pero el día no llegaba a su fin. Saliendo por unas de las tantas calles rectas que cruzan la ciudad, llegamos al Quinto Cuartel. Las calles con subidas y bajadas y la poca iluminación hacen el camino un poco peligroso. Las plazas se empiezan a vaciar y las motos comienzan a moverse cada vez con más frecuencia. Es la hora de hacer las compras para preparar la cena. Néstor Gaoili, fotógrafo de profesión y “changuero” como forma de vida, quiere presentarme a Carlos. “Este muchacho si que las sabe”, me dice indicándome por donde tengo que estacionar.  La casa esta en una calle muy angosta. Enfrente hay una pequeña despensa que atiende tras las rejas de la ventana. Las paredes están pintadas de varios colores, en los que predominaban el verde, amarillo y rojo. En el interior de la casa hay una moto de enduro de alta cilindrada color rojo. Carlos es un poeta y escritor que tuvo muchos encuentros con seres “del más allá” y asegura haber visto OVNIS.

Las paredes tienen diplomas encuadrados de la Municipalidad de Victoria y otras ciudades de Entre Ríos, que destan su labor como poeta y escritor. También recortes de diarios con reseñas de su libro de cuentos y sus tres poemarios. La casa esta plagada de atrapasueños, de todos los colores y tamaños posibles. “Acá murió una persona y no quería dejarme habitar su hogar. Estuve años tratando de sacar el espíritu”, dice Carlos mientras calentaba una pava para el mate. Es un tipo de casi metro noventa, con las canas rapadas y un bigote pequeño. Flaco y con una enorme cicatriz en el abdomen a causa de una infección pulmonar, comienza a contar algunas historias dignas de una película de terror. “En la Laguna del pescado, pescando con amigos, salieron del agua tres especies de cohetes luminosos y dispararon para el cielo”, afirma quien, atemorizado por la cámara con la que estoy filmando, guarda muchas palabras. Mientras se va sintiendo más cómodo, más se anima a conversar. “Yo trabajaba como sereno en un galpón. Las cámaras de seguridad muchas veces mostraban movimientos extraños. Yo sentía la presencia”. La conversación iba cambiando de tono, se ponía más emotiva y ya rozaba lo paranormal. Los OVNIS pasaban a segunda escala de importancia. Luego de varias pavas de mates, Carlos siente esa necesidad de descargar sus penas, se lo ve afligido y emocionado.

Resulta que hacía poco tiempo, había recibido por obra de Dios; creía en todos los dioses y leía desde la Biblia hasta el Corán,  un mensaje premonitorio de la muerte de un joven. La noche terminó por caer y el clima en aquella casa cargada de energías se vuelve cada vez más tenso. Su mirada se encuentra perdida y las manos no paran de moverse. Una noche de 2013, al caminar a la salida de su trabajo, miro fijamente a un joven que la noche anterior lo había soñado. En ese sueño, el muchacho fallecía cerca de su zona de trabajo, aunque no se acordaba como. A los pocos días de aquel sueño premonitorio, el joven apareció muerto electrocutado. Las lagrimas recorren su rostro, sus manos siguen refregandose entre sí, como buscando abrigo entre ellas mismas. La entrevista, en base a los OVNIS, había perdido su eje. De todo el material grabado, es muy poco lo que me sirve. Pero la historia de Carlos es tan asombrante que es imposible dejar de escuchar.

Es hora de partir. Daniel no quiere de ninguna manera que nos vayamos. Esta dispuesto a cocinar para que nos quedemos un rato más. Noto como esa casa, repleta de colores alegres, bibliotecas y diplomas, tiene una energía especial. También percibo como este escritor anónimo para la literatura argentina sufre de soledad. Y vaya si le pesaba…

 

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Me surgen ciertas dudas de cómo debo encarar una entrevista a la directora de un museo. Museo que no tiene obras de artes ni documentos históricos. Museo que no posee cuadros ni pinturas vanguardistas. Tampoco exponen fotografías artísticas ni había alguna muestra de perfomance. Se trata del Museo del OVNI. Esta ubicado en una esquina. Es una casa de una pared de no más de un metro con pequeñas rejas y un portón de chapa por el cual se ingresa. Las paredes tienen murales que fueron pintados hace dos años, con dibujos de alienígenas tal cual lo muestran en las películas hollywoodenses. El color azul de fondo del mural esta percudido por el paso del tiempo y las tormentas. También tiene pintado un hombre arriba de un árbol. Es un señor que había tenido contacto con un extraterrestre, y le habían quemado la camisa. Por supuesto que la misma esta en un recuadro en el interior del museo.  Otro pequeño dibujo es el de una nave espacial abduciendo a un humano, algo que sólo puede pasar en una película yankee.

Al ingresar, anda dando vueltas una perra de mediana estatura. “Se llama Laika, como la que viajó al espacio”, me dice Silvia, directora del Museo del Ovni de Victoria haciendo referencia a la perra que envió la Unión Soviética en 1957 al espacio, convirtiéndose en el primer ser vivo terrestre en hacerlo”. En el interior del museo, se puede encontrar cualquier cosa referida a los marcianos. Un alien de casi un metro y medio de plástico bajo la atenta mirada de dos maniquís con ropa del ejército estadounidense. Una chapa que supone ser de una nave que se estrelló en la chacra de un victoriano. Fotos de mutilaciones de animales de los campos aledaños.  Otras de cosechas con marcas en el suelo como si el agua fuese absorbida geométricamente. Todo esto, expuesto en un amplio ambiente de los dos con cuales cuenta la casa.

En la otra parte, unas 15 sillas de plástico enfrentan un televisor gigante. En unas horas va a comenzar la primera charla informativa sobre este fenómeno que atrapa a los turistas de Victoria.  Silvia fue durante ocho años consecutivos junto a Néstor al Cerro La Matanza durante las noches a mirar el cielo en busca de algún extraterrestre. “Pasábamos Navidad y Año Nuevo allí”, dice con cierta alegría, como rememorando esos tiempos en los que se trepaban en los árboles para no ser vistos por si aparecía algún ser extraño. Silvia afirma que aborda la investigación de este fenómeno en Victoria como algo científico. “Cuando se llevan agua, o parte de los animales y de nuestras plantaciones, lo hacen porque pueden estar creando algún ser híbrido”. Se torna difícil buscarle alguna justificación a la importancia que le dan muchas personas de Victoria a este tema. Sus vidas circulan sobre este tabú. Viven, conversan, difunden y trabajan alrededor de esta temática. Varios estudiantes de la Universidad de Rosario esperan en la puerta para poder entrevistar a la directora. Me siento mejor al saber que no soy el único que quiere develar este enigma que tienen sus habitantes.

 

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A mediados del siglo XVIII, los indios que habitaban las tierras de Victoria fueron aniquilados en una campaña militar empapada en sangre. No quedo ni uno solo. De ahí que el cerro más importante de la ciudad se llama Cerro La Matanza. Queda en las afueras de Victoria, pasando por la Abadía del Niño Díos, que aun sigue en funcionamiento. Un camino de tierra conduce hasta lo más alto del cerro. Varias cruces de madera blanca se ven al costado del camino. Al llegar a la cima, se aprecia una vista panorámica de una parte de la ciudad. Los campos, verdes y perfectos geométricamente, abundan en la zona más alejada al riacho. Una pista de enduro del otro lado deja lugar para la adrenalina. El cielo despejado y de un celeste vivo, comienza a tentarme con mirarlo fijo hasta que llegue la noche. Y vaya si su aire fresco y el sonido de los pájaros lo hacían.

Muchas personas dicen que desde este lugar vieron luces, naves y hasta seres extraños en primera personas. La energía que se percibe es diferente a otros lugares, dicen. Uno de ellos es Néstor. “Aquí en el cerro vi al primer extraterrestre”, afirma señalando a la izquierda del cerro en la que árboles flacuchos y grisáceos dificultan el paso. Néstor dice que era de un verde luminoso y que le impidió mover su cuerpo hasta donde estaba él. “Yo no les tengo miedo, al contrario, quiero saber como son, tener contacto”. Durante un tiempo había quedado inmóvil. Cuando quiso volver con la cámara y avisarles a las dos personas que lo acompañaban, ya era tarde.

 

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Las termas son una de las tantas atracciones turísticas de Entre Ríos. Ciudades como Federación, Villaguay, Colón y Concordia son algunas de las más visitadas. Victoria también tiene la suya. Y justo allí, en “Victoria del agua”, se avistaron supuestos platos voladores y se vieron alienígenas. La entrada al complejo es sorteando una playa de estacionamiento repleta de piedras. Néstor avisa que vamos a grabar un par de tomas y podemos ingresar gratuitamente. En Victoria, todo lo que se haga para que sea más conocida, es bienvenido. Una vez adentro, las termas parecen un cerro más. Se puede observar la Laguna del Pesado, lugar en el cual también se vieron seres extraños, y el Riacho Victoria.

Tres toboganes enormes desembocan en una pileta limpia y radiante que no tienen nada que envidarle a un parque de agua extranjero. Al ser un día laboral, es muy poca la concurrencia. Las sombrillas de paja tapan las mesas que se encuentran alrededor de las piletas más pequeñas. Jorge, encargado del lugar desde hace más de diez años, avistó en varias ocasiones platos voladores. “Acá podes ver panorámicamente todo el río y el cielo. ¿Sabes la de veces que vi luces y objetivos voladores? Puff…” afirma mirando al horizonte, como buscando alguno de estos seres para enseñármelo y que vea que es cierto lo que dice.

Este complejo termal, más el Casino Victoria, son las principales atracciones para que la gente conozca Victoria. En verano, hay que sumarle el carnaval que se lleva a cabo en enero y febrero. También es el lugar ideal para los aficionados a la pesca y al golf.

Mi estadía en Victoria llega a su fin. No logro dilucidar si el mito de los extraterrestres en esta ciudad es algo cierto. Una especie de convencimiento vecinal para atraer al turista o una verdad que logran interpretar unos pocos. Es cuestión de creer o reventar. No se si será por el aire a campo que se respira, o por la energía que se percibe en muchos rincones de este lugar, o por la gran predisposición de la mayoría de  los victorianos, pero pienso volver. De alienígenas ni hablemos, no pude ver ni uno. Ni siquiera algo raro deambulando por el cielo. Pero esa parsimonia con la que uno se despide de estos lugares del interior, recónditos para muchos, cercanos para otros, es impagable.

Al salir por la ruta 11, la policía caminera vuelve a pararnos por control rutinario. Al no tener encendida las luces bajas, por más que sea de día, me llevo una multa de mil pesos. “Si me abona a mi; la mitad, en efectivo, entre nosotros, lo salvo de que tenga que ir a pagar al municipio”, me dijo uno de ellos. Esa parsimonia, adquirida días antes, se derrumbó en un abrir y cerrar de ojos.

 

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